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domingo, 3 de abril de 2016

Flores a la mesa

Se encontraba subiendo por las escaleras hacia el segundo piso de la torre sur del hospital. No sabía si era por la cita que había tenido la noche anterior, por el clima agradablemente fresco que hacía esa mañana que le recordaba a su hogar natal, o simplemente porque se dirigía a ver a la chica que lo hacía sonreír como tonto enamorado. Se encontraba indudablemente feliz.

Salió de las escaleras y Quentin Blake se dirigió hacia la estación de enfermería donde reconoció al instante a la chica de cabello castaño hasta los hombros. Se encontraba escribiendo alguna nota de interconsulta muy meticulosamente, como solía ser ella.

-Hola –dijo Quentin, con un tono suave, pero firme, mientras le puso dócilmente su mano en el brazo con el que la doctora estaba escribiendo, a modo de caricia.

La neuróloga giró la vista hacia el hombre y se sintió atraída por su cara de conquista, como ella le había determinado a esa expresión suya.

-Buenos días –respondió neutralmente la doctora, tratando de que él no se diera cuenta el efecto que su atractivo rostro tenía en ella. -¿Por qué tan sonriente Blake?

Blake. Normalmente en el hospital le llamaban así sus colegas de Urgencias, o sus superiores para darle órdenes o regañarlo, pero viniendo de ella, sonaba muy lindo.

-¿Por qué tú no estás sonriente? Hay muchas razones para estarlo –dijo, lanzándole una mirada seductora, mientras seguía sonriendo ya no naturalmente, si no ahora para molestarla con ello.

-Razones como… ¡oh! ¡Tu familia! Vienen a visitarte esta semana.
<<Razones como nuestra cita de anoche>>, quiso soltar ella.

Quentin frunció el ceño, confundido.

-¿Tu papá y Lorie? –siguió, mientras sacudía la cabeza y arqueaba las cejas-  Lo mencionaste anoche en…

-¡Claro! ¡Claro! -captó Quentin- Papá y Lorie. Llegan el jueves. Espero poder pasar tiempo con ellos, a no ser que las cosas se pongan locas en Urgencias y tenga que quedarme más horas después de mi turno. ¿Estás en piso hoy?

No. Era día de consulta. Lo sabía porque Carol siempre llevaba vestido debajo de su bata los días de consulta. Vestidos que, al parecer de Quentin no hacían más que resaltar el doble (o el triple) la belleza y elegancia de la doctora. Hoy no era la expeción. Llevaba aquél color beige con flores cafés que hacía juego con su castaño cabello.

-No. Sólo vine a dejarle a Sandra la interconsulta que me pidió si no se pondrá a echar fuego por la boca si ve que el expediente de su paciente no está completo. Tengo consulta todo el día –dijo, acomodándose el cabello tras su oreja- ¿sigue en pie la comida? Si es que logras escapar un momento de Urgencias, claro.

-Sí, por supuesto… ¿A qué hora es tu descanso?

-2:30. Entonces te veré en la cafetería.

Anexó la hoja de interconsulta al expediente del paciente. Tomó su block de notas y su pluma, se lo metió a la bolsa de su bata y se colgó su estetoscopio alrededor del cuello.

Quentin no hacía otra cosa que mirarla. Ya ni siquiera se molestaba en disimularlo.

-Que tengas un buen día, Blake.

Carol se acercó para darle un beso de despedida en la mejilla a Quentin, sintiendo la rasposa barba de tres días que le gustaba de él, mientras el doctor la tomaba por la cintura con una mano. Chispas. Fue lo que ambos sintieron, sin darse cuenta el uno del otro.

Rápidamente se separaron porque, aunque sabía que todos estaban en lo suyo ahí en el segundo piso, no querían que pensaran eran poco profesionales en su ambiente de trabajo. Carol Rivers tomó las escaleras hacia el primer piso, donde se encontraba la consulta de neurología y Quentin, atontado, siguió su camino por el pasillo que llevaba hacia Urgencias, pensando en la comida que tendrían juntos en la cafetería del hospital a las 2:30.
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-No no, está bien cariño. Dije que los recogería yo esta tarde –dijo el doctor Jamie Harper al teléfono.

-¿Seguro? No quiero que los dejes esperando otra vez, puedo decirle a mi madre que los recoja.

-Tranquila, ve a tu conferencia sin preocupaciones y te prometo que los chicos y yo te tendremos algo rico para cenar. ¿Irás con Keller, verdad? Puedes invitarlo a cenar con nosotros.

-No estarás hablando en serio. Casi lo golpeas la última vez que lo viste.

-¡Oye! Si alguien se le insinúa a mi esposa de esa manera, es lo que se gana.

-¿Hay una manera correcta, entonces? –dice Rosie, entre risas.

-La única que puedo hacer yo –responde, siendo consciente de lo gracioso de su comentario. –Cuídate linda. Te prometo ir por los niños en la tarde. Si no, puedo decirle a Gabriel…

-¡JAMIE!

-¡Estoy bromeando, estoy bromeando! Me tengo que ir, acaba de llegar un trauma a Urgencias.

-Diviértete cielo.

Divertise. Eso era lo que Jamie Harper hacía en la Sala de Urgencias cada día. Aprendía y enseñaba, claro. Pero le gustaba ver el lado bueno de los traumas, las heridas, los desgarros y las fracturas, para variar. Era la única manera de sobrevivir –o hacer sobrevivir- a los casos difíciles. Sea como fuere, le gustaba lo que hacía. Llevaba ya el tiempo suficiente en esa área del hospital como para ahora ser el Jefe de Urgencias. Jamás se habría visto en esa posición cuando estaba haciendo su internado en aquel hospital enorme de Nueva York hace años.

-Pásenlo a trauma 1. Blake, estás conmigo hoy. Trae a tus internos y comiencen la valoración inicial. Vienen dos más en camino. Vázquez y Cox, encárguense de esos próximos, la doctora Jones está ahí para las dudas que tengan. ¡Vamos gente muévanse, hoy será un gran día!
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Alzó su muñeca izquierda y vio su reloj. 2:40 pm. Bajó las escaleras y llegó a la sala de espera de consulta de neurología. No sabía si Carol ya había salido de su consultorio, y no se atrevía a preguntarle a la recepcionista porque lo menos que quería era que se corriera la voz de lo suyo en el área de trabajo de Carol, cosa que ella protegía mucho. Así que se sentó junto a los pacientes a esperar y a revisar su teléfono por si recibía algún mensaje, cosa que sabía que no pasaría porque ella respetaba mucho el tiempo de los demás.

Quentin sintió un alivio cuando vio salir del consultorio a Carol. Ella lo saludó a lo lejos, mientras le dirigía unas palabras a la recepcionista.

