Llevaba varios minutos en la fila
esperando a ser llamada. Tras su llegada al campus, Rosie tenía que pasar a las
oficinas centrales para la asignación de su dormitorio. Mala idea la de
olvidarse de hacer dicho trámite por internet. Ahora se encontraba así misma en
una sala de espera pequeña, atiborrada de estudiantes, cargando el pesado equipaje
que traía arrastrando desde la entrada del campus. El chico que estaba delante
suyo fue llamado. Echó un vistazo a su celular para ver si su amigo Gabriel le
había llamado, quien había llegado a la universidad unos días antes. Nada.
La chica fue llamada por la
secretaria, pero antes de que Rosie moviera un solo músculo, una chica alta y castaña,
con un perfecto bronceado y vestida de una manera envidiable irrumpió en la
habitación. Tenía la apariencia de estar verdaderamente cabreada. Pasó por
delante de Rosie, se dirigió hacia el escritorio de la secretaria y de golpe le
extendió una hoja de papel a la mujer sobre la madera del escritorio.
-¿Si? ¿Puedo ayudarla en algo
señorita Hamilten?
-Hamilton. Si, ¿puede decirme que
es esto? –la chica le acercó la hoja de papel.
La mujer, cuidadosamente cogió la
hoja con su mano, se puso sus lentes de lectura y dijo:
-Es la habitación que le fue
asignada, ¿tiene alguna…?
La chica empezó a levantar la voz
-Creí que no volveríamos a pasar
por lo mismo este semestre. Me dieron un cuarto compartido (de nuevo) cuando mi
padre específicamente…
-Señorita Hamilton, sabe bien que
los cuartos son entregados conforme al azar.
-Mi padre dona mucho dinero a
esta escuela como para que no me den un maldito cuarto individual. –la voz de
la chica resonó en la habitación.
-Lo siento, pero hasta no recibir
órdenes de mi superior no puedo asignarle uno de esos cuartos. Y aunque lo
hiciera, me temo que todos ya han sido ocupados. Quizá si no se hubiera tomado
ese semestre sabático el semestre pasado su antiguo cuarto habría sido
respetado.
-¡¿Pero que?! –se dio cuenta que
todo el mundo había sido espectadora de su escena. Viendo que no podía hacer
más, la restirada chica inspiró profundamente, guardándose sus palabras, se
acomodó el bolso, dio media vuelta y se marchó dando un portazo al salir de la
oficina.
Rosie, atónita ante tal escena
había olvidado que había sido llamada.
-¡Vaya! ¡Sexy…pero está loca!
Rosie viró para ver al chico que
había exclamado eso. Un joven afroamericano con un semblante muy fresco se dio
cuenta que Rosie lo observaba, le echó un sonrisa y le guiñó el ojo.
-¡Rose McCall!. –volvió a llamar la
secretaria.
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Las grandes paredes de piedra del
pasillo por el que caminaba Jamie parecían un laberinto. Había doblado a la
izquierda frente a la fuente de la Casa Kappa Alpha Theta y fue siguiendo
derecho por Campus Drive hacia la parcela de Bowdoin Street como le había dicho
aquella chica a la que le preguntó el camino más corto para el edificio Kimball,
donde se encontraba su dormitorio.
Siguió caminando con su equipaje en mano,
desesperado por llegar y tirarse en la cama de su habitación pues llevaba hora
y media tratando de encontrar su camino. Stanford sí que era un campus enorme.
Se había adentrado a una finca de
paredes coloniales cuyo centro era un jardín cuadrangular con un estanque en su
interior. Estudiantes caminando de aquí para allá por los oscuros pasillos de
la finca veían cómo Jamie se detenía a apreciar el estanque del jardín central.
El joven dejó caer sus maletas al suelo, se dobló las mangas de su camisa para
tratar de disipar el calor que sentía y descansó un poco en una de las bancas
de piedra que tenía cerca. Dejó soltar aire de su boca y admitió por fin que
estaba perdido. Pero se encontraba perdido en el lugar con más calma del
campus. Al menos, lo que llevaba de conocer.
Vio pasar a una linda chica
pelirroja por el corredor de enfrente quien columna a columna se alejó del
pasillo hasta desaparecer. Jamie pensó en su novia Rosie y se preguntó cómo le
estaría yendo en su primer día en Yale. Habiendo descansado un poco, se volvió
a colocar su maleta en el hombro sobre la sudada camisa azul y siguió en
dirección a donde había desaparecido la pelirroja.
