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viernes, 17 de julio de 2015

La noche en New Haven

Sentía transpirar bajo su camisa verde, aquella que hacía juego con sus ojos. Trató de llevarla con calma durante todo el día, pero hace unos minutos empezó a ponerse nervioso respecto a lo que se venía en unas horas.

Su amiga Rosie estaba con él en su habitación, la 17-A del edificio Lawrence, ayudándole a afrontar la situación.

-He hecho esto antes, es decir, he tenido citas…con chicas. Solía recurrir a Jamie para estas cosas (no es muy bueno en el tema, pero al menos lo intentaba) pero ahora que… <<que descubrí que en verdad me gustan los chicos>> bueno, ya sabes.

-No te agobies, aquí me tienes. Entonces ¿dices que este es el mismo chico de la fiesta de bienvenida? Alex. Pensé que lo estabas ignorando desde entones.

-¡Así fue! Sabes que no quiero pasar por todo el drama del año pasado otra vez…

-Aquella situación era totalmente diferente Gabriel –le dijo mientras le acomodaba el cuello de la camisa.

-Está bien, está bien. Aun así, lo evité lo más que pude estas últimas semanas, pero coincidimos en el mismo piso durante clase y en veces insistentemente me abordaba.

-Pues si yo fuera tú (y si no tuviese novio, claro), hubiera aceptado salir con él a la primera, ¡¿Qué no lo has visto?!

Gabriel trató de borrar de su mente el gesto que había hecho su amiga.

-De hecho puedes. Es bisexual –se aplicó gomina en el cabello –y tiene una gran reputación en el campus… si sabes a lo que me refiero. ¿La barba está bien?

-Te ves mejor sin ella, a mi parecer –percibió la mirada asesina de su amigo. Debió decirle eso antes de que se cambiara.

-Bien bien, todo está bien –suspiró –solo es una cita, como muchas que he tenido antes <<sólo que con mujeres>>. ¡¿Por qué rayos es tan atractivo?!

Estaba seguro que lo arruinaría todo. La única experiencia que tenía con otro hombre le había dejado un mal recuerdo. No por él, Desmond fue como un faro para su barco. Le estaba agradecido inmensamente por todo lo que le hizo madurar. Verse auténtico. Sentirse libre. Ser valiente. Los padres de Gabriel por otro lado…no tomaron muy bien la noticia. Y Desmond resultó afectado. Gabriel siempre se preguntaba si aquél chico se recuperó del todo de la brutal golpiza que le brindó su padre <<su rostro y costillas tal vez, pero su orgullo no lo creo>>. Era una lástima que jamás quiso contactarse con Gabriel después.

Y aquí estaba. 4 meses después, en un lugar diferente del país, esperando su cita con un chico diferente, pero aun así, se sentía como el mismo Gabriel inexperto que salió por primera vez con otro hombre.
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Estaba en una banca fuera del gran edificio de la biblioteca central, el punto medio entre la Casa Alfa Phi Alfa, hogar de Alex y el Edificio Lawrence. Bajo la luz del farol que se encontraba a un costado de la banca donde estaba sentado, Gabriel aguardó la llegada del chico. Faltaban unos 33 minutos para la hora acordada.

Repasaba en voz alta una y otra vez lo que iba a decir. Realmente estaba nervioso. Sentía un ligero aire colarse por su camisa. El otoño estaba llegando a su punto álgido.

-Creo que es muy dulce lo que estás haciendo.

Exclamó una viril voz. Gabriel saltó de un respingo y giró su cuello a la izquierda donde Alex se encontraba recargado en el respaldo de la banca.

Sonrojado, Gabriel articuló con dificultad un hola.

-¿Llevas mucho esperando? Perdón, pero los Alfa Phi no me dejaban irme de su fiesta. Sábado por la noche, tú sabes.

-No, acabo de llegar –mintió. –Entonces… ¿cuál es el plan que tiene Alex Cooper para esta noche?

-Hoy Gabriel, conocerás el lado nocturno de New Haven. Soy local, no sé si lo sabías. He vivido toda mi vida en esta ciudad.

-Vaya, no sabía. Oye...entonces si eres local, ¿por qué vives en el campus con los Alfa Phi? –empezaron a caminar hacia al oriente, rumbo a la salida del campus.

-Bueno, es que es mucho más interesante estar aquí en el campus que en casa con mis padres, ¿no lo crees? –le indicó un atajo por un estrecho pasillo entre el edificio de la oficina postal y el centro médico.

Gabriel miraba el camino empedrado en busca de ideas para más conversación, no quería parecer alguien cohibido. Ahí, bajo la tenue luz de la luna en esa noche fresca, entre los tradicionales edificios de arquitectura gótica del campus, sus pensamientos parecían aflorar débilmente. <<Es el efecto de empequeñecimiento del arte gótico>>

Llegaron hasta donde estaba el auto de Alex, un camaro convertible en color amarillo. Se subieron en él y se dirigieron fuera del campus. Éste se despidió del guardia de la entrada como si fuesen viejos amigos.

-Me dijiste que estudias arquitectura, ¿Qué piensas de los edificios de la universidad?

