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viernes, 20 de mayo de 2016

Cruce de mundos

El sol comenzaba a emitir sus primeros rayos de luz cuando bajaba del avión. Jamie Harper se detuvo en uno de los escalones y contempló la oscuridad siendo cálidamente acogida por haces color naranja sobresaliendo de las nubes. Inhaló el aire fresco de la ciudad que le traía tantos recuerdos y lo dejó escapar con la misma tranquilidad. ¡Vaya manera de recibir su cumpleaños!

Siguió su paso por la plataforma de aterrizaje hasta llegar al interior del edificio del aeropuerto. Se percató que tenía una videollamada entrante, una que en verdad no quería perder, así que tomó asiento en la sala de espera rápidamente, dejando su maletín en la silla contigua. Contestó.

-¡Feliz cumpleaños papá! –gritaron dos voces.

Jamie logró reconocer a sus dos hijos a la cámara del celular. A Reed, la mayor de ellos, quien se había dejado hacer la trenza que tanto le gustaba a él (pero que ella odiaba); y a Carson, la viva imagen de él, pero en miniatura. 

Ambos se peleaban por enfocarse a sí mismos en la cámara para ver a su padre primero que el otro. Entre tirones y quejidos, el teléfono cayó al suelo. A Jamie le pareció muy graciosa esa escena.

-¡Miren lo que hicieron! ¡Dejen de pelear al menos por hoy! Es el cumpleaños de su padre.

Jamie disfrutó mucho escuchar la voz de su esposa. Siempre lo hacía.

Rosie levantó el teléfono, y esta vez enfocó a todos al mismo tiempo. Ahí estaban. Las tres personas que Jamie amaba tanto. Sonrientes ante él, ansiosos por brindarle a su padre un abrazo tan fuerte que lo tirara al suelo o al sofá y después, abrazarlo más.

Era el primer cumpleaños que Jamie Harper pasaba sin tener a su padre con vida, a la vez que era el primer cumpleaños que recibía sin ser despertado por sus dos hijos en su cama. Este año, el doctor Harper tenía una conferencia que impartir en una ciudad que también evocaba sentimientos de nostalgia, de una manera positiva.

-¡Hey chicos! ¡Muchas gracias! –Jamie estaba evitando a toda costa soltar lágrimas de emoción por su familia- ¿Cómo están, listos para la escuela?

-¡Hoy no hay escuela! –gritó Carson, con gran entusiasmo.

-¿De qué me perdí, linda? –refiriéndose a su esposa Rosie.

-Ayer encontraron una colonia enorme de cucarachas mientras limpiaban los ductos de ventilación, así que aprovecharon que era viernes para fumigar a fondo la escuela –respondió, mientras temblaba del horror al imaginar esa cantidad de insectos juntos.

Jamie estaba consternado al escuchar eso también.

-Papi, ¿ya hablaste frente a todos esos doctores? ¿No te dio miedo? –preguntó la pequeña pelirroja.

-¡Papi no tiene miedo, Reed! Es papi. –dijo Carson, como si fuera lo más obvio del mundo.

A Jamie le pareció tierno que pensaran así de él.

-Aun no hablo frente a los doctores amor, de hecho aún estoy en el aeropuerto.

-¡¿Y qué esperas papá?! Demuéstrales que eres el mejor ugianciologo.

-Urgenciólogo, Reed –le corrigió su madre.

-Por eso, ugianciologo.

-Sí mi vida –Jamie quería reírse cada vez que escuchaba a su hija decir erróneamente esa palabra –lo haré en cuanto sea el momento.

-Chicos, papá ya se tiene que ir, despídanse de él.

Los chicos volvieron a pelear por el teléfono. Uno no podía despedirse menos que el otro.

-Feliz cumpleaños Jamie. Te amo –él le mandó un beso a su esposa al escuchar esto- nos vemos en la noche.

-Así será linda. Te amo también.

La pantalla se apagó.
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Mientras tanto, dos hombres tomados de la mano iban llegando al aeropuerto del extremo contrario a donde se encontraba Jamie. Uno de ellos, moreno y con barba venía vestido con un traje de tonos cafés mientras que el otro, de piel blanca y ojos color gris, vestía un atuendo un poco menos formal y con la mirada puesta sobre el niño de unos cinco años que venía con ellos quien, asombrado, veía lo grande que eran los aviones que despegaban.

