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sábado, 5 de diciembre de 2015

La neuróloga

-Emm… ¿de qué tamaño el yelco? –preguntó el hombre más joven en la sala.

-¡EL MAS GRANDE QUE PUEDAS ENCONTRAR! –le gritó Quentin, desesperado.

El muchacho le entrego en la mano el yelco, a lo que el residente prosiguió clavándoselo en el tórax al hombre que se encontraba en la camilla. Su vida estaba en riesgo.

-Segundo espacio intercostal, línea medio clavicular –repitió, para sí mismo.

Cuando hubo clavado el artefacto, el paciente logró estabilizarse. Quentin dejó escapar un aliento de alivio. Había dejado encargado a su interno de este paciente mientras reanimaba por compresiones torácicas a otra de los pacientes que llegaban a la sala de Urgencias. El joven practicante se descuidó y no fue hasta que el paciente a su cargo dejó de respirar por sí solo y a presentar dilatación de las venas yugulares y coloración azulada del rostro que se dio cuenta que algo iba mal. Neumotórax a tensión. El chico había ido corriendo a avisar a su residente al instante.

-Ya descomprimimos ese neumotórax a tensión, ¿ahora que sigue Richards? –preguntó a su interno, tratando de verse calmado. Estaba furioso con él por haber pasado por alto el incidente. Pero sabía que todos empezaron de la misma manera, así que prosiguió enseñándole.

-Ya es un neumotórax simple. Lo que sigue es poner una sonda en tórax en el quinto espacio intercostal sobre la línea medio axilar. –dijo el muchacho, titubeando. Sabía que lo había estropeado desde el principio.

-¿Estás seguro? –al residente de urgencias, Quentin Blake, no le parecía la inseguridad de su interno.

-Sí. –contestó Richards, ahora con un tono más convincente.

-Perfecto. Ponla tú. No te preocupes, te guiaré.

Al mismo tiempo el residente seguía con la evaluación primaria del paciente. No quería que se pasara por alto alguna otra cosa de nuevo. Quentin era el tipo de residente del que cualquier interno querría aprender. Inteligente, amable, con un temple fascinante y para las chicas (o en este caso también para Richards), un atractivo físico eclipsante.

-¡Eso! ya sólo tienes que suturar la herida para mantener la sonda dentro

La voz grave de su residente ponía nervioso al interno. Y no podía mirarle mucho tiempo sus ojos verdes sin dejarle clavada la mirada. Se concentró en lo que estaba haciendo y empezó a introducir la aguja de sutura en la piel del tórax del paciente.

-¿Pediste a alguien de neuro? –dijo una voz femenina detrás de ellos.

-Sí. Es un masculino de 37 años, quien fue atropellado por un vehículo de carga en movimiento al cruzar la calle. Proyectado 20 metros de distancia desde el punto de impacto. Al arribar al hospital llega con… -Quentin dejó de mirar el monitor de signos vitales y giró su cabeza para ahora sí ver el rostro de la doctora a quien había empezado a exponer el caso.

 Al verla, éste se quedó perplejo al reconocerla. Se veía aún más bella de como la recordaba. En ese instante una secuencia de imágenes del pasado ocuparon su mente. No pudo evitar mostrarle una sonrisa tonta. Ella solía tener ese efecto en él.

Recordó que se encontraba exponiéndole el caso de un paciente para una interconsulta de neurología, a lo que prosiguió dejando los sentimientos encontrados a un lado, relatando:

-Al arribar al hospital llega con una escala de coma de Glasgow de 8. Signos vitales en límites inferiores. Hematoma en región parietal. Laceraciones en cabeza, cara, espalda y pies. Fractura expuesta del fémur izquierdo y crepitación al explorar pelvis. Hace unos minutos presentó neumotórax a tensión, logramos descomprimirlo a tiempo. Acabo de repetir la evaluación primaria y secundaria. Estable, por el momento. Quería que lo revisara alguien de neuro antes de hacerle el FAST.

-De acuerdo, déjame revisarlo.

Mientras la neuróloga hacía su trabajo, Quentin no le quitaba la vista de encima. Se hizo mil y un preguntas del por qué ella se encontraba en el hospital. Habían dejado de verse desde que ella inició la residencia en medicina interna. Él era un año menor que ella, por lo que se quedó un paso atrás mientras ella avanzaba al siguiente nivel.

