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domingo, 3 de abril de 2016

Flores a la mesa

Se encontraba subiendo por las escaleras hacia el segundo piso de la torre sur del hospital. No sabía si era por la cita que había tenido la noche anterior, por el clima agradablemente fresco que hacía esa mañana que le recordaba a su hogar natal, o simplemente porque se dirigía a ver a la chica que lo hacía sonreír como tonto enamorado. Se encontraba indudablemente feliz.

Salió de las escaleras y Quentin Blake se dirigió hacia la estación de enfermería donde reconoció al instante a la chica de cabello castaño hasta los hombros. Se encontraba escribiendo alguna nota de interconsulta muy meticulosamente, como solía ser ella.

-Hola –dijo Quentin, con un tono suave, pero firme, mientras le puso dócilmente su mano en el brazo con el que la doctora estaba escribiendo, a modo de caricia.

La neuróloga giró la vista hacia el hombre y se sintió atraída por su cara de conquista, como ella le había determinado a esa expresión suya.

-Buenos días –respondió neutralmente la doctora, tratando de que él no se diera cuenta el efecto que su atractivo rostro tenía en ella. -¿Por qué tan sonriente Blake?

Blake. Normalmente en el hospital le llamaban así sus colegas de Urgencias, o sus superiores para darle órdenes o regañarlo, pero viniendo de ella, sonaba muy lindo.

-¿Por qué tú no estás sonriente? Hay muchas razones para estarlo –dijo, lanzándole una mirada seductora, mientras seguía sonriendo ya no naturalmente, si no ahora para molestarla con ello.

-Razones como… ¡oh! ¡Tu familia! Vienen a visitarte esta semana.
<<Razones como nuestra cita de anoche>>, quiso soltar ella.

Quentin frunció el ceño, confundido.

-¿Tu papá y Lorie? –siguió, mientras sacudía la cabeza y arqueaba las cejas-  Lo mencionaste anoche en…

-¡Claro! ¡Claro! -captó Quentin- Papá y Lorie. Llegan el jueves. Espero poder pasar tiempo con ellos, a no ser que las cosas se pongan locas en Urgencias y tenga que quedarme más horas después de mi turno. ¿Estás en piso hoy?

No. Era día de consulta. Lo sabía porque Carol siempre llevaba vestido debajo de su bata los días de consulta. Vestidos que, al parecer de Quentin no hacían más que resaltar el doble (o el triple) la belleza y elegancia de la doctora. Hoy no era la expeción. Llevaba aquél color beige con flores cafés que hacía juego con su castaño cabello.

-No. Sólo vine a dejarle a Sandra la interconsulta que me pidió si no se pondrá a echar fuego por la boca si ve que el expediente de su paciente no está completo. Tengo consulta todo el día –dijo, acomodándose el cabello tras su oreja- ¿sigue en pie la comida? Si es que logras escapar un momento de Urgencias, claro.

-Sí, por supuesto… ¿A qué hora es tu descanso?

-2:30. Entonces te veré en la cafetería.

Anexó la hoja de interconsulta al expediente del paciente. Tomó su block de notas y su pluma, se lo metió a la bolsa de su bata y se colgó su estetoscopio alrededor del cuello.

Quentin no hacía otra cosa que mirarla. Ya ni siquiera se molestaba en disimularlo.

-Que tengas un buen día, Blake.

Carol se acercó para darle un beso de despedida en la mejilla a Quentin, sintiendo la rasposa barba de tres días que le gustaba de él, mientras el doctor la tomaba por la cintura con una mano. Chispas. Fue lo que ambos sintieron, sin darse cuenta el uno del otro.

Rápidamente se separaron porque, aunque sabía que todos estaban en lo suyo ahí en el segundo piso, no querían que pensaran eran poco profesionales en su ambiente de trabajo. Carol Rivers tomó las escaleras hacia el primer piso, donde se encontraba la consulta de neurología y Quentin, atontado, siguió su camino por el pasillo que llevaba hacia Urgencias, pensando en la comida que tendrían juntos en la cafetería del hospital a las 2:30.
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-No no, está bien cariño. Dije que los recogería yo esta tarde –dijo el doctor Jamie Harper al teléfono.

-¿Seguro? No quiero que los dejes esperando otra vez, puedo decirle a mi madre que los recoja.

-Tranquila, ve a tu conferencia sin preocupaciones y te prometo que los chicos y yo te tendremos algo rico para cenar. ¿Irás con Keller, verdad? Puedes invitarlo a cenar con nosotros.

-No estarás hablando en serio. Casi lo golpeas la última vez que lo viste.

-¡Oye! Si alguien se le insinúa a mi esposa de esa manera, es lo que se gana.

-¿Hay una manera correcta, entonces? –dice Rosie, entre risas.

-La única que puedo hacer yo –responde, siendo consciente de lo gracioso de su comentario. –Cuídate linda. Te prometo ir por los niños en la tarde. Si no, puedo decirle a Gabriel…

-¡JAMIE!

-¡Estoy bromeando, estoy bromeando! Me tengo que ir, acaba de llegar un trauma a Urgencias.

-Diviértete cielo.

Divertise. Eso era lo que Jamie Harper hacía en la Sala de Urgencias cada día. Aprendía y enseñaba, claro. Pero le gustaba ver el lado bueno de los traumas, las heridas, los desgarros y las fracturas, para variar. Era la única manera de sobrevivir –o hacer sobrevivir- a los casos difíciles. Sea como fuere, le gustaba lo que hacía. Llevaba ya el tiempo suficiente en esa área del hospital como para ahora ser el Jefe de Urgencias. Jamás se habría visto en esa posición cuando estaba haciendo su internado en aquel hospital enorme de Nueva York hace años.

-Pásenlo a trauma 1. Blake, estás conmigo hoy. Trae a tus internos y comiencen la valoración inicial. Vienen dos más en camino. Vázquez y Cox, encárguense de esos próximos, la doctora Jones está ahí para las dudas que tengan. ¡Vamos gente muévanse, hoy será un gran día!
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Alzó su muñeca izquierda y vio su reloj. 2:40 pm. Bajó las escaleras y llegó a la sala de espera de consulta de neurología. No sabía si Carol ya había salido de su consultorio, y no se atrevía a preguntarle a la recepcionista porque lo menos que quería era que se corriera la voz de lo suyo en el área de trabajo de Carol, cosa que ella protegía mucho. Así que se sentó junto a los pacientes a esperar y a revisar su teléfono por si recibía algún mensaje, cosa que sabía que no pasaría porque ella respetaba mucho el tiempo de los demás.

Quentin sintió un alivio cuando vio salir del consultorio a Carol. Ella lo saludó a lo lejos, mientras le dirigía unas palabras a la recepcionista.

Se acercó.

-Creí que ya te habrías ido, gracias por esperarme, me retrasé con algunos pacientes.

-No importa, ¿vamos hacia allá?

Carol notó el brillo en los ojos de Quentin. En verdad se estaba enamorando de ella. En seguida, la doctora tomó de la mano al doctor, quien titubeó al principio pero prosiguió, envolviendo con su grande y fuerte mano la pequeña y delicada mano de ella.

Quentin no supo qué decir, así que no dijo nada en absoluto. Le sonrió, devolviéndole ella la sonrisa y avanzaron en su camino hacia la cafetería tomados de la mano. Era la primera vez que hacían eso en el hospital, pues Quentin había querido mantenerse al margen de la cordialidad entre profesora-residente por respeto a la imagen de Carol con sus colegas.