Se acercó.

-Creí que ya te habrías ido, gracias por esperarme, me retrasé con algunos pacientes.

-No importa, ¿vamos hacia allá?

Carol notó el brillo en los ojos de Quentin. En verdad se estaba enamorando de ella. En seguida, la doctora tomó de la mano al doctor, quien titubeó al principio pero prosiguió, envolviendo con su grande y fuerte mano la pequeña y delicada mano de ella.

Quentin no supo qué decir, así que no dijo nada en absoluto. Le sonrió, devolviéndole ella la sonrisa y avanzaron en su camino hacia la cafetería tomados de la mano. Era la primera vez que hacían eso en el hospital, pues Quentin había querido mantenerse al margen de la cordialidad entre profesora-residente por respeto a la imagen de Carol con sus colegas.

De pronto se sintió como en la escuela. Aquel momento en el que entras a la cafetería y de entre toda la multitud, algunos se quedan mirando fijamente al raro, al popular o al marginado que va entrando.
La neuróloga Carol Rivers y el residente de urgencias Quentin Blake se detuvieron un momento en el umbral de la puerta en busca de un lugar donde pudieran comer solos, y como era de esperarse, la cafetería a esa hora se encontraba sobre poblada.

Encontraron dos asientos en la barra del frente, junto a la pared de vidrio que veía hacia el jardín del lado oeste del hospital. Aunque no de lo más cómodo sentarse en la silla alta de la barra, a Quentin le agradó la idea de encontrar un lugar lejano del bullicio de los demás.

-¿Sabes? La barra siempre ha sido mi lugar favorito en un restaurante o en un bar. Incluso prefiero comer ahí en mi departamento que en la pequeña mesa que tengo al lado.

-¿En serio? ¿Por qué? Ni siquiera tiene un respaldo en el que puedas sostenerte mientras disfrutas tu comida.

-No lo sé. Supongo que es porque me recuerda a casa. Mamá nos hacía el desayuno, y papá, Lorie y yo nos sentábamos a la barra para poder conversar todos juntos al mismo tiempo que mamá daba los últimos toques a la comida.

Carol notó la mirada de añoranza en Quentin. Su difunta madre. De la que casi no habla.

-Por eso, pienso que sentarme a la barra para comer me hace sentir en casa. Además… ¡los asientos giran! La mayoría de las veces –dice, al no tener éxito tratando de girar sobre sí mismo en el asiento.

-Flores a la mesa –dice de repente la chica.

-¿Perdón?

-Flores a la mesa. Es lo que nunca debe faltar en mi departamento, en casa de mis padres, incluso cuando voy a casa de mi hermano. Mi mamá tiene este gusto enorme por las flores, tiene un jardín enorme donde planta todo tipo de flores. De niña le ayudaba a cuidarlas, incluso Ben lo hacía aunque fingía no gustarle –dijo, soltando una risita- . A mi mamá le gustaba cortar algunas y ponerlas en jarrones por toda la casa, y justo en el centro de la mesa, mi mamá ponía un pequeño florero con dos o tres margaritas a modo de decoración. Decía que le gustaba disfrutar el aroma de éstas al momento de comer, y como era de esperarse, yo también desarrollé ese gusto. Así que…flores a la mesa. Eso me hace sentir en casa.

-Ahora sé qué darte cuando quiera regalarte algo.

-¡No, no no!… no lo dije por eso.

-¡No te angusties! Me parece bonito.

-¿Que ponga flores en mi casa?

-Que tengamos estas…pequeñas cosas, que nos evoquen esto. Pequeñas cosas que son grandes.

Carol se quedó un momento pensando en lo que acababa de decir Quentin, y se dio cuenta que la mayoría de las veces las grandes cosas, las que hacen sentir bien a una persona son sólo pequeñas cosas de las que uno se da cuenta. Veía a Quentin abrir su recipiente de plástico donde traía su comida de casa, lo que le llamó mucho la atención.

-¿Te hiciste de comer en casa y lo trajiste aquí? ¿Tú?

-¡Sí! Lo hice desde anoche antes de dormir.

En cuanto Carol vió lo que Quentin se había preparado, sintió un vuelvo al corazón. Era la comida más saludable y natural que ella le había visto en sus manos en todo el tiempo que llevaba de conocerlo. Carol padecía de diabetes tipo 1, algo muy común entre la familia Rivers, por lo que ella era muy rigurosa tanto con su tratamiento como con su estilo de vida con lo que controlaba su enfermedad satisfactoriamente desde hace 10 años, la cual por fortuna no era tan severa como otros casos en su familia.

Como todos los hombres, sobre todo aquellos de gran tamaño como él, Quentin disfrutaba de una dieta llena de proteínas y carbohidratos. Había notado que Carol siempre cuidaba minuciosamente lo que comía. No se restringía ningún tipo de alimento claro, pero mantenía una dieta calculadoramente saludable.

En su cita de anoche, tuvieron un pequeño inconveniente debido al restaurante que había elegido Quentin para cenar, por lo que Carol decidió contarle sobre su enfermedad, cosa que no hacía con cualquiera, pues guardaba con mucho celo su secreto. No quería que las personas a su alrededor se preocuparan por ella de más.

Al parecer, Quentin en un acto de solidaridad, hoy quiso llevar esa casera y saludable comida para acompañarla y para que Carol no se sintiera tan sola en su día a día con la comida. Acto que, como era de esperarse, estaba conmoviendo a la doctora de una manera tan grande. <<En verdad es un buen hombre>> pensó.

-Y también traje de más, por si quieres probar. Trato de hacer mi papel de cocinero lo mejor que puedo. Pero como dije… trato.

-Me gustaría. Se ve muy rico. También prueba del mío –Carol se sentía orgullosa de él.

Disfrutaron de su comida mientras seguían conversando, hasta que Quentin recibió un mensaje de su jefe, el doctor Jamie Harper, por lo que tuvo que comer rápidamente la comida que le faltaba para ir corriendo a urgencias. Cuando se levantó del asiento, Carol le detuvo.

-¡Espera! Tienes un poco manchado aquí.

La neuróloga tomó una servilleta y le limpió suavemente cerca de la comisura de los labios al hombre. Ambos sintieron un impulso de besarse, pero ninguno lo hizo.

-Ahora puedes ir –Carol le miraba fijo a los ojos. –Por cierto, la próxima vez que vengamos a comer aquí, nos sentaremos a la barra.

-A la barra será. –Quentin sonreía.

Se despidió de ella, dio media vuelta y se marchó de prisa.


Música del blog:
I think I'm in love - Kat Dhalia


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sábado, 5 de diciembre de 2015

La neuróloga

-Emm… ¿de qué tamaño el yelco? –preguntó el hombre más joven en la sala.