Le resultaba verdaderamente atractivo que ella terminara siendo neuróloga. Siempre le había admirado que tuviera la misma belleza que inteligencia, ¡y vaya que era inteligente!

Después de terminar de explorar al paciente, la castaña doctora se dirigió hacia Quentin y  el interno Richards.

-No presenta signos de daño neurológico. Aun así me gustaría observar su TAC. –se quitó los guantes y le hizo una seña al interno para que le pasara su tabla para escribir la nota de interconsulta. Se echó el cabello tras su oreja del lado izquierdo y muy concentrada en lo que hacía, empezó a redactar. Quentin estaba maravillado observándole.

En eso, un hombre al que Quentin admiraba, pues era su mentor, hizo su aparición en la sala de urgencias. El doctor Jamie Harper, jefe del Servicio de Urgencias del hospital había llegado de su día de descanso para apoyar con los numerables pacientes que no dejaban de llegar por la tormenta que fuera tomaba lugar.

-Dime qué tienes aquí, Blake. -El doctor Harper conocía el nombre cada uno de sus residentes. Le gustaba ser cercano con sus estudiantes.

Quentin Blake expuso al instante el caso a su profesor. Jamie Harper dirigió la mirada al paciente y en seguida hacia la doctora que se encontraba presente aun.

-Usted debe ser la doctora Carol Rivers, ¿cierto? Su hermano en San Diego me informó de su transferencia a este hospital. He leído sus artículos sobre de casos en urgencias. Espero pueda aprender aquí y desarrollarse como lo hacía en el hospital de su hermano. Nos hace mucha falta doctoras como usted  -hizo un especial énfasis en esta palabra- en su campo. Bienvenida a Urgencias doctora Rivers- le dio un apretón de manos a la chica.

-Muchas gracias doctor, así será. –la chica se sonrojó. Le apenaba que la adularan frente a todos por su trabajo.

El doctor Harper dio media vuelta para seguir supervisando lo que los demás residentes hacían. Dio unos pasos, pero se detuvo como si hubiera olvidado algo. Sin voltearse completamente, sólo giró la cabeza hacia atrás, y exclamó:

-Por cierto Blake, pensé que estando en segundo año de tu residencia de Urgencias ya sabrías el protocolo de atención para un politrauma a la perfección. El FAST se hace antes –alzó la voz en esta palabra- de cualquier interconsulta. Incluso neuro.

Siguió su camino.

Quentin Blake se sintió tan avergonzado. Había quedado mal frente a su jefe, frente a Carol y frente a su interno. No sabía que decir para romper el hielo.

-Quería decírtelo cuando me dijiste que no habías hecho el FAST, pero… -dijo la chica, a manera de disculpa.

-No te preocupes –le tocó el brazo con cariño- gracias por venir. Cuando tenga los resultados de la TAC te llamo. ¡Qué gusto volverte a ver Carol!  –alzó los barrotes de la camilla y quitó el seguro para ponerla a andar -¡vamos a hacer el FAST! –le dijo a su interno.

Y eso fue todo. Quería pedirle que quedaran para tomar un café o algo y ponerse al día el uno con el otro, pero no estaba seguro si ella sentía el afecto que él  le seguía teniendo. Carol Rivers: su primer amor. Aunque ella jamás supo nada, al menos no de su boca. Jamás tuvo el valor de decirle absolutamente nada.

Quentin sabía que esto no era coincidencia. Sabía que había sido el destino quien quiso volverlos a poner en el mismo camino de nuevo…


Música del blog:
Portions for foxes - Cover de Caught a ghost



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viernes, 2 de octubre de 2015

Oscura fue la noche

Se quitó el abrigo al entrar a casa. Hubiera deseado que con él, también se quitara todo el peso que cargaba en esos momentos. Las luces de la planta baja estaban prendidas, al igual que el televisor en la sala. Juguetes tapizaban la alfombra al lado del sofá e intuyó que su esposa Rosie había llevado a dormir a los niños a sus habitaciones después de un largo día de juego. ¡Qué dicha ser niño! Pensó. No eran conscientes de los problemas que como adulto él estaba pasando en esos momentos. Pero pronto se enterarían. Su esposa lo sabía, sus amigos lo sabían, y la verdad era cruda.