-Son muy variados. Los hay contemporáneos, clásicos y góticos. Góticos en su mayoría. Pienso que refleja lo antigua que es la escuela, pero también el progreso que ha logrado a lo largo de los años –no podía creer que le preguntara sobre eso –en una de mis clases el profesor nos ha pedido para este lunes que analicemos un edificio de la ciudad, el que más nos gustase.

-Bueno, tal vez puedas elegir alguno esta noche –sacó de la guantera una bolsa oscura con zipper- traje mi cámara fotográfica –le guiñó un ojo –sabes, mi hermana también estudió arquitectura en Yale, me ha enseñado lo poco que sé sobre el tema. Hay muchas edificaciones en la ciudad que son dignas de admirar. Es algo que me gusta de vivir aquí.

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-¿Hola? –dijo el chico en un susurro, pues su compañero de cuarto ya estaba dormido.

-¡Hola! Espero que no sea demasiado tarde. Es sólo que quería escucharte.

El joven salió del cuarto. Una delgada figura atravesaba los ventanales del pasillo del cuarto piso, dirigiéndose a las enormes escaleras en caracol.

-También he querido escucharte –suspiró  –¿Cómo va todo por allá linda?

Se sentó a los escalones. El suelo del vitro piso estaba frío. La luz de la luna que atravesaba el vitral que estaba sobre las escaleras iluminaba la delgada figura de Jamie Harper.

-Bien, las cosas parecen ir bien. Vengo de visitar a Gabriel en su habitación, lo estaba ayudando a prepararse para su cita.

-¿Cita? No sabía eso ¡Bien por él!

-Y entonces pasé por esta plaza donde vi a varias parejas reunidas, y no sé…sentí la necesidad de hablarte. Y tu…¿cómo has estado?

Jamie notaba el tono nostálgico en la voz de su novia, lo que no hizo sino ponerlo nostálgico también a él.

-Muy bien, algo apurado, las cosas van muy rápido por acá. Trato aún de acostumbrarme a la manera de trabajar en esta carrera ¡todos son muy competentes! Me emociona. Deberías conocer a mi compañero de cuarto ¡es todo un personaje!

No era la primera vez que Rosie sentía que Jamie había avanzado muy rápido de página. Le daba gusto que su novio estuviera feliz estudiando lo que más le emocionaba, pero a la vez se preguntaba si ella no se estaría quedando atrás en sus ambiciones y metas.

La plática siguió por media hora más. Cuando Jamie se percató que tal vez había despertado a sus vecinos, se empezó a despedir de Rosie.

-En verdad espero verte pronto. Iré a visitarlos próximamente, te lo prometo –dijo Jamie, esperanzado.

-También planeo visitarte. Quiero sentir tus abrazos otra vez…

-Puedes hacerlo ahora mismo. Cierra tus ojos. Imagina que te abrazo, que me abrazas. Yo imaginaré lo mismo.

Rosie tuvo una sensación de calidez en todo su cuerpo al escuchar las palabras de su novio. De cierta manera, él estaba junto a ella haciéndola sentir reconfortada.

-Te amo, Rosie –dijo, con la voz más sincera que pudo.

-Te amo Jamie –respondió ella .
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Recorrían las antiguas calles de New Haven. Habían dejado el auto estacionado cerca de Principal Avenue e iban a pie por el piso de piedra laja de las calles. Se detenían de vez en cuando para fotografiar un edificio memorable. Primero Alex tomaba una del edificio completo, después tomaba una de ellos dos con una cómica pose frente a dichos edificios.

-¿Qué te parece éste? –señaló Alex con los brazos extendidos a lo alto. –Torre Harkness. 1917. James Gamble Rogers. De los primeros edificios góticos en la ciudad. Este en particular me parece fascinante. La base es de forma cuadrangular, pero a mitad de camino…

-Cambia su estructura a un octágono perfecto –completó Gabriel, con la vista clavada en la punta de la torre.

La iluminación propia que tenía el edificio no hacía más que resaltar su majestuosidad.

-Y están esos enormes relojes de metal, uno en cada cara de la torre que le recuerdan a las cuatro direcciones de la ciudad las horas que pasan con un fugaz tic tac...especialmente en la noche.

A Gabriel le gustaba el interés con que Alex narraba sus conocimientos.

-Aunado a la numerosa y detallada ornamentación y las formas en ojal características de la corriente gótica arquitectónica. <<Empequeñecer al hombre es su objetivo>> recordó Gabriel.

-Anda, tomémonos una fotografía justo aquí –Alex sonó esmeradamente feliz.

Gabriel no era alguien que gustase mucho de las fotos, pero quería quedar bien con su cita. Después de todo, él estaba poniendo mucho de su parte al mostrarle la ciudad. Alex le pidió a dos señoritas que iban pasando que les tomasen la foto. Corrió hacia donde estaba Gabriel, poniéndose a su derecha. El chico sonreía de oreja a oreja, rodeo su brazo tras Gabriel y lo tomó por la cintura. El flash disparó.

Alex recuperó la cámara. Puso en el visor de fotografías la que se acababan de tomar. <<¡Muy linda!>> pensó.

