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viernes, 20 de mayo de 2016

Cruce de mundos

El sol comenzaba a emitir sus primeros rayos de luz cuando bajaba del avión. Jamie Harper se detuvo en uno de los escalones y contempló la oscuridad siendo cálidamente acogida por haces color naranja sobresaliendo de las nubes. Inhaló el aire fresco de la ciudad que le traía tantos recuerdos y lo dejó escapar con la misma tranquilidad. ¡Vaya manera de recibir su cumpleaños!

Siguió su paso por la plataforma de aterrizaje hasta llegar al interior del edificio del aeropuerto. Se percató que tenía una videollamada entrante, una que en verdad no quería perder, así que tomó asiento en la sala de espera rápidamente, dejando su maletín en la silla contigua. Contestó.

-¡Feliz cumpleaños papá! –gritaron dos voces.

Jamie logró reconocer a sus dos hijos a la cámara del celular. A Reed, la mayor de ellos, quien se había dejado hacer la trenza que tanto le gustaba a él (pero que ella odiaba); y a Carson, la viva imagen de él, pero en miniatura. 

Ambos se peleaban por enfocarse a sí mismos en la cámara para ver a su padre primero que el otro. Entre tirones y quejidos, el teléfono cayó al suelo. A Jamie le pareció muy graciosa esa escena.

-¡Miren lo que hicieron! ¡Dejen de pelear al menos por hoy! Es el cumpleaños de su padre.

Jamie disfrutó mucho escuchar la voz de su esposa. Siempre lo hacía.

Rosie levantó el teléfono, y esta vez enfocó a todos al mismo tiempo. Ahí estaban. Las tres personas que Jamie amaba tanto. Sonrientes ante él, ansiosos por brindarle a su padre un abrazo tan fuerte que lo tirara al suelo o al sofá y después, abrazarlo más.

Era el primer cumpleaños que Jamie Harper pasaba sin tener a su padre con vida, a la vez que era el primer cumpleaños que recibía sin ser despertado por sus dos hijos en su cama. Este año, el doctor Harper tenía una conferencia que impartir en una ciudad que también evocaba sentimientos de nostalgia, de una manera positiva.

-¡Hey chicos! ¡Muchas gracias! –Jamie estaba evitando a toda costa soltar lágrimas de emoción por su familia- ¿Cómo están, listos para la escuela?

-¡Hoy no hay escuela! –gritó Carson, con gran entusiasmo.

-¿De qué me perdí, linda? –refiriéndose a su esposa Rosie.

-Ayer encontraron una colonia enorme de cucarachas mientras limpiaban los ductos de ventilación, así que aprovecharon que era viernes para fumigar a fondo la escuela –respondió, mientras temblaba del horror al imaginar esa cantidad de insectos juntos.

Jamie estaba consternado al escuchar eso también.

-Papi, ¿ya hablaste frente a todos esos doctores? ¿No te dio miedo? –preguntó la pequeña pelirroja.

-¡Papi no tiene miedo, Reed! Es papi. –dijo Carson, como si fuera lo más obvio del mundo.

A Jamie le pareció tierno que pensaran así de él.

-Aun no hablo frente a los doctores amor, de hecho aún estoy en el aeropuerto.

-¡¿Y qué esperas papá?! Demuéstrales que eres el mejor ugianciologo.

-Urgenciólogo, Reed –le corrigió su madre.

-Por eso, ugianciologo.

-Sí mi vida –Jamie quería reírse cada vez que escuchaba a su hija decir erróneamente esa palabra –lo haré en cuanto sea el momento.

-Chicos, papá ya se tiene que ir, despídanse de él.

Los chicos volvieron a pelear por el teléfono. Uno no podía despedirse menos que el otro.

-Feliz cumpleaños Jamie. Te amo –él le mandó un beso a su esposa al escuchar esto- nos vemos en la noche.

-Así será linda. Te amo también.

La pantalla se apagó.
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Mientras tanto, dos hombres tomados de la mano iban llegando al aeropuerto del extremo contrario a donde se encontraba Jamie. Uno de ellos, moreno y con barba venía vestido con un traje de tonos cafés mientras que el otro, de piel blanca y ojos color gris, vestía un atuendo un poco menos formal y con la mirada puesta sobre el niño de unos cinco años que venía con ellos quien, asombrado, veía lo grande que eran los aviones que despegaban.

-¿Estás seguro que no quieren ir conmigo? Puedo llevar acompañantes –dijo el hombre de la barba.

-Seguro. Además, no creo que Marv encuentre divertido sentarse a escuchar a conferencistas médicos. Nos quedaremos en el hotel mientras tanto.

-¿En el hotel? ¡Timothy, estamos en Nueva York! –le gustaba nombrarle por su nombre completo, en vez de sólo Tim, como el resto de sus conocidos - Salgan a conocer la ciudad. ¡Pero no vayan a Times Square sin mí, por favor!

-Lucas, te prometo que te esperaremos para ir allí.

-¡Papá, papá, quiero subirme otra vez al avión, pero ahora a ese! 