Caminó hacia el cuarto de baño. Encendió la luz. Una tenue luz irradiada por dos lámparas con forma de tulipanes dispuestas a cada lado del espejo del lavabo ponía en evidencia su demacrado rostro. Jamie tenía un semblante que jamás había tenido. Ni siquiera tras esas guardias extensas en el hospital terminaba con la expresión facial que portaba en ese momento. Las últimas 32 horas habían sido extenuantes, agobiantes, dolorosas. Para él, para su madre y para su hermano. La barba se hacía visible tras dos días sin afeitarse; sus párpados inferiores se tornaban oscurecidos por el desvelo de las últimas noches en el hospital, veía sus ojos humedecidos, pero hacía todo lo que podía por no dejar caer ninguna lágrima.

Abrió el grifo del lavabo y el agua empezó a correr. Metió sus manos al chorro y juntándolas entre sí logró contener agua en ellas para en seguida enjuagarse la cara. Cerró el grifo y tomó una toalla para secarse el rostro. Suspiró. Deseaba no ser el en ese momento.

Apagó el televisor y las luces de la planta baja y subió las escaleras. Lo que más quería era ver a Rosie. Necesitaba de ella.

Llegó a su habitación. Ella estaba en el cuarto de baño contiguo cepillándose los dientes o algo. Vio la cama lista para acostarse y deseo tanto hacerlo, pero en lugar de eso, se sentó a la orilla de esta. Todo en su cabeza pasaba rápidamente de nuevo. ¿Cómo había pasado todo? ¿Qué hizo mal? ¿Por qué no fue informado al instante de la situación para poder intervenir? Es urgenciólogo, podía hacer algo, podía hacer todo lo que estaba en sus manos, pero no fue así. Se sentía tan impotente, tan furioso, tan culpable. No podía remediar nada ahora. Ya no. Esa noche, Jamie Harper había perdido a su padre.

Rosie llegó a la habitación. Ella sabía del estado crítico del señor Harper. Inisitió a su esposo el estar en el hospital a su lado, pero el no quería que los niños estuviesen sin alguno de ellos por mucho tiempo. Después de tanto, él conocía a su esposo. Sin si quiera preguntarlo, sabía lo que acababa de ocurrir. Se sentó a su lado en la cama, lo rodeó con el brazo y le dirigió una mirada de complicidad. La misma complicidad que los había convertido en mejores amigos desde su adolescencia, la misma que los hizo novios, la misma que se prometieron al convertirse en esposos. Jamie aceptó esa mirada, aceptó su abrazo, aceptó su silencio.

Con la mirada baja y las manos apoyadas en sus rodillas, Jamie comenzó a sentir temblar sus brazos, sus hombros, su pecho, su abdomen. Sus piernas se pusieron tensas, al igual que su mandíbula. Notó que le costaba respirar. Y entonces, sucedió.

Dejó salir las lágrimas que con esfuerzo venía reteniendo, al mismo tiempo que comenzó a jadear, pues cada vez le era más difícil respirar, su cuerpo seguía temblando. Se inclinó hacia el vientre de su esposa. Le rodeo la cintura con sus brazos y siguió llorando. Se mostró como jamás se había dejado ver en su vida. Se mostró vulnerable. Y en esos momentos, el vientre de su esposa parecía el lugar más acogedor y protegido con el que contaba. Quería una sola cosa en ese momento. Quería a su papá con vida.

-Lo sé amor…lo sé.

Ella se inclinó para poder cubrirle, en señal de que ella lo tenía y que en sus brazos no tenía por qué sentirse vulnerable. Justo como él le había hecho sentir eso mismo a ella en muchas ocasiones.

Rosie notó que dos figuras los observaban bajo el marco de la puerta, algo confundidos y asustados. Eran los pequeños Reed y Carson. Seguramente el llanto de Jamie los había despertado.

-Mami, ¿Papi está bien? ¿Qué le pasa? –dijo el menor de los niños, con la voz quebrada.

Jamie escuchó la voz de Carson y dirigió la mirada hacia ellos. Se limpió las lágrimas con sus manos y extendió una mano hacia ellos.

-Vengan aquí chicos –dijo, tratando de dibujar una sonrisa en su rostro.