-¡EL MAS GRANDE QUE PUEDAS ENCONTRAR! –le gritó Quentin, desesperado.

El muchacho le entrego en la mano el yelco, a lo que el residente prosiguió clavándoselo en el tórax al hombre que se encontraba en la camilla. Su vida estaba en riesgo.

-Segundo espacio intercostal, línea medio clavicular –repitió, para sí mismo.

Cuando hubo clavado el artefacto, el paciente logró estabilizarse. Quentin dejó escapar un aliento de alivio. Había dejado encargado a su interno de este paciente mientras reanimaba por compresiones torácicas a otra de los pacientes que llegaban a la sala de Urgencias. El joven practicante se descuidó y no fue hasta que el paciente a su cargo dejó de respirar por sí solo y a presentar dilatación de las venas yugulares y coloración azulada del rostro que se dio cuenta que algo iba mal. Neumotórax a tensión. El chico había ido corriendo a avisar a su residente al instante.

-Ya descomprimimos ese neumotórax a tensión, ¿ahora que sigue Richards? –preguntó a su interno, tratando de verse calmado. Estaba furioso con él por haber pasado por alto el incidente. Pero sabía que todos empezaron de la misma manera, así que prosiguió enseñándole.

-Ya es un neumotórax simple. Lo que sigue es poner una sonda en tórax en el quinto espacio intercostal sobre la línea medio axilar. –dijo el muchacho, titubeando. Sabía que lo había estropeado desde el principio.

-¿Estás seguro? –al residente de urgencias, Quentin Blake, no le parecía la inseguridad de su interno.

-Sí. –contestó Richards, ahora con un tono más convincente.

-Perfecto. Ponla tú. No te preocupes, te guiaré.

Al mismo tiempo el residente seguía con la evaluación primaria del paciente. No quería que se pasara por alto alguna otra cosa de nuevo. Quentin era el tipo de residente del que cualquier interno querría aprender. Inteligente, amable, con un temple fascinante y para las chicas (o en este caso también para Richards), un atractivo físico eclipsante.

-¡Eso! ya sólo tienes que suturar la herida para mantener la sonda dentro

La voz grave de su residente ponía nervioso al interno. Y no podía mirarle mucho tiempo sus ojos verdes sin dejarle clavada la mirada. Se concentró en lo que estaba haciendo y empezó a introducir la aguja de sutura en la piel del tórax del paciente.

-¿Pediste a alguien de neuro? –dijo una voz femenina detrás de ellos.

-Sí. Es un masculino de 37 años, quien fue atropellado por un vehículo de carga en movimiento al cruzar la calle. Proyectado 20 metros de distancia desde el punto de impacto. Al arribar al hospital llega con… -Quentin dejó de mirar el monitor de signos vitales y giró su cabeza para ahora sí ver el rostro de la doctora a quien había empezado a exponer el caso.

 Al verla, éste se quedó perplejo al reconocerla. Se veía aún más bella de como la recordaba. En ese instante una secuencia de imágenes del pasado ocuparon su mente. No pudo evitar mostrarle una sonrisa tonta. Ella solía tener ese efecto en él.

Recordó que se encontraba exponiéndole el caso de un paciente para una interconsulta de neurología, a lo que prosiguió dejando los sentimientos encontrados a un lado, relatando:

-Al arribar al hospital llega con una escala de coma de Glasgow de 8. Signos vitales en límites inferiores. Hematoma en región parietal. Laceraciones en cabeza, cara, espalda y pies. Fractura expuesta del fémur izquierdo y crepitación al explorar pelvis. Hace unos minutos presentó neumotórax a tensión, logramos descomprimirlo a tiempo. Acabo de repetir la evaluación primaria y secundaria. Estable, por el momento. Quería que lo revisara alguien de neuro antes de hacerle el FAST.

-De acuerdo, déjame revisarlo.

Mientras la neuróloga hacía su trabajo, Quentin no le quitaba la vista de encima. Se hizo mil y un preguntas del por qué ella se encontraba en el hospital. Habían dejado de verse desde que ella inició la residencia en medicina interna. Él era un año menor que ella, por lo que se quedó un paso atrás mientras ella avanzaba al siguiente nivel.

Le resultaba verdaderamente atractivo que ella terminara siendo neuróloga. Siempre le había admirado que tuviera la misma belleza que inteligencia, ¡y vaya que era inteligente!

Después de terminar de explorar al paciente, la castaña doctora se dirigió hacia Quentin y  el interno Richards.

-No presenta signos de daño neurológico. Aun así me gustaría observar su TAC. –se quitó los guantes y le hizo una seña al interno para que le pasara su tabla para escribir la nota de interconsulta. Se echó el cabello tras su oreja del lado izquierdo y muy concentrada en lo que hacía, empezó a redactar. Quentin estaba maravillado observándole.

En eso, un hombre al que Quentin admiraba, pues era su mentor, hizo su aparición en la sala de urgencias. El doctor Jamie Harper, jefe del Servicio de Urgencias del hospital había llegado de su día de descanso para apoyar con los numerables pacientes que no dejaban de llegar por la tormenta que fuera tomaba lugar.

-Dime qué tienes aquí, Blake. -El doctor Harper conocía el nombre cada uno de sus residentes. Le gustaba ser cercano con sus estudiantes.

Quentin Blake expuso al instante el caso a su profesor. Jamie Harper dirigió la mirada al paciente y en seguida hacia la doctora que se encontraba presente aun.

-Usted debe ser la doctora Carol Rivers, ¿cierto? Su hermano en San Diego me informó de su transferencia a este hospital. He leído sus artículos sobre de casos en urgencias. Espero pueda aprender aquí y desarrollarse como lo hacía en el hospital de su hermano. Nos hace mucha falta doctoras como usted  -hizo un especial énfasis en esta palabra- en su campo. Bienvenida a Urgencias doctora Rivers- le dio un apretón de manos a la chica.

-Muchas gracias doctor, así será. –la chica se sonrojó. Le apenaba que la adularan frente a todos por su trabajo.

El doctor Harper dio media vuelta para seguir supervisando lo que los demás residentes hacían. Dio unos pasos, pero se detuvo como si hubiera olvidado algo. Sin voltearse completamente, sólo giró la cabeza hacia atrás, y exclamó:

-Por cierto Blake, pensé que estando en segundo año de tu residencia de Urgencias ya sabrías el protocolo de atención para un politrauma a la perfección. El FAST se hace antes –alzó la voz en esta palabra- de cualquier interconsulta. Incluso neuro.

Siguió su camino.

Quentin Blake se sintió tan avergonzado. Había quedado mal frente a su jefe, frente a Carol y frente a su interno. No sabía que decir para romper el hielo.