-¿Estás seguro que no quieren ir conmigo? Puedo llevar acompañantes –dijo el hombre de la barba.

-Seguro. Además, no creo que Marv encuentre divertido sentarse a escuchar a conferencistas médicos. Nos quedaremos en el hotel mientras tanto.

-¿En el hotel? ¡Timothy, estamos en Nueva York! –le gustaba nombrarle por su nombre completo, en vez de sólo Tim, como el resto de sus conocidos - Salgan a conocer la ciudad. ¡Pero no vayan a Times Square sin mí, por favor!

-Lucas, te prometo que te esperaremos para ir allí.

-¡Papá, papá, quiero subirme otra vez al avión, pero ahora a ese! 

-Marv, acabamos de llegar. ¿No querías conocer Estados Unidos?

-¡Siiiiii! –soltó el niño. Era algo hiperactivo.

-Bueno, vayamos primero al hotel para que Lucas pueda ir a la reunión de doctores. Después tú y yo podemos salir a conocer la ciudad.

-De acuerdo papá –se calmó por un momento.- ¡Mira! Mejor en ése, ¡por favor, por favor! –soltó al instante.
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El centro de convenciones de Nueva York alberga una enorme cantidad de personas cada fin de semana. Desde eventos sociales como graduaciones y bodas, hasta convenciones de cómics y videojuegos. Ese día, se llevaba a cabo el VIII Congreso Internacional de Investigación en Medicina, donde los trabajos más destacados de los principales hospitales alrededor del mundo eran expuestos. Cada año desde hace ocho, se ponía en manifiesto el avance que la ciencia médica lograba, y el impacto que éstos trabajos tenían en la salud de la población mundial. El doctor Jamie Harper había sido elegido para presentar su propuesta de la implementación de un nuevo algoritmo en la atención de politraumas críticos en pacientes pediátricos.

El lobby del centro de convenciones se encontraba lleno, todos los médicos de los países participantes no querían perderse este importante evento. Hacía unos momentos había sido ubicado en el Hall correspondiente donde presentaría su trabajo. Ahora, Jamie se localizaba en el área del bar donde con un martini en mano, buscaba entre toda la multitud a la persona con quien había quedado de verse.

Dio el último trago a la copa y sintió desde atrás la ligera mano de alguien en su hombro.

-¿Tan nervioso estás Harper? –dijo una voz seductora que reconoció al instante.

Se dio la vuelta para contemplar a la mujer que tenía tras de sí. De estatura promedio, de tez morena, con un cabello castaño oscuro peinado de una manera elegante para la ocasión y con un cuerpo que cualquier hombre encontraría muy atractivo, lucía a la perfección un vestido de tonalidades rojas. Rebecca Donson saludaba a Jamie con una gran sonrisa y con los brazos abiertos.

Se abrazaron con cariño.

-Lo había pedido para ti Becca, pero no aparecías.

-Eso debió ser. Recuerdo que tú no tienes buen gusto para el alcohol –tomó otra copa de la bandeja del mesero. -¿Ya estás preparado? Tu turno es en una hora. Tengo que ir a inaugurar los casos de Hemato, pero en cuanto acabe voy directo al Hall de Urgencias.

-Estaré esperándote. Así te enterarás de la acción que te pierdes cada día en tu hospital.

-¡Ya veremos Harper, éxito! –dio unos pasos hacia la dirección opuesta y desapareció entre la multitud.

La doctora Rebecca Donson, o como Jamie le solía decir, “Becca”, una reconocida hematóloga en el país era también una de las mejores amigas del urgenciólogo desde que se conocieron en el hospital durante su internado, en esa misma ciudad, hace 10 años.
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Un hombre moreno de barba iba entrando al Hall donde se daría una de las exposiciones que más le habían interesado al ver el programa que le entregaron en la entrada del edificio. La pantalla de bienvenida del Hall ponía “Implementación de algoritmo de atención en Urgencias a pacientes pediátricos politraumatizados en estado crítico. Por Dr. Jamie Harper del Hospital Regional de Georgia.”