De pronto se sintió como en la escuela. Aquel momento en el que entras a la cafetería y de entre toda la multitud, algunos se quedan mirando fijamente al raro, al popular o al marginado que va entrando.
La neuróloga Carol Rivers y el residente de urgencias Quentin Blake se detuvieron un momento en el umbral de la puerta en busca de un lugar donde pudieran comer solos, y como era de esperarse, la cafetería a esa hora se encontraba sobre poblada.

Encontraron dos asientos en la barra del frente, junto a la pared de vidrio que veía hacia el jardín del lado oeste del hospital. Aunque no de lo más cómodo sentarse en la silla alta de la barra, a Quentin le agradó la idea de encontrar un lugar lejano del bullicio de los demás.

-¿Sabes? La barra siempre ha sido mi lugar favorito en un restaurante o en un bar. Incluso prefiero comer ahí en mi departamento que en la pequeña mesa que tengo al lado.

-¿En serio? ¿Por qué? Ni siquiera tiene un respaldo en el que puedas sostenerte mientras disfrutas tu comida.

-No lo sé. Supongo que es porque me recuerda a casa. Mamá nos hacía el desayuno, y papá, Lorie y yo nos sentábamos a la barra para poder conversar todos juntos al mismo tiempo que mamá daba los últimos toques a la comida.

Carol notó la mirada de añoranza en Quentin. Su difunta madre. De la que casi no habla.

-Por eso, pienso que sentarme a la barra para comer me hace sentir en casa. Además… ¡los asientos giran! La mayoría de las veces –dice, al no tener éxito tratando de girar sobre sí mismo en el asiento.

-Flores a la mesa –dice de repente la chica.

-¿Perdón?

-Flores a la mesa. Es lo que nunca debe faltar en mi departamento, en casa de mis padres, incluso cuando voy a casa de mi hermano. Mi mamá tiene este gusto enorme por las flores, tiene un jardín enorme donde planta todo tipo de flores. De niña le ayudaba a cuidarlas, incluso Ben lo hacía aunque fingía no gustarle –dijo, soltando una risita- . A mi mamá le gustaba cortar algunas y ponerlas en jarrones por toda la casa, y justo en el centro de la mesa, mi mamá ponía un pequeño florero con dos o tres margaritas a modo de decoración. Decía que le gustaba disfrutar el aroma de éstas al momento de comer, y como era de esperarse, yo también desarrollé ese gusto. Así que…flores a la mesa. Eso me hace sentir en casa.

-Ahora sé qué darte cuando quiera regalarte algo.

-¡No, no no!… no lo dije por eso.

-¡No te angusties! Me parece bonito.

-¿Que ponga flores en mi casa?

-Que tengamos estas…pequeñas cosas, que nos evoquen esto. Pequeñas cosas que son grandes.

Carol se quedó un momento pensando en lo que acababa de decir Quentin, y se dio cuenta que la mayoría de las veces las grandes cosas, las que hacen sentir bien a una persona son sólo pequeñas cosas de las que uno se da cuenta. Veía a Quentin abrir su recipiente de plástico donde traía su comida de casa, lo que le llamó mucho la atención.

-¿Te hiciste de comer en casa y lo trajiste aquí? ¿Tú?

-¡Sí! Lo hice desde anoche antes de dormir.

En cuanto Carol vió lo que Quentin se había preparado, sintió un vuelvo al corazón. Era la comida más saludable y natural que ella le había visto en sus manos en todo el tiempo que llevaba de conocerlo. Carol padecía de diabetes tipo 1, algo muy común entre la familia Rivers, por lo que ella era muy rigurosa tanto con su tratamiento como con su estilo de vida con lo que controlaba su enfermedad satisfactoriamente desde hace 10 años, la cual por fortuna no era tan severa como otros casos en su familia.

Como todos los hombres, sobre todo aquellos de gran tamaño como él, Quentin disfrutaba de una dieta llena de proteínas y carbohidratos. Había notado que Carol siempre cuidaba minuciosamente lo que comía. No se restringía ningún tipo de alimento claro, pero mantenía una dieta calculadoramente saludable.

En su cita de anoche, tuvieron un pequeño inconveniente debido al restaurante que había elegido Quentin para cenar, por lo que Carol decidió contarle sobre su enfermedad, cosa que no hacía con cualquiera, pues guardaba con mucho celo su secreto. No quería que las personas a su alrededor se preocuparan por ella de más.

Al parecer, Quentin en un acto de solidaridad, hoy quiso llevar esa casera y saludable comida para acompañarla y para que Carol no se sintiera tan sola en su día a día con la comida. Acto que, como era de esperarse, estaba conmoviendo a la doctora de una manera tan grande. <<En verdad es un buen hombre>> pensó.

-Y también traje de más, por si quieres probar. Trato de hacer mi papel de cocinero lo mejor que puedo. Pero como dije… trato.

-Me gustaría. Se ve muy rico. También prueba del mío –Carol se sentía orgullosa de él.

Disfrutaron de su comida mientras seguían conversando, hasta que Quentin recibió un mensaje de su jefe, el doctor Jamie Harper, por lo que tuvo que comer rápidamente la comida que le faltaba para ir corriendo a urgencias. Cuando se levantó del asiento, Carol le detuvo.

-¡Espera! Tienes un poco manchado aquí.

La neuróloga tomó una servilleta y le limpió suavemente cerca de la comisura de los labios al hombre. Ambos sintieron un impulso de besarse, pero ninguno lo hizo.

-Ahora puedes ir –Carol le miraba fijo a los ojos. –Por cierto, la próxima vez que vengamos a comer aquí, nos sentaremos a la barra.

-A la barra será. –Quentin sonreía.

Se despidió de ella, dio media vuelta y se marchó de prisa.


Música del blog:
I think I'm in love - Kat Dhalia


Entradas relacionadas:
Por los viejos tiempos, La neuróloga





viernes, 17 de julio de 2015

La noche en New Haven

Sentía transpirar bajo su camisa verde, aquella que hacía juego con sus ojos. Trató de llevarla con calma durante todo el día, pero hace unos minutos empezó a ponerse nervioso respecto a lo que se venía en unas horas.

Su amiga Rosie estaba con él en su habitación, la 17-A del edificio Lawrence, ayudándole a afrontar la situación.

-He hecho esto antes, es decir, he tenido citas…con chicas. Solía recurrir a Jamie para estas cosas (no es muy bueno en el tema, pero al menos lo intentaba) pero ahora que… <<que descubrí que en verdad me gustan los chicos>> bueno, ya sabes.

-No te agobies, aquí me tienes. Entonces ¿dices que este es el mismo chico de la fiesta de bienvenida? Alex. Pensé que lo estabas ignorando desde entones.

-¡Así fue! Sabes que no quiero pasar por todo el drama del año pasado otra vez…

-Aquella situación era totalmente diferente Gabriel –le dijo mientras le acomodaba el cuello de la camisa.

-Está bien, está bien. Aun así, lo evité lo más que pude estas últimas semanas, pero coincidimos en el mismo piso durante clase y en veces insistentemente me abordaba.

-Pues si yo fuera tú (y si no tuviese novio, claro), hubiera aceptado salir con él a la primera, ¡¿Qué no lo has visto?!

Gabriel trató de borrar de su mente el gesto que había hecho su amiga.

-De hecho puedes. Es bisexual –se aplicó gomina en el cabello –y tiene una gran reputación en el campus… si sabes a lo que me refiero. ¿La barba está bien?