-Quería decírtelo cuando me dijiste que no habías hecho el FAST, pero… -dijo la chica, a manera de disculpa.

-No te preocupes –le tocó el brazo con cariño- gracias por venir. Cuando tenga los resultados de la TAC te llamo. ¡Qué gusto volverte a ver Carol!  –alzó los barrotes de la camilla y quitó el seguro para ponerla a andar -¡vamos a hacer el FAST! –le dijo a su interno.

Y eso fue todo. Quería pedirle que quedaran para tomar un café o algo y ponerse al día el uno con el otro, pero no estaba seguro si ella sentía el afecto que él  le seguía teniendo. Carol Rivers: su primer amor. Aunque ella jamás supo nada, al menos no de su boca. Jamás tuvo el valor de decirle absolutamente nada.

Quentin sabía que esto no era coincidencia. Sabía que había sido el destino quien quiso volverlos a poner en el mismo camino de nuevo…


Música del blog:
Portions for foxes - Cover de Caught a ghost



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viernes, 2 de octubre de 2015

Oscura fue la noche

Se quitó el abrigo al entrar a casa. Hubiera deseado que con él, también se quitara todo el peso que cargaba en esos momentos. Las luces de la planta baja estaban prendidas, al igual que el televisor en la sala. Juguetes tapizaban la alfombra al lado del sofá e intuyó que su esposa Rosie había llevado a dormir a los niños a sus habitaciones después de un largo día de juego. ¡Qué dicha ser niño! Pensó. No eran conscientes de los problemas que como adulto él estaba pasando en esos momentos. Pero pronto se enterarían. Su esposa lo sabía, sus amigos lo sabían, y la verdad era cruda.

Caminó hacia el cuarto de baño. Encendió la luz. Una tenue luz irradiada por dos lámparas con forma de tulipanes dispuestas a cada lado del espejo del lavabo ponía en evidencia su demacrado rostro. Jamie tenía un semblante que jamás había tenido. Ni siquiera tras esas guardias extensas en el hospital terminaba con la expresión facial que portaba en ese momento. Las últimas 32 horas habían sido extenuantes, agobiantes, dolorosas. Para él, para su madre y para su hermano. La barba se hacía visible tras dos días sin afeitarse; sus párpados inferiores se tornaban oscurecidos por el desvelo de las últimas noches en el hospital, veía sus ojos humedecidos, pero hacía todo lo que podía por no dejar caer ninguna lágrima.

Abrió el grifo del lavabo y el agua empezó a correr. Metió sus manos al chorro y juntándolas entre sí logró contener agua en ellas para en seguida enjuagarse la cara. Cerró el grifo y tomó una toalla para secarse el rostro. Suspiró. Deseaba no ser el en ese momento.

Apagó el televisor y las luces de la planta baja y subió las escaleras. Lo que más quería era ver a Rosie. Necesitaba de ella.

Llegó a su habitación. Ella estaba en el cuarto de baño contiguo cepillándose los dientes o algo. Vio la cama lista para acostarse y deseo tanto hacerlo, pero en lugar de eso, se sentó a la orilla de esta. Todo en su cabeza pasaba rápidamente de nuevo. ¿Cómo había pasado todo? ¿Qué hizo mal? ¿Por qué no fue informado al instante de la situación para poder intervenir? Es urgenciólogo, podía hacer algo, podía hacer todo lo que estaba en sus manos, pero no fue así. Se sentía tan impotente, tan furioso, tan culpable. No podía remediar nada ahora. Ya no. Esa noche, Jamie Harper había perdido a su padre.

Rosie llegó a la habitación. Ella sabía del estado crítico del señor Harper. Inisitió a su esposo el estar en el hospital a su lado, pero el no quería que los niños estuviesen sin alguno de ellos por mucho tiempo. Después de tanto, él conocía a su esposo. Sin si quiera preguntarlo, sabía lo que acababa de ocurrir. Se sentó a su lado en la cama, lo rodeó con el brazo y le dirigió una mirada de complicidad. La misma complicidad que los había convertido en mejores amigos desde su adolescencia, la misma que los hizo novios, la misma que se prometieron al convertirse en esposos. Jamie aceptó esa mirada, aceptó su abrazo, aceptó su silencio.

Con la mirada baja y las manos apoyadas en sus rodillas, Jamie comenzó a sentir temblar sus brazos, sus hombros, su pecho, su abdomen. Sus piernas se pusieron tensas, al igual que su mandíbula. Notó que le costaba respirar. Y entonces, sucedió.

Dejó salir las lágrimas que con esfuerzo venía reteniendo, al mismo tiempo que comenzó a jadear, pues cada vez le era más difícil respirar, su cuerpo seguía temblando. Se inclinó hacia el vientre de su esposa. Le rodeo la cintura con sus brazos y siguió llorando. Se mostró como jamás se había dejado ver en su vida. Se mostró vulnerable. Y en esos momentos, el vientre de su esposa parecía el lugar más acogedor y protegido con el que contaba. Quería una sola cosa en ese momento. Quería a su papá con vida.

-Lo sé amor…lo sé.

Ella se inclinó para poder cubrirle, en señal de que ella lo tenía y que en sus brazos no tenía por qué sentirse vulnerable. Justo como él le había hecho sentir eso mismo a ella en muchas ocasiones.

Rosie notó que dos figuras los observaban bajo el marco de la puerta, algo confundidos y asustados. Eran los pequeños Reed y Carson. Seguramente el llanto de Jamie los había despertado.

-Mami, ¿Papi está bien? ¿Qué le pasa? –dijo el menor de los niños, con la voz quebrada.

Jamie escuchó la voz de Carson y dirigió la mirada hacia ellos. Se limpió las lágrimas con sus manos y extendió una mano hacia ellos.

-Vengan aquí chicos –dijo, tratando de dibujar una sonrisa en su rostro.

Los niños, vacilantes, caminaron hacia ellos aun sin saber qué era lo que pasaba como para hacer llorar de esa manera a su papá. No los culpaba. Jamie sintió alivio al verlos. Su imagen tan inocente atenuó su sufrimiento. Reed se veía muy tierna con la trenza que le había hecho Rosie, tenía el mismo cabello color cobre igual que ella. Su pijama amarilla tenía en frente dibujado un pato. Y luego estaba Carson, quien tenía la misma mirada de su padre. Las mangas de su pijama le quedaban grande, y Jamie no pudo evitar soltar una risita al ver cómo éstas se movían hacia atrás y hacia delante cuando éste brazeaba al caminar. Amaba a sus hijos, amaba a su esposa. En ese momento, era en lo único que pensaba.

