sábado, 10 de octubre de 2015

Antes de dormir

Estaba dentro de su cama listo para dormir. Envuelto en su cobertor, con una taza de leche sobre la mesa de noche, su pijama azul puesta encima y la edición de ese mes de Cardiologic urgencies en sus manos, leía bajo la tenue luz de su lámpara con una tranquilidad invaluable. Traía puesto sus gafas de lectura, aunque él sabía que pronto necesitaría usarlas de tiempo completo pues comenzaba a disminuir su agudeza visual desde que estaba en la escuela de medicina. El clima fuera en la ciudad neoyorquina estaba fresco, pues el invierno se acercaba.

Había decidido ponerse al tanto de lo más reciente en el tratamiento de urgencias cardiológicas pues su residente, Chris, disfrutaba de tupirlo frente al resto de sus compañeros internos en cada caso en el que trabajaban juntos. A veces Jamie tenía la respuesta correcta, pero otras veces tenía que callar y dejar lucirse a Chris, el actual novio de Rosie. A pesar de eso, Jamie disfrutaba leyendo temas de urgencias en su tiempo libre, pues empezaba a considerarla como una especialidad potencial para él en un futuro.

Echó un vistazo a los gráficos que mostraban el valor predictivo positivo de los datos recabados de este estudio experimental sobre farmacogenómica en casos de cardiopatía isquémica cuando tomó un sorbo de su taza de leche con la forma del casco de Darth Vader. Alguien llamó a la puerta.

-Pasa, está abierto Dan

-¡Hey! Hola, soy yo –asomó la cabeza una chica de tez blanca con el cabello color cobrizo la cual Jamie reconoció al instante a pesar de la tenue iluminación de la habitación. –Vine a dejarle unas cosas a Daniel y quise saludarte, espero que no estés ocupado.

-En absoluto, ven aquí –el chico dio unas palmaditas al sitio al lado suyo en la cama. –estaba a punto de dormir pero antes quise leer un poco esto.

-¿Urgencias cardiológicas? Jamie, ni en tu día libre dejas de lado el hospital.

El chico se encogió de hombros y sonrió. Rosie quedó inmóvil un minuto tras ver sonreír a su amigo. En ese momento recordó lo mucho que le gustaba verlo. Le gustaba su sonrisa, pues cada vez que lo hacía, en las comisuras de sus labios se formaban unos hoyuelos muy lindos, y se hacían visibles las diminutas arrugas en la unión de sus párpados. También, la lámpara ponía en evidencia las pecas que el chico tenía en el puente de su nariz y en sus pómulos. Cuando la chica se dio cuenta de que se había quedado atontada observando el rostro de su exnovio, sacudió la cabeza.

-Me ha contado Chris que estás con él en cardio, lo había olvidado.

-Sí, estos dos meses es mi residente a cargo. Es bueno en lo que hace, pero es sólo que no congeniamos mucho.

En realidad, Jamie quería contarle a su amiga que su novio era un patán con el en el hospital y que seguido sacaba ventaja de su puesto sobre él, pero a pesar de lo mucho que él desaprobaba su actual relación amorosa, no quería darle más problemas de los que ya tenía Rosie con Chris, pues el chico sabía que discutían mucho. De cierto modo, Jamie seguía preocupándose por ella, pues antes de haber sido novia, fue su mejor amiga. Así que puso una cara alegre y prosiguió.

-¿Y qué hay de ti? ¿Cuándo pensabas decirme del nuevo puesto al que fuiste ascendida?

La chica se sonrojó.

-Oh –soltó una risita nerviosa –es sólo…a Vanessa le gustó la propuesta de la que te platiqué. La semana pasada me planté frente a la sala de juntas con los accionistas de la empresa (aunque ni siquiera debía estar ahí) y expliqué mis ideas. Les encantó.

-¡Bien hecho chica! –chocaron las palmas. –Me da gusto este avance que diste, estoy seguro que irás a por más.

Tomó otro sorbo de su taza de Darth y le ofreció a su amiga pero esta se negó.

-¿Cuál crees… -hizo una pausa para dejar la taza de nuevo en la mesita de noche –cuál crees que sea el resultado en una pelea entre Venom y Magneto?