Siguieron caminando por las nocturnas calles de la ciudad, hasta que llegaron a uno que ponía Memorial Theater en una placa dorada al frente. Uno de los pocos edificios renacentistas en New Haven. Gabriel recordaba lo que había visto de el en clase hace unas semanas. Subieron la escalinata de piedra y Alex le guió por la entrada.

-¿Está abierto a esa hora? Parece vacío.

-Conseguí que nos abrieran el lugar hoy.

Los dos chicos cruzaron el umbral de las puertas plegadizas de madera. Gabriel, asombrado ante o lo que sus ojos estaban viendo, dejó escapar un leve oohh. Era muchísimo más grande y elegante que el teatro local de su pueblo, sin duda. Alex se adelantó y caminó por el pasillo principal entre las rojas butacas. Caminando al revés, disfrutaba la mirada de asombro de su acompañante.

-¿Y…qué te parece?

-Espléndido. Entonces ¿solo pediste que te abrieran y ya?

-He pasado aquí mucho tiempo desde que era niño. Mi mamá es productora de obras de teatrales, y los primeros años de su carrera fungió en este teatro. Henry, el velador del edificio es buen amigo mío –dijo entre risas. –Hoy está cerrado, pero el próximo mes se estrena El sueño de una noche de verano, de Shakespeare.

-Vaya…debo admitir que has superado mis expectativas. –vio que Alex puso una mirada de desconcerto. –Jamás pensé que fueses un chico tan interesante. Culto. Supongo que te juzgué mal, lo siento.

-No te culpo. Sé bien la fama que me he creado en la universidad. Y aunque la mayoría de eso es cierto –soltó una risita –quiero que sepas que tengo muchos lados que no todos ven, más allá del chico que se mete con todos (y todas).  No siempre me muestro como soy, pues prefiero reservarlo para mí, pero creo que tú tienes algo especial.

Habían vuelto al camaro amarillo y se dirigieron a las afueras de la ciudad, del lado del mar. Pararon frente a un pintoresco establecimiento llamado Frank Pepe Pizzeria Napoletana. Famoso no sólo en la ciudad, sino en el lado este del país.

Entraron al restaurante y había tres mesas ocupadas, una por un grupo de amigos que celebraban el cumpleaños de uno de ellos, y las otras dos por dos parejas. Gabriel supuso que debido a la hora (casi las 12:00), el lugar se encontraba algo vacío.

Fueron hasta el mostrador, y Alex le recomendaba a Gabriel sus opciones favoritas del menú. Al final se decidieron por una de masa delgada con peperoni, pollo, cebolla, champiñones, queso mozarela y orégano, con un tarro de cerveza para tomar.

Se acercaron a la barra de salsas y toppings y Gabriel tomó un frasco que intentó aplicar a su pizza. El orificio del frasco estaba averiado. Gabriel se dio cuenta de esto al quedar su camisa verde con una gran mancha de color rojo. Al darse cuenta, Alex rápidamente tomó una servilleta.

-Déjame ayudarte –dijo amablemente, en vista que su cita se había puesto rojo de vergüenza.

Alex limpiaba con un cuidado la mancha. Gabriel notaba el cariño con que él lo limpiaba.

-Sabes qué…creo que no se quitará –empezó a quitarse su chaqueta de cuero color café. Se quedó solo con su playera blanca. –Ten, póntela –le extendió la chaqueta, con una sonrisa sencilla.

-No…no tienes que hacerlo –le repuso Gabriel.

-Vamos, no me molesta en absoluto. Además, aún nos falta una parada por realizar.

Gabriel aceptó la chaqueta y se la puso, cubriendo en su totalidad la enorme mancha. Acto seguido, se dispusieron a comer.

Estacionaron el auto a unos metros de su última parada. La costa de New Haven contaba con una casa del faro que guiaba a las embarcaciones entrantes. Lighthouse Point Park era una de las atracciones más populares de la ciudad. El atrio del faro se encontraba iluminado por pequeñas luces salientes del suelo que delimitaban el terreno. Había una casita color rojo con un tejado negro que figuraba antes de la torre del faro. Alex la pasó de largo y dirigió a Gabriel directo a la torre. Debido a su función, el sitio se encontraba abierto las 24 horas del día.

Cuando entraron, a Gabriel le hizo feliz ver lo que había en el centro del edificio. Un carrusel dentro del edificio del faro era lo más inusual que había visto. Sabía bien que ese juego giratorio había sido testigo de muchas promesas de amor y de sesiones fotográficas de boda, donde los novios se prometían mantener juntos toda la vida, por más giros inesperados que ésta diera.

Alex había elegido un lugar tan especial para dar cierre a la noche. La fotografía, el teatro, la chaqueta, el carrusel en el faro. El chico le había demostrado a Gabriel lo detallista que era. Estaba asombrado, tenía un buen presentimiento acerca de él.

Alex se subió al carrusel y desapareció al girar éste. Volvió a aparecer, parado junto a un caballo sosteniendo uno de los tubos.