Atravesó el umbral del arco
sostenido por dos columnas que marcaba la salida de la finca y bajó la escalinata de piedra. En
seguida, volvió a ver a la chica de cabello rojizo, la cual le pareció aún más bonita de cerca. Apenado, pues se
encontraba lleno de sudor Jamie le preguntó cómo podía llegar a su edificio. La
chica amablemente le indicó que tenía que seguir por la calle de frente,
Escondido Road y llegaría directo a los dormitorios. Jamie le dio las gracias
con una sonrisa tonta y siguió su camino.
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-Si, justo voy entrando al
edificio. Estoy en el quinto piso, habitación 23 – D. ¿Vienes por mi? Aún no sé
dónde está la cafetería. –la chica jadeo, pues aún se encontraba cargando el
pesado equipaje. Deseó que Gabriel se hubiese contactado con ella más temprano
para que le ayudara a cargar con todo.
-De acuerdo, en un momento llego.
Muero de hambre. Cambio y fuera.
Rosie avanzó por el pasillo
buscando su cuarto. Según veía, los números iban decreciendo conforme avanzaba
por el corredor. Veía a algunas chicas saludarse, animosas por verse después de
las vacaciones. Distinguía a las nuevas como ella, tratando de averiguar cómo
iba todo por ahí. Al fin vio la habitación 23 – D. La puerta estaba
entreabierta. Sabía que tendría una compañera de cuarto y estaba deseando tanto
que sucediera un milagro.
Al entrar, toda esperanza
edificada se vino abajo pues sus suposiciones habían sido ciertas. En la hoja
de asignación que le entregaron en la oficina, ponía a Carter Hamilton como su
compañera de cuarto. Pensó que tal vez era coincidencia y que la chica que
había entrado a realizar una escena era otra
Hamilton. Se equivocó.
Lo que a Carter Hamilton le
sobraba en glamour, le faltaba en educación. Era una persona arrogante que
había crecido en una familia acomodada y estaba acostumbrada a recibir un trato
especial a donde sea que fuese. No había conseguido que le dieran un cuarto
individual este semeste, por lo que se había resignado (por el momento) a
aceptar el cuarto compartido con una tal Rose McCall <<nombre de bufona >> pensó.
Rosie atravesó el umbral de la
puerta y se percató que Carter se había apoderado de casi toda la habitación. Sus
cosas yacían en el peinador y en todas las repisas. El closet que se encontraba
abierto, se encontraba casi en su totalidad ocupado por las costosas prendas de
la chica.
-Hola…al parecer compartiremos el
cuarto –Rosie supo que estas palabras taladraron en la mente de Carter. –me
llamo Rosie McCall.
La castaña chica al parecer
estaba ignorando a Rosie. << Si la
ignoro, tal vez se vaya>>
Rosie agarró aire con sus narices
y se plantó frente a ella.
-Escucha, sé que esto no es lo
que querías pero estoy aquí y este es tanto mi cuarto como el tuyo. Así que
elige, o compartimos educadamente todo el cuarto –hizo un énfasis en la palabra
todo, refiriéndose al repentino apoderamiento de la chica por el closet y el
peinador –o tenemos el semestre más irritante de nuestras vidas. Son las cartas
del juego.
Carter se levantó de su cama
donde estaba sentada y se erigió frente a Rosie. Era más alta que ella, pero
eso no intimidó a la pelirroja chica. Le lanzó una mirada desafiante. Nadie se
le había plantado como Rosie lo acababa de hacer.
-La mitad de abajo del closet es
tuyo. Mis cosas están por ahí, no las toques. No me levanto antes de las 7:00
am. Las luces se apagan completamente cuando duermo, si necesitas estudiar de
noche, la biblioteca abre las 24 horas. Y ni se te ocurra traer a algún chico a
dormir. O chica.
Acto seguido, se dirigió a la
puerta de la habitación. Antes de desaparecer, se detuvo y dio su último
mensaje:
-Yo no desempacaría todo si fuera
tú. Tal vez seas reasignada.
Se fue.
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En su camino al edificio de
Rosie, Gabriel pasó frente a un grupo de chicos sentados en el jardín de
enfrente. Se percató que uno de ellos, se le quedaba mirando fijamente. No lo
lograba ver del todo bien debido a la distancia a la que se encontraba, pero a
Gabriel le pareció atractivo el chico. Incluso aun cuando Gabriel se dio cuenta
que lo miraba, el chico no desvió la mirada. Siguió su camino hacia el
dormitorio, dejando atrás la mirada de aquél sujeto.
Cuando se encontró con su amiga,
ambos corrieron a abrazarse, emocionados de estar juntos en esta nueva etapa.
Nunca habían sido muy cercanos, incluso antes Rosie no soportaba a Gabriel,
pero este último año se habían vuelto muy buenos amigos. Jamie había servido de
vínculo entre ellos dos.