-Venom y… ¿Son personajes de cómics, cierto? –preguntó la chica, sintiéndose ignorante acerca del tema. Jamie siempre había sido su fuente de información sobre cosas geeks.

-Sí. Si no sabes la respuesta, puedes preguntarle a tu hermano. Magneto gana fácilmente, por supuesto.

La chica seguía desubicada.

-Es que todo el día fue de jugar Marvel’s combat con los chicos. Daniel creía que Venom podía vencer a cualquier personaje jugable, pero claramente no conocía mis habilidades usando a Magneto –Jamie se sintió muy niño después de escucharse decir eso.

-Siempre aprendo algo nuevo sobre cosas nerds contigo.

-Para esto me tienes –dijo, con un tono juguetón.

Rosie miró el reloj digital del despetador que Jamie tenía en su mesita de noche. Las 10:30.

-Bueno –se levantó de la cama –es hora de irme. Seguramente Charlie está esperándome para cenar (por segunda vez). Recuérdame la próxima vez no compartir casa con mi hermano mayor. Prefiero a Dan. ¡Oye –señaló la camisa del pijama de Jamie –me gusta tu pijama!.¡ Se te mira muy bien!

-Gracias, me la dio alguien especial el año pasado en navidad –le guiñó el ojo.

-Te veo después entonces.

-¡Espera! –la pelirroja se detuvo en seco. –Faltan dos semanas para tu cumpleaños. ¿Qué quieres hacer ese día?

-Mmm…no lo sé, no tengo nada en mente.

-¡Oh, vamos! Llegaste a esta ciudad un año antes que yo. Debes de conocer un buen lugar en Nueva York al que quieras ir a comer, cenar o tal vez a bailar o echar un trago.

-Tiffany’s. Ahí quiero ir ahora que lo pienso.

-¡Tiffany’s, eh! –exclamó el chico en tono sarcástico. –Según Gabriel, sirven muy delicioso el almuerzo ahí.

-Como no tienes idea.

-Entonces ahí será. Bueno, igual tenemos tiempo hasta que llegue el día. Puedes retirarte en paz linda –a Rosie le dio gracia esa última frase.

-Con su permiso –respondió, en el mismo tono.

Salió de la habitación.


Jamie tomó el último sorbo de su leche ya fría y dejó a un lado la revista que estaba leyendo. Apagó la lámpara y se echó hasta los hombros el cobertor que tenía en sus pies. Mañana sería otro día en el hospital.

viernes, 2 de octubre de 2015

Oscura fue la noche

Se quitó el abrigo al entrar a casa. Hubiera deseado que con él, también se quitara todo el peso que cargaba en esos momentos. Las luces de la planta baja estaban prendidas, al igual que el televisor en la sala. Juguetes tapizaban la alfombra al lado del sofá e intuyó que su esposa Rosie había llevado a dormir a los niños a sus habitaciones después de un largo día de juego. ¡Qué dicha ser niño! Pensó. No eran conscientes de los problemas que como adulto él estaba pasando en esos momentos. Pero pronto se enterarían. Su esposa lo sabía, sus amigos lo sabían, y la verdad era cruda.

Caminó hacia el cuarto de baño. Encendió la luz. Una tenue luz irradiada por dos lámparas con forma de tulipanes dispuestas a cada lado del espejo del lavabo ponía en evidencia su demacrado rostro. Jamie tenía un semblante que jamás había tenido. Ni siquiera tras esas guardias extensas en el hospital terminaba con la expresión facial que portaba en ese momento. Las últimas 32 horas habían sido extenuantes, agobiantes, dolorosas. Para él, para su madre y para su hermano. La barba se hacía visible tras dos días sin afeitarse; sus párpados inferiores se tornaban oscurecidos por el desvelo de las últimas noches en el hospital, veía sus ojos humedecidos, pero hacía todo lo que podía por no dejar caer ninguna lágrima.

Abrió el grifo del lavabo y el agua empezó a correr. Metió sus manos al chorro y juntándolas entre sí logró contener agua en ellas para en seguida enjuagarse la cara. Cerró el grifo y tomó una toalla para secarse el rostro. Suspiró. Deseaba no ser el en ese momento.

Apagó el televisor y las luces de la planta baja y subió las escaleras. Lo que más quería era ver a Rosie. Necesitaba de ella.