-Vengan niños… –abrazó a ambos y les dio un beso en la frente –los amo, lo saben, ¿verdad? Los amo.

Las lágrimas brotaron lentamente de nuevo de sus ojos. Lo único que hizo, fue seguir abrazando tan fuerte como pudo a sus hijos y a su esposa. Sería una noche difícil.


Música del blog:
Nearly morning - Luke Sital


domingo, 5 de abril de 2015

Contratiempo

No traía encendido el aire acondicionado del auto ya que le gustaba sentir el viento en su rostro cuando viajaba por carretera. Vanessa iba con más prisa que de costumbre, pues McGinnins, su asistente, había confundido los horarios y había citado antes de lo previsto al representante de la empresa publicitaria que estaba en negociaciones de invertir en Industrias Phyffer. <<Otro prepotente con el cual tengo que tratar>> pensó.

110 km/h. Tenía que llegar rápido o quedaría como una impuntual frente al cliente, cosa que detestaba. No por nada se había hecho de fama. Siguió pisando el acelerador, se puso los lentes oscuros y subió el volumen a la música que venía escuchando. La mezcla perfecta para un viaje en carretera en uno día soleado y seco como aquél. Determinada, con su cabellera moviéndose conforme el viento y un vestido verde de coctel, la imponente mujer se dirigía de vuelta a su empresa en Nueva York.

De pronto, un fuerte estruendo se sintió en el coche, el cuerpo de Vanessa dio contra el volante al mismo tiempo que ésta pisaba el freno hasta el fondo, presa del pánico. Una vez terminada  la abrupta situación, con las extremidades superiores temblando, los lentes oscuros pendiendo de una sola oreja y con una respiración jadeante, intentó abrir la puerta del auto.

Una de las llantas delanteras se había ponchado, ahora solo el rin sostenía ese punto del coche contra el suelo. Verificó en su mente y agradeció traer su llanta de refacción, pero maldijo al mismo tiempo ya que no contaba con el equipo necesario para desmontar e instalar las llantas. Supo de inmediato que la situación se volvía peor, pues empezaba a salir humo del cofre. <<Genial. Estupendamente genial>>.

Trataba de sentirse airosa por haber salido íntegra físicamente de aquel percance, pero no podía evitar sentirse furiosa con la vida por lo mal que le estaba yendo desde el inicio del día. Sacó su móvil del bolso y se percató de que la señal telefónica no llegaba a ese punto, por lo que sus esperanzas de llegar a cerrar el trato con el inversionista se iban esfumando rápidamente. Si no se cerraba el trato este día, Industrias Phyffer perdería mucho dinero.

Volvió al asiento del auto, se quitó los tacones y abrió su botella de agua. Cabizbaja y con gotas de sudor en la frente, empezó a pensar en mil y un formas de asesinar a McGinnins.

Había pasado una hora cuando a lo lejos, vio acercase un convertible en la misma dirección que venía ella. Se puso de pie, y empezó a hacer señas para que el conductor se detuviera. Figuró en su mente la imagen que debería estar viendo el conductor y se sintió ridícula. Al parecer la formidable dueña de Industrias Phyffer sentía su dignidad caer.

El conductor se detuvo y aparcó justo detrás del averiado coche. Un hombre alto (no tan alto como lo era su antiguo amante Charlie) bajó del convertible y se dirigió hacia ella. Al principio Vanessa no podía ver bien el rostro del hombre, pues la luz del sol lo opacaba, incluso él tenía que entrecerrar un ojo y cubrirse con la mano los rayos del sol para poder apreciar a la bella mujer que tenía delante suyo. Una vez cercanos lo suficiente uno del otro, ella se percató del atractivo hombre que había tenido la suerte de encontrarse. El cabello castaño claro y la barba y el bigote hacían resaltar sus grises ojos. La sonrisa le iba a juego con esas líneas en la frente que se le marcaban. Unos 35 años, calculó ella.<< ¡Concéntrate Vanessa! >> se dijo para sí.

El hombre le extendió la mano y dijo:

-Cole Parks ¿En qué puedo ayudarle señorita?

Vanessa se sorprendió de la formalidad del tipo.

-Vanessa Phyffer. Como ve, a mi auto se le ha ponchado una llanta. Tengo la de refacción en el maletero pero no el equipo para cambiarla –se sintió boba ante aquél descuido- también empezó a salir humo del cofre.

-Venía a muy alta velocidad, ¿no es así? –fue a inspeccionar la llanta.

-Tenía que llegar a esta reunión de negocios en Nueva York. Al parecer ya no lo haré –dijo ella, desesperanzada.

-En mi auto tengo lo que necesito para cambiar la llanta. Y por lo visto, su coche se sobre calentó debido a la velocidad que iba, solo es cuestión de esperar, aunque si así lo prefiere, puedo llevarla hasta la ciudad, yo también me dirijo hacia allá.

-Muchas gracias, pero en realidad quisiera reparar el auto, no tendría confianza dejarlo aquí solo.

-Entiendo. Muy bien, ya vuelvo con las cosas. –dijo Cole, con una sonrisa que Vanessa sintió sincera.

Algo tenía el Cole que le llamaba mucho la atención a Vanessa. Su físico no podía ser, pues en su vida como mujer de negocios había tratado con hombres lo suficientemente atractivos aunque patanes. <<El poder del dinero>>, pensó. Pero no, tal vez era su amabilidad, nadie en estos días se detendría en la carretera a ayudar a otro vehículo, ni mucho menos a ofrecerse a cambiar él mismo la llanta, y aún mejor, con una actitud positiva como la de él, incluso con el tono un poco cortante de ella, su tono habitual.

-¡Aquí está! En un instante quedará como nuevo.

Había vuelto sin el saco que traía puesto ni la corbata, con la camisa blanca remangada y los primeros tres botones desabrochados, el calor arreciaba. Vanessa se sintió un poco mal pues al parecer por su vestimenta formal, él también iba a un lugar importante.

-Ya que me estás ayudando, deberíamos por lo menos hablarnos de tú. Me siento incómoda de otra manera.

-Muy bien Vanessa. ¿Y… -pujó un poco para acomodar el gato en su lugar- como la llevas? Sonaste algo irritada cuando llegué –empezó a desatornillar el rin. ¿Te encuentras bien?

-Ya lo dije, tengo que llegar a esta estúpida reunión de negocios que mi ineficiente asistente programo más temprano de lo debido y… -se dio cuenta que sonaba como una total perra. –Lo siento, ni siquiera te conozco y ya me estoy desahogando contigo.

-No te preocupes. Además, me es divertido escucharte de tus problemas –hizo una especial entonación en esa última palabra.

-¿Disculpa? ¿Crees que estoy sobreactuando?