-Marv, acabamos de llegar. ¿No querías conocer Estados Unidos?

-¡Siiiiii! –soltó el niño. Era algo hiperactivo.

-Bueno, vayamos primero al hotel para que Lucas pueda ir a la reunión de doctores. Después tú y yo podemos salir a conocer la ciudad.

-De acuerdo papá –se calmó por un momento.- ¡Mira! Mejor en ése, ¡por favor, por favor! –soltó al instante.
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El centro de convenciones de Nueva York alberga una enorme cantidad de personas cada fin de semana. Desde eventos sociales como graduaciones y bodas, hasta convenciones de cómics y videojuegos. Ese día, se llevaba a cabo el VIII Congreso Internacional de Investigación en Medicina, donde los trabajos más destacados de los principales hospitales alrededor del mundo eran expuestos. Cada año desde hace ocho, se ponía en manifiesto el avance que la ciencia médica lograba, y el impacto que éstos trabajos tenían en la salud de la población mundial. El doctor Jamie Harper había sido elegido para presentar su propuesta de la implementación de un nuevo algoritmo en la atención de politraumas críticos en pacientes pediátricos.

El lobby del centro de convenciones se encontraba lleno, todos los médicos de los países participantes no querían perderse este importante evento. Hacía unos momentos había sido ubicado en el Hall correspondiente donde presentaría su trabajo. Ahora, Jamie se localizaba en el área del bar donde con un martini en mano, buscaba entre toda la multitud a la persona con quien había quedado de verse.

Dio el último trago a la copa y sintió desde atrás la ligera mano de alguien en su hombro.

-¿Tan nervioso estás Harper? –dijo una voz seductora que reconoció al instante.

Se dio la vuelta para contemplar a la mujer que tenía tras de sí. De estatura promedio, de tez morena, con un cabello castaño oscuro peinado de una manera elegante para la ocasión y con un cuerpo que cualquier hombre encontraría muy atractivo, lucía a la perfección un vestido de tonalidades rojas. Rebecca Donson saludaba a Jamie con una gran sonrisa y con los brazos abiertos.

Se abrazaron con cariño.

-Lo había pedido para ti Becca, pero no aparecías.

-Eso debió ser. Recuerdo que tú no tienes buen gusto para el alcohol –tomó otra copa de la bandeja del mesero. -¿Ya estás preparado? Tu turno es en una hora. Tengo que ir a inaugurar los casos de Hemato, pero en cuanto acabe voy directo al Hall de Urgencias.

-Estaré esperándote. Así te enterarás de la acción que te pierdes cada día en tu hospital.

-¡Ya veremos Harper, éxito! –dio unos pasos hacia la dirección opuesta y desapareció entre la multitud.

La doctora Rebecca Donson, o como Jamie le solía decir, “Becca”, una reconocida hematóloga en el país era también una de las mejores amigas del urgenciólogo desde que se conocieron en el hospital durante su internado, en esa misma ciudad, hace 10 años.
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Un hombre moreno de barba iba entrando al Hall donde se daría una de las exposiciones que más le habían interesado al ver el programa que le entregaron en la entrada del edificio. La pantalla de bienvenida del Hall ponía “Implementación de algoritmo de atención en Urgencias a pacientes pediátricos politraumatizados en estado crítico. Por Dr. Jamie Harper del Hospital Regional de Georgia.”

-¿Qué tal todo por allá Lucas?, ¿Ya te has encontrado con alguno de tus antiguos colegas? –dijo la voz de Timothy al otro lado del teléfono.

-Unos cuantos, sí. Ahora estoy entrando a una conferencia de urgencias en pediatría.
Entonces… ¿si pudiste arreglar lo de la reservación del hotel? No sé por qué no lo tenían registrado.

-Sí, ya quedó todo, no te preocupes. Te dejo porque Marv quiere que lo lleve a la piscina. ¡Y deja de estar llamando! Disfruta del congreso.

-¡De acuerdo, hombre!


Todos los asientos del Hall se encontraban ocupados por doctores ansiosos de escuchar su conferencia. El último en sentarse fue un hombre moreno de barba quien terminaba de hablar por teléfono. De pie, sobre el pequeño escenario frente a ellos, el doctor Jamie Harper observaba a su audiencia con una mirada decidida. No recordaba la última vez que se había sentido en una situación así salvo en el hospital. Y es que en Urgencias, había aprendido a aislar su mente de todo el caos de la situaciones y a actuar con suma templanza, cualidad que era necesaria desarrollar para un urgenciólogo.

En esta ocasión, Jamie no se encontraba ante ningún paciente quemado, empalado o convulsionando. Eran sólo él, un micrófono y alrededor de 100 sillas ocupadas por colegas, entre ellos la doctora Becca Donson, quien lo veía con orgullo desde su asiento.

-Disculpe doctor Harper –preguntó al final de la presentación el hombre moreno de barba- Dr. Lucas Thorpe, Pediatría, del John Radcliffe Hospital en Inglaterra… -hizo una breve pausa, seguida de una sonrisa juguetona- Lo sé, no parezco inglés. Soy americano.