Llegó a su habitación. Ella estaba en el cuarto de baño contiguo cepillándose los dientes o algo. Vio la cama lista para acostarse y deseo tanto hacerlo, pero en lugar de eso, se sentó a la orilla de esta. Todo en su cabeza pasaba rápidamente de nuevo. ¿Cómo había pasado todo? ¿Qué hizo mal? ¿Por qué no fue informado al instante de la situación para poder intervenir? Es urgenciólogo, podía hacer algo, podía hacer todo lo que estaba en sus manos, pero no fue así. Se sentía tan impotente, tan furioso, tan culpable. No podía remediar nada ahora. Ya no. Esa noche, Jamie Harper había perdido a su padre.

Rosie llegó a la habitación. Ella sabía del estado crítico del señor Harper. Inisitió a su esposo el estar en el hospital a su lado, pero el no quería que los niños estuviesen sin alguno de ellos por mucho tiempo. Después de tanto, él conocía a su esposo. Sin si quiera preguntarlo, sabía lo que acababa de ocurrir. Se sentó a su lado en la cama, lo rodeó con el brazo y le dirigió una mirada de complicidad. La misma complicidad que los había convertido en mejores amigos desde su adolescencia, la misma que los hizo novios, la misma que se prometieron al convertirse en esposos. Jamie aceptó esa mirada, aceptó su abrazo, aceptó su silencio.

Con la mirada baja y las manos apoyadas en sus rodillas, Jamie comenzó a sentir temblar sus brazos, sus hombros, su pecho, su abdomen. Sus piernas se pusieron tensas, al igual que su mandíbula. Notó que le costaba respirar. Y entonces, sucedió.

Dejó salir las lágrimas que con esfuerzo venía reteniendo, al mismo tiempo que comenzó a jadear, pues cada vez le era más difícil respirar, su cuerpo seguía temblando. Se inclinó hacia el vientre de su esposa. Le rodeo la cintura con sus brazos y siguió llorando. Se mostró como jamás se había dejado ver en su vida. Se mostró vulnerable. Y en esos momentos, el vientre de su esposa parecía el lugar más acogedor y protegido con el que contaba. Quería una sola cosa en ese momento. Quería a su papá con vida.

-Lo sé amor…lo sé.

Ella se inclinó para poder cubrirle, en señal de que ella lo tenía y que en sus brazos no tenía por qué sentirse vulnerable. Justo como él le había hecho sentir eso mismo a ella en muchas ocasiones.

Rosie notó que dos figuras los observaban bajo el marco de la puerta, algo confundidos y asustados. Eran los pequeños Reed y Carson. Seguramente el llanto de Jamie los había despertado.

-Mami, ¿Papi está bien? ¿Qué le pasa? –dijo el menor de los niños, con la voz quebrada.

Jamie escuchó la voz de Carson y dirigió la mirada hacia ellos. Se limpió las lágrimas con sus manos y extendió una mano hacia ellos.

-Vengan aquí chicos –dijo, tratando de dibujar una sonrisa en su rostro.

Los niños, vacilantes, caminaron hacia ellos aun sin saber qué era lo que pasaba como para hacer llorar de esa manera a su papá. No los culpaba. Jamie sintió alivio al verlos. Su imagen tan inocente atenuó su sufrimiento. Reed se veía muy tierna con la trenza que le había hecho Rosie, tenía el mismo cabello color cobre igual que ella. Su pijama amarilla tenía en frente dibujado un pato. Y luego estaba Carson, quien tenía la misma mirada de su padre. Las mangas de su pijama le quedaban grande, y Jamie no pudo evitar soltar una risita al ver cómo éstas se movían hacia atrás y hacia delante cuando éste brazeaba al caminar. Amaba a sus hijos, amaba a su esposa. En ese momento, era en lo único que pensaba.

-Vengan niños… –abrazó a ambos y les dio un beso en la frente –los amo, lo saben, ¿verdad? Los amo.

Las lágrimas brotaron lentamente de nuevo de sus ojos. Lo único que hizo, fue seguir abrazando tan fuerte como pudo a sus hijos y a su esposa. Sería una noche difícil.


Música del blog:
Nearly morning - Luke Sital