-¿Qué tal todo por allá Lucas?, ¿Ya te has encontrado con alguno de tus antiguos colegas? –dijo la voz de Timothy al otro lado del teléfono.

-Unos cuantos, sí. Ahora estoy entrando a una conferencia de urgencias en pediatría.
Entonces… ¿si pudiste arreglar lo de la reservación del hotel? No sé por qué no lo tenían registrado.

-Sí, ya quedó todo, no te preocupes. Te dejo porque Marv quiere que lo lleve a la piscina. ¡Y deja de estar llamando! Disfruta del congreso.

-¡De acuerdo, hombre!


Todos los asientos del Hall se encontraban ocupados por doctores ansiosos de escuchar su conferencia. El último en sentarse fue un hombre moreno de barba quien terminaba de hablar por teléfono. De pie, sobre el pequeño escenario frente a ellos, el doctor Jamie Harper observaba a su audiencia con una mirada decidida. No recordaba la última vez que se había sentido en una situación así salvo en el hospital. Y es que en Urgencias, había aprendido a aislar su mente de todo el caos de la situaciones y a actuar con suma templanza, cualidad que era necesaria desarrollar para un urgenciólogo.

En esta ocasión, Jamie no se encontraba ante ningún paciente quemado, empalado o convulsionando. Eran sólo él, un micrófono y alrededor de 100 sillas ocupadas por colegas, entre ellos la doctora Becca Donson, quien lo veía con orgullo desde su asiento.

-Disculpe doctor Harper –preguntó al final de la presentación el hombre moreno de barba- Dr. Lucas Thorpe, Pediatría, del John Radcliffe Hospital en Inglaterra… -hizo una breve pausa, seguida de una sonrisa juguetona- Lo sé, no parezco inglés. Soy americano.

-Gracias por el dato doctor.

La audiencia rio.

-A lo que iba… ¿cómo cree que afectaría este nuevo algoritmo de atención en pacientes que se encuentren en un hospital con escasez de recursos necesarios para seguir al pie el protocolo? ¿Tendría el mismo impacto en el pronóstico del paciente?

-Ciertamente el curso de la enfermedad cambiaría. Es decir, de no contar con muchas de las herramientas a las que estamos acostumbrados como una máquina de TAC o un kit de suturas estéril, el paciente dependerá del ingenio de su médico tratante, de su capacidad analítica, de sus habilidades clínicas y por supuesto, de qué tan osado es.

La mañana seguía transcurriendo en el Centro de Convenciones, y Jamie había sido elogiado por más de una persona por su trabajo expuesto y se mostraban interesados en que los ayudasen a adecuar dicho algoritmo en sus respectivos hospitales.

Cuando por fin tuvo un tiempo libre a solas, fue al ventanal desde donde se podía visualizar la parte más alta del lado oeste de Nueva York. Fuera, el día parecía perfecto para un picnic en Central Park, o para tomar uno de esos recorridos en bus para turistas.

-Es curioso, ¿no? –dijo la voz de Becca detrás de él.

-¿Curioso?

-Que todo siempre vuelva a esta ciudad.

-No por nada es la más famosa, al menos de éste país. Pero sí, lo encuentro bastante curioso también.

Rebecca se acercó, para contemplar la ciudad junto a él. Hubo un momento de silencio, en el cual ambos tuvieron tiempo para recordar la época en que vivían en esta ciudad. Donde aprendieron a ser doctores, a responsabilizarse por la vida de alguien más, a hacerse notar y donde, cuando ya no hubo más por aprender uno del otro, decidieron seguir caminos diferentes y disfrutar del estilo de vida que cada uno había elegido.

Y aquí estaban de nuevo, 10 años después en la misma ciudad donde se conocieron. Un cruce de mundos. Jamie se había convertido en un habilidoso médico de Urgencias, un maestro muy exigente para sus residentes e internos y había formado una hermosa familia. Rebecca había decidido vivir soltera y disfrutar de las comodidades que eso implicaba, y eso la hacía sentir bien, no se sentía menos mujer por elegir ser exitosa en su profesión, sobre tener ser esposa o madre. Se encontraba entre los hematólogos más reconocidos a nivel nacional, y también su nombre figuraba entre los consensos internacionales de Medicina Interna. Ambos tenían en este punto de su vida todo lo que habían querido desde siempre.