-Gracias por el dato doctor.

La audiencia rio.

-A lo que iba… ¿cómo cree que afectaría este nuevo algoritmo de atención en pacientes que se encuentren en un hospital con escasez de recursos necesarios para seguir al pie el protocolo? ¿Tendría el mismo impacto en el pronóstico del paciente?

-Ciertamente el curso de la enfermedad cambiaría. Es decir, de no contar con muchas de las herramientas a las que estamos acostumbrados como una máquina de TAC o un kit de suturas estéril, el paciente dependerá del ingenio de su médico tratante, de su capacidad analítica, de sus habilidades clínicas y por supuesto, de qué tan osado es.

La mañana seguía transcurriendo en el Centro de Convenciones, y Jamie había sido elogiado por más de una persona por su trabajo expuesto y se mostraban interesados en que los ayudasen a adecuar dicho algoritmo en sus respectivos hospitales.

Cuando por fin tuvo un tiempo libre a solas, fue al ventanal desde donde se podía visualizar la parte más alta del lado oeste de Nueva York. Fuera, el día parecía perfecto para un picnic en Central Park, o para tomar uno de esos recorridos en bus para turistas.

-Es curioso, ¿no? –dijo la voz de Becca detrás de él.

-¿Curioso?

-Que todo siempre vuelva a esta ciudad.

-No por nada es la más famosa, al menos de éste país. Pero sí, lo encuentro bastante curioso también.

Rebecca se acercó, para contemplar la ciudad junto a él. Hubo un momento de silencio, en el cual ambos tuvieron tiempo para recordar la época en que vivían en esta ciudad. Donde aprendieron a ser doctores, a responsabilizarse por la vida de alguien más, a hacerse notar y donde, cuando ya no hubo más por aprender uno del otro, decidieron seguir caminos diferentes y disfrutar del estilo de vida que cada uno había elegido.

Y aquí estaban de nuevo, 10 años después en la misma ciudad donde se conocieron. Un cruce de mundos. Jamie se había convertido en un habilidoso médico de Urgencias, un maestro muy exigente para sus residentes e internos y había formado una hermosa familia. Rebecca había decidido vivir soltera y disfrutar de las comodidades que eso implicaba, y eso la hacía sentir bien, no se sentía menos mujer por elegir ser exitosa en su profesión, sobre tener ser esposa o madre. Se encontraba entre los hematólogos más reconocidos a nivel nacional, y también su nombre figuraba entre los consensos internacionales de Medicina Interna. Ambos tenían en este punto de su vida todo lo que habían querido desde siempre.

-Por cierto Harper…feliz cumpleaños.

La doctora le entregó un regalo de cumpleaños, envuelto en un papel rojo muy bonito, con un listón dorado. Jamie tuvo el impulso de abrazar a su mejor amiga con mucho cariño. De esos abrazos que Jamie era experto en dar. Aunque por su mente pasó que dicha muestra de afecto pondría celosa a su esposa Rosie, lo que le causó gracia. A continuación, el doctor Harper quitó la envoltura a su regalo y se llevó una gran sorpresa. Dentro de una caja transparente, figuraba el #4 de Showcase, comic donde hizo su primera aparición Flash (Barry Allen), el héroe favorito de Jamie.

Se encontraba boquiabierto.

-Sé que te gustan estas cosas de nerd, y que seguramente Rosie no te dejaría comprarlo, así que moví algunas influencias y localicé este comic.

-Becca, no tienes idea de… ¡Gracias! –podían verse humedecerse de emoción los ojos de Jamie.

-Otra cosa. Ya expusiste tu trabajo, así que… ¡¿qué esperas Harper?! Ve a casa con tu familia. Si tomas dentro de unas horas un vuelo, aún puedes llegar para la cena.

-Debería, ¿verdad? ¡Está bien! Tu…¿vendrías conmigo?

-No creo que se pueda campéon. Recuerda que soy parte de las autoridades del Congreso, y tengo que entregar los reconocimientos en Medicina Interna. Además, sé de buena fuente que la candidata más fuerte a ganar este año es aquella residente de último año de Neurología, Carol Rivers, la de la portada del mes pasado de la revista médica que te envíe por e-mail.

Habiéndose despedido de su amiga, Jamie fue directo al aeropuerto. Se sentía bien por lo que había vivido hasta el momento el día de su cumpleaños y ahora se dirigía a casa con su familia y amigos.

Estando en la fila para comprar su boleto, recibió un mensaje de texto de parte de su hermano Elliot:

Hola, ¡Feliz cumpleaños hermano! No quise llamar antes porque no quería interrumpir tu conferencia. Hazme saber cuando llegues a Georgia. Planeo ir por ti al aeropuerto.

Conocía bien a su hermano. Una sorpresa le esperaba en casa.