Los niños, vacilantes, caminaron hacia ellos aun sin saber qué era lo que pasaba como para hacer llorar de esa manera a su papá. No los culpaba. Jamie sintió alivio al verlos. Su imagen tan inocente atenuó su sufrimiento. Reed se veía muy tierna con la trenza que le había hecho Rosie, tenía el mismo cabello color cobre igual que ella. Su pijama amarilla tenía en frente dibujado un pato. Y luego estaba Carson, quien tenía la misma mirada de su padre. Las mangas de su pijama le quedaban grande, y Jamie no pudo evitar soltar una risita al ver cómo éstas se movían hacia atrás y hacia delante cuando éste brazeaba al caminar. Amaba a sus hijos, amaba a su esposa. En ese momento, era en lo único que pensaba.

-Vengan niños… –abrazó a ambos y les dio un beso en la frente –los amo, lo saben, ¿verdad? Los amo.

Las lágrimas brotaron lentamente de nuevo de sus ojos. Lo único que hizo, fue seguir abrazando tan fuerte como pudo a sus hijos y a su esposa. Sería una noche difícil.


Música del blog:
Nearly morning - Luke Sital


lunes, 22 de diciembre de 2014

Urgencia

La casa estaba de cabeza, un desorden total. Si Rossie se enterara jamás los volvería a dejar solos otra vez. En este momento, apurado estaba Jamie buscando en internet cómo diablos se hacía el peinado que tenía que llevar su hija para el festival de primavera. Desesperado, tomo el teléfono y empezó a marcar.

-¿Si?
-¡Parker! ¡Te necesito, es una emergencia!
-¿De qué se trata? Suenas muy alterado.
-Rossie está en la ciudad trabajando. Ayer Phyffer la llamó y tomó el primer vuelo hacia allá. A lo que voy… Reed tiene su presentación en el festival de primavera en unas horas. Muy a penas logré que se pusiera ese tutú y ahora no tengo ni idea de cómo tenga que ir ese peinado. Rossie intentó explicármelo ayer pero no puse nada de atención pues venía saliendo de guardia.

Había soltado un fuerte jadeo pues todo esto último lo había dicho muy rápido. Cuando se repuso su respiración, siguió:
-Ya llame a Hailey y no está. Naomi (su niñera) está en la preparatoria y temo que si llamo a mamá me regañe por no saber hacer el maldito peinado ¡VEN PORFAVOR!
-¿Y pensaste que yo sé hacer ese peinado porque soy gay?

Silencio incómodo.

-No…no es que…tú entiendes…
-¡Ja! Bromeaba. Sí, estaré ahí en una hora.
-¿Una hora? Pero es que…
-Tengo que terminar algo.
-¡Vamos, hombre! Y le pediré a mamá que te dé la receta de su tarta especial
-Mmm…
-Pagaré el billar de este jueves…y pediré a un colega pediatra una consulta gratis para tu pequeño Jimmy.
-Voy en seguida.

Jamie dio un brinco de felicidad, y al hacerlo, pisó con su pie descalzo un lego que había dejado regado su pequeña hija.

-Y sabes…había accedido a ayudarte desde lo de la tarta.

Colgaron y Jamie se sintió más tranquilo ahora. Dio la vuelta hacia la habitación y se dio cuenta que había perdido de vista a Reed, otra vez. Fue a buscarla.

Quince minutos después Parker llamó a la puerta. Un Jamie desaliñado y con su tierna hija pelirroja en brazos abrieron la puerta. Se sintió aliviado de que su amigo estuviera ahí. Parker traía consigo una torre de toppers con diferentes comidas o creaciones como suele llamarles.

-¿Qué es todo esto?
-Anoche Gabriel no fue de mucha ayuda cuando le pedí su opinión sobre estos nuevos platillos que creé para agregar al menú del restaurante. Creí que tu me podrías ayudar a elegir.
-No hay problema. Siempre es un placer comer lo que cocinas. Como aquel pollo marinado en…
-De acuerdo Reed, vamos a sentarnos aquí y comencemos –Parker había dejado de ponerle atención a Jamie. –Tú vete a bañar y cambiar rápido que tienes que ir a tomar esas fotos de Reed bailando para mostrárselas a tu esposa. ¡No puede ser que siendo urgenciólogo no puedas manejar estas situaciones con tu hija, Jamie!

Jamie sintió unas ganas inmensas de reprochar. Los casos que llegaban a urgencias eran más fáciles sin duda que lidiar con el cabello de su hija. Siempre que trataba de aprender ese tipo de cosas tenía que partir corriendo al hospital o regresaba muy cansado de el. Prefirió no reprocharle a su amigo, tomó uno de los topper, lo abrió y se fue directo a la segunda planta a bañarse mientras comía un delicioso croissant.