Habiendo llegado a la cafetería
más cercana del campus, los dos amigos se pusieron al tanto con lo que habían
pasado los últimos días.
-Habrá una fiesta de bienvenida
en la noche –dijo Gabriel, aun con parte de su hamburguesa en su boca. A Rosie
le dio risa, pues a pesar de que amigo era gay, no dejaba de ser un hombre, ni
de comer como uno. –es tradición aquí. Te dan un color y un número y el
objetivo es encontrar a aquél que tenga el mismo color y número que tú, para
que por lo menos tengas a un amigo antes de que acabe tu primer día aquí. Suena
lindo…tonto, pero lindo. –el chico siguió devorando su hamburguesa.
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Cuando por fin llegó Jamie al
edificio Kimball sintió un halo de alivio. Tomo el ascensor al cuarto piso
rumbo a su dormitorio. Dentro del pequeño cubo ascendiente, vio en el espejo
que había dentro que tenía una muy mala pinta. Su camisa de botones azul sudada
hacía juego con el cabello húmedo. Cargar las maletas le había arrugado a
camisa. Esperó poder llegar a su cama, recostarse y darse un baño.
Abrió con su llave la puerta de
la habitación 646 y vio que su compañero ya había llegado. Un chico con una
pinta muy elegante, con clase. Complexión delgada, el cabello oscuro, algo
largo pero reluciente y de una tez aperlada. Había acomodado ya todas sus
cosas. De hecho, se veía todo muy ordenado.
-¡Jamie qué tal! –el chico le
extendió la mano para saludarlo.
Jamie se sorprendió de que éste supiera su
nombre, pero entonces recordó que en el mail que le enviaron asignándole el
dormitorio, venía el nombre de los ocupantes. Se sintió apenado por no recordar
el nombre del chico.
-Clayton Meissner, de Nueva
Orleans. Te ves agotado, ¿viniste caminando? Debiste de tomar la ruta estudiantil,
pasa por los puntos centrales del campus. A mí me dejó frente al edificio.
–Jamie se sintió miserable por dentro. –Bonita habitación, ¿no? El baño está al
final del pasillo, ahí puedes darte un baño (creo que lo necesitas). Te agregué
a facebook, ¡acéptame! . La contraseña del wi-fi es 646wjm10kh ¿Agua? –le
acercó rápidamente una botella al chico.
A Jamie le sorprendió la rapidez
con la que hablaba su nuevo compañero. Se sentó en el borde de la que supuso
era su cama y al instante vio los libros de medicina en las repisas de su
compañero. Y al parecer Clayton también era músico, pues al lado de su
escritorio se encontraba descansando un chelo.
-¿También estás en medicina?
–preguntó amablemente.
-¡Si! ¿Genial, no? Y estamos
juntos en casi todas las clases. Me tome la libertad de recoger tu horario. ¿Ya
compraste los libros? Hoy hay buenas ofertas en la librería del campus, si
quieres podemos ir más tarde. –Clayton se sentó en su cama, frente a Jamie.
-Estaría perfecto.
Jamie sentía que se llevaría muy
bien con el chico, su actitud efusiva le pareció genuina. Pasaron el resto de
la tarde conociéndose, mientras Clayton ayudaba a acomodar sus cosas en el
cuarto. Incluso Jamie le presentó a Clayton a sus padres, pues recibió una
videollamada de éstos. Lo amaron.
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Estaba lista para salir. Se miró
al espejo. Se había cambiado cuatro veces, no quería verse mal en su primer
fiesta universitaria. Al final se decidió por esos jeans que tanto amaba y un
blusón azul naval. Su compañera de cuarto había salido arreglada hace una hora,
seguramente también rumbo a la fiesta. Recibió el mensaje de Gabriel quien
venía en camino y decidió irlo a esperar al lobby del edificio.
El campus se veía fascinante de
noche. Las lujosas y antiguas lámparas iluminaban el sendero que seguían rumbo
al jardín principal del lado oeste del campus, donde se encontraba la
celebración.
No eran los únicos que iban en
camino, algunos en grupo, otros sin compañía se dirigían hacia el mismo
destino. En base a eso Rosie podía distinguir quiénes eran de nuevo ingreso y
quienes los veteranos.
Escucharon un bullicio detrás de
ellos. Al instante, fueron rebasados por una manada de chicos de fraternidad
quienes aullaban en busca de alcohol y chicas esa noche. Gabriel y Rosie podían
oler desde su lugar la testosterona que desbordaban los alocados estudiantes.
Se echaron miradas de complicidad el uno al otro y empezaron a reír.