-¿Qué pasa? ¿No vas a subir Gabriel?





domingo, 12 de julio de 2015

Bienvenido al campus, parte 2

Llevaba varios minutos en la fila esperando a ser llamada. Tras su llegada al campus, Rosie tenía que pasar a las oficinas centrales para la asignación de su dormitorio. Mala idea la de olvidarse de hacer dicho trámite por internet. Ahora se encontraba así misma en una sala de espera pequeña, atiborrada de estudiantes, cargando el pesado equipaje que traía arrastrando desde la entrada del campus. El chico que estaba delante suyo fue llamado. Echó un vistazo a su celular para ver si su amigo Gabriel le había llamado, quien había llegado a la universidad unos días antes. Nada.

La chica fue llamada por la secretaria, pero antes de que Rosie moviera un solo músculo, una chica alta y castaña, con un perfecto bronceado y vestida de una manera envidiable irrumpió en la habitación. Tenía la apariencia de estar verdaderamente cabreada. Pasó por delante de Rosie, se dirigió hacia el escritorio de la secretaria y de golpe le extendió una hoja de papel a la mujer sobre la madera del escritorio.

-¿Si? ¿Puedo ayudarla en algo señorita Hamilten?

-Hamilton. Si, ¿puede decirme que es esto? –la chica le acercó la hoja de papel.

La mujer, cuidadosamente cogió la hoja con su mano, se puso sus lentes de lectura y dijo:

-Es la habitación que le fue asignada, ¿tiene alguna…?

La chica empezó a levantar la voz

-Creí que no volveríamos a pasar por lo mismo este semestre. Me dieron un cuarto compartido (de nuevo) cuando mi padre específicamente…

-Señorita Hamilton, sabe bien que los cuartos son entregados conforme al azar.

-Mi padre dona mucho dinero a esta escuela como para que no me den un maldito cuarto individual. –la voz de la chica resonó en la habitación.

-Lo siento, pero hasta no recibir órdenes de mi superior no puedo asignarle uno de esos cuartos. Y aunque lo hiciera, me temo que todos ya han sido ocupados. Quizá si no se hubiera tomado ese semestre sabático el semestre pasado su antiguo cuarto habría sido respetado.

-¡¿Pero que?! –se dio cuenta que todo el mundo había sido espectadora de su escena. Viendo que no podía hacer más, la restirada chica inspiró profundamente, guardándose sus palabras, se acomodó el bolso, dio media vuelta y se marchó dando un portazo al salir de la oficina.

Rosie, atónita ante tal escena había olvidado que había sido llamada.

-¡Vaya! ¡Sexy…pero está loca!

Rosie viró para ver al chico que había exclamado eso. Un joven afroamericano con un semblante muy fresco se dio cuenta que Rosie lo observaba, le echó un sonrisa y le guiñó el ojo.

-¡Rose McCall!. –volvió a llamar la secretaria.

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Las grandes paredes de piedra del pasillo por el que caminaba Jamie parecían un laberinto. Había doblado a la izquierda frente a la fuente de la Casa Kappa Alpha Theta y fue siguiendo derecho por Campus Drive hacia la parcela de Bowdoin Street como le había dicho aquella chica a la que le preguntó el camino más corto para el edificio Kimball, donde se encontraba su dormitorio. 

Siguió caminando con su equipaje en mano, desesperado por llegar y tirarse en la cama de su habitación pues llevaba hora y media tratando de encontrar su camino. Stanford sí que era un campus enorme.

Se había adentrado a una finca de paredes coloniales cuyo centro era un jardín cuadrangular con un estanque en su interior. Estudiantes caminando de aquí para allá por los oscuros pasillos de la finca veían cómo Jamie se detenía a apreciar el estanque del jardín central. El joven dejó caer sus maletas al suelo, se dobló las mangas de su camisa para tratar de disipar el calor que sentía y descansó un poco en una de las bancas de piedra que tenía cerca. Dejó soltar aire de su boca y admitió por fin que estaba perdido. Pero se encontraba perdido en el lugar con más calma del campus. Al menos, lo que llevaba de conocer.

Vio pasar a una linda chica pelirroja por el corredor de enfrente quien columna a columna se alejó del pasillo hasta desaparecer. Jamie pensó en su novia Rosie y se preguntó cómo le estaría yendo en su primer día en Yale. Habiendo descansado un poco, se volvió a colocar su maleta en el hombro sobre la sudada camisa azul y siguió en dirección a donde había desaparecido la pelirroja.

Atravesó el umbral del arco sostenido por dos columnas que marcaba la salida de  la finca y bajó la escalinata de piedra. En seguida, volvió a ver a la chica de cabello rojizo, la cual le pareció  aún más bonita de cerca. Apenado, pues se encontraba lleno de sudor Jamie le preguntó cómo podía llegar a su edificio. La chica amablemente le indicó que tenía que seguir por la calle de frente, Escondido Road y llegaría directo a los dormitorios. Jamie le dio las gracias con una sonrisa tonta y siguió su camino.

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-Si, justo voy entrando al edificio. Estoy en el quinto piso, habitación 23 – D. ¿Vienes por mi? Aún no sé dónde está la cafetería. –la chica jadeo, pues aún se encontraba cargando el pesado equipaje. Deseó que Gabriel se hubiese contactado con ella más temprano para que le ayudara a cargar con todo.

-De acuerdo, en un momento llego. Muero de hambre. Cambio y fuera.