-Te ves mejor sin ella, a mi parecer –percibió la mirada asesina de su amigo. Debió decirle eso antes de que se cambiara.

-Bien bien, todo está bien –suspiró –solo es una cita, como muchas que he tenido antes <<sólo que con mujeres>>. ¡¿Por qué rayos es tan atractivo?!

Estaba seguro que lo arruinaría todo. La única experiencia que tenía con otro hombre le había dejado un mal recuerdo. No por él, Desmond fue como un faro para su barco. Le estaba agradecido inmensamente por todo lo que le hizo madurar. Verse auténtico. Sentirse libre. Ser valiente. Los padres de Gabriel por otro lado…no tomaron muy bien la noticia. Y Desmond resultó afectado. Gabriel siempre se preguntaba si aquél chico se recuperó del todo de la brutal golpiza que le brindó su padre <<su rostro y costillas tal vez, pero su orgullo no lo creo>>. Era una lástima que jamás quiso contactarse con Gabriel después.

Y aquí estaba. 4 meses después, en un lugar diferente del país, esperando su cita con un chico diferente, pero aun así, se sentía como el mismo Gabriel inexperto que salió por primera vez con otro hombre.
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Estaba en una banca fuera del gran edificio de la biblioteca central, el punto medio entre la Casa Alfa Phi Alfa, hogar de Alex y el Edificio Lawrence. Bajo la luz del farol que se encontraba a un costado de la banca donde estaba sentado, Gabriel aguardó la llegada del chico. Faltaban unos 33 minutos para la hora acordada.

Repasaba en voz alta una y otra vez lo que iba a decir. Realmente estaba nervioso. Sentía un ligero aire colarse por su camisa. El otoño estaba llegando a su punto álgido.

-Creo que es muy dulce lo que estás haciendo.

Exclamó una viril voz. Gabriel saltó de un respingo y giró su cuello a la izquierda donde Alex se encontraba recargado en el respaldo de la banca.

Sonrojado, Gabriel articuló con dificultad un hola.

-¿Llevas mucho esperando? Perdón, pero los Alfa Phi no me dejaban irme de su fiesta. Sábado por la noche, tú sabes.

-No, acabo de llegar –mintió. –Entonces… ¿cuál es el plan que tiene Alex Cooper para esta noche?

-Hoy Gabriel, conocerás el lado nocturno de New Haven. Soy local, no sé si lo sabías. He vivido toda mi vida en esta ciudad.

-Vaya, no sabía. Oye...entonces si eres local, ¿por qué vives en el campus con los Alfa Phi? –empezaron a caminar hacia al oriente, rumbo a la salida del campus.

-Bueno, es que es mucho más interesante estar aquí en el campus que en casa con mis padres, ¿no lo crees? –le indicó un atajo por un estrecho pasillo entre el edificio de la oficina postal y el centro médico.

Gabriel miraba el camino empedrado en busca de ideas para más conversación, no quería parecer alguien cohibido. Ahí, bajo la tenue luz de la luna en esa noche fresca, entre los tradicionales edificios de arquitectura gótica del campus, sus pensamientos parecían aflorar débilmente. <<Es el efecto de empequeñecimiento del arte gótico>>

Llegaron hasta donde estaba el auto de Alex, un camaro convertible en color amarillo. Se subieron en él y se dirigieron fuera del campus. Éste se despidió del guardia de la entrada como si fuesen viejos amigos.

-Me dijiste que estudias arquitectura, ¿Qué piensas de los edificios de la universidad?

-Son muy variados. Los hay contemporáneos, clásicos y góticos. Góticos en su mayoría. Pienso que refleja lo antigua que es la escuela, pero también el progreso que ha logrado a lo largo de los años –no podía creer que le preguntara sobre eso –en una de mis clases el profesor nos ha pedido para este lunes que analicemos un edificio de la ciudad, el que más nos gustase.

-Bueno, tal vez puedas elegir alguno esta noche –sacó de la guantera una bolsa oscura con zipper- traje mi cámara fotográfica –le guiñó un ojo –sabes, mi hermana también estudió arquitectura en Yale, me ha enseñado lo poco que sé sobre el tema. Hay muchas edificaciones en la ciudad que son dignas de admirar. Es algo que me gusta de vivir aquí.

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-¿Hola? –dijo el chico en un susurro, pues su compañero de cuarto ya estaba dormido.

-¡Hola! Espero que no sea demasiado tarde. Es sólo que quería escucharte.

El joven salió del cuarto. Una delgada figura atravesaba los ventanales del pasillo del cuarto piso, dirigiéndose a las enormes escaleras en caracol.

-También he querido escucharte –suspiró  –¿Cómo va todo por allá linda?

Se sentó a los escalones. El suelo del vitro piso estaba frío. La luz de la luna que atravesaba el vitral que estaba sobre las escaleras iluminaba la delgada figura de Jamie Harper.

-Bien, las cosas parecen ir bien. Vengo de visitar a Gabriel en su habitación, lo estaba ayudando a prepararse para su cita.

-¿Cita? No sabía eso ¡Bien por él!

-Y entonces pasé por esta plaza donde vi a varias parejas reunidas, y no sé…sentí la necesidad de hablarte. Y tu…¿cómo has estado?

Jamie notaba el tono nostálgico en la voz de su novia, lo que no hizo sino ponerlo nostálgico también a él.

-Muy bien, algo apurado, las cosas van muy rápido por acá. Trato aún de acostumbrarme a la manera de trabajar en esta carrera ¡todos son muy competentes! Me emociona. Deberías conocer a mi compañero de cuarto ¡es todo un personaje!

No era la primera vez que Rosie sentía que Jamie había avanzado muy rápido de página. Le daba gusto que su novio estuviera feliz estudiando lo que más le emocionaba, pero a la vez se preguntaba si ella no se estaría quedando atrás en sus ambiciones y metas.

La plática siguió por media hora más. Cuando Jamie se percató que tal vez había despertado a sus vecinos, se empezó a despedir de Rosie.

-En verdad espero verte pronto. Iré a visitarlos próximamente, te lo prometo –dijo Jamie, esperanzado.

-También planeo visitarte. Quiero sentir tus abrazos otra vez…

-Puedes hacerlo ahora mismo. Cierra tus ojos. Imagina que te abrazo, que me abrazas. Yo imaginaré lo mismo.

Rosie tuvo una sensación de calidez en todo su cuerpo al escuchar las palabras de su novio. De cierta manera, él estaba junto a ella haciéndola sentir reconfortada.

-Te amo, Rosie –dijo, con la voz más sincera que pudo.

-Te amo Jamie –respondió ella .
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Recorrían las antiguas calles de New Haven. Habían dejado el auto estacionado cerca de Principal Avenue e iban a pie por el piso de piedra laja de las calles. Se detenían de vez en cuando para fotografiar un edificio memorable. Primero Alex tomaba una del edificio completo, después tomaba una de ellos dos con una cómica pose frente a dichos edificios.

-¿Qué te parece éste? –señaló Alex con los brazos extendidos a lo alto. –Torre Harkness. 1917. James Gamble Rogers. De los primeros edificios góticos en la ciudad. Este en particular me parece fascinante. La base es de forma cuadrangular, pero a mitad de camino…

-Cambia su estructura a un octágono perfecto –completó Gabriel, con la vista clavada en la punta de la torre.

La iluminación propia que tenía el edificio no hacía más que resaltar su majestuosidad.

-Y están esos enormes relojes de metal, uno en cada cara de la torre que le recuerdan a las cuatro direcciones de la ciudad las horas que pasan con un fugaz tic tac...especialmente en la noche.