-Algo así –alzó la mirada hacia ella, esbozando una sonrisa burlona. –todos tenemos nuestras cosas, por lo que veo eres alguien que siempre se queja mucho, de problemas no tan grandes.

-Oh, y ¿qué cosas acongojan a Cole Parks? –empezaba a molestarse.

-Hace tres días descubrí que mi esposa se tiraba al vecino de enfrente –bajó la mirada, prosiguiendo con el cambio de llanta.

Hubo una pausa.

-Ah…yo no quería…

-Todo está bien Vanessa, no tienes por qué preocuparte. Además, yo empecé.

-Tienes razón.

-Eres muy directa, supongo ya te lo han dicho –a Cole le comenzaba a agradar esta mujer.

-Suelo serlo, solo que generalmente marco mi raya con personas desconocidas, perdón.

-Pues –dio el último giro al tornillo que le quedaba –podemos dejar de ser desconocidos –la miró de una manera extraña para Vanessa, como si sus grises ojos conectaran con los de ella. Acto seguido Cole se dirigió al cofre del auto donde apoyó sus puños cerrados y se inclinó hacia ella. Seguía mirándola de esa forma extraña, que empezó a incomodarla.

-¿Qué hay con el cofre? –cortó de inmediato.

-Intenta encender el auto. Al parecer ya se enfrío todo aquí.

No sabía si se refería al cofre, o a la situación. O a ambas. Giró la llave, puso el cambio, pisó los pedales. Nada. Lo volvió a intentar. Aún nada.

-Mmm –abrió el cofre y echó un vistazo, no encontró ninguna irregularidad por más que puso atención –no sé qué es lo que pasa –puso cara de duda. Se dio cuenta que Vanessa no le creía. –¡es en serio!

Vanessa se puso de pie y fue hasta donde estaba Cole a echar un vistazo.

-Está rota esa cosa. ¡Ahí! –señaló ella con el dedo.

-No, eso es normal.

-¿Cómo lo sabes?

-¿Cómo tú no lo sabes?

La mujer puso cara de pocos amigos. Le estaba empezando a disgustar aquél hombre.

-Lo mejor será que te de un aventón hacia allá, si es que no te quieres perder tu cita. En cuanto llegues puedes mandar a una grúa por el coche ya que aquí no hay recepción de señal.

-Qué más da la cita. No quiero quedarme aquí de noche. Supongo que acepto tu oferta.

Cole hizo un ademán guiándola a su convertible. Ella tomó su bolso, las llaves del auto y sus papeles de la guantera. Resignada, Vanessa tomó asiento y avanzaron.

Con el paso de los kilómetros, Cole y Vanessa se fueron conociendo el uno al otro. Resultaba difícil creer que dos personas contaran sobre su vida a alguien a quien acababan de conocer, pero ambos de alguna forma sabían que podían confiar en el otro, la conexión que hubo entre ellos fue instantánea.

Cole le contó a detalle cómo encontró a su esposa y su vecino juntos en su cama, cómo admitieron sínicamente haberlo hecho ya desde hacía meses, cómo se había embriagado la noche que se enteró debido al dolor que sentía y cómo había tomado la primera oportunidad que se le presentó para huir de su ciudad hacia donde sea que fuese.

-Siempre he tratado de ver lo mejor de las personas. Es difícil cuando de pronto, a pesar de lo bueno que intentas ver, lo único que te demuestran es…mierda.

A su vez, Vanessa le contó de su solitaria vida. No tenía ningún familiar vivo, su padre quién era la única persona que le quedaba murió, dejándola desde muy joven a cargo de su empresa, una de las más influyentes en Nueva York. Su vida había sido desde entonces, expuesta a la mirada de muchos. Un sólo error, y basta para derrumbar el legado de tu padre. Por esto, en su vida no estaban permitidos los errores. Había olvidado la última vez que hizo algo sólo porque quiso, la última vez que se arriesgó a lo desconocido, la última vez que se abrió con alguien, así como lo estaba haciendo en ese momento con Cole.

-Tienes permitido perder el control…una vez al menos, Vanessa.

La mujer mantenía la mirada fija en el camino, en su cabeza resonaba esa última frase.

La ciudad se fue avistando, ambos personajes ahora reían a carcajadas de las situaciones más vergonzosas y cómicas por las que habían pasado en su vida. Llegaron a la avenida donde se encontraba el edificio de Industrias Phyffer. El auto se detuvo. Cole le volvió a lanzar esa mirada penetrante a Vanessa, quien también le sostenía la mirada. Pasaron unos minutos.

-¿Qué?

-Voy a besarte.

-¿De qué hablas? No puedes decirle a alguien…

Cole le tomó con su mano izquierda el cuello, cuidando su nuca. Se acercó lentamente, y cuando estuvo lo suficientemente cerca de su rostro le plantó un beso del que Vanessa no pudo escapar…o no quiso escapar. Tienes permitido perder el control…una vez al menos.

Cuando terminaron, ella se sonrojó y tomó sus cosas lo más rápido que pudo. El, tenía en su rostro una sonrisa satisfactoria. Ambos bajaron del auto.

-Gracias, por todo –dijo algo apenada la mujer. El sólo asintió. –Con todo esto, olvidé por completo llamar al cliente con el que quede de verme para disculpar mi ausencia.

 Vanessa marcó el número que le había proporcionado su asistente. Espero a que la línea entrara. De pronto, el móvil en el bolsillo de Cole empezó a sonar a mismo tiempo. El hombre, aceptando que lo había descubierto respondió la llamada.

-Cole Parks, representante de Maxwell View, a sus órdenes.

Vanessa estaba anonadada.

-En mi defensa…nunca preguntaste a qué me dedicaba –hizo una mirada de culpabilidad.

Entraron al edificio para firmar los papeles del contrato que tenían acordado, conversaron un poco más y cuando se hubo puesto el sol, Cole se despidió.

-Entonces, esa boda de la que platicaste…de tu amiga Rosie…¿ya tienes pareja?

-¿Es en serio? –dijo un poco molesta.

-Oye, al menos lo intenté –haciendo un ademán de excusa, algo gracioso.

Cole llamó al elevador. Las puertas se abrieron, el hombre viró hacia Vanessa y dijo:

-Sabes…Nueva York parece un buen lugar para empezar de cero. –Se introdujo en el elevador.

-¡Veinticinco de mayo! Ese día se casa mi amiga. –gritó Vanessa, antes de que se cerraran las puertas.

Cole sonrió y asintió.

-Veinticinco de mayo –contestó el hombre.