Rosie avanzó por el pasillo buscando su cuarto. Según veía, los números iban decreciendo conforme avanzaba por el corredor. Veía a algunas chicas saludarse, animosas por verse después de las vacaciones. Distinguía a las nuevas como ella, tratando de averiguar cómo iba todo por ahí. Al fin vio la habitación 23 – D. La puerta estaba entreabierta. Sabía que tendría una compañera de cuarto y estaba deseando tanto que sucediera un milagro.

Al entrar, toda esperanza edificada se vino abajo pues sus suposiciones habían sido ciertas. En la hoja de asignación que le entregaron en la oficina, ponía a Carter Hamilton como su compañera de cuarto. Pensó que tal vez era coincidencia y que la chica que había entrado a realizar una escena era otra Hamilton. Se equivocó.

Lo que a Carter Hamilton le sobraba en glamour, le faltaba en educación. Era una persona arrogante que había crecido en una familia acomodada y estaba acostumbrada a recibir un trato especial a donde sea que fuese. No había conseguido que le dieran un cuarto individual este semeste, por lo que se había resignado (por el momento) a aceptar el cuarto compartido con una tal Rose McCall <<nombre de bufona >> pensó.

Rosie atravesó el umbral de la puerta y se percató que Carter se había apoderado de casi toda la habitación. Sus cosas yacían en el peinador y en todas las repisas. El closet que se encontraba abierto, se encontraba casi en su totalidad ocupado por las costosas prendas de la chica.

-Hola…al parecer compartiremos el cuarto –Rosie supo que estas palabras taladraron en la mente de Carter. –me llamo Rosie McCall.

La castaña chica al parecer estaba ignorando a Rosie. << Si la ignoro, tal vez se vaya>>

Rosie agarró aire con sus narices y se plantó frente a ella.

-Escucha, sé que esto no es lo que querías pero estoy aquí y este es tanto mi cuarto como el tuyo. Así que elige, o compartimos educadamente todo el cuarto –hizo un énfasis en la palabra todo, refiriéndose al repentino apoderamiento de la chica por el closet y el peinador –o tenemos el semestre más irritante de nuestras vidas. Son las cartas del juego.

Carter se levantó de su cama donde estaba sentada y se erigió frente a Rosie. Era más alta que ella, pero eso no intimidó a la pelirroja chica. Le lanzó una mirada desafiante. Nadie se le había plantado como Rosie lo acababa de hacer.

-La mitad de abajo del closet es tuyo. Mis cosas están por ahí, no las toques. No me levanto antes de las 7:00 am. Las luces se apagan completamente cuando duermo, si necesitas estudiar de noche, la biblioteca abre las 24 horas. Y ni se te ocurra traer a algún chico a dormir. O chica.

Acto seguido, se dirigió a la puerta de la habitación. Antes de desaparecer, se detuvo y dio su último mensaje:

-Yo no desempacaría todo si fuera tú. Tal vez seas reasignada.

Se fue.

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En su camino al edificio de Rosie, Gabriel pasó frente a un grupo de chicos sentados en el jardín de enfrente. Se percató que uno de ellos, se le quedaba mirando fijamente. No lo lograba ver del todo bien debido a la distancia a la que se encontraba, pero a Gabriel le pareció atractivo el chico. Incluso aun cuando Gabriel se dio cuenta que lo miraba, el chico no desvió la mirada. Siguió su camino hacia el dormitorio, dejando atrás la mirada de aquél sujeto.

Cuando se encontró con su amiga, ambos corrieron a abrazarse, emocionados de estar juntos en esta nueva etapa. Nunca habían sido muy cercanos, incluso antes Rosie no soportaba a Gabriel, pero este último año se habían vuelto muy buenos amigos. Jamie había servido de vínculo entre ellos dos.

Habiendo llegado a la cafetería más cercana del campus, los dos amigos se pusieron al tanto con lo que habían pasado los últimos días.

-Habrá una fiesta de bienvenida en la noche –dijo Gabriel, aun con parte de su hamburguesa en su boca. A Rosie le dio risa, pues a pesar de que amigo era gay, no dejaba de ser un hombre, ni de comer como uno. –es tradición aquí. Te dan un color y un número y el objetivo es encontrar a aquél que tenga el mismo color y número que tú, para que por lo menos tengas a un amigo antes de que acabe tu primer día aquí. Suena lindo…tonto, pero lindo. –el chico siguió devorando su hamburguesa.

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Cuando por fin llegó Jamie al edificio Kimball sintió un halo de alivio. Tomo el ascensor al cuarto piso rumbo a su dormitorio. Dentro del pequeño cubo ascendiente, vio en el espejo que había dentro que tenía una muy mala pinta. Su camisa de botones azul sudada hacía juego con el cabello húmedo. Cargar las maletas le había arrugado a camisa. Esperó poder llegar a su cama, recostarse y darse un baño.

Abrió con su llave la puerta de la habitación 646 y vio que su compañero ya había llegado. Un chico con una pinta muy elegante, con clase. Complexión delgada, el cabello oscuro, algo largo pero reluciente y de una tez aperlada. Había acomodado ya todas sus cosas. De hecho, se veía todo muy ordenado.

-¡Jamie qué tal! –el chico le extendió la mano para saludarlo.