A Gabriel le gustaba el interés con que Alex narraba sus conocimientos.

-Aunado a la numerosa y detallada ornamentación y las formas en ojal características de la corriente gótica arquitectónica. <<Empequeñecer al hombre es su objetivo>> recordó Gabriel.

-Anda, tomémonos una fotografía justo aquí –Alex sonó esmeradamente feliz.

Gabriel no era alguien que gustase mucho de las fotos, pero quería quedar bien con su cita. Después de todo, él estaba poniendo mucho de su parte al mostrarle la ciudad. Alex le pidió a dos señoritas que iban pasando que les tomasen la foto. Corrió hacia donde estaba Gabriel, poniéndose a su derecha. El chico sonreía de oreja a oreja, rodeo su brazo tras Gabriel y lo tomó por la cintura. El flash disparó.

Alex recuperó la cámara. Puso en el visor de fotografías la que se acababan de tomar. <<¡Muy linda!>> pensó.

Siguieron caminando por las nocturnas calles de la ciudad, hasta que llegaron a uno que ponía Memorial Theater en una placa dorada al frente. Uno de los pocos edificios renacentistas en New Haven. Gabriel recordaba lo que había visto de el en clase hace unas semanas. Subieron la escalinata de piedra y Alex le guió por la entrada.

-¿Está abierto a esa hora? Parece vacío.

-Conseguí que nos abrieran el lugar hoy.

Los dos chicos cruzaron el umbral de las puertas plegadizas de madera. Gabriel, asombrado ante o lo que sus ojos estaban viendo, dejó escapar un leve oohh. Era muchísimo más grande y elegante que el teatro local de su pueblo, sin duda. Alex se adelantó y caminó por el pasillo principal entre las rojas butacas. Caminando al revés, disfrutaba la mirada de asombro de su acompañante.

-¿Y…qué te parece?

-Espléndido. Entonces ¿solo pediste que te abrieran y ya?

-He pasado aquí mucho tiempo desde que era niño. Mi mamá es productora de obras de teatrales, y los primeros años de su carrera fungió en este teatro. Henry, el velador del edificio es buen amigo mío –dijo entre risas. –Hoy está cerrado, pero el próximo mes se estrena El sueño de una noche de verano, de Shakespeare.

-Vaya…debo admitir que has superado mis expectativas. –vio que Alex puso una mirada de desconcerto. –Jamás pensé que fueses un chico tan interesante. Culto. Supongo que te juzgué mal, lo siento.

-No te culpo. Sé bien la fama que me he creado en la universidad. Y aunque la mayoría de eso es cierto –soltó una risita –quiero que sepas que tengo muchos lados que no todos ven, más allá del chico que se mete con todos (y todas).  No siempre me muestro como soy, pues prefiero reservarlo para mí, pero creo que tú tienes algo especial.

Habían vuelto al camaro amarillo y se dirigieron a las afueras de la ciudad, del lado del mar. Pararon frente a un pintoresco establecimiento llamado Frank Pepe Pizzeria Napoletana. Famoso no sólo en la ciudad, sino en el lado este del país.

Entraron al restaurante y había tres mesas ocupadas, una por un grupo de amigos que celebraban el cumpleaños de uno de ellos, y las otras dos por dos parejas. Gabriel supuso que debido a la hora (casi las 12:00), el lugar se encontraba algo vacío.

Fueron hasta el mostrador, y Alex le recomendaba a Gabriel sus opciones favoritas del menú. Al final se decidieron por una de masa delgada con peperoni, pollo, cebolla, champiñones, queso mozarela y orégano, con un tarro de cerveza para tomar.

Se acercaron a la barra de salsas y toppings y Gabriel tomó un frasco que intentó aplicar a su pizza. El orificio del frasco estaba averiado. Gabriel se dio cuenta de esto al quedar su camisa verde con una gran mancha de color rojo. Al darse cuenta, Alex rápidamente tomó una servilleta.

-Déjame ayudarte –dijo amablemente, en vista que su cita se había puesto rojo de vergüenza.

Alex limpiaba con un cuidado la mancha. Gabriel notaba el cariño con que él lo limpiaba.

-Sabes qué…creo que no se quitará –empezó a quitarse su chaqueta de cuero color café. Se quedó solo con su playera blanca. –Ten, póntela –le extendió la chaqueta, con una sonrisa sencilla.

-No…no tienes que hacerlo –le repuso Gabriel.

-Vamos, no me molesta en absoluto. Además, aún nos falta una parada por realizar.

Gabriel aceptó la chaqueta y se la puso, cubriendo en su totalidad la enorme mancha. Acto seguido, se dispusieron a comer.

Estacionaron el auto a unos metros de su última parada. La costa de New Haven contaba con una casa del faro que guiaba a las embarcaciones entrantes. Lighthouse Point Park era una de las atracciones más populares de la ciudad. El atrio del faro se encontraba iluminado por pequeñas luces salientes del suelo que delimitaban el terreno. Había una casita color rojo con un tejado negro que figuraba antes de la torre del faro. Alex la pasó de largo y dirigió a Gabriel directo a la torre. Debido a su función, el sitio se encontraba abierto las 24 horas del día.

Cuando entraron, a Gabriel le hizo feliz ver lo que había en el centro del edificio. Un carrusel dentro del edificio del faro era lo más inusual que había visto. Sabía bien que ese juego giratorio había sido testigo de muchas promesas de amor y de sesiones fotográficas de boda, donde los novios se prometían mantener juntos toda la vida, por más giros inesperados que ésta diera.

Alex había elegido un lugar tan especial para dar cierre a la noche. La fotografía, el teatro, la chaqueta, el carrusel en el faro. El chico le había demostrado a Gabriel lo detallista que era. Estaba asombrado, tenía un buen presentimiento acerca de él.

Alex se subió al carrusel y desapareció al girar éste. Volvió a aparecer, parado junto a un caballo sosteniendo uno de los tubos.

-¿Qué pasa? ¿No vas a subir Gabriel?





domingo, 12 de julio de 2015

Bienvenido al campus, parte 2

Llevaba varios minutos en la fila esperando a ser llamada. Tras su llegada al campus, Rosie tenía que pasar a las oficinas centrales para la asignación de su dormitorio. Mala idea la de olvidarse de hacer dicho trámite por internet. Ahora se encontraba así misma en una sala de espera pequeña, atiborrada de estudiantes, cargando el pesado equipaje que traía arrastrando desde la entrada del campus. El chico que estaba delante suyo fue llamado. Echó un vistazo a su celular para ver si su amigo Gabriel le había llamado, quien había llegado a la universidad unos días antes. Nada.

La chica fue llamada por la secretaria, pero antes de que Rosie moviera un solo músculo, una chica alta y castaña, con un perfecto bronceado y vestida de una manera envidiable irrumpió en la habitación. Tenía la apariencia de estar verdaderamente cabreada. Pasó por delante de Rosie, se dirigió hacia el escritorio de la secretaria y de golpe le extendió una hoja de papel a la mujer sobre la madera del escritorio.

-¿Si? ¿Puedo ayudarla en algo señorita Hamilten?

-Hamilton. Si, ¿puede decirme que es esto? –la chica le acercó la hoja de papel.

La mujer, cuidadosamente cogió la hoja con su mano, se puso sus lentes de lectura y dijo:

-Es la habitación que le fue asignada, ¿tiene alguna…?