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miércoles, 1 de abril de 2015

La última navidad parte 4 (desenlace)

El auto se detuvo frente al edificio verde. El chico bajó del auto y alzó la mirada hasta lo más alto. Parecía un lugar algo triste. La fachada estaba ya desgastada, las ventanas de los pisos superiores se veían sucias y notó que las vigas que sostenían el techo del pórtico estaban algo carcomidas. A Eliot le disgustó que un lugar destinado para un propósito tan caritativo fuera descuidado en su mantenimiento.
Había personas haciendo fila en la calle aún, tratando de conseguir refugio para esa noche. Se recordó a sí mismo hace varios años yendo de albergue en albergue con su hermano hasta que servicios sociales lo llevó a la casa hogar. 
Las personas empezaron a notar la comida que el equipo de Parker y la familia Harper empezaban a bajar del auto y en sus rostros Eliot notó la alegría que sentían al saber que esa noche tendrían una cena de navidad como el resto de las personas en sus hogares suelen tenerla.
La directora del refugio salió a recibirlos y trajo consigo a personal para llevar los recipientes de comida dentro del edificio, asimismo le dijo a las personas en la fila que todos alcanzarían lugar esta noche y que tendrían una cena especial.
Los guío hacia dentro recorriendo el angosto pasillo, iluminado por una tenue serie de luces navideñas.

-Recibimos a mucha gente por estas fechas, estamos planeando expandir el refugio. El edificio de al lado está en venta, pero aún estamos por lejos de conseguir el dinero que piden por ella, así que mientras nos ajustamos a lo que tenemos.

-¿Pero entonces que pasa cuando llega gente de más? ¿Les niegan la entra así nada más? –La señora Harper parecía un poco indignada con tan sólo imaginar aquella situación.

-Sé lo que piensa. Pero tenemos que hacerlo, créame que esa es la única parte de mi trabajo que detesto, pero tenemos que cumplir exactamente con la cantidad máxima de personas refugiadas en el edificio. Regla de sanidad. Si nos sobrepasamos podrían sancionarnos o hasta quitar la licencia del refugio.

Eliot se dio cuenta que la única manera de que nadie se quedara sin cama ninguna noche era consiguiendo expandir el refugio. Creyó tener una idea, pero no la dijo en voz alta hasta cerciorarse de cuán posible era su plan. Al parecer, tenía un gran proyecto en mente.
Llegaron a una habitación amplia, donde había mesas largas con bancos del mismo largo de las mesas. Algunos de los refugiados ya habían empezado a acomodarse, esperando la cena.

-Y este es el comedor. La cocina está tras esas puertas, pero creo que podemos servir la comida aquí frente a ellos. ¿Se quedarán con nosotros verdad? Vendrá el coro de la iglesia, siempre ponen muy buen ambiente aquí.

Parker y los Harper accedieron, y se integraron junto con el personal del refugio para empezar a servir la comida. El coro llegó y empezó a cantar al unísono la canción navideña más agitada que Eliot había escuchado, sintiéndose aún más alegre de lo que ya estaba.

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Llamó a la puerta y esperó a que Charlie abriera. En la parte sur de Nueva York empezaba a soplar un viento congelante que se arrepintió de ponerse ese abrigo ligero pero fabuloso a la vista. -La elegancia es primero.
Alto, con un cuerpo atlético pero con esa mirada de pocos amigos que siempre se cargaba Charlie abrió la puerta. El mismo la había llamado y pedido que fuera a su casa, pero Vanessa Phyffer no sabía para qué.

-¿Y? ¿Puedo pasar al menos? El viento está congelante.

-Depende de qué tan dispuesta vengas. –Contestó e hizo esa sonrisa bufona que aunque ella no quería admitirlo, le derretía.

-Te dije que aquellos… encuentros entre nosotros se acabaron. –Pasó a la casa y Charlie cerró la puerta tras de sí. El frío viento dejó de sentirse. –Además ni siquiera eras tan bueno.

-Eso no decías cuando te… -Vanessa le arrojó su bolso al pecho para callarlo. –De acuerdo de acuerdo, no más comentarios, bonita.


-Entonces… -hizo una pausa para hacer a un lado la ropa sucia que había regada en el sofá donde prosiguió a sentarse. –¿a que se debe tu llamada?

-Supuse que no tenías nada mejor que hacer en tu casa que leer algún libro tonto sobre la mujer exitosa en la noche de navidad.

-No seas ridículo, ¡tengo muchas cosas qué hacer

Charlie volvió hacia ella con su sonrisa bufona.

-Admítelo, estás tan sola y amargada en la vida como yo. –Le pasó un cerveza a su amiga, y se empinó la suya.

-La única diferencia –dijo Vanessa, levantándose de su asiento y yendo hacia el dolido tipo poniéndole el dedo índice en sus labios en señal de silencio.- es que tú si tienes una familia a la cual puedes visitar.

Antes de que Charlie pudiera replicar, el teléfono sonó. Prefirió ignorarlo, pues sabía de quién se trataba, pero Phyffer contestó.

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Todos en el refugio disfrutaban de la comida que el restaurante MILLAR’s había donado. Refugiados, trabajadores y los chicos del coro compartían mesa. Eliot miraba con gusto a sus padres adoptivos reírse y conversar con una de las familias refugiadas. Parker se cercioraba de que no le faltara ninguna ración a nadie, deseó que Gabriel estuviera ahí junto a él en ese momento.

Tratando de servir el ponche de ese enorme jarrón Eliot perdió el equilibrio, pero alguien llegó a tiempo para ayudarlo y evitar se cayera todo.

-¡Cuidado colega! ¿Necesitas ayuda?

Eliot sonrío con todo su júbilo al ver que su hermano Jamie había llegado para ayudar. Por la mañana había sentido que ignoró todo este asunto y se fue extremadamente rápido, pero ahora estaba ahí, apoyándolo en su proyecto.

-Perdón por salirme así sin más en la mañana colega. Gabriel me contó tu plan y quise venir a ayudarte si es que aún quieres.

-¡Claro! Mira puedes ayudarme a servir esto, por poco se me cae a mi…

-¡Sonrían!

La mamá de los chicos les sacó una fotografía con su antigua cámara instantánea. Vio la foto de sus dos muchachos, Jamie el niño al que crío desde su adopción hace ya 14 años, y Eliot, el nuevo integrante de la familia de quien rápidamente se había encariñado. La primera foto que tenían juntos. No pudo evitar derramar una lágrima al verla y sus hijos dejaron el ponche para ir a abrazarla, darle un beso en la mejilla ambos al mismo tiempo y desearle feliz navidad.

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En el aeropuerto de Nueva York seguía la desesperación de Daniel por poder despegar de una vez por todas el vuelo, pues ya era casi media noche y el y Lily tenían que estar en casa para la cena de navidad. Tenía mucho sin ver a sus padres, además quería escuchar personalmente cómo iban las cosas entre su hermana Rosie y su amigo Jamie. Les tenía mucha fe a la pareja.

