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domingo, 13 de diciembre de 2015

54 Realidades del semestre de Cirugía

¿De qué me di cuenta?


Decidí escribir esta entrada para expresar mi experiencia en este semestre, el primero como MIP en el Hospital, pues tras haber iniciado esta tan esperada etapa (al menos por mí) tengo más de una cosa por contar. Queda claro que salvo esta entrada, el resto de mi Blog sigue tratando sobre la vida ficticia de Jamie Harper y sus amigos, pero aquella es otra historia.

Los últimos 4 meses y medio pasé más tiempo en el Hospital que en la escuela y sobre todo, más tiempo que en casa con mi familia. Pero se sintió bien, es decir, por algo he tratado de formar una segunda familia en la facultad, porque sé que habrá momentos en que necesite de alguien ajeno a mi núcleo parental.

 Como dije, este semestre fue de comenzar un nuevo nivel, porque ya no se trató del Inicio, de echar Raíces o de atravesar la Tempestad (así titulé a mi 1º, 2º y 3º año en la facultad, respectivamente), sino que se trató del Cambio que de la mano llevaba a la Felicidad (aun trato de averiguar cuál es el título adecuado para 4º año).

Así que… ¿De qué me di cuenta?

1.       Me di cuenta que no se sintió para nada el haber estado “de vacaciones”. Tras unas semanas de descanso en verano, el primer día de clases pareció como el día después del examen final de pato. Nada de tiempo para extrañar a amigos.


2.       Que existe un Montoya-Team (aunque en ese momento no sabía de la existencia del nombre. ¡Gracias Antonio!).


3.       Que el bloque de Cirugía significa venir en pitufo el segundo día de clases. ¡TIENES GUARDIA!

4.       Por lo mismo, tu primer día de clases se resume en ir por todo Aguirre Pequeño en busca de pitufos con tus amigos.

5.       “And may the odds be in your favor” no aplica para unir a Martínez y Montoya en las guardias…


6.       Pero no importa, pues uno le entregaba guardia al otro.

7.       Es mucho menos aterrador el ir a La jungla (Cirugía AB) con una de tus mejores amigas en tu equipo de guardias.


8.       Que siempre recordarás tu primer guardia como MIP.

                                          Rotación A1. Equipo A

9.       Que no importa si no sabes absolutamente nada de las locaciones dentro del hospital, o el proceso para solicitar una TAC o un electro: el residente quiere que todo se haga YA YA YA YA YA YA YA YA YA, porque ¡¡URGE!!
¡¡URGE!!
¡CONFIRMEN!
YA
YA
YA
YA
YA
YA.


10.   Aprendí a adivinar qué significaba el ir a “Trans”, “Posqui”, “TQP”, “Prequi", "Resu", "Ambu" y demás abreviaturas no encontradas en la RAE.



11.   Que tal vez en un futuro, tras más de 40 horas seguidas de guardia, tampoco sea capaz de conjugar verbos en whatsapp.

12.   Que es una gran idea compartir locker con tu mejor amigo.

13.   Que siempre hay alguien en el equipo quien en los primeros 30 minutos de la primera guardia, se presenta con todos, pregunta nuestros nombres y cómo nos gusta que nos digan y nos agrega a Facebook y a Whatsapp (Sí, ese fue Germán).

14.   También está aquel que por más difícil o incómoda sea la situación con el paciente, rompe el hielo platicando de cosas cotidianas (¡María Elena!).

15.   Incluso aquél al que siempre los residentes le piden haga lo más raro, difícil o molesto. Ese desafortunadamente, fui yo.



16.   Que es cierto. Si no puedes curar, alivia. Y si no puedes, consuela. Porque lamentablemente a veces eso es lo único que tenemos para darle a algunos pacientes.

17.   Que la curación más difícil no es aquella que requiere más tiempo, o de más personas para hacerla, sino aquella en la que el paciente está en condiciones muy delicadas y sufre cada vez que se realiza.

18.   Pero ¡ey! No todo es triste. Estos pacientes son los que más se acuerdan de ti, por haber estado con ellos haciéndole la curación por más difícil que fuera.

19.   Que a las 3:00 am se dan las charlas más filosofales con los 3 equipos reunidos en la estación de enfermería de Cirugía AB.


20.   ¡6:00am! El momento más estresante de la guardia. PASE DE VISITA.



21.   Que da una alegría indescriptible el encontrarte por las escaleras, en los elevadores o los pasillos con tus amigos que están rotando en otros departamentos . Pero solo es un saludo rápido, pues ambos tienen pendientes por hacer.



22.   Que el pasar 12x24 horas de guardia en un mes, son suficientes para conocer a tu equipo. Conocer su forma de trabajar, de ver a los pacientes, lo que les gusta comer, cómo comen, cuánto comen, si siempre tienen “clases”, si son de sueño pesado, si roncan mientras duermen, si tienen una obsesión con el orden o si les gustan las fotos. Como dije, suficiente tiempo.