La chica empezó a levantar la voz

-Creí que no volveríamos a pasar por lo mismo este semestre. Me dieron un cuarto compartido (de nuevo) cuando mi padre específicamente…

-Señorita Hamilton, sabe bien que los cuartos son entregados conforme al azar.

-Mi padre dona mucho dinero a esta escuela como para que no me den un maldito cuarto individual. –la voz de la chica resonó en la habitación.

-Lo siento, pero hasta no recibir órdenes de mi superior no puedo asignarle uno de esos cuartos. Y aunque lo hiciera, me temo que todos ya han sido ocupados. Quizá si no se hubiera tomado ese semestre sabático el semestre pasado su antiguo cuarto habría sido respetado.

-¡¿Pero que?! –se dio cuenta que todo el mundo había sido espectadora de su escena. Viendo que no podía hacer más, la restirada chica inspiró profundamente, guardándose sus palabras, se acomodó el bolso, dio media vuelta y se marchó dando un portazo al salir de la oficina.

Rosie, atónita ante tal escena había olvidado que había sido llamada.

-¡Vaya! ¡Sexy…pero está loca!

Rosie viró para ver al chico que había exclamado eso. Un joven afroamericano con un semblante muy fresco se dio cuenta que Rosie lo observaba, le echó un sonrisa y le guiñó el ojo.

-¡Rose McCall!. –volvió a llamar la secretaria.

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Las grandes paredes de piedra del pasillo por el que caminaba Jamie parecían un laberinto. Había doblado a la izquierda frente a la fuente de la Casa Kappa Alpha Theta y fue siguiendo derecho por Campus Drive hacia la parcela de Bowdoin Street como le había dicho aquella chica a la que le preguntó el camino más corto para el edificio Kimball, donde se encontraba su dormitorio. 

Siguió caminando con su equipaje en mano, desesperado por llegar y tirarse en la cama de su habitación pues llevaba hora y media tratando de encontrar su camino. Stanford sí que era un campus enorme.

Se había adentrado a una finca de paredes coloniales cuyo centro era un jardín cuadrangular con un estanque en su interior. Estudiantes caminando de aquí para allá por los oscuros pasillos de la finca veían cómo Jamie se detenía a apreciar el estanque del jardín central. El joven dejó caer sus maletas al suelo, se dobló las mangas de su camisa para tratar de disipar el calor que sentía y descansó un poco en una de las bancas de piedra que tenía cerca. Dejó soltar aire de su boca y admitió por fin que estaba perdido. Pero se encontraba perdido en el lugar con más calma del campus. Al menos, lo que llevaba de conocer.

Vio pasar a una linda chica pelirroja por el corredor de enfrente quien columna a columna se alejó del pasillo hasta desaparecer. Jamie pensó en su novia Rosie y se preguntó cómo le estaría yendo en su primer día en Yale. Habiendo descansado un poco, se volvió a colocar su maleta en el hombro sobre la sudada camisa azul y siguió en dirección a donde había desaparecido la pelirroja.

Atravesó el umbral del arco sostenido por dos columnas que marcaba la salida de  la finca y bajó la escalinata de piedra. En seguida, volvió a ver a la chica de cabello rojizo, la cual le pareció  aún más bonita de cerca. Apenado, pues se encontraba lleno de sudor Jamie le preguntó cómo podía llegar a su edificio. La chica amablemente le indicó que tenía que seguir por la calle de frente, Escondido Road y llegaría directo a los dormitorios. Jamie le dio las gracias con una sonrisa tonta y siguió su camino.

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-Si, justo voy entrando al edificio. Estoy en el quinto piso, habitación 23 – D. ¿Vienes por mi? Aún no sé dónde está la cafetería. –la chica jadeo, pues aún se encontraba cargando el pesado equipaje. Deseó que Gabriel se hubiese contactado con ella más temprano para que le ayudara a cargar con todo.

-De acuerdo, en un momento llego. Muero de hambre. Cambio y fuera.

Rosie avanzó por el pasillo buscando su cuarto. Según veía, los números iban decreciendo conforme avanzaba por el corredor. Veía a algunas chicas saludarse, animosas por verse después de las vacaciones. Distinguía a las nuevas como ella, tratando de averiguar cómo iba todo por ahí. Al fin vio la habitación 23 – D. La puerta estaba entreabierta. Sabía que tendría una compañera de cuarto y estaba deseando tanto que sucediera un milagro.

Al entrar, toda esperanza edificada se vino abajo pues sus suposiciones habían sido ciertas. En la hoja de asignación que le entregaron en la oficina, ponía a Carter Hamilton como su compañera de cuarto. Pensó que tal vez era coincidencia y que la chica que había entrado a realizar una escena era otra Hamilton. Se equivocó.

Lo que a Carter Hamilton le sobraba en glamour, le faltaba en educación. Era una persona arrogante que había crecido en una familia acomodada y estaba acostumbrada a recibir un trato especial a donde sea que fuese. No había conseguido que le dieran un cuarto individual este semeste, por lo que se había resignado (por el momento) a aceptar el cuarto compartido con una tal Rose McCall <<nombre de bufona >> pensó.

Rosie atravesó el umbral de la puerta y se percató que Carter se había apoderado de casi toda la habitación. Sus cosas yacían en el peinador y en todas las repisas. El closet que se encontraba abierto, se encontraba casi en su totalidad ocupado por las costosas prendas de la chica.

-Hola…al parecer compartiremos el cuarto –Rosie supo que estas palabras taladraron en la mente de Carter. –me llamo Rosie McCall.

La castaña chica al parecer estaba ignorando a Rosie. << Si la ignoro, tal vez se vaya>>

Rosie agarró aire con sus narices y se plantó frente a ella.

-Escucha, sé que esto no es lo que querías pero estoy aquí y este es tanto mi cuarto como el tuyo. Así que elige, o compartimos educadamente todo el cuarto –hizo un énfasis en la palabra todo, refiriéndose al repentino apoderamiento de la chica por el closet y el peinador –o tenemos el semestre más irritante de nuestras vidas. Son las cartas del juego.

Carter se levantó de su cama donde estaba sentada y se erigió frente a Rosie. Era más alta que ella, pero eso no intimidó a la pelirroja chica. Le lanzó una mirada desafiante. Nadie se le había plantado como Rosie lo acababa de hacer.

-La mitad de abajo del closet es tuyo. Mis cosas están por ahí, no las toques. No me levanto antes de las 7:00 am. Las luces se apagan completamente cuando duermo, si necesitas estudiar de noche, la biblioteca abre las 24 horas. Y ni se te ocurra traer a algún chico a dormir. O chica.

Acto seguido, se dirigió a la puerta de la habitación. Antes de desaparecer, se detuvo y dio su último mensaje:

-Yo no desempacaría todo si fuera tú. Tal vez seas reasignada.

Se fue.

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En su camino al edificio de Rosie, Gabriel pasó frente a un grupo de chicos sentados en el jardín de enfrente. Se percató que uno de ellos, se le quedaba mirando fijamente. No lo lograba ver del todo bien debido a la distancia a la que se encontraba, pero a Gabriel le pareció atractivo el chico. Incluso aun cuando Gabriel se dio cuenta que lo miraba, el chico no desvió la mirada. Siguió su camino hacia el dormitorio, dejando atrás la mirada de aquél sujeto.

Cuando se encontró con su amiga, ambos corrieron a abrazarse, emocionados de estar juntos en esta nueva etapa. Nunca habían sido muy cercanos, incluso antes Rosie no soportaba a Gabriel, pero este último año se habían vuelto muy buenos amigos. Jamie había servido de vínculo entre ellos dos.