Lily había ido por algo de comer y él se quedó en la sala de la terminal F3. Quería arrancarse el cabello pues Jimmy, el pequeño odioso que estaba sentado a su lado no paraba de hacer berrinche a sus padres sobre un videojuego que exigía tener.

Con pocas esperanzas, vio que la azafata de la terminal tomó el micrófono diciendo:
Agradecemos su espera por el vuelo 104 a Colorado, nos complace anunciarles que las condiciones meteorológicas en dicha ciudad han mejorado, por lo que el vuelo es reanudado. Pasajeros favor de abordar por la puerta 3.

En cuanto escuchó esto, Daniel se puso de pie, en busca de su novia. Tomó la maleta de mano que traía consigo y se dirigió hacia la puerta de la terminal para apresurar a Lily.

-¡Vamos! ¿Escuchaste? El vuelo ha reanudado, ya podemos abordar el avión ¿encontraste lo que ibas a comprar?

-De hecho, encontré algo más. Bueno, a alguien más.

La chica viró hacia atrás e introdujo al ala a un alto y fornido hombre a quien Daniel no esperaba ver en esos momentos. El alto personaje se acercó a Daniel, y con mirada de duda e incomodidad miró a los ojos de su hermano.

-Así que…tu vuelo… -Charlie no sabía ni qué decir. No había podido conectar con su hermano menor en estos meses que habían tratado de sobrellevar su relación viviendo juntos.

-Se reanudó. Ya vamos directo a casa, con mamá, papá y Rosie. –repuso en tono seco Daniel, quien también se sentía en una situación incómoda.

-Genial. Totalmente genial –Charlie tenía en la punta de la lengua lo que iba a proponerle a su hermano, pero el orgullo no lo dejaba. –Salúdame a todos en casa.

-Dan…ya es muy tarde como para tomar el vuelo. Recuerda que transbordaremos en Colorado, y no como éste primer vuelo se retrasó, no sabemos si habrá un segundo disponible para llegar a casa.
Daniel sabía por dónde iba el asunto, pero no estaba dispuesto a aceptar quedarse con Charlie si éste mismo no lo decía por su cuenta.

-Enano, lo que Lily trata de decir, es que habrán llegado como mínimo para el medio día de mañana, perdiéndose de la cena de navidad de hoy. Deberían quedarse aquí ambos, podemos preparar algo y tener nuestra mini cena de navidad…improvisada. Si así lo quieres.

Lo dijo. Había una brecha enorme entre estos hermanos, pero a Daniel tampoco le gustaba la idea de quedarse sin cena de navidad, ni mucho menos de seguir soportado al odioso Jimmy sentado junto a él.

-Cena improvisada, eh. Suena bien grandulón. Podemos llamar a la familia por Skype y desearles feliz navidad. Más vale que te peines o papá creerá que aún sigues en esa banda de rock –le dice Daniel en tono burlón, dándole una palmada en el brazo a su hermano.

-Y tu quítate esa barba o mamá se asustará –repuso el hermano mayor, ayudándole al menor con el equipaje de Lily.

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En casa de los Harper todos disfrutaban el estar reunidos. La cena había terminado y ahora se encontraban todos en la sala recordando las travesuras de Jamie, Rosie y Gabriel cuando eran chicos, quienes no paraban de reír y sentirse avergonzados de vez en cuando con alguna de las historias. Eliot y Parker escuchaban asombrados las aventuras (y desventuras) por las que pasó el trío de amigos, y morían de ganas por conocer al resto del grupo como a Daniel, Hailey y Jessica.

Llegó un momento en que Jamie y Rosie se escaparon del bullicio y salieron al frente de la casa a tomar un respiro. En lo que iba del día, era la primera vez que se encontraban a solas.

-No podía creer cuando llegó esa llamada por Skype de Daniel y Charlie…¡juntos! –esbozó una linda sonrisa, aquella de la que Jamie se había enamorado desde hacía tiempo.

-Sólo era cuestión de tiempo para que esos dos se arreglaran. Extrañan a su hermana que los hacía sentar cabeza. Ahora que no estás, lo hacen ellos mismos –la tomó de la mano para bajar las escaleras del pórtico, yendo hacia el jardín congelado.

-¡Y tu abuelo! Creí que era mentira cuando dijiste ayer que tenía una novia más joven que tu mamá, a la cual vi cómo la miraste…

Jamie hizo una expresión burlona que hizo que Rosie se molestara aún más.

-¡No te enojes! –la besó- aunque me gusta cuando lo haces.

La tomó de las manos, y como un acto reflejo, empezó a trazar en la nieve del piso unos pequeños pasos de vals, a los cuales Rosie siguió, desconcertada.

-¿Qué haces? –tenía tan cerca de su rostro a Jamie que se percató del color avellana de los ojos del chico, y las pequeñas pecas en el dorso de su nariz mirándolo con ternura.

-Bailo. Como en nuestra primera cita…aunque no sé si contó como cita o no. Baile de primavera en primer año de prepa.

-Cuando me animaste a ir contigo después de que aquél chico con el que salía me cambiara por otra. Recuerdo que no quería ir después de eso, pero como sabías lo entusiasmada que estaba por ir al primer baile de preparatoria desde siempre, no dejaste que eso me lo arruinara y me invitaste tú. Y durante el baile recuerdo que me protegiste porque aquel fulano me hizo una escena de reclamo.

-Valió la pena el golpe –Rosie se sorprendió- …espera, se supone no sabías eso. En fin ¿Cuál era la canción que bailamos al final? The A…

-The A team. Ed Sheeran.

A Rosie le sorprendió que Jamie recordara todos los detalles de aquella noche, aún más cuando, al ritmo de los pasos de vals, empezó a tararear la canción. Estaba tan contenta del momento que estaban teniendo. Alzó la mirada y vio los copos de nieve caer del oscurecido cielo. Las campanas de la iglesia empezaron a tocar. Doce. Jamie se detuvo en seco, acercó sus labios a los de Rosie, y antes de besarla articuló el susurro más atractivo que ella le había escuchado jamás:

-Feliz navidad linda.

La nieve empezó a caer más a prisa y en más volumen. Sus rostros se separaron y ella, sin aliento, repuso un feliz navidad . Escucharon a todos adentro deseándose dicha por la navidad y decidieron regresar. Rosie iba por delante, subiendo las escaleras del pórtico cuando Jamie la detuvo de la mano. La chica vio la cajita azul que el chico había sacado de su abrigo. Reaccionó.

-¿Quieres ser mi esposa? –dijo, soltando un gran suspiro.


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