23.   Que el día después de tu guardia de noche o de 24 horas, ¡NO EXISTE!

24.   Mentira. Siempre tienes clases en tu  descanso.



25.   Que al estar post-guardia cosas como si estás despeinado/a, traes ojeras, hueles a hospital, o tienes hambre, se vuelven superflúas. ¡SOLO QUIERES DORMIR!


26. Así que intenta mantenerte despierto en clases cuando estés post-guardia. ¡Tú puedes!


       .....o no.

27.   Y estando post-guardia tus amigos tienen de a dos: o estás tan drogado de felicidad, o tienes un humor nulo. Nada personal ¡Suerte!



28.   Que aunque no soy foráneo, este es el semestre que más extrañé a mis papás.

29.   Que a veces tomar una decisión arriesgada es lo que mejor pudiste hacer. Porque siempre que se cumple una meta, tienes que ir por la siguiente y no quedarte siempre haciendo lo mismo.

Mis primeros alumnos

30.   A pesar de que he insistido en que ya no formo parte, para mis compañeros de generación siempre “DIME es sinónimo de Montoya, ¿qué rollo?”


31.   Que si el mundo conspira contra ti, basta con que te vean insistir en ir por lo que quieres para que decidan darte una oportunidad.

32.   Que cuando algo se va, siempre llega algo nuevo.

                                           Primer día en Departamento de Microbiología

33.   Que este fue el cumpleaños que más he disfrutado. Pero ya hice otro post (en Facebook) parecido a este, dedicado exclusivamente a ese día.


34.   Que el único beneficio de ser A1 es haber iniciado con las guardias pesadas, antes de iniciar con cualquier examen. Pero repito, el ÚNICO beneficio. ¡El ÚNICO!



35.   Que eres capaz de convertirte en un Robin Hood en busca de material para las curaciones de tus pacientes.

36.   Que no importa si tu doctor de Sala te tupe de preguntas al presentar la historia clínica. Si es buena persona, el paciente siempre te ayudará frente al doctor.

37.   Que SIEMPRE se sienten bien los abrazos post guardia.


38.   Que se siente bonito ver a tus pacientes de rotaciones anteriores y que digan “Cómo no me voy a acordar de ti, si eres el que estuvo conmigo todo el tiempo”.


39.   Que bastó llegar al cuarto con una sonrisa y saludando efusivamente al paciente para que éste cambiara su semblante y se incorporara, devolviendo la sonrisa y respondiendo “estoy muy bien doctor”.

40.   Que SIEMPRE debes usar tus lentes protectores.



41.   Y definitivamente, siempre debes decir cuando te pinchas suturando a un paciente. “De algo me voy a morir” es la excusa más estúpida.

42.   Que en corto tiempo ya te sabrás el menú de la cafetería y por lo tanto, la hora en que ponen lo más rico para comer.


43.   Que cuando tienes guardia pre-examen, la cafetería es la mejor sala de estudio grupal que existe.



44.   Que no importa lo cansado que estés. La vista desde Aulas Nuevas-Nuevas por las mañanas es maravillosa.


45.   Que al terminar la clase de las 7:00am, el recorrido al locker o al hospital puede convertirse en la charla más agradable que tengas con tu mejor amigo.



46.   Por esto mismo, me gustó dejar de ser cyberamigos en este semestre. Éramos amigos en persona. “Charlas post-cirugía”.

47.   Que era un ritual el compartir un café. Sobre todo con mi adicta a la cafeína favorita (¡Marinela!)

.

48.   Que si no manchaste tu pitufo de yeso, no llevaste Trauma. Y si no se te manchó, el residente te salpicará “para que se vea que trabajaste”.

49.   El equivalente a esto en Plástica, es la gloriosa mancha amarilla del furacin en las mangas de tu bata.
      También puede ser sangre...



50.   Que tienes que ir al asta bandera en la azotea del hospital en tus guardias de este semestre.


51.   ¿Había algo llamado Bagre-cueva?



52.   Que por más lejano que parezca el día del final de tus guardias al inicio del semestre, el tiempo se llega rápido.


53.   Que tengo un nuevo sentido de pertenencia.
Posada del Departamento de Microbiología

54.   Que no importa el cansancio, la vigilia, los regaños, las peleas de equipo o el estrés, porque al final, disfrutarás haber pasado por todo esto.


   ¡Infinitas gracias, Semestre de Cirugía!


Por cierto, ya me decidí. Este 4º año se titula Cambio, pero este semestre de Cirugía indiscutiblemente se titula Felicidad.



sábado, 5 de diciembre de 2015

La neuróloga

-Emm… ¿de qué tamaño el yelco? –preguntó el hombre más joven en la sala.

-¡EL MAS GRANDE QUE PUEDAS ENCONTRAR! –le gritó Quentin, desesperado.

El muchacho le entrego en la mano el yelco, a lo que el residente prosiguió clavándoselo en el tórax al hombre que se encontraba en la camilla. Su vida estaba en riesgo.

-Segundo espacio intercostal, línea medio clavicular –repitió, para sí mismo.