Habiendo llegado a la cafetería más cercana del campus, los dos amigos se pusieron al tanto con lo que habían pasado los últimos días.

-Habrá una fiesta de bienvenida en la noche –dijo Gabriel, aun con parte de su hamburguesa en su boca. A Rosie le dio risa, pues a pesar de que amigo era gay, no dejaba de ser un hombre, ni de comer como uno. –es tradición aquí. Te dan un color y un número y el objetivo es encontrar a aquél que tenga el mismo color y número que tú, para que por lo menos tengas a un amigo antes de que acabe tu primer día aquí. Suena lindo…tonto, pero lindo. –el chico siguió devorando su hamburguesa.

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Cuando por fin llegó Jamie al edificio Kimball sintió un halo de alivio. Tomo el ascensor al cuarto piso rumbo a su dormitorio. Dentro del pequeño cubo ascendiente, vio en el espejo que había dentro que tenía una muy mala pinta. Su camisa de botones azul sudada hacía juego con el cabello húmedo. Cargar las maletas le había arrugado a camisa. Esperó poder llegar a su cama, recostarse y darse un baño.

Abrió con su llave la puerta de la habitación 646 y vio que su compañero ya había llegado. Un chico con una pinta muy elegante, con clase. Complexión delgada, el cabello oscuro, algo largo pero reluciente y de una tez aperlada. Había acomodado ya todas sus cosas. De hecho, se veía todo muy ordenado.

-¡Jamie qué tal! –el chico le extendió la mano para saludarlo.

 Jamie se sorprendió de que éste supiera su nombre, pero entonces recordó que en el mail que le enviaron asignándole el dormitorio, venía el nombre de los ocupantes. Se sintió apenado por no recordar el nombre del chico.

-Clayton Meissner, de Nueva Orleans. Te ves agotado, ¿viniste caminando? Debiste de tomar la ruta estudiantil, pasa por los puntos centrales del campus. A mí me dejó frente al edificio. –Jamie se sintió miserable por dentro. –Bonita habitación, ¿no? El baño está al final del pasillo, ahí puedes darte un baño (creo que lo necesitas). Te agregué a facebook, ¡acéptame! . La contraseña del wi-fi es 646wjm10kh ¿Agua? –le acercó rápidamente una botella al chico.

A Jamie le sorprendió la rapidez con la que hablaba su nuevo compañero. Se sentó en el borde de la que supuso era su cama y al instante vio los libros de medicina en las repisas de su compañero. Y al parecer Clayton también era músico, pues al lado de su escritorio se encontraba descansando un chelo.

-¿También estás en medicina? –preguntó amablemente.

-¡Si! ¿Genial, no? Y estamos juntos en casi todas las clases. Me tome la libertad de recoger tu horario. ¿Ya compraste los libros? Hoy hay buenas ofertas en la librería del campus, si quieres podemos ir más tarde. –Clayton se sentó en su cama, frente a Jamie.

-Estaría perfecto.

Jamie sentía que se llevaría muy bien con el chico, su actitud efusiva le pareció genuina. Pasaron el resto de la tarde conociéndose, mientras Clayton ayudaba a acomodar sus cosas en el cuarto. Incluso Jamie le presentó a Clayton a sus padres, pues recibió una videollamada de éstos. Lo amaron.

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Estaba lista para salir. Se miró al espejo. Se había cambiado cuatro veces, no quería verse mal en su primer fiesta universitaria. Al final se decidió por esos jeans que tanto amaba y un blusón azul naval. Su compañera de cuarto había salido arreglada hace una hora, seguramente también rumbo a la fiesta. Recibió el mensaje de Gabriel quien venía en camino y decidió irlo a esperar al lobby del edificio.

El campus se veía fascinante de noche. Las lujosas y antiguas lámparas iluminaban el sendero que seguían rumbo al jardín principal del lado oeste del campus, donde se encontraba la celebración.

No eran los únicos que iban en camino, algunos en grupo, otros sin compañía se dirigían hacia el mismo destino. En base a eso Rosie podía distinguir quiénes eran de nuevo ingreso y quienes los veteranos.

Escucharon un bullicio detrás de ellos. Al instante, fueron rebasados por una manada de chicos de fraternidad quienes aullaban en busca de alcohol y chicas esa noche. Gabriel y Rosie podían oler desde su lugar la testosterona que desbordaban los alocados estudiantes. Se echaron miradas de complicidad el uno al otro y empezaron a reír.

El enorme jardín del lado oeste del campus se encontraba a rebosar de estudiantes esa noche. La fuerte música hacía vibrar los corazones de los presentes. Habían montado una fogata gigante, donde al dar la media noche quemaban un muñeco tamaño real con el uniforme de la escuela, al menos eso es lo que Gabriel había escuchado.

Unos chicos del comité organizador le asignaron a Gabriel y a Rosie una pulsera fluorescente de un color distinto, y una calca con un número. Las personas que se suponía debían de conocer esa noche debían de tener el mismo color de pulsera y el mismo número que ellos. Rosie tenía una de color blanco y el número 78 mientras que Gabriel tenía el color verde junto con el número 43.

La chica veía tantas figuras moverse de aquí para allá bailando, que al instante desistió de buscar a su pareja. Gabriel había ido a buscar un vaso de cerveza para ellos. Rosie se dio cuenta que un grupito cercano se estaba empezando a arrojar cerveza entre sí. Asustada, se apartó.

-¡Tranquila! Es solo cerveza. Fría y de la buena –dijo entre risas el chico que se había acercado a ella –McCall, ¿cierto?

Tardó un poco en reconocerlo, pero era aquél chico afroamericano de la sonrisa burlona que había roto el hielo en la oficina de tutorías tras la escena que había armado Carter.

-Rosie, sí. –lo miró un poco confundida la chica.

-Mis amigos me llaman Dough, hola. Por lo que veo, ¿eres de primer año verdad? Igual que yo. Déjame darte un consejo, relájate y disfruta el ambiente.

Había empezado a sonar una canción realmente buena, y el vivaz chico empezó a bailar alocadamente, invitando a Rosie que se le uniera.

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-Dos vasos, de la oscura por favor. –dijo Gabriel, al tipo que hacía de dispensador en los barriles de cerveza.

-¡Qué lástima! Pensé que estabas solo. –dijo una voz muy varonil sobre el hombro de Gabriel.

El chico se dio la vuelta para ver al que le había dicho eso. Gabriel se sorprendió al reconocer al tipo que se le había quedado mirando directamente esta tarde. Aquella vez por la distancia, no lo había podido ver bien, pero ahora lo tenía frente suyo, y Gabriel tragó saliva al inspeccionarlo. Atractivo le quedaba corto.

El misterioso chico le enseñó la misma pulsera de color verde que tenía Gabriel.

-Tienes el número 92. Yo el 43 –le dijo Gabriel, en un tono juguetón.

-Lo sé, pero el chico que me emparejaron me aburría tanto. Así que escudriñé el lugar y fuiste el chico más ardiente que encontré.

<<Vaya, qué atrevido >>, pensó.

-Alex, encantado –le extendió un fuerte brazo.

-Gabriel –dijo algo confundido, estrechándole la mano.

-Sabes, te he mirado desde esta tarde, cuando pasabas en dirección al edifico Maxwell.

-¿En serio? No me di cuenta. –mentía.

-Entonces, ¿debo preocuparme de que tu novia me vea platicando contigo? –desvió la mirada al vaso extra que tenía Gabriel.