Curiosidades:
1. Un nuevo personaje es introducido. Rebecca Donson.
2. El título de la entrada es un juego de palabras. Cruce de mundos hace referencia tanto a la reunión entre Jamie y Rebecca, como a que éste capítulo es un crossover con otra nueva historia que estoy desarrollando, con Lucas y Timothy como protagonistas. Se podría decir que esta entrada sirve como capítulo piloto para esta nueva historia.
3. Se menciona a la neuróloga Carol Rivers, quien más tarde hace su debut en la entrada La neuróloga donde conoce a Jamie. Por tanto, ésta historia antecede a dicha entrada.

Música del blog:
Fancy - Cover de Xavier Dunn


Stole the show - Parson James




domingo, 3 de abril de 2016

Flores a la mesa

Se encontraba subiendo por las escaleras hacia el segundo piso de la torre sur del hospital. No sabía si era por la cita que había tenido la noche anterior, por el clima agradablemente fresco que hacía esa mañana que le recordaba a su hogar natal, o simplemente porque se dirigía a ver a la chica que lo hacía sonreír como tonto enamorado. Se encontraba indudablemente feliz.

Salió de las escaleras y Quentin Blake se dirigió hacia la estación de enfermería donde reconoció al instante a la chica de cabello castaño hasta los hombros. Se encontraba escribiendo alguna nota de interconsulta muy meticulosamente, como solía ser ella.

-Hola –dijo Quentin, con un tono suave, pero firme, mientras le puso dócilmente su mano en el brazo con el que la doctora estaba escribiendo, a modo de caricia.

La neuróloga giró la vista hacia el hombre y se sintió atraída por su cara de conquista, como ella le había determinado a esa expresión suya.

-Buenos días –respondió neutralmente la doctora, tratando de que él no se diera cuenta el efecto que su atractivo rostro tenía en ella. -¿Por qué tan sonriente Blake?

Blake. Normalmente en el hospital le llamaban así sus colegas de Urgencias, o sus superiores para darle órdenes o regañarlo, pero viniendo de ella, sonaba muy lindo.

-¿Por qué tú no estás sonriente? Hay muchas razones para estarlo –dijo, lanzándole una mirada seductora, mientras seguía sonriendo ya no naturalmente, si no ahora para molestarla con ello.

-Razones como… ¡oh! ¡Tu familia! Vienen a visitarte esta semana.
<<Razones como nuestra cita de anoche>>, quiso soltar ella.

Quentin frunció el ceño, confundido.

-¿Tu papá y Lorie? –siguió, mientras sacudía la cabeza y arqueaba las cejas-  Lo mencionaste anoche en…

-¡Claro! ¡Claro! -captó Quentin- Papá y Lorie. Llegan el jueves. Espero poder pasar tiempo con ellos, a no ser que las cosas se pongan locas en Urgencias y tenga que quedarme más horas después de mi turno. ¿Estás en piso hoy?

No. Era día de consulta. Lo sabía porque Carol siempre llevaba vestido debajo de su bata los días de consulta. Vestidos que, al parecer de Quentin no hacían más que resaltar el doble (o el triple) la belleza y elegancia de la doctora. Hoy no era la expeción. Llevaba aquél color beige con flores cafés que hacía juego con su castaño cabello.

-No. Sólo vine a dejarle a Sandra la interconsulta que me pidió si no se pondrá a echar fuego por la boca si ve que el expediente de su paciente no está completo. Tengo consulta todo el día –dijo, acomodándose el cabello tras su oreja- ¿sigue en pie la comida? Si es que logras escapar un momento de Urgencias, claro.

-Sí, por supuesto… ¿A qué hora es tu descanso?

-2:30. Entonces te veré en la cafetería.

Anexó la hoja de interconsulta al expediente del paciente. Tomó su block de notas y su pluma, se lo metió a la bolsa de su bata y se colgó su estetoscopio alrededor del cuello.

Quentin no hacía otra cosa que mirarla. Ya ni siquiera se molestaba en disimularlo.

-Que tengas un buen día, Blake.

Carol se acercó para darle un beso de despedida en la mejilla a Quentin, sintiendo la rasposa barba de tres días que le gustaba de él, mientras el doctor la tomaba por la cintura con una mano. Chispas. Fue lo que ambos sintieron, sin darse cuenta el uno del otro.

Rápidamente se separaron porque, aunque sabía que todos estaban en lo suyo ahí en el segundo piso, no querían que pensaran eran poco profesionales en su ambiente de trabajo. Carol Rivers tomó las escaleras hacia el primer piso, donde se encontraba la consulta de neurología y Quentin, atontado, siguió su camino por el pasillo que llevaba hacia Urgencias, pensando en la comida que tendrían juntos en la cafetería del hospital a las 2:30.
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-No no, está bien cariño. Dije que los recogería yo esta tarde –dijo el doctor Jamie Harper al teléfono.

-¿Seguro? No quiero que los dejes esperando otra vez, puedo decirle a mi madre que los recoja.

-Tranquila, ve a tu conferencia sin preocupaciones y te prometo que los chicos y yo te tendremos algo rico para cenar. ¿Irás con Keller, verdad? Puedes invitarlo a cenar con nosotros.

-No estarás hablando en serio. Casi lo golpeas la última vez que lo viste.

-¡Oye! Si alguien se le insinúa a mi esposa de esa manera, es lo que se gana.