Cuando hubo clavado el artefacto, el paciente logró estabilizarse. Quentin dejó escapar un aliento de alivio. Había dejado encargado a su interno de este paciente mientras reanimaba por compresiones torácicas a otra de los pacientes que llegaban a la sala de Urgencias. El joven practicante se descuidó y no fue hasta que el paciente a su cargo dejó de respirar por sí solo y a presentar dilatación de las venas yugulares y coloración azulada del rostro que se dio cuenta que algo iba mal. Neumotórax a tensión. El chico había ido corriendo a avisar a su residente al instante.

-Ya descomprimimos ese neumotórax a tensión, ¿ahora que sigue Richards? –preguntó a su interno, tratando de verse calmado. Estaba furioso con él por haber pasado por alto el incidente. Pero sabía que todos empezaron de la misma manera, así que prosiguió enseñándole.

-Ya es un neumotórax simple. Lo que sigue es poner una sonda en tórax en el quinto espacio intercostal sobre la línea medio axilar. –dijo el muchacho, titubeando. Sabía que lo había estropeado desde el principio.

-¿Estás seguro? –al residente de urgencias, Quentin Blake, no le parecía la inseguridad de su interno.

-Sí. –contestó Richards, ahora con un tono más convincente.

-Perfecto. Ponla tú. No te preocupes, te guiaré.

Al mismo tiempo el residente seguía con la evaluación primaria del paciente. No quería que se pasara por alto alguna otra cosa de nuevo. Quentin era el tipo de residente del que cualquier interno querría aprender. Inteligente, amable, con un temple fascinante y para las chicas (o en este caso también para Richards), un atractivo físico eclipsante.

-¡Eso! ya sólo tienes que suturar la herida para mantener la sonda dentro

La voz grave de su residente ponía nervioso al interno. Y no podía mirarle mucho tiempo sus ojos verdes sin dejarle clavada la mirada. Se concentró en lo que estaba haciendo y empezó a introducir la aguja de sutura en la piel del tórax del paciente.

-¿Pediste a alguien de neuro? –dijo una voz femenina detrás de ellos.

-Sí. Es un masculino de 37 años, quien fue atropellado por un vehículo de carga en movimiento al cruzar la calle. Proyectado 20 metros de distancia desde el punto de impacto. Al arribar al hospital llega con… -Quentin dejó de mirar el monitor de signos vitales y giró su cabeza para ahora sí ver el rostro de la doctora a quien había empezado a exponer el caso.

 Al verla, éste se quedó perplejo al reconocerla. Se veía aún más bella de como la recordaba. En ese instante una secuencia de imágenes del pasado ocuparon su mente. No pudo evitar mostrarle una sonrisa tonta. Ella solía tener ese efecto en él.

Recordó que se encontraba exponiéndole el caso de un paciente para una interconsulta de neurología, a lo que prosiguió dejando los sentimientos encontrados a un lado, relatando:

-Al arribar al hospital llega con una escala de coma de Glasgow de 8. Signos vitales en límites inferiores. Hematoma en región parietal. Laceraciones en cabeza, cara, espalda y pies. Fractura expuesta del fémur izquierdo y crepitación al explorar pelvis. Hace unos minutos presentó neumotórax a tensión, logramos descomprimirlo a tiempo. Acabo de repetir la evaluación primaria y secundaria. Estable, por el momento. Quería que lo revisara alguien de neuro antes de hacerle el FAST.

-De acuerdo, déjame revisarlo.

Mientras la neuróloga hacía su trabajo, Quentin no le quitaba la vista de encima. Se hizo mil y un preguntas del por qué ella se encontraba en el hospital. Habían dejado de verse desde que ella inició la residencia en medicina interna. Él era un año menor que ella, por lo que se quedó un paso atrás mientras ella avanzaba al siguiente nivel.

Le resultaba verdaderamente atractivo que ella terminara siendo neuróloga. Siempre le había admirado que tuviera la misma belleza que inteligencia, ¡y vaya que era inteligente!

Después de terminar de explorar al paciente, la castaña doctora se dirigió hacia Quentin y  el interno Richards.

-No presenta signos de daño neurológico. Aun así me gustaría observar su TAC. –se quitó los guantes y le hizo una seña al interno para que le pasara su tabla para escribir la nota de interconsulta. Se echó el cabello tras su oreja del lado izquierdo y muy concentrada en lo que hacía, empezó a redactar. Quentin estaba maravillado observándole.

En eso, un hombre al que Quentin admiraba, pues era su mentor, hizo su aparición en la sala de urgencias. El doctor Jamie Harper, jefe del Servicio de Urgencias del hospital había llegado de su día de descanso para apoyar con los numerables pacientes que no dejaban de llegar por la tormenta que fuera tomaba lugar.

-Dime qué tienes aquí, Blake. -El doctor Harper conocía el nombre cada uno de sus residentes. Le gustaba ser cercano con sus estudiantes.

Quentin Blake expuso al instante el caso a su profesor. Jamie Harper dirigió la mirada al paciente y en seguida hacia la doctora que se encontraba presente aun.

-Usted debe ser la doctora Carol Rivers, ¿cierto? Su hermano en San Diego me informó de su transferencia a este hospital. He leído sus artículos sobre de casos en urgencias. Espero pueda aprender aquí y desarrollarse como lo hacía en el hospital de su hermano. Nos hace mucha falta doctoras como usted  -hizo un especial énfasis en esta palabra- en su campo. Bienvenida a Urgencias doctora Rivers- le dio un apretón de manos a la chica.