-¡No, qué va! –soltando una risita nerviosa – en todo caso, sería novio –notó el gesto de satisfacción de Alex. –Vengo con mi amiga Rosie, ambos somos nuevos aquí. Somos del mismo pueblo, es bueno tener a alguien conocido en una nueva escuela en una ciudad diferente ¿no lo crees?

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Ambos nuevos conocidos estaban teniendo un momento muy agradable bailando (brincando y moviendo agitadamente los brazos) la movida canción de David Guetta. Cuando la canción terminó, Rosie deseó tanto que Gabriel se apurara con ese vaso de cerveza. Rebuscó entre las personas a su amigo pero no logró vero. De pronto, percibió la intensa mirada de una chica castaña con quien hace unas horas se había enfrentado por su parte de la habitación.

Carter Hamilton estaba a unos metros, con la recelosa mirada clavada en Rosie. Dough se dio cuenta de lo que sucedía

-¡Wow! ¿Qué traen entre ustedes?

-Desfortunadamente, somos compañeras de cuarto.

Carter se acercó a ellos. Rosie pensó que la iba a golpear, pero tan solo le hizo entrega de algo, toscamente. Se marchó. La pelirroja chica reconoció lo que Carter le entregó. Era un sticker, con el número 78 en él. Rosie voltió la mirada hacia su compañera y avistó la pulsera de color blanco en la muñeca de la chica.

El destino jugaba otra vez para emparejarlas.


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Bienvenido al campus parte 1, La noche en New Haven

miércoles, 1 de abril de 2015

La última navidad parte 4 (desenlace)

El auto se detuvo frente al edificio verde. El chico bajó del auto y alzó la mirada hasta lo más alto. Parecía un lugar algo triste. La fachada estaba ya desgastada, las ventanas de los pisos superiores se veían sucias y notó que las vigas que sostenían el techo del pórtico estaban algo carcomidas. A Eliot le disgustó que un lugar destinado para un propósito tan caritativo fuera descuidado en su mantenimiento.
Había personas haciendo fila en la calle aún, tratando de conseguir refugio para esa noche. Se recordó a sí mismo hace varios años yendo de albergue en albergue con su hermano hasta que servicios sociales lo llevó a la casa hogar. 
Las personas empezaron a notar la comida que el equipo de Parker y la familia Harper empezaban a bajar del auto y en sus rostros Eliot notó la alegría que sentían al saber que esa noche tendrían una cena de navidad como el resto de las personas en sus hogares suelen tenerla.
La directora del refugio salió a recibirlos y trajo consigo a personal para llevar los recipientes de comida dentro del edificio, asimismo le dijo a las personas en la fila que todos alcanzarían lugar esta noche y que tendrían una cena especial.
Los guío hacia dentro recorriendo el angosto pasillo, iluminado por una tenue serie de luces navideñas.

-Recibimos a mucha gente por estas fechas, estamos planeando expandir el refugio. El edificio de al lado está en venta, pero aún estamos por lejos de conseguir el dinero que piden por ella, así que mientras nos ajustamos a lo que tenemos.

-¿Pero entonces que pasa cuando llega gente de más? ¿Les niegan la entra así nada más? –La señora Harper parecía un poco indignada con tan sólo imaginar aquella situación.

-Sé lo que piensa. Pero tenemos que hacerlo, créame que esa es la única parte de mi trabajo que detesto, pero tenemos que cumplir exactamente con la cantidad máxima de personas refugiadas en el edificio. Regla de sanidad. Si nos sobrepasamos podrían sancionarnos o hasta quitar la licencia del refugio.

Eliot se dio cuenta que la única manera de que nadie se quedara sin cama ninguna noche era consiguiendo expandir el refugio. Creyó tener una idea, pero no la dijo en voz alta hasta cerciorarse de cuán posible era su plan. Al parecer, tenía un gran proyecto en mente.
Llegaron a una habitación amplia, donde había mesas largas con bancos del mismo largo de las mesas. Algunos de los refugiados ya habían empezado a acomodarse, esperando la cena.

-Y este es el comedor. La cocina está tras esas puertas, pero creo que podemos servir la comida aquí frente a ellos. ¿Se quedarán con nosotros verdad? Vendrá el coro de la iglesia, siempre ponen muy buen ambiente aquí.

Parker y los Harper accedieron, y se integraron junto con el personal del refugio para empezar a servir la comida. El coro llegó y empezó a cantar al unísono la canción navideña más agitada que Eliot había escuchado, sintiéndose aún más alegre de lo que ya estaba.

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Llamó a la puerta y esperó a que Charlie abriera. En la parte sur de Nueva York empezaba a soplar un viento congelante que se arrepintió de ponerse ese abrigo ligero pero fabuloso a la vista. -La elegancia es primero.
Alto, con un cuerpo atlético pero con esa mirada de pocos amigos que siempre se cargaba Charlie abrió la puerta. El mismo la había llamado y pedido que fuera a su casa, pero Vanessa Phyffer no sabía para qué.

-¿Y? ¿Puedo pasar al menos? El viento está congelante.

-Depende de qué tan dispuesta vengas. –Contestó e hizo esa sonrisa bufona que aunque ella no quería admitirlo, le derretía.

-Te dije que aquellos… encuentros entre nosotros se acabaron. –Pasó a la casa y Charlie cerró la puerta tras de sí. El frío viento dejó de sentirse. –Además ni siquiera eras tan bueno.

-Eso no decías cuando te… -Vanessa le arrojó su bolso al pecho para callarlo. –De acuerdo de acuerdo, no más comentarios, bonita.


-Entonces… -hizo una pausa para hacer a un lado la ropa sucia que había regada en el sofá donde prosiguió a sentarse. –¿a que se debe tu llamada?

-Supuse que no tenías nada mejor que hacer en tu casa que leer algún libro tonto sobre la mujer exitosa en la noche de navidad.

-No seas ridículo, ¡tengo muchas cosas qué hacer

Charlie volvió hacia ella con su sonrisa bufona.

-Admítelo, estás tan sola y amargada en la vida como yo. –Le pasó un cerveza a su amiga, y se empinó la suya.

-La única diferencia –dijo Vanessa, levantándose de su asiento y yendo hacia el dolido tipo poniéndole el dedo índice en sus labios en señal de silencio.- es que tú si tienes una familia a la cual puedes visitar.

Antes de que Charlie pudiera replicar, el teléfono sonó. Prefirió ignorarlo, pues sabía de quién se trataba, pero Phyffer contestó.

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Todos en el refugio disfrutaban de la comida que el restaurante MILLAR’s había donado. Refugiados, trabajadores y los chicos del coro compartían mesa. Eliot miraba con gusto a sus padres adoptivos reírse y conversar con una de las familias refugiadas. Parker se cercioraba de que no le faltara ninguna ración a nadie, deseó que Gabriel estuviera ahí junto a él en ese momento.

Tratando de servir el ponche de ese enorme jarrón Eliot perdió el equilibrio, pero alguien llegó a tiempo para ayudarlo y evitar se cayera todo.

-¡Cuidado colega! ¿Necesitas ayuda?

Eliot sonrío con todo su júbilo al ver que su hermano Jamie había llegado para ayudar. Por la mañana había sentido que ignoró todo este asunto y se fue extremadamente rápido, pero ahora estaba ahí, apoyándolo en su proyecto.

-Perdón por salirme así sin más en la mañana colega. Gabriel me contó tu plan y quise venir a ayudarte si es que aún quieres.