-Por cierto Harper…feliz cumpleaños.

La doctora le entregó un regalo de cumpleaños, envuelto en un papel rojo muy bonito, con un listón dorado. Jamie tuvo el impulso de abrazar a su mejor amiga con mucho cariño. De esos abrazos que Jamie era experto en dar. Aunque por su mente pasó que dicha muestra de afecto pondría celosa a su esposa Rosie, lo que le causó gracia. A continuación, el doctor Harper quitó la envoltura a su regalo y se llevó una gran sorpresa. Dentro de una caja transparente, figuraba el #4 de Showcase, comic donde hizo su primera aparición Flash (Barry Allen), el héroe favorito de Jamie.

Se encontraba boquiabierto.

-Sé que te gustan estas cosas de nerd, y que seguramente Rosie no te dejaría comprarlo, así que moví algunas influencias y localicé este comic.

-Becca, no tienes idea de… ¡Gracias! –podían verse humedecerse de emoción los ojos de Jamie.

-Otra cosa. Ya expusiste tu trabajo, así que… ¡¿qué esperas Harper?! Ve a casa con tu familia. Si tomas dentro de unas horas un vuelo, aún puedes llegar para la cena.

-Debería, ¿verdad? ¡Está bien! Tu…¿vendrías conmigo?

-No creo que se pueda campéon. Recuerda que soy parte de las autoridades del Congreso, y tengo que entregar los reconocimientos en Medicina Interna. Además, sé de buena fuente que la candidata más fuerte a ganar este año es aquella residente de último año de Neurología, Carol Rivers, la de la portada del mes pasado de la revista médica que te envíe por e-mail.

Habiéndose despedido de su amiga, Jamie fue directo al aeropuerto. Se sentía bien por lo que había vivido hasta el momento el día de su cumpleaños y ahora se dirigía a casa con su familia y amigos.

Estando en la fila para comprar su boleto, recibió un mensaje de texto de parte de su hermano Elliot:

Hola, ¡Feliz cumpleaños hermano! No quise llamar antes porque no quería interrumpir tu conferencia. Hazme saber cuando llegues a Georgia. Planeo ir por ti al aeropuerto.

Conocía bien a su hermano. Una sorpresa le esperaba en casa.




Curiosidades:
1. Un nuevo personaje es introducido. Rebecca Donson.
2. El título de la entrada es un juego de palabras. Cruce de mundos hace referencia tanto a la reunión entre Jamie y Rebecca, como a que éste capítulo es un crossover con otra nueva historia que estoy desarrollando, con Lucas y Timothy como protagonistas. Se podría decir que esta entrada sirve como capítulo piloto para esta nueva historia.
3. Se menciona a la neuróloga Carol Rivers, quien más tarde hace su debut en la entrada La neuróloga donde conoce a Jamie. Por tanto, ésta historia antecede a dicha entrada.

Música del blog:
Fancy - Cover de Xavier Dunn


Stole the show - Parson James




miércoles, 1 de abril de 2015

La última navidad parte 4 (desenlace)

El auto se detuvo frente al edificio verde. El chico bajó del auto y alzó la mirada hasta lo más alto. Parecía un lugar algo triste. La fachada estaba ya desgastada, las ventanas de los pisos superiores se veían sucias y notó que las vigas que sostenían el techo del pórtico estaban algo carcomidas. A Eliot le disgustó que un lugar destinado para un propósito tan caritativo fuera descuidado en su mantenimiento.
Había personas haciendo fila en la calle aún, tratando de conseguir refugio para esa noche. Se recordó a sí mismo hace varios años yendo de albergue en albergue con su hermano hasta que servicios sociales lo llevó a la casa hogar. 
Las personas empezaron a notar la comida que el equipo de Parker y la familia Harper empezaban a bajar del auto y en sus rostros Eliot notó la alegría que sentían al saber que esa noche tendrían una cena de navidad como el resto de las personas en sus hogares suelen tenerla.
La directora del refugio salió a recibirlos y trajo consigo a personal para llevar los recipientes de comida dentro del edificio, asimismo le dijo a las personas en la fila que todos alcanzarían lugar esta noche y que tendrían una cena especial.
Los guío hacia dentro recorriendo el angosto pasillo, iluminado por una tenue serie de luces navideñas.