-Muchas gracias doctor, así será. –la chica se sonrojó. Le apenaba que la adularan frente a todos por su trabajo.

El doctor Harper dio media vuelta para seguir supervisando lo que los demás residentes hacían. Dio unos pasos, pero se detuvo como si hubiera olvidado algo. Sin voltearse completamente, sólo giró la cabeza hacia atrás, y exclamó:

-Por cierto Blake, pensé que estando en segundo año de tu residencia de Urgencias ya sabrías el protocolo de atención para un politrauma a la perfección. El FAST se hace antes –alzó la voz en esta palabra- de cualquier interconsulta. Incluso neuro.

Siguió su camino.

Quentin Blake se sintió tan avergonzado. Había quedado mal frente a su jefe, frente a Carol y frente a su interno. No sabía que decir para romper el hielo.

-Quería decírtelo cuando me dijiste que no habías hecho el FAST, pero… -dijo la chica, a manera de disculpa.

-No te preocupes –le tocó el brazo con cariño- gracias por venir. Cuando tenga los resultados de la TAC te llamo. ¡Qué gusto volverte a ver Carol!  –alzó los barrotes de la camilla y quitó el seguro para ponerla a andar -¡vamos a hacer el FAST! –le dijo a su interno.

Y eso fue todo. Quería pedirle que quedaran para tomar un café o algo y ponerse al día el uno con el otro, pero no estaba seguro si ella sentía el afecto que él  le seguía teniendo. Carol Rivers: su primer amor. Aunque ella jamás supo nada, al menos no de su boca. Jamás tuvo el valor de decirle absolutamente nada.

Quentin sabía que esto no era coincidencia. Sabía que había sido el destino quien quiso volverlos a poner en el mismo camino de nuevo…


Música del blog:
Portions for foxes - Cover de Caught a ghost



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Por los viejos tiempos

domingo, 15 de noviembre de 2015

Hasta pronto en Cambridge

Mientras iba en el avión de regreso a América, releía la carta que su amigo Clay le había escrito como despedida. No, no como despedida sino más bien como un agradecimiento. Un recordatorio de los momentos que pasaron juntos en la escuela de medicina. Clay siempre había tenido esa particularidad de escribir lo que pensaba, por más inusual, sincero o incómodo que fuera, era de esas personas que mediante las palabras escritas encontraban su manera tan única de expresarse.

 Lo curioso era que la carta fungía como un adicional, pues la noche anterior habían tenido su gran hasta pronto en el mismo bar al que acudieron la primera noche que arribaron a Inglaterra, y al cual acudían con sus compañeros de Cambridge ocasionalmente después de los exámenes.

-Admito que cuando llegué a nuestro dormitorio en Stanford y empezaste a hablar y hablar tan rápido dándome la bienvenida, buen yo, me asusté un poco. –dijo Jamie, quien tomo un trago de vodka de su vaso. Hizo un gesto que a Clay le causó gracia. El vodka había raspado la garganta de Jamie. –y ahora, a seis años después de habernos conocido, sigues asustándome de vez en cuando.

Clayton río con el comentario. Sirvió más de la botella a su vaso y bebió. También se le dificultó el deglutir la irritante bebida.

-¿Sabes? Ayer después de la ceremonia de entrega, cuando fui por otra copa de vino… Lucille me abordó.

-¿Qué te dijo?

-Ya sabes, todo ese rollo de despedida, de lo afortunada que había sido de habernos conocido, de lo que hará de aquí en adelante. No sé, la notaba diferente. Pienso que estas situaciones en que termina una etapa importante y comienza una nueva, pone a las personas a reflexionar. Eso hice al llegar a mi dormitorio después del evento.

-¿De qué te diste cuenta? –Jamie dejó su vaso por un tiempo. Se empezaba a sentir mareado.
-De que eres el primer amigo que tengo.

Jamie Harper tuvo una sensación que no pudo describir al escuchar eso. Se limitó a seguir escuchando a su amigo.

-El día en que nos conocimos nunca imaginé que pasaríamos todo lo que hemos pasado. Conoces personas a lo largo de tu vida, personas que mucho o poco, para bien o para mal influyen en tu vida. Tú decides si las dejas entrar, o sólo las dejas acompañarte durante un corto viaje. Tú me dejaste entrar Harper. Aquél primer año en Stanford, cuando supiste que pasaría navidad sin mis padres otro año más, me llevaste a tu casa con tus padres.

-No podía dejar que estuvieras solo esa fecha tan importante Clay. Nadie debería. –le dijo Jamie, con la mirada fija a sus ojos.

-Y cuando reprobé mi primer examen (eso sigue sonando igual de tonto como aquella vez), me compraste un paquete enorme de las golosinas de limón que tanto me gustan. Sabías que las palabras no iban a funcionar para hacerme sentir mejor, así que pensaste en algo más eficaz. –Clayton bebió una vez más de su vaso. Esta vez ya no sintió arder su garganta. –Y cuando tuve aquel crush con mi compañera de clase, hiciste hasta lo imposible para ayudarme a conseguir esa cita.