El enorme jardín del lado oeste
del campus se encontraba a rebosar de estudiantes esa noche. La fuerte música hacía
vibrar los corazones de los presentes. Habían montado una fogata gigante, donde
al dar la media noche quemaban un muñeco tamaño real con el uniforme de la
escuela, al menos eso es lo que Gabriel había escuchado.
Unos chicos del comité
organizador le asignaron a Gabriel y a Rosie una pulsera fluorescente de un
color distinto, y una calca con un número. Las personas que se suponía debían
de conocer esa noche debían de tener el mismo color de pulsera y el mismo
número que ellos. Rosie tenía una de color blanco y el número 78 mientras que
Gabriel tenía el color verde junto con el número 43.
La chica veía tantas figuras moverse
de aquí para allá bailando, que al instante desistió de buscar a su pareja.
Gabriel había ido a buscar un vaso de cerveza para ellos. Rosie se dio
cuenta que un grupito cercano se estaba empezando a arrojar cerveza entre sí.
Asustada, se apartó.
-¡Tranquila! Es solo cerveza.
Fría y de la buena –dijo entre risas el chico que se había acercado a ella –McCall,
¿cierto?
Tardó un poco en reconocerlo,
pero era aquél chico afroamericano de la sonrisa burlona que había roto el
hielo en la oficina de tutorías tras la escena que había armado Carter.
-Rosie, sí. –lo miró un poco
confundida la chica.
-Mis amigos me llaman Dough,
hola. Por lo que veo, ¿eres de primer año verdad? Igual que yo. Déjame darte un
consejo, relájate y disfruta el ambiente.
Había empezado a sonar una
canción realmente buena, y el vivaz chico empezó a bailar alocadamente,
invitando a Rosie que se le uniera.
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-Dos vasos, de la oscura por
favor. –dijo Gabriel, al tipo que hacía de dispensador en los barriles de
cerveza.
-¡Qué lástima! Pensé que estabas
solo. –dijo una voz muy varonil sobre el hombro de Gabriel.
El chico se dio la vuelta para
ver al que le había dicho eso. Gabriel se sorprendió al reconocer al tipo que
se le había quedado mirando directamente esta tarde. Aquella vez por la
distancia, no lo había podido ver bien, pero ahora lo tenía frente suyo, y
Gabriel tragó saliva al inspeccionarlo. Atractivo le quedaba corto.
El misterioso chico le enseñó la
misma pulsera de color verde que tenía Gabriel.
-Tienes el número 92. Yo el 43 –le
dijo Gabriel, en un tono juguetón.
-Lo sé, pero el chico que me
emparejaron me aburría tanto. Así que escudriñé el lugar y fuiste el chico más
ardiente que encontré.
<<Vaya, qué atrevido >>,
pensó.
-Alex, encantado –le extendió un
fuerte brazo.
-Gabriel –dijo algo confundido, estrechándole
la mano.
-Sabes, te he mirado desde esta
tarde, cuando pasabas en dirección al edifico Maxwell.
-¿En serio? No me di cuenta. –mentía.
-Entonces, ¿debo preocuparme de
que tu novia me vea platicando contigo? –desvió la mirada al vaso extra que
tenía Gabriel.
-¡No, qué va! –soltando una
risita nerviosa – en todo caso, sería novio –notó el gesto de satisfacción de
Alex. –Vengo con mi amiga Rosie, ambos somos nuevos aquí. Somos del mismo
pueblo, es bueno tener a alguien conocido en una nueva escuela en una ciudad
diferente ¿no lo crees?
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Ambos nuevos conocidos estaban
teniendo un momento muy agradable bailando (brincando y moviendo agitadamente
los brazos) la movida canción de David Guetta. Cuando la canción terminó, Rosie
deseó tanto que Gabriel se apurara con ese vaso de cerveza. Rebuscó entre las
personas a su amigo pero no logró vero. De pronto, percibió la intensa mirada
de una chica castaña con quien hace unas horas se había enfrentado por su parte
de la habitación.
Carter Hamilton estaba a unos
metros, con la recelosa mirada clavada en Rosie. Dough se dio cuenta de lo que
sucedía
-¡Wow! ¿Qué traen entre ustedes?
-Desfortunadamente, somos
compañeras de cuarto.
Carter se acercó a ellos. Rosie
pensó que la iba a golpear, pero tan solo le hizo entrega de algo, toscamente.
Se marchó. La pelirroja chica reconoció lo que Carter le entregó. Era un
sticker, con el número 78 en él. Rosie voltió la mirada hacia su compañera y
avistó la pulsera de color blanco en la muñeca de la chica.