La habitación estaba a oscuras, pero bien iluminada por la
luz de la luna que se colaba por su ventana. Se paseaba de aquí para allá
tratando de poner orden a sus pensamientos. Cuando se dio cuenta que sus pasos
hacían mucho ruido se detuvo, esperando no haber despertado a nadie en casa a
altas horas de la madrugada. Tomó asiento en su silla frente al escritorio;
encima de éste se encontraba el teléfono. Lo tomó y comenzó a marcar teclas. Se
arrepintió y soltó el aparato, apartándolo de su vista. Sentía tanta ansiedad
que mataba por fumar un cigarrillo, pero hizo prometer a su novia que no lo
haría jamás, no quería otra crisis obsesiva compulsiva por el tabaco.
Se sentía terrible por no haberle confiado a Rosie sus
verdaderos deseos respecto al lugar en el que quería estudiar. Yale era bueno
para ambos, pero no era lo que Jamie quería para él. La Facultad de Medicina de
Stanford siempre había sido el sueño del chico. Las mentiras hacia su novia
fueron creciendo y Jamie se figuró el grave problema en el que estaba. Una
pequeña mentira inocente que no dañaría a nadie fue creciendo hasta este punto.
Y aquí estaba. A unas horas de su entrevista con el reclutador de Stanford,
nervioso por no arruinar esta oportunidad y sin poder contar con el apoyo de su
chica. Ella no sabía nada en absoluto de todo esto.
Se dirigió al cuarto de baño. Encendió la luz y pudo ver en
el espejo colgado arriba del lavabo su expresión de angustia, pareciera como si
acabara de ver un muerto. Sintió tensa su mandíbula y se percató que apretaba
sus puños tanta mucha fuerza que le temblaban. Inspiró hondo, relajó sus
músculos y se inclinó sobre el lavabo apoyando sus manos sobre éste. Acto
seguido abrió la llave del grifo. El agua corriente cayó y se concentró en ese
sonido para aclarar su mente. Lo necesitaba. Deseó tanto abrazar a Rosie, eso
siempre lo calmaba. Comenzó a lavarse los dientes y mirándose fijamente en el
espejo empezó a visualizarse en la entrevista que daría en unas cuantas horas.