-Sigo pensando que hubieras usado la táctica que te dije, habrías conseguido salir con ella.

-Y después llegamos aquí, Inglaterra. Cambridge  jamás hubiera sido lo mismo si hubiera venido sin ti. Me dio gusto que a última hora decidieras tomar la oportunidad. Este año aquí ha sido sobre una sola cosa.

-¿Cuál?

-Tomar oportunidades.

-Siempre debe de ser así Clay, también me di cuenta de eso.

-Este año ha sido de tomar oportunidades. Y yo…emm. Yo no voy a tomar ese avión contigo mañana Jamie. No volveré a América.

Le costaba trabajo a Jamie asimilar lo que acababa de escuchar.

-Decidí lo que quiero hacer. Quiero ser genetista. El doctor Brown aceptó mi solicitud de internado en su clínica. En cuanto acabe, haré mi residencia en genética con él. –Clay soltó un gran respiro después de haber contado esto. Aun le parecía difícil de creer. Se sentía nervioso con su decisión. Pero era el tipo de nervios que te dan el coraje necesario para afrontar lo desconocido.

-En verdad quiero darte un golpe directo en la cara ahora mismo. Pensé que haríamos el internado juntos en el mismo hospital. ¡Así lo planeamos!

Jamie se levantó de un brinco de su silla. Clayton creía que sólo lo decía bromeando. Cerró los ojos y esperó el golpe de su amigo. En lugar de eso, recibió un abrazo de su amigo.

-Estoy orgulloso de ti, amigo. –hizo un especial énfasis en esa última palabra. Jamie también estaba muy agradecido con Clay. Le había apoyado en momentos difíciles de una manera en que ni Gabriel hubiese podido.  –Me alegra que estés tomando estas decisiones, en verdad me alegra. Y no te preocupes. No estaremos en el mismo hospital, pero desde ya eres el primer colega al que le pediría una interconsulta de genética. ¡Somos médicos ya!

Ambos soltaron una carcajada al escuchar esa frase. Una broma interna entre ellos. Jamie llenó los vasos de ambos, tomo el suyo y lo alzó al aire.

-¡Por lo que viene!

-¡Por lo que viene! –asintió Clayton.


Música del blog:
All alright - Fun





domingo, 12 de julio de 2015

Bienvenido al campus, parte 2

Llevaba varios minutos en la fila esperando a ser llamada. Tras su llegada al campus, Rosie tenía que pasar a las oficinas centrales para la asignación de su dormitorio. Mala idea la de olvidarse de hacer dicho trámite por internet. Ahora se encontraba así misma en una sala de espera pequeña, atiborrada de estudiantes, cargando el pesado equipaje que traía arrastrando desde la entrada del campus. El chico que estaba delante suyo fue llamado. Echó un vistazo a su celular para ver si su amigo Gabriel le había llamado, quien había llegado a la universidad unos días antes. Nada.

La chica fue llamada por la secretaria, pero antes de que Rosie moviera un solo músculo, una chica alta y castaña, con un perfecto bronceado y vestida de una manera envidiable irrumpió en la habitación. Tenía la apariencia de estar verdaderamente cabreada. Pasó por delante de Rosie, se dirigió hacia el escritorio de la secretaria y de golpe le extendió una hoja de papel a la mujer sobre la madera del escritorio.

-¿Si? ¿Puedo ayudarla en algo señorita Hamilten?

-Hamilton. Si, ¿puede decirme que es esto? –la chica le acercó la hoja de papel.

La mujer, cuidadosamente cogió la hoja con su mano, se puso sus lentes de lectura y dijo:

-Es la habitación que le fue asignada, ¿tiene alguna…?

La chica empezó a levantar la voz

-Creí que no volveríamos a pasar por lo mismo este semestre. Me dieron un cuarto compartido (de nuevo) cuando mi padre específicamente…

-Señorita Hamilton, sabe bien que los cuartos son entregados conforme al azar.

-Mi padre dona mucho dinero a esta escuela como para que no me den un maldito cuarto individual. –la voz de la chica resonó en la habitación.

-Lo siento, pero hasta no recibir órdenes de mi superior no puedo asignarle uno de esos cuartos. Y aunque lo hiciera, me temo que todos ya han sido ocupados. Quizá si no se hubiera tomado ese semestre sabático el semestre pasado su antiguo cuarto habría sido respetado.

-¡¿Pero que?! –se dio cuenta que todo el mundo había sido espectadora de su escena. Viendo que no podía hacer más, la restirada chica inspiró profundamente, guardándose sus palabras, se acomodó el bolso, dio media vuelta y se marchó dando un portazo al salir de la oficina.

Rosie, atónita ante tal escena había olvidado que había sido llamada.

-¡Vaya! ¡Sexy…pero está loca!

Rosie viró para ver al chico que había exclamado eso. Un joven afroamericano con un semblante muy fresco se dio cuenta que Rosie lo observaba, le echó un sonrisa y le guiñó el ojo.