 Jamie se sorprendió de que éste supiera su nombre, pero entonces recordó que en el mail que le enviaron asignándole el dormitorio, venía el nombre de los ocupantes. Se sintió apenado por no recordar el nombre del chico.

-Clayton Meissner, de Nueva Orleans. Te ves agotado, ¿viniste caminando? Debiste de tomar la ruta estudiantil, pasa por los puntos centrales del campus. A mí me dejó frente al edificio. –Jamie se sintió miserable por dentro. –Bonita habitación, ¿no? El baño está al final del pasillo, ahí puedes darte un baño (creo que lo necesitas). Te agregué a facebook, ¡acéptame! . La contraseña del wi-fi es 646wjm10kh ¿Agua? –le acercó rápidamente una botella al chico.

A Jamie le sorprendió la rapidez con la que hablaba su nuevo compañero. Se sentó en el borde de la que supuso era su cama y al instante vio los libros de medicina en las repisas de su compañero. Y al parecer Clayton también era músico, pues al lado de su escritorio se encontraba descansando un chelo.

-¿También estás en medicina? –preguntó amablemente.

-¡Si! ¿Genial, no? Y estamos juntos en casi todas las clases. Me tome la libertad de recoger tu horario. ¿Ya compraste los libros? Hoy hay buenas ofertas en la librería del campus, si quieres podemos ir más tarde. –Clayton se sentó en su cama, frente a Jamie.

-Estaría perfecto.

Jamie sentía que se llevaría muy bien con el chico, su actitud efusiva le pareció genuina. Pasaron el resto de la tarde conociéndose, mientras Clayton ayudaba a acomodar sus cosas en el cuarto. Incluso Jamie le presentó a Clayton a sus padres, pues recibió una videollamada de éstos. Lo amaron.

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Estaba lista para salir. Se miró al espejo. Se había cambiado cuatro veces, no quería verse mal en su primer fiesta universitaria. Al final se decidió por esos jeans que tanto amaba y un blusón azul naval. Su compañera de cuarto había salido arreglada hace una hora, seguramente también rumbo a la fiesta. Recibió el mensaje de Gabriel quien venía en camino y decidió irlo a esperar al lobby del edificio.

El campus se veía fascinante de noche. Las lujosas y antiguas lámparas iluminaban el sendero que seguían rumbo al jardín principal del lado oeste del campus, donde se encontraba la celebración.

No eran los únicos que iban en camino, algunos en grupo, otros sin compañía se dirigían hacia el mismo destino. En base a eso Rosie podía distinguir quiénes eran de nuevo ingreso y quienes los veteranos.

Escucharon un bullicio detrás de ellos. Al instante, fueron rebasados por una manada de chicos de fraternidad quienes aullaban en busca de alcohol y chicas esa noche. Gabriel y Rosie podían oler desde su lugar la testosterona que desbordaban los alocados estudiantes. Se echaron miradas de complicidad el uno al otro y empezaron a reír.

El enorme jardín del lado oeste del campus se encontraba a rebosar de estudiantes esa noche. La fuerte música hacía vibrar los corazones de los presentes. Habían montado una fogata gigante, donde al dar la media noche quemaban un muñeco tamaño real con el uniforme de la escuela, al menos eso es lo que Gabriel había escuchado.

Unos chicos del comité organizador le asignaron a Gabriel y a Rosie una pulsera fluorescente de un color distinto, y una calca con un número. Las personas que se suponía debían de conocer esa noche debían de tener el mismo color de pulsera y el mismo número que ellos. Rosie tenía una de color blanco y el número 78 mientras que Gabriel tenía el color verde junto con el número 43.

La chica veía tantas figuras moverse de aquí para allá bailando, que al instante desistió de buscar a su pareja. Gabriel había ido a buscar un vaso de cerveza para ellos. Rosie se dio cuenta que un grupito cercano se estaba empezando a arrojar cerveza entre sí. Asustada, se apartó.

-¡Tranquila! Es solo cerveza. Fría y de la buena –dijo entre risas el chico que se había acercado a ella –McCall, ¿cierto?

Tardó un poco en reconocerlo, pero era aquél chico afroamericano de la sonrisa burlona que había roto el hielo en la oficina de tutorías tras la escena que había armado Carter.

-Rosie, sí. –lo miró un poco confundida la chica.

-Mis amigos me llaman Dough, hola. Por lo que veo, ¿eres de primer año verdad? Igual que yo. Déjame darte un consejo, relájate y disfruta el ambiente.

Había empezado a sonar una canción realmente buena, y el vivaz chico empezó a bailar alocadamente, invitando a Rosie que se le uniera.

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-Dos vasos, de la oscura por favor. –dijo Gabriel, al tipo que hacía de dispensador en los barriles de cerveza.

-¡Qué lástima! Pensé que estabas solo. –dijo una voz muy varonil sobre el hombro de Gabriel.

El chico se dio la vuelta para ver al que le había dicho eso. Gabriel se sorprendió al reconocer al tipo que se le había quedado mirando directamente esta tarde. Aquella vez por la distancia, no lo había podido ver bien, pero ahora lo tenía frente suyo, y Gabriel tragó saliva al inspeccionarlo. Atractivo le quedaba corto.

El misterioso chico le enseñó la misma pulsera de color verde que tenía Gabriel.