-¡Claro! Mira puedes ayudarme a servir esto, por poco se me cae a mi…

-¡Sonrían!

La mamá de los chicos les sacó una fotografía con su antigua cámara instantánea. Vio la foto de sus dos muchachos, Jamie el niño al que crío desde su adopción hace ya 14 años, y Eliot, el nuevo integrante de la familia de quien rápidamente se había encariñado. La primera foto que tenían juntos. No pudo evitar derramar una lágrima al verla y sus hijos dejaron el ponche para ir a abrazarla, darle un beso en la mejilla ambos al mismo tiempo y desearle feliz navidad.

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En el aeropuerto de Nueva York seguía la desesperación de Daniel por poder despegar de una vez por todas el vuelo, pues ya era casi media noche y el y Lily tenían que estar en casa para la cena de navidad. Tenía mucho sin ver a sus padres, además quería escuchar personalmente cómo iban las cosas entre su hermana Rosie y su amigo Jamie. Les tenía mucha fe a la pareja.

Lily había ido por algo de comer y él se quedó en la sala de la terminal F3. Quería arrancarse el cabello pues Jimmy, el pequeño odioso que estaba sentado a su lado no paraba de hacer berrinche a sus padres sobre un videojuego que exigía tener.

Con pocas esperanzas, vio que la azafata de la terminal tomó el micrófono diciendo:
Agradecemos su espera por el vuelo 104 a Colorado, nos complace anunciarles que las condiciones meteorológicas en dicha ciudad han mejorado, por lo que el vuelo es reanudado. Pasajeros favor de abordar por la puerta 3.

En cuanto escuchó esto, Daniel se puso de pie, en busca de su novia. Tomó la maleta de mano que traía consigo y se dirigió hacia la puerta de la terminal para apresurar a Lily.

-¡Vamos! ¿Escuchaste? El vuelo ha reanudado, ya podemos abordar el avión ¿encontraste lo que ibas a comprar?

-De hecho, encontré algo más. Bueno, a alguien más.

La chica viró hacia atrás e introdujo al ala a un alto y fornido hombre a quien Daniel no esperaba ver en esos momentos. El alto personaje se acercó a Daniel, y con mirada de duda e incomodidad miró a los ojos de su hermano.

-Así que…tu vuelo… -Charlie no sabía ni qué decir. No había podido conectar con su hermano menor en estos meses que habían tratado de sobrellevar su relación viviendo juntos.

-Se reanudó. Ya vamos directo a casa, con mamá, papá y Rosie. –repuso en tono seco Daniel, quien también se sentía en una situación incómoda.

-Genial. Totalmente genial –Charlie tenía en la punta de la lengua lo que iba a proponerle a su hermano, pero el orgullo no lo dejaba. –Salúdame a todos en casa.

-Dan…ya es muy tarde como para tomar el vuelo. Recuerda que transbordaremos en Colorado, y no como éste primer vuelo se retrasó, no sabemos si habrá un segundo disponible para llegar a casa.
Daniel sabía por dónde iba el asunto, pero no estaba dispuesto a aceptar quedarse con Charlie si éste mismo no lo decía por su cuenta.

-Enano, lo que Lily trata de decir, es que habrán llegado como mínimo para el medio día de mañana, perdiéndose de la cena de navidad de hoy. Deberían quedarse aquí ambos, podemos preparar algo y tener nuestra mini cena de navidad…improvisada. Si así lo quieres.

Lo dijo. Había una brecha enorme entre estos hermanos, pero a Daniel tampoco le gustaba la idea de quedarse sin cena de navidad, ni mucho menos de seguir soportado al odioso Jimmy sentado junto a él.

-Cena improvisada, eh. Suena bien grandulón. Podemos llamar a la familia por Skype y desearles feliz navidad. Más vale que te peines o papá creerá que aún sigues en esa banda de rock –le dice Daniel en tono burlón, dándole una palmada en el brazo a su hermano.

-Y tu quítate esa barba o mamá se asustará –repuso el hermano mayor, ayudándole al menor con el equipaje de Lily.

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En casa de los Harper todos disfrutaban el estar reunidos. La cena había terminado y ahora se encontraban todos en la sala recordando las travesuras de Jamie, Rosie y Gabriel cuando eran chicos, quienes no paraban de reír y sentirse avergonzados de vez en cuando con alguna de las historias. Eliot y Parker escuchaban asombrados las aventuras (y desventuras) por las que pasó el trío de amigos, y morían de ganas por conocer al resto del grupo como a Daniel, Hailey y Jessica.

Llegó un momento en que Jamie y Rosie se escaparon del bullicio y salieron al frente de la casa a tomar un respiro. En lo que iba del día, era la primera vez que se encontraban a solas.

-No podía creer cuando llegó esa llamada por Skype de Daniel y Charlie…¡juntos! –esbozó una linda sonrisa, aquella de la que Jamie se había enamorado desde hacía tiempo.

-Sólo era cuestión de tiempo para que esos dos se arreglaran. Extrañan a su hermana que los hacía sentar cabeza. Ahora que no estás, lo hacen ellos mismos –la tomó de la mano para bajar las escaleras del pórtico, yendo hacia el jardín congelado.

-¡Y tu abuelo! Creí que era mentira cuando dijiste ayer que tenía una novia más joven que tu mamá, a la cual vi cómo la miraste…

Jamie hizo una expresión burlona que hizo que Rosie se molestara aún más.

-¡No te enojes! –la besó- aunque me gusta cuando lo haces.

La tomó de las manos, y como un acto reflejo, empezó a trazar en la nieve del piso unos pequeños pasos de vals, a los cuales Rosie siguió, desconcertada.

-¿Qué haces? –tenía tan cerca de su rostro a Jamie que se percató del color avellana de los ojos del chico, y las pequeñas pecas en el dorso de su nariz mirándolo con ternura.

-Bailo. Como en nuestra primera cita…aunque no sé si contó como cita o no. Baile de primavera en primer año de prepa.

-Cuando me animaste a ir contigo después de que aquél chico con el que salía me cambiara por otra. Recuerdo que no quería ir después de eso, pero como sabías lo entusiasmada que estaba por ir al primer baile de preparatoria desde siempre, no dejaste que eso me lo arruinara y me invitaste tú. Y durante el baile recuerdo que me protegiste porque aquel fulano me hizo una escena de reclamo.

-Valió la pena el golpe –Rosie se sorprendió- …espera, se supone no sabías eso. En fin ¿Cuál era la canción que bailamos al final? The A…

-The A team. Ed Sheeran.

A Rosie le sorprendió que Jamie recordara todos los detalles de aquella noche, aún más cuando, al ritmo de los pasos de vals, empezó a tararear la canción. Estaba tan contenta del momento que estaban teniendo. Alzó la mirada y vio los copos de nieve caer del oscurecido cielo. Las campanas de la iglesia empezaron a tocar. Doce. Jamie se detuvo en seco, acercó sus labios a los de Rosie, y antes de besarla articuló el susurro más atractivo que ella le había escuchado jamás:

-Feliz navidad linda.

La nieve empezó a caer más a prisa y en más volumen. Sus rostros se separaron y ella, sin aliento, repuso un feliz navidad . Escucharon a todos adentro deseándose dicha por la navidad y decidieron regresar. Rosie iba por delante, subiendo las escaleras del pórtico cuando Jamie la detuvo de la mano. La chica vio la cajita azul que el chico había sacado de su abrigo. Reaccionó.

-¿Quieres ser mi esposa? –dijo, soltando un gran suspiro.


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