-¡Rose McCall!. –volvió a llamar la secretaria.

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Las grandes paredes de piedra del pasillo por el que caminaba Jamie parecían un laberinto. Había doblado a la izquierda frente a la fuente de la Casa Kappa Alpha Theta y fue siguiendo derecho por Campus Drive hacia la parcela de Bowdoin Street como le había dicho aquella chica a la que le preguntó el camino más corto para el edificio Kimball, donde se encontraba su dormitorio. 

Siguió caminando con su equipaje en mano, desesperado por llegar y tirarse en la cama de su habitación pues llevaba hora y media tratando de encontrar su camino. Stanford sí que era un campus enorme.

Se había adentrado a una finca de paredes coloniales cuyo centro era un jardín cuadrangular con un estanque en su interior. Estudiantes caminando de aquí para allá por los oscuros pasillos de la finca veían cómo Jamie se detenía a apreciar el estanque del jardín central. El joven dejó caer sus maletas al suelo, se dobló las mangas de su camisa para tratar de disipar el calor que sentía y descansó un poco en una de las bancas de piedra que tenía cerca. Dejó soltar aire de su boca y admitió por fin que estaba perdido. Pero se encontraba perdido en el lugar con más calma del campus. Al menos, lo que llevaba de conocer.

Vio pasar a una linda chica pelirroja por el corredor de enfrente quien columna a columna se alejó del pasillo hasta desaparecer. Jamie pensó en su novia Rosie y se preguntó cómo le estaría yendo en su primer día en Yale. Habiendo descansado un poco, se volvió a colocar su maleta en el hombro sobre la sudada camisa azul y siguió en dirección a donde había desaparecido la pelirroja.

Atravesó el umbral del arco sostenido por dos columnas que marcaba la salida de  la finca y bajó la escalinata de piedra. En seguida, volvió a ver a la chica de cabello rojizo, la cual le pareció  aún más bonita de cerca. Apenado, pues se encontraba lleno de sudor Jamie le preguntó cómo podía llegar a su edificio. La chica amablemente le indicó que tenía que seguir por la calle de frente, Escondido Road y llegaría directo a los dormitorios. Jamie le dio las gracias con una sonrisa tonta y siguió su camino.

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-Si, justo voy entrando al edificio. Estoy en el quinto piso, habitación 23 – D. ¿Vienes por mi? Aún no sé dónde está la cafetería. –la chica jadeo, pues aún se encontraba cargando el pesado equipaje. Deseó que Gabriel se hubiese contactado con ella más temprano para que le ayudara a cargar con todo.

-De acuerdo, en un momento llego. Muero de hambre. Cambio y fuera.

Rosie avanzó por el pasillo buscando su cuarto. Según veía, los números iban decreciendo conforme avanzaba por el corredor. Veía a algunas chicas saludarse, animosas por verse después de las vacaciones. Distinguía a las nuevas como ella, tratando de averiguar cómo iba todo por ahí. Al fin vio la habitación 23 – D. La puerta estaba entreabierta. Sabía que tendría una compañera de cuarto y estaba deseando tanto que sucediera un milagro.

Al entrar, toda esperanza edificada se vino abajo pues sus suposiciones habían sido ciertas. En la hoja de asignación que le entregaron en la oficina, ponía a Carter Hamilton como su compañera de cuarto. Pensó que tal vez era coincidencia y que la chica que había entrado a realizar una escena era otra Hamilton. Se equivocó.

Lo que a Carter Hamilton le sobraba en glamour, le faltaba en educación. Era una persona arrogante que había crecido en una familia acomodada y estaba acostumbrada a recibir un trato especial a donde sea que fuese. No había conseguido que le dieran un cuarto individual este semeste, por lo que se había resignado (por el momento) a aceptar el cuarto compartido con una tal Rose McCall <<nombre de bufona >> pensó.

Rosie atravesó el umbral de la puerta y se percató que Carter se había apoderado de casi toda la habitación. Sus cosas yacían en el peinador y en todas las repisas. El closet que se encontraba abierto, se encontraba casi en su totalidad ocupado por las costosas prendas de la chica.

-Hola…al parecer compartiremos el cuarto –Rosie supo que estas palabras taladraron en la mente de Carter. –me llamo Rosie McCall.

La castaña chica al parecer estaba ignorando a Rosie. << Si la ignoro, tal vez se vaya>>

Rosie agarró aire con sus narices y se plantó frente a ella.

-Escucha, sé que esto no es lo que querías pero estoy aquí y este es tanto mi cuarto como el tuyo. Así que elige, o compartimos educadamente todo el cuarto –hizo un énfasis en la palabra todo, refiriéndose al repentino apoderamiento de la chica por el closet y el peinador –o tenemos el semestre más irritante de nuestras vidas. Son las cartas del juego.

Carter se levantó de su cama donde estaba sentada y se erigió frente a Rosie. Era más alta que ella, pero eso no intimidó a la pelirroja chica. Le lanzó una mirada desafiante. Nadie se le había plantado como Rosie lo acababa de hacer.