-¿Hay una manera correcta, entonces? –dice Rosie, entre risas.

-La única que puedo hacer yo –responde, siendo consciente de lo gracioso de su comentario. –Cuídate linda. Te prometo ir por los niños en la tarde. Si no, puedo decirle a Gabriel…

-¡JAMIE!

-¡Estoy bromeando, estoy bromeando! Me tengo que ir, acaba de llegar un trauma a Urgencias.

-Diviértete cielo.

Divertise. Eso era lo que Jamie Harper hacía en la Sala de Urgencias cada día. Aprendía y enseñaba, claro. Pero le gustaba ver el lado bueno de los traumas, las heridas, los desgarros y las fracturas, para variar. Era la única manera de sobrevivir –o hacer sobrevivir- a los casos difíciles. Sea como fuere, le gustaba lo que hacía. Llevaba ya el tiempo suficiente en esa área del hospital como para ahora ser el Jefe de Urgencias. Jamás se habría visto en esa posición cuando estaba haciendo su internado en aquel hospital enorme de Nueva York hace años.

-Pásenlo a trauma 1. Blake, estás conmigo hoy. Trae a tus internos y comiencen la valoración inicial. Vienen dos más en camino. Vázquez y Cox, encárguense de esos próximos, la doctora Jones está ahí para las dudas que tengan. ¡Vamos gente muévanse, hoy será un gran día!
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Alzó su muñeca izquierda y vio su reloj. 2:40 pm. Bajó las escaleras y llegó a la sala de espera de consulta de neurología. No sabía si Carol ya había salido de su consultorio, y no se atrevía a preguntarle a la recepcionista porque lo menos que quería era que se corriera la voz de lo suyo en el área de trabajo de Carol, cosa que ella protegía mucho. Así que se sentó junto a los pacientes a esperar y a revisar su teléfono por si recibía algún mensaje, cosa que sabía que no pasaría porque ella respetaba mucho el tiempo de los demás.

Quentin sintió un alivio cuando vio salir del consultorio a Carol. Ella lo saludó a lo lejos, mientras le dirigía unas palabras a la recepcionista.

Se acercó.

-Creí que ya te habrías ido, gracias por esperarme, me retrasé con algunos pacientes.

-No importa, ¿vamos hacia allá?

Carol notó el brillo en los ojos de Quentin. En verdad se estaba enamorando de ella. En seguida, la doctora tomó de la mano al doctor, quien titubeó al principio pero prosiguió, envolviendo con su grande y fuerte mano la pequeña y delicada mano de ella.

Quentin no supo qué decir, así que no dijo nada en absoluto. Le sonrió, devolviéndole ella la sonrisa y avanzaron en su camino hacia la cafetería tomados de la mano. Era la primera vez que hacían eso en el hospital, pues Quentin había querido mantenerse al margen de la cordialidad entre profesora-residente por respeto a la imagen de Carol con sus colegas.

De pronto se sintió como en la escuela. Aquel momento en el que entras a la cafetería y de entre toda la multitud, algunos se quedan mirando fijamente al raro, al popular o al marginado que va entrando.
La neuróloga Carol Rivers y el residente de urgencias Quentin Blake se detuvieron un momento en el umbral de la puerta en busca de un lugar donde pudieran comer solos, y como era de esperarse, la cafetería a esa hora se encontraba sobre poblada.

Encontraron dos asientos en la barra del frente, junto a la pared de vidrio que veía hacia el jardín del lado oeste del hospital. Aunque no de lo más cómodo sentarse en la silla alta de la barra, a Quentin le agradó la idea de encontrar un lugar lejano del bullicio de los demás.

-¿Sabes? La barra siempre ha sido mi lugar favorito en un restaurante o en un bar. Incluso prefiero comer ahí en mi departamento que en la pequeña mesa que tengo al lado.

-¿En serio? ¿Por qué? Ni siquiera tiene un respaldo en el que puedas sostenerte mientras disfrutas tu comida.

-No lo sé. Supongo que es porque me recuerda a casa. Mamá nos hacía el desayuno, y papá, Lorie y yo nos sentábamos a la barra para poder conversar todos juntos al mismo tiempo que mamá daba los últimos toques a la comida.

Carol notó la mirada de añoranza en Quentin. Su difunta madre. De la que casi no habla.

-Por eso, pienso que sentarme a la barra para comer me hace sentir en casa. Además… ¡los asientos giran! La mayoría de las veces –dice, al no tener éxito tratando de girar sobre sí mismo en el asiento.

-Flores a la mesa –dice de repente la chica.

-¿Perdón?

-Flores a la mesa. Es lo que nunca debe faltar en mi departamento, en casa de mis padres, incluso cuando voy a casa de mi hermano. Mi mamá tiene este gusto enorme por las flores, tiene un jardín enorme donde planta todo tipo de flores. De niña le ayudaba a cuidarlas, incluso Ben lo hacía aunque fingía no gustarle –dijo, soltando una risita- . A mi mamá le gustaba cortar algunas y ponerlas en jarrones por toda la casa, y justo en el centro de la mesa, mi mamá ponía un pequeño florero con dos o tres margaritas a modo de decoración. Decía que le gustaba disfrutar el aroma de éstas al momento de comer, y como era de esperarse, yo también desarrollé ese gusto. Así que…flores a la mesa. Eso me hace sentir en casa.