-Tienes el número 92. Yo el 43 –le dijo Gabriel, en un tono juguetón.

-Lo sé, pero el chico que me emparejaron me aburría tanto. Así que escudriñé el lugar y fuiste el chico más ardiente que encontré.

<<Vaya, qué atrevido >>, pensó.

-Alex, encantado –le extendió un fuerte brazo.

-Gabriel –dijo algo confundido, estrechándole la mano.

-Sabes, te he mirado desde esta tarde, cuando pasabas en dirección al edifico Maxwell.

-¿En serio? No me di cuenta. –mentía.

-Entonces, ¿debo preocuparme de que tu novia me vea platicando contigo? –desvió la mirada al vaso extra que tenía Gabriel.

-¡No, qué va! –soltando una risita nerviosa – en todo caso, sería novio –notó el gesto de satisfacción de Alex. –Vengo con mi amiga Rosie, ambos somos nuevos aquí. Somos del mismo pueblo, es bueno tener a alguien conocido en una nueva escuela en una ciudad diferente ¿no lo crees?

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Ambos nuevos conocidos estaban teniendo un momento muy agradable bailando (brincando y moviendo agitadamente los brazos) la movida canción de David Guetta. Cuando la canción terminó, Rosie deseó tanto que Gabriel se apurara con ese vaso de cerveza. Rebuscó entre las personas a su amigo pero no logró vero. De pronto, percibió la intensa mirada de una chica castaña con quien hace unas horas se había enfrentado por su parte de la habitación.

Carter Hamilton estaba a unos metros, con la recelosa mirada clavada en Rosie. Dough se dio cuenta de lo que sucedía

-¡Wow! ¿Qué traen entre ustedes?

-Desfortunadamente, somos compañeras de cuarto.

Carter se acercó a ellos. Rosie pensó que la iba a golpear, pero tan solo le hizo entrega de algo, toscamente. Se marchó. La pelirroja chica reconoció lo que Carter le entregó. Era un sticker, con el número 78 en él. Rosie voltió la mirada hacia su compañera y avistó la pulsera de color blanco en la muñeca de la chica.

El destino jugaba otra vez para emparejarlas.


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Bienvenido al campus parte 1, La noche en New Haven

sábado, 2 de mayo de 2015

Bienvenido al campus, parte 1

Mantenía fija la mirada al camino en la carretera. Había tenido una leve conversación durante todo el camino con su hermano quien era el que manejaba el auto, pero no más. En su cabeza seguía reproduciéndose una y otra vez esa discusión que tuvo con su novio Jamie hace unos días.

-¿Entonces,  así sin más cambiaste de opinión? No lo entiendo, teníamos un plan –dijo la chica, confundida.
-Tenías un plan. Escucha Rosie, quiero tanto como tú que sigamos viéndonos diario pero no siento que esto encaje conmigo, no siento que deba ir a Yale como ustedes. Stanford me quiere ahí, tienen este excelente programa en Medicina y la oportunidad de irme a Europa en algún punto de la carrera…
-Si tanto querías ir a Stanford entonces ¿por qué no lo dijiste antes? ¿Por qué hacerme ilusiones de que estaríamos en la universidad juntos, por qué permitirme planear todo este absurdo…? –Dio un gran suspiro –¿Por qué esconderme lo que en verdad querías?

Sabía que las cosas estaban bien entre su novio y ella. Habían arreglado sus diferencias y cada uno dejó su hogar y partió a la universidad. Rosie a Yale en New Haven, y Jamie a Standford en California. Aunque había tenido algunos días para asimilar el hecho que pasaría los próximos cuatro años a una enorme distancia de él, de su familia y de casa. Pareciera como si de pronto en el auto se hubiera enterado de todo esto. Estaba aterrada.

-Rosie…¡Oye, Rosie! –Daniel se percató del silencio de su hermana.

-¿Si? –se incorporó.

-¿Sabes? Creo que los echaré de menos a todos ustedes en la preparatoria. Quiero decir, aún estará Jessica, pero no será lo mismo sin ustedes. Creo que debí de haber hecho más amigos de mi curso en vez de pasar todo el tiempo con ustedes los mayores. En fin, tengo este último año para hacerlo. –Su hermana esbozó una diminuta sonrisa. El chico sabía que ella no la estaba pasando bien. –Así como tú, estoy seguro que es emocionante llegar a un nuevo lugar a vivir. Nuevas personas, nuevas experiencias. Sé que parece algo aterrador al principio, por lo menos para mí lo sería, pero estoy seguro te encantará. No te preocupes.

Los kilómetros pasaron, y pese a las palabras de ánimo de su hermano, Rosie sentía un hueco en el estómago conforme se acercaban al campus.

Veían cada vez más y más autos hasta que por fin llegaron. El edificio principal era tan majestuosamente grande que Rosie se sintió empequeñecida frente a éste. Bajó del auto a ayudar a Daniel con el equipaje de la cajuela. No entendía cómo todos los demás estudiantes que iban llegando como ella se veían tan felices. Ella no lo estaba. No sin Jamie, no sin sus padres, no sola.