-La mitad de abajo del closet es tuyo. Mis cosas están por ahí, no las toques. No me levanto antes de las 7:00 am. Las luces se apagan completamente cuando duermo, si necesitas estudiar de noche, la biblioteca abre las 24 horas. Y ni se te ocurra traer a algún chico a dormir. O chica.

Acto seguido, se dirigió a la puerta de la habitación. Antes de desaparecer, se detuvo y dio su último mensaje:

-Yo no desempacaría todo si fuera tú. Tal vez seas reasignada.

Se fue.

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En su camino al edificio de Rosie, Gabriel pasó frente a un grupo de chicos sentados en el jardín de enfrente. Se percató que uno de ellos, se le quedaba mirando fijamente. No lo lograba ver del todo bien debido a la distancia a la que se encontraba, pero a Gabriel le pareció atractivo el chico. Incluso aun cuando Gabriel se dio cuenta que lo miraba, el chico no desvió la mirada. Siguió su camino hacia el dormitorio, dejando atrás la mirada de aquél sujeto.

Cuando se encontró con su amiga, ambos corrieron a abrazarse, emocionados de estar juntos en esta nueva etapa. Nunca habían sido muy cercanos, incluso antes Rosie no soportaba a Gabriel, pero este último año se habían vuelto muy buenos amigos. Jamie había servido de vínculo entre ellos dos.

Habiendo llegado a la cafetería más cercana del campus, los dos amigos se pusieron al tanto con lo que habían pasado los últimos días.

-Habrá una fiesta de bienvenida en la noche –dijo Gabriel, aun con parte de su hamburguesa en su boca. A Rosie le dio risa, pues a pesar de que amigo era gay, no dejaba de ser un hombre, ni de comer como uno. –es tradición aquí. Te dan un color y un número y el objetivo es encontrar a aquél que tenga el mismo color y número que tú, para que por lo menos tengas a un amigo antes de que acabe tu primer día aquí. Suena lindo…tonto, pero lindo. –el chico siguió devorando su hamburguesa.

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Cuando por fin llegó Jamie al edificio Kimball sintió un halo de alivio. Tomo el ascensor al cuarto piso rumbo a su dormitorio. Dentro del pequeño cubo ascendiente, vio en el espejo que había dentro que tenía una muy mala pinta. Su camisa de botones azul sudada hacía juego con el cabello húmedo. Cargar las maletas le había arrugado a camisa. Esperó poder llegar a su cama, recostarse y darse un baño.

Abrió con su llave la puerta de la habitación 646 y vio que su compañero ya había llegado. Un chico con una pinta muy elegante, con clase. Complexión delgada, el cabello oscuro, algo largo pero reluciente y de una tez aperlada. Había acomodado ya todas sus cosas. De hecho, se veía todo muy ordenado.

-¡Jamie qué tal! –el chico le extendió la mano para saludarlo.

 Jamie se sorprendió de que éste supiera su nombre, pero entonces recordó que en el mail que le enviaron asignándole el dormitorio, venía el nombre de los ocupantes. Se sintió apenado por no recordar el nombre del chico.

-Clayton Meissner, de Nueva Orleans. Te ves agotado, ¿viniste caminando? Debiste de tomar la ruta estudiantil, pasa por los puntos centrales del campus. A mí me dejó frente al edificio. –Jamie se sintió miserable por dentro. –Bonita habitación, ¿no? El baño está al final del pasillo, ahí puedes darte un baño (creo que lo necesitas). Te agregué a facebook, ¡acéptame! . La contraseña del wi-fi es 646wjm10kh ¿Agua? –le acercó rápidamente una botella al chico.

A Jamie le sorprendió la rapidez con la que hablaba su nuevo compañero. Se sentó en el borde de la que supuso era su cama y al instante vio los libros de medicina en las repisas de su compañero. Y al parecer Clayton también era músico, pues al lado de su escritorio se encontraba descansando un chelo.

-¿También estás en medicina? –preguntó amablemente.

-¡Si! ¿Genial, no? Y estamos juntos en casi todas las clases. Me tome la libertad de recoger tu horario. ¿Ya compraste los libros? Hoy hay buenas ofertas en la librería del campus, si quieres podemos ir más tarde. –Clayton se sentó en su cama, frente a Jamie.

-Estaría perfecto.

Jamie sentía que se llevaría muy bien con el chico, su actitud efusiva le pareció genuina. Pasaron el resto de la tarde conociéndose, mientras Clayton ayudaba a acomodar sus cosas en el cuarto. Incluso Jamie le presentó a Clayton a sus padres, pues recibió una videollamada de éstos. Lo amaron.

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Estaba lista para salir. Se miró al espejo. Se había cambiado cuatro veces, no quería verse mal en su primer fiesta universitaria. Al final se decidió por esos jeans que tanto amaba y un blusón azul naval. Su compañera de cuarto había salido arreglada hace una hora, seguramente también rumbo a la fiesta. Recibió el mensaje de Gabriel quien venía en camino y decidió irlo a esperar al lobby del edificio.

El campus se veía fascinante de noche. Las lujosas y antiguas lámparas iluminaban el sendero que seguían rumbo al jardín principal del lado oeste del campus, donde se encontraba la celebración.