-Ahora sé qué darte cuando quiera regalarte algo.

-¡No, no no!… no lo dije por eso.

-¡No te angusties! Me parece bonito.

-¿Que ponga flores en mi casa?

-Que tengamos estas…pequeñas cosas, que nos evoquen esto. Pequeñas cosas que son grandes.

Carol se quedó un momento pensando en lo que acababa de decir Quentin, y se dio cuenta que la mayoría de las veces las grandes cosas, las que hacen sentir bien a una persona son sólo pequeñas cosas de las que uno se da cuenta. Veía a Quentin abrir su recipiente de plástico donde traía su comida de casa, lo que le llamó mucho la atención.

-¿Te hiciste de comer en casa y lo trajiste aquí? ¿Tú?

-¡Sí! Lo hice desde anoche antes de dormir.

En cuanto Carol vió lo que Quentin se había preparado, sintió un vuelvo al corazón. Era la comida más saludable y natural que ella le había visto en sus manos en todo el tiempo que llevaba de conocerlo. Carol padecía de diabetes tipo 1, algo muy común entre la familia Rivers, por lo que ella era muy rigurosa tanto con su tratamiento como con su estilo de vida con lo que controlaba su enfermedad satisfactoriamente desde hace 10 años, la cual por fortuna no era tan severa como otros casos en su familia.

Como todos los hombres, sobre todo aquellos de gran tamaño como él, Quentin disfrutaba de una dieta llena de proteínas y carbohidratos. Había notado que Carol siempre cuidaba minuciosamente lo que comía. No se restringía ningún tipo de alimento claro, pero mantenía una dieta calculadoramente saludable.

En su cita de anoche, tuvieron un pequeño inconveniente debido al restaurante que había elegido Quentin para cenar, por lo que Carol decidió contarle sobre su enfermedad, cosa que no hacía con cualquiera, pues guardaba con mucho celo su secreto. No quería que las personas a su alrededor se preocuparan por ella de más.

Al parecer, Quentin en un acto de solidaridad, hoy quiso llevar esa casera y saludable comida para acompañarla y para que Carol no se sintiera tan sola en su día a día con la comida. Acto que, como era de esperarse, estaba conmoviendo a la doctora de una manera tan grande. <<En verdad es un buen hombre>> pensó.

-Y también traje de más, por si quieres probar. Trato de hacer mi papel de cocinero lo mejor que puedo. Pero como dije… trato.

-Me gustaría. Se ve muy rico. También prueba del mío –Carol se sentía orgullosa de él.

Disfrutaron de su comida mientras seguían conversando, hasta que Quentin recibió un mensaje de su jefe, el doctor Jamie Harper, por lo que tuvo que comer rápidamente la comida que le faltaba para ir corriendo a urgencias. Cuando se levantó del asiento, Carol le detuvo.

-¡Espera! Tienes un poco manchado aquí.

La neuróloga tomó una servilleta y le limpió suavemente cerca de la comisura de los labios al hombre. Ambos sintieron un impulso de besarse, pero ninguno lo hizo.

-Ahora puedes ir –Carol le miraba fijo a los ojos. –Por cierto, la próxima vez que vengamos a comer aquí, nos sentaremos a la barra.

-A la barra será. –Quentin sonreía.

Se despidió de ella, dio media vuelta y se marchó de prisa.


Música del blog:
I think I'm in love - Kat Dhalia


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Por los viejos tiempos, La neuróloga





sábado, 5 de diciembre de 2015

La neuróloga

-Emm… ¿de qué tamaño el yelco? –preguntó el hombre más joven en la sala.

-¡EL MAS GRANDE QUE PUEDAS ENCONTRAR! –le gritó Quentin, desesperado.

El muchacho le entrego en la mano el yelco, a lo que el residente prosiguió clavándoselo en el tórax al hombre que se encontraba en la camilla. Su vida estaba en riesgo.

-Segundo espacio intercostal, línea medio clavicular –repitió, para sí mismo.

Cuando hubo clavado el artefacto, el paciente logró estabilizarse. Quentin dejó escapar un aliento de alivio. Había dejado encargado a su interno de este paciente mientras reanimaba por compresiones torácicas a otra de los pacientes que llegaban a la sala de Urgencias. El joven practicante se descuidó y no fue hasta que el paciente a su cargo dejó de respirar por sí solo y a presentar dilatación de las venas yugulares y coloración azulada del rostro que se dio cuenta que algo iba mal. Neumotórax a tensión. El chico había ido corriendo a avisar a su residente al instante.

-Ya descomprimimos ese neumotórax a tensión, ¿ahora que sigue Richards? –preguntó a su interno, tratando de verse calmado. Estaba furioso con él por haber pasado por alto el incidente. Pero sabía que todos empezaron de la misma manera, así que prosiguió enseñándole.