-Recibimos a mucha gente por estas fechas, estamos planeando expandir el refugio. El edificio de al lado está en venta, pero aún estamos por lejos de conseguir el dinero que piden por ella, así que mientras nos ajustamos a lo que tenemos.

-¿Pero entonces que pasa cuando llega gente de más? ¿Les niegan la entra así nada más? –La señora Harper parecía un poco indignada con tan sólo imaginar aquella situación.

-Sé lo que piensa. Pero tenemos que hacerlo, créame que esa es la única parte de mi trabajo que detesto, pero tenemos que cumplir exactamente con la cantidad máxima de personas refugiadas en el edificio. Regla de sanidad. Si nos sobrepasamos podrían sancionarnos o hasta quitar la licencia del refugio.

Eliot se dio cuenta que la única manera de que nadie se quedara sin cama ninguna noche era consiguiendo expandir el refugio. Creyó tener una idea, pero no la dijo en voz alta hasta cerciorarse de cuán posible era su plan. Al parecer, tenía un gran proyecto en mente.
Llegaron a una habitación amplia, donde había mesas largas con bancos del mismo largo de las mesas. Algunos de los refugiados ya habían empezado a acomodarse, esperando la cena.

-Y este es el comedor. La cocina está tras esas puertas, pero creo que podemos servir la comida aquí frente a ellos. ¿Se quedarán con nosotros verdad? Vendrá el coro de la iglesia, siempre ponen muy buen ambiente aquí.

Parker y los Harper accedieron, y se integraron junto con el personal del refugio para empezar a servir la comida. El coro llegó y empezó a cantar al unísono la canción navideña más agitada que Eliot había escuchado, sintiéndose aún más alegre de lo que ya estaba.

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Llamó a la puerta y esperó a que Charlie abriera. En la parte sur de Nueva York empezaba a soplar un viento congelante que se arrepintió de ponerse ese abrigo ligero pero fabuloso a la vista. -La elegancia es primero.
Alto, con un cuerpo atlético pero con esa mirada de pocos amigos que siempre se cargaba Charlie abrió la puerta. El mismo la había llamado y pedido que fuera a su casa, pero Vanessa Phyffer no sabía para qué.

-¿Y? ¿Puedo pasar al menos? El viento está congelante.

-Depende de qué tan dispuesta vengas. –Contestó e hizo esa sonrisa bufona que aunque ella no quería admitirlo, le derretía.

-Te dije que aquellos… encuentros entre nosotros se acabaron. –Pasó a la casa y Charlie cerró la puerta tras de sí. El frío viento dejó de sentirse. –Además ni siquiera eras tan bueno.

-Eso no decías cuando te… -Vanessa le arrojó su bolso al pecho para callarlo. –De acuerdo de acuerdo, no más comentarios, bonita.


-Entonces… -hizo una pausa para hacer a un lado la ropa sucia que había regada en el sofá donde prosiguió a sentarse. –¿a que se debe tu llamada?

-Supuse que no tenías nada mejor que hacer en tu casa que leer algún libro tonto sobre la mujer exitosa en la noche de navidad.

-No seas ridículo, ¡tengo muchas cosas qué hacer

Charlie volvió hacia ella con su sonrisa bufona.

-Admítelo, estás tan sola y amargada en la vida como yo. –Le pasó un cerveza a su amiga, y se empinó la suya.

-La única diferencia –dijo Vanessa, levantándose de su asiento y yendo hacia el dolido tipo poniéndole el dedo índice en sus labios en señal de silencio.- es que tú si tienes una familia a la cual puedes visitar.

Antes de que Charlie pudiera replicar, el teléfono sonó. Prefirió ignorarlo, pues sabía de quién se trataba, pero Phyffer contestó.

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Todos en el refugio disfrutaban de la comida que el restaurante MILLAR’s había donado. Refugiados, trabajadores y los chicos del coro compartían mesa. Eliot miraba con gusto a sus padres adoptivos reírse y conversar con una de las familias refugiadas. Parker se cercioraba de que no le faltara ninguna ración a nadie, deseó que Gabriel estuviera ahí junto a él en ese momento.