No eran los únicos que iban en camino, algunos en grupo, otros sin compañía se dirigían hacia el mismo destino. En base a eso Rosie podía distinguir quiénes eran de nuevo ingreso y quienes los veteranos.

Escucharon un bullicio detrás de ellos. Al instante, fueron rebasados por una manada de chicos de fraternidad quienes aullaban en busca de alcohol y chicas esa noche. Gabriel y Rosie podían oler desde su lugar la testosterona que desbordaban los alocados estudiantes. Se echaron miradas de complicidad el uno al otro y empezaron a reír.

El enorme jardín del lado oeste del campus se encontraba a rebosar de estudiantes esa noche. La fuerte música hacía vibrar los corazones de los presentes. Habían montado una fogata gigante, donde al dar la media noche quemaban un muñeco tamaño real con el uniforme de la escuela, al menos eso es lo que Gabriel había escuchado.

Unos chicos del comité organizador le asignaron a Gabriel y a Rosie una pulsera fluorescente de un color distinto, y una calca con un número. Las personas que se suponía debían de conocer esa noche debían de tener el mismo color de pulsera y el mismo número que ellos. Rosie tenía una de color blanco y el número 78 mientras que Gabriel tenía el color verde junto con el número 43.

La chica veía tantas figuras moverse de aquí para allá bailando, que al instante desistió de buscar a su pareja. Gabriel había ido a buscar un vaso de cerveza para ellos. Rosie se dio cuenta que un grupito cercano se estaba empezando a arrojar cerveza entre sí. Asustada, se apartó.

-¡Tranquila! Es solo cerveza. Fría y de la buena –dijo entre risas el chico que se había acercado a ella –McCall, ¿cierto?

Tardó un poco en reconocerlo, pero era aquél chico afroamericano de la sonrisa burlona que había roto el hielo en la oficina de tutorías tras la escena que había armado Carter.

-Rosie, sí. –lo miró un poco confundida la chica.

-Mis amigos me llaman Dough, hola. Por lo que veo, ¿eres de primer año verdad? Igual que yo. Déjame darte un consejo, relájate y disfruta el ambiente.

Había empezado a sonar una canción realmente buena, y el vivaz chico empezó a bailar alocadamente, invitando a Rosie que se le uniera.

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-Dos vasos, de la oscura por favor. –dijo Gabriel, al tipo que hacía de dispensador en los barriles de cerveza.

-¡Qué lástima! Pensé que estabas solo. –dijo una voz muy varonil sobre el hombro de Gabriel.

El chico se dio la vuelta para ver al que le había dicho eso. Gabriel se sorprendió al reconocer al tipo que se le había quedado mirando directamente esta tarde. Aquella vez por la distancia, no lo había podido ver bien, pero ahora lo tenía frente suyo, y Gabriel tragó saliva al inspeccionarlo. Atractivo le quedaba corto.

El misterioso chico le enseñó la misma pulsera de color verde que tenía Gabriel.

-Tienes el número 92. Yo el 43 –le dijo Gabriel, en un tono juguetón.

-Lo sé, pero el chico que me emparejaron me aburría tanto. Así que escudriñé el lugar y fuiste el chico más ardiente que encontré.

<<Vaya, qué atrevido >>, pensó.

-Alex, encantado –le extendió un fuerte brazo.

-Gabriel –dijo algo confundido, estrechándole la mano.

-Sabes, te he mirado desde esta tarde, cuando pasabas en dirección al edifico Maxwell.

-¿En serio? No me di cuenta. –mentía.

-Entonces, ¿debo preocuparme de que tu novia me vea platicando contigo? –desvió la mirada al vaso extra que tenía Gabriel.

-¡No, qué va! –soltando una risita nerviosa – en todo caso, sería novio –notó el gesto de satisfacción de Alex. –Vengo con mi amiga Rosie, ambos somos nuevos aquí. Somos del mismo pueblo, es bueno tener a alguien conocido en una nueva escuela en una ciudad diferente ¿no lo crees?

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Ambos nuevos conocidos estaban teniendo un momento muy agradable bailando (brincando y moviendo agitadamente los brazos) la movida canción de David Guetta. Cuando la canción terminó, Rosie deseó tanto que Gabriel se apurara con ese vaso de cerveza. Rebuscó entre las personas a su amigo pero no logró vero. De pronto, percibió la intensa mirada de una chica castaña con quien hace unas horas se había enfrentado por su parte de la habitación.

Carter Hamilton estaba a unos metros, con la recelosa mirada clavada en Rosie. Dough se dio cuenta de lo que sucedía

-¡Wow! ¿Qué traen entre ustedes?

-Desfortunadamente, somos compañeras de cuarto.

Carter se acercó a ellos. Rosie pensó que la iba a golpear, pero tan solo le hizo entrega de algo, toscamente. Se marchó. La pelirroja chica reconoció lo que Carter le entregó. Era un sticker, con el número 78 en él. Rosie voltió la mirada hacia su compañera y avistó la pulsera de color blanco en la muñeca de la chica.

El destino jugaba otra vez para emparejarlas.


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