-Ya es un neumotórax simple. Lo que sigue es poner una sonda en tórax en el quinto espacio intercostal sobre la línea medio axilar. –dijo el muchacho, titubeando. Sabía que lo había estropeado desde el principio.

-¿Estás seguro? –al residente de urgencias, Quentin Blake, no le parecía la inseguridad de su interno.

-Sí. –contestó Richards, ahora con un tono más convincente.

-Perfecto. Ponla tú. No te preocupes, te guiaré.

Al mismo tiempo el residente seguía con la evaluación primaria del paciente. No quería que se pasara por alto alguna otra cosa de nuevo. Quentin era el tipo de residente del que cualquier interno querría aprender. Inteligente, amable, con un temple fascinante y para las chicas (o en este caso también para Richards), un atractivo físico eclipsante.

-¡Eso! ya sólo tienes que suturar la herida para mantener la sonda dentro

La voz grave de su residente ponía nervioso al interno. Y no podía mirarle mucho tiempo sus ojos verdes sin dejarle clavada la mirada. Se concentró en lo que estaba haciendo y empezó a introducir la aguja de sutura en la piel del tórax del paciente.

-¿Pediste a alguien de neuro? –dijo una voz femenina detrás de ellos.

-Sí. Es un masculino de 37 años, quien fue atropellado por un vehículo de carga en movimiento al cruzar la calle. Proyectado 20 metros de distancia desde el punto de impacto. Al arribar al hospital llega con… -Quentin dejó de mirar el monitor de signos vitales y giró su cabeza para ahora sí ver el rostro de la doctora a quien había empezado a exponer el caso.

 Al verla, éste se quedó perplejo al reconocerla. Se veía aún más bella de como la recordaba. En ese instante una secuencia de imágenes del pasado ocuparon su mente. No pudo evitar mostrarle una sonrisa tonta. Ella solía tener ese efecto en él.

Recordó que se encontraba exponiéndole el caso de un paciente para una interconsulta de neurología, a lo que prosiguió dejando los sentimientos encontrados a un lado, relatando:

-Al arribar al hospital llega con una escala de coma de Glasgow de 8. Signos vitales en límites inferiores. Hematoma en región parietal. Laceraciones en cabeza, cara, espalda y pies. Fractura expuesta del fémur izquierdo y crepitación al explorar pelvis. Hace unos minutos presentó neumotórax a tensión, logramos descomprimirlo a tiempo. Acabo de repetir la evaluación primaria y secundaria. Estable, por el momento. Quería que lo revisara alguien de neuro antes de hacerle el FAST.

-De acuerdo, déjame revisarlo.

Mientras la neuróloga hacía su trabajo, Quentin no le quitaba la vista de encima. Se hizo mil y un preguntas del por qué ella se encontraba en el hospital. Habían dejado de verse desde que ella inició la residencia en medicina interna. Él era un año menor que ella, por lo que se quedó un paso atrás mientras ella avanzaba al siguiente nivel.

Le resultaba verdaderamente atractivo que ella terminara siendo neuróloga. Siempre le había admirado que tuviera la misma belleza que inteligencia, ¡y vaya que era inteligente!

Después de terminar de explorar al paciente, la castaña doctora se dirigió hacia Quentin y  el interno Richards.

-No presenta signos de daño neurológico. Aun así me gustaría observar su TAC. –se quitó los guantes y le hizo una seña al interno para que le pasara su tabla para escribir la nota de interconsulta. Se echó el cabello tras su oreja del lado izquierdo y muy concentrada en lo que hacía, empezó a redactar. Quentin estaba maravillado observándole.

En eso, un hombre al que Quentin admiraba, pues era su mentor, hizo su aparición en la sala de urgencias. El doctor Jamie Harper, jefe del Servicio de Urgencias del hospital había llegado de su día de descanso para apoyar con los numerables pacientes que no dejaban de llegar por la tormenta que fuera tomaba lugar.

-Dime qué tienes aquí, Blake. -El doctor Harper conocía el nombre cada uno de sus residentes. Le gustaba ser cercano con sus estudiantes.

Quentin Blake expuso al instante el caso a su profesor. Jamie Harper dirigió la mirada al paciente y en seguida hacia la doctora que se encontraba presente aun.

-Usted debe ser la doctora Carol Rivers, ¿cierto? Su hermano en San Diego me informó de su transferencia a este hospital. He leído sus artículos sobre de casos en urgencias. Espero pueda aprender aquí y desarrollarse como lo hacía en el hospital de su hermano. Nos hace mucha falta doctoras como usted  -hizo un especial énfasis en esta palabra- en su campo. Bienvenida a Urgencias doctora Rivers- le dio un apretón de manos a la chica.

-Muchas gracias doctor, así será. –la chica se sonrojó. Le apenaba que la adularan frente a todos por su trabajo.