Tratando de servir el ponche de ese enorme jarrón Eliot perdió el equilibrio, pero alguien llegó a tiempo para ayudarlo y evitar se cayera todo.

-¡Cuidado colega! ¿Necesitas ayuda?

Eliot sonrío con todo su júbilo al ver que su hermano Jamie había llegado para ayudar. Por la mañana había sentido que ignoró todo este asunto y se fue extremadamente rápido, pero ahora estaba ahí, apoyándolo en su proyecto.

-Perdón por salirme así sin más en la mañana colega. Gabriel me contó tu plan y quise venir a ayudarte si es que aún quieres.

-¡Claro! Mira puedes ayudarme a servir esto, por poco se me cae a mi…

-¡Sonrían!

La mamá de los chicos les sacó una fotografía con su antigua cámara instantánea. Vio la foto de sus dos muchachos, Jamie el niño al que crío desde su adopción hace ya 14 años, y Eliot, el nuevo integrante de la familia de quien rápidamente se había encariñado. La primera foto que tenían juntos. No pudo evitar derramar una lágrima al verla y sus hijos dejaron el ponche para ir a abrazarla, darle un beso en la mejilla ambos al mismo tiempo y desearle feliz navidad.

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En el aeropuerto de Nueva York seguía la desesperación de Daniel por poder despegar de una vez por todas el vuelo, pues ya era casi media noche y el y Lily tenían que estar en casa para la cena de navidad. Tenía mucho sin ver a sus padres, además quería escuchar personalmente cómo iban las cosas entre su hermana Rosie y su amigo Jamie. Les tenía mucha fe a la pareja.

Lily había ido por algo de comer y él se quedó en la sala de la terminal F3. Quería arrancarse el cabello pues Jimmy, el pequeño odioso que estaba sentado a su lado no paraba de hacer berrinche a sus padres sobre un videojuego que exigía tener.

Con pocas esperanzas, vio que la azafata de la terminal tomó el micrófono diciendo:
Agradecemos su espera por el vuelo 104 a Colorado, nos complace anunciarles que las condiciones meteorológicas en dicha ciudad han mejorado, por lo que el vuelo es reanudado. Pasajeros favor de abordar por la puerta 3.

En cuanto escuchó esto, Daniel se puso de pie, en busca de su novia. Tomó la maleta de mano que traía consigo y se dirigió hacia la puerta de la terminal para apresurar a Lily.

-¡Vamos! ¿Escuchaste? El vuelo ha reanudado, ya podemos abordar el avión ¿encontraste lo que ibas a comprar?

-De hecho, encontré algo más. Bueno, a alguien más.

La chica viró hacia atrás e introdujo al ala a un alto y fornido hombre a quien Daniel no esperaba ver en esos momentos. El alto personaje se acercó a Daniel, y con mirada de duda e incomodidad miró a los ojos de su hermano.

-Así que…tu vuelo… -Charlie no sabía ni qué decir. No había podido conectar con su hermano menor en estos meses que habían tratado de sobrellevar su relación viviendo juntos.

-Se reanudó. Ya vamos directo a casa, con mamá, papá y Rosie. –repuso en tono seco Daniel, quien también se sentía en una situación incómoda.

-Genial. Totalmente genial –Charlie tenía en la punta de la lengua lo que iba a proponerle a su hermano, pero el orgullo no lo dejaba. –Salúdame a todos en casa.

-Dan…ya es muy tarde como para tomar el vuelo. Recuerda que transbordaremos en Colorado, y no como éste primer vuelo se retrasó, no sabemos si habrá un segundo disponible para llegar a casa.
Daniel sabía por dónde iba el asunto, pero no estaba dispuesto a aceptar quedarse con Charlie si éste mismo no lo decía por su cuenta.

-Enano, lo que Lily trata de decir, es que habrán llegado como mínimo para el medio día de mañana, perdiéndose de la cena de navidad de hoy. Deberían quedarse aquí ambos, podemos preparar algo y tener nuestra mini cena de navidad…improvisada. Si así lo quieres.