-Esta es la última –el chico le entregó una pequeña bolsa a su hermana. –¿En serio no quieres que te ayude con ellas hasta tu dormitorio? –preguntó, con entusiasmo. Al parecer Daniel lo que quería era ver a las chicas universitarias.

-Creo que a me corresponde ir sola de aquí en adelante. –Viró hacia el edificio y lo contempló,seria. –Se ve algo…aterrador. Lo nuevo, lo desconocido. Se supone que así sea, ¿no?

-Una persona me dijo una vez, Si tus sueños no te aterran, no son lo suficientemente grandes.

Y entonces lo entendió. Rosie había sido la hermana mayor que empujaba a su hermano Daniel por el camino que decidiese tomar éste, aconsejándolo. Pero era ahora su hermanito quien se encargaba de este rol con ella. Se dio cuenta que es normal sentir miedo, se dio cuenta también que, no necesitaba de nadie más que de ella misma para pasar por esto, pues era una nueva etapa en su vida y tenía que vivirla, recibiendo lo que sea que viniése de aquí en adelante.

Rosie se acercó a su hermano y lo abrazó fuertemente.

-Avísame cuando llegues a casa Dan. Trata de no sacarle canas vedes a nuestros padres ¡eh!

El chico se alegró por el cambio de actitud de su hermana, su trabajo estaba hecho.

-Por cierto Rosie... sé que no eres gran fan de la tecnología y que por eso prefieres escribir en papel que en tu computadora, pero te creé una cuenta en ese sitio de videollamadas en internet. Puedes llamarme cuando lo necesites. El teléfono sirve, pero estoy seguro que tal vez ver mi atractivo rostro sea mucho mejor.

Rosie se dio la vuelta y trató de dar el primer paso pero no pudo, pues su hermano la retuvo con un abrazo por la espalda. El brazo de él rodeaba su pecho, su mano le sostenía el hombro derecho de ella. La cabeza del chico, apoyada en el hombro izquierdo de Rosie.

Acto seguido, Daniel la soltó y ella avanzó. No era una despedida, al final del semestre ella volvería a casa para vacaciones. Era un hasta entonces.

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El clima mediterráneo de Palo Alto, California le agradaba mucho a Jamie. En esa época del año era cálido y seco. A Jamie la pareció una ciudad muy pintoresca desde que arribó en el avión. Ahora iba en un taxi hacia Stanford y la vista por la ventana del coche era muy acogedora. Las montañas eran visibles y los numerosos robles característicos de la ciudad (el logo de Stanford tení un roble sobre sí) le hacían sentir que oxigenaban su sangre directamente, como si de un nuevo Jamie renaciendo se tratara.

Había tomado la decisión correcta. Estaría literalmente al otro extremo del país de donde estarían su novia y su mejor amigo Gabriel, pero eso no le preocupaba en absoluto. Por alguna razón, sintió que esta nueva etapa tenía que pasarla solo, y descubrirse a sí mismo. La Escuela de Medicina lo esperaba, y él la esperaba a él.

Cuando hubo llegado al campus, el coche recorrió el camino adornado con enormes palmeras al costado. El camino terminaba frente un jardín donde a lo lejos veía el edificio principal. Bajó del taxi con su equipaje y caminó hacia el edificio atravesando el enorme jardín verde. Pasó por la rotonda que se encontraba a mitad del jardín, la cual ponía una S hecha con flores en el centro. Se entusiasmaba viendo a los demás jóvenes llegando por primera vez al campus como él, a los que regresaban reencontrándose con sus amigos y a las animadoras haciendo lo que parecía una rutina de exhibición dándoles la bienvenida a todos al ritmo de esa pegajosa canción de Britney Spears.

Al llegar frente al edificio, se detuvo en seco y lo contempló de esquina a esquina. Inspiró una gran cantidad de aire y la dejó salir levemente por su boca. Hizo un movimiento de asentimiento con su cabeza y se dispuso a cruzar la puerta.

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Gabriel había tenido que llegar un par de días antes a Yale para discutir algunos puntos sobre su beca en la universidad. Acordó con el encargado que jugaría futbol esta temporada y el resto del dinero que necesitaba para cubrir el otro porcentaje de la matrícula lo costearía con el dinero que venía ahorrando de su empleo en el centro comercial de su pueblo.

Se sentía tan nuevo, sentía que podía empezar una nueva vida y formar un nuevo camino después del año tan difícil que tuvo: conoció a este grandioso chico que el dio la confianza y el coraje de aceptar su homosexualidad, aceptarse a sí mismo y confesárselo a sus amigos. Había agradecido mucho el conocer a Desmond, y la reacción de sus amigos. Lo que no agradecía era lo que había pasado con sus padres. Intenta olvidarlo, se decía a sí mismo.

Así que aquí estaba, en una nueva ciudad empezando de cero. Decidió jamás volver a su pueblo, pues no había nadie allá a quien deseaba volver a ver. En cambio, tenía todo por delante. En cuanto se graduara en unos años, se iría a Nueva York como lo prometió junto con Jamie, Rosie y Daniel.

El reloj marcó las 12:00 pm. Se preguntó si su amiga Rosie habría llegado ya al campus. Empezó a marcar su teléfono para invitarla a comer en la cafetería e ir juntos a recorrer el plantel.