El doctor Harper dio media vuelta para seguir supervisando lo que los demás residentes hacían. Dio unos pasos, pero se detuvo como si hubiera olvidado algo. Sin voltearse completamente, sólo giró la cabeza hacia atrás, y exclamó:

-Por cierto Blake, pensé que estando en segundo año de tu residencia de Urgencias ya sabrías el protocolo de atención para un politrauma a la perfección. El FAST se hace antes –alzó la voz en esta palabra- de cualquier interconsulta. Incluso neuro.

Siguió su camino.

Quentin Blake se sintió tan avergonzado. Había quedado mal frente a su jefe, frente a Carol y frente a su interno. No sabía que decir para romper el hielo.

-Quería decírtelo cuando me dijiste que no habías hecho el FAST, pero… -dijo la chica, a manera de disculpa.

-No te preocupes –le tocó el brazo con cariño- gracias por venir. Cuando tenga los resultados de la TAC te llamo. ¡Qué gusto volverte a ver Carol!  –alzó los barrotes de la camilla y quitó el seguro para ponerla a andar -¡vamos a hacer el FAST! –le dijo a su interno.

Y eso fue todo. Quería pedirle que quedaran para tomar un café o algo y ponerse al día el uno con el otro, pero no estaba seguro si ella sentía el afecto que él  le seguía teniendo. Carol Rivers: su primer amor. Aunque ella jamás supo nada, al menos no de su boca. Jamás tuvo el valor de decirle absolutamente nada.

Quentin sabía que esto no era coincidencia. Sabía que había sido el destino quien quiso volverlos a poner en el mismo camino de nuevo…


Música del blog:
Portions for foxes - Cover de Caught a ghost



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lunes, 22 de diciembre de 2014

Urgencia

La casa estaba de cabeza, un desorden total. Si Rossie se enterara jamás los volvería a dejar solos otra vez. En este momento, apurado estaba Jamie buscando en internet cómo diablos se hacía el peinado que tenía que llevar su hija para el festival de primavera. Desesperado, tomo el teléfono y empezó a marcar.

-¿Si?
-¡Parker! ¡Te necesito, es una emergencia!
-¿De qué se trata? Suenas muy alterado.
-Rossie está en la ciudad trabajando. Ayer Phyffer la llamó y tomó el primer vuelo hacia allá. A lo que voy… Reed tiene su presentación en el festival de primavera en unas horas. Muy a penas logré que se pusiera ese tutú y ahora no tengo ni idea de cómo tenga que ir ese peinado. Rossie intentó explicármelo ayer pero no puse nada de atención pues venía saliendo de guardia.

Había soltado un fuerte jadeo pues todo esto último lo había dicho muy rápido. Cuando se repuso su respiración, siguió:
-Ya llame a Hailey y no está. Naomi (su niñera) está en la preparatoria y temo que si llamo a mamá me regañe por no saber hacer el maldito peinado ¡VEN PORFAVOR!
-¿Y pensaste que yo sé hacer ese peinado porque soy gay?

Silencio incómodo.

-No…no es que…tú entiendes…
-¡Ja! Bromeaba. Sí, estaré ahí en una hora.
-¿Una hora? Pero es que…
-Tengo que terminar algo.
-¡Vamos, hombre! Y le pediré a mamá que te dé la receta de su tarta especial
-Mmm…
-Pagaré el billar de este jueves…y pediré a un colega pediatra una consulta gratis para tu pequeño Jimmy.
-Voy en seguida.

Jamie dio un brinco de felicidad, y al hacerlo, pisó con su pie descalzo un lego que había dejado regado su pequeña hija.

-Y sabes…había accedido a ayudarte desde lo de la tarta.

Colgaron y Jamie se sintió más tranquilo ahora. Dio la vuelta hacia la habitación y se dio cuenta que había perdido de vista a Reed, otra vez. Fue a buscarla.

Quince minutos después Parker llamó a la puerta. Un Jamie desaliñado y con su tierna hija pelirroja en brazos abrieron la puerta. Se sintió aliviado de que su amigo estuviera ahí. Parker traía consigo una torre de toppers con diferentes comidas o creaciones como suele llamarles.

-¿Qué es todo esto?
-Anoche Gabriel no fue de mucha ayuda cuando le pedí su opinión sobre estos nuevos platillos que creé para agregar al menú del restaurante. Creí que tu me podrías ayudar a elegir.
-No hay problema. Siempre es un placer comer lo que cocinas. Como aquel pollo marinado en…
-De acuerdo Reed, vamos a sentarnos aquí y comencemos –Parker había dejado de ponerle atención a Jamie. –Tú vete a bañar y cambiar rápido que tienes que ir a tomar esas fotos de Reed bailando para mostrárselas a tu esposa. ¡No puede ser que siendo urgenciólogo no puedas manejar estas situaciones con tu hija, Jamie!

Jamie sintió unas ganas inmensas de reprochar. Los casos que llegaban a urgencias eran más fáciles sin duda que lidiar con el cabello de su hija. Siempre que trataba de aprender ese tipo de cosas tenía que partir corriendo al hospital o regresaba muy cansado de el. Prefirió no reprocharle a su amigo, tomó uno de los topper, lo abrió y se fue directo a la segunda planta a bañarse mientras comía un delicioso croissant.