Lo dijo. Había una brecha enorme entre estos hermanos, pero a Daniel tampoco le gustaba la idea de quedarse sin cena de navidad, ni mucho menos de seguir soportado al odioso Jimmy sentado junto a él.

-Cena improvisada, eh. Suena bien grandulón. Podemos llamar a la familia por Skype y desearles feliz navidad. Más vale que te peines o papá creerá que aún sigues en esa banda de rock –le dice Daniel en tono burlón, dándole una palmada en el brazo a su hermano.

-Y tu quítate esa barba o mamá se asustará –repuso el hermano mayor, ayudándole al menor con el equipaje de Lily.

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En casa de los Harper todos disfrutaban el estar reunidos. La cena había terminado y ahora se encontraban todos en la sala recordando las travesuras de Jamie, Rosie y Gabriel cuando eran chicos, quienes no paraban de reír y sentirse avergonzados de vez en cuando con alguna de las historias. Eliot y Parker escuchaban asombrados las aventuras (y desventuras) por las que pasó el trío de amigos, y morían de ganas por conocer al resto del grupo como a Daniel, Hailey y Jessica.

Llegó un momento en que Jamie y Rosie se escaparon del bullicio y salieron al frente de la casa a tomar un respiro. En lo que iba del día, era la primera vez que se encontraban a solas.

-No podía creer cuando llegó esa llamada por Skype de Daniel y Charlie…¡juntos! –esbozó una linda sonrisa, aquella de la que Jamie se había enamorado desde hacía tiempo.

-Sólo era cuestión de tiempo para que esos dos se arreglaran. Extrañan a su hermana que los hacía sentar cabeza. Ahora que no estás, lo hacen ellos mismos –la tomó de la mano para bajar las escaleras del pórtico, yendo hacia el jardín congelado.

-¡Y tu abuelo! Creí que era mentira cuando dijiste ayer que tenía una novia más joven que tu mamá, a la cual vi cómo la miraste…

Jamie hizo una expresión burlona que hizo que Rosie se molestara aún más.

-¡No te enojes! –la besó- aunque me gusta cuando lo haces.

La tomó de las manos, y como un acto reflejo, empezó a trazar en la nieve del piso unos pequeños pasos de vals, a los cuales Rosie siguió, desconcertada.

-¿Qué haces? –tenía tan cerca de su rostro a Jamie que se percató del color avellana de los ojos del chico, y las pequeñas pecas en el dorso de su nariz mirándolo con ternura.

-Bailo. Como en nuestra primera cita…aunque no sé si contó como cita o no. Baile de primavera en primer año de prepa.

-Cuando me animaste a ir contigo después de que aquél chico con el que salía me cambiara por otra. Recuerdo que no quería ir después de eso, pero como sabías lo entusiasmada que estaba por ir al primer baile de preparatoria desde siempre, no dejaste que eso me lo arruinara y me invitaste tú. Y durante el baile recuerdo que me protegiste porque aquel fulano me hizo una escena de reclamo.

-Valió la pena el golpe –Rosie se sorprendió- …espera, se supone no sabías eso. En fin ¿Cuál era la canción que bailamos al final? The A…

-The A team. Ed Sheeran.

A Rosie le sorprendió que Jamie recordara todos los detalles de aquella noche, aún más cuando, al ritmo de los pasos de vals, empezó a tararear la canción. Estaba tan contenta del momento que estaban teniendo. Alzó la mirada y vio los copos de nieve caer del oscurecido cielo. Las campanas de la iglesia empezaron a tocar. Doce. Jamie se detuvo en seco, acercó sus labios a los de Rosie, y antes de besarla articuló el susurro más atractivo que ella le había escuchado jamás:

-Feliz navidad linda.

La nieve empezó a caer más a prisa y en más volumen. Sus rostros se separaron y ella, sin aliento, repuso un feliz navidad . Escucharon a todos adentro deseándose dicha por la navidad y decidieron regresar. Rosie iba por delante, subiendo las escaleras del pórtico cuando Jamie la detuvo de la mano. La chica vio la cajita azul que el chico había sacado de su abrigo. Reaccionó.

-¿Quieres ser mi esposa? –dijo, soltando un gran suspiro.


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