Salió de la ducha con el cuerpo
entumecido debido al frío de esa mañana. Se miró en el espejo y aun le sangraba
el tajo que se había hecho en la mandíbula al afeitarse hace unos minutos.
Aplicó presión con un trozo de papel higiénico y empezó a secarse con su toalla
la cual, al terminar, se la puso alrededor de la cintura y con el torso
descubierto Daniel atravesó el pasillo y se dirigió hacia su cuarto para
vestirse. Había olvidado ponerse unas sandalias, por lo que la sensación de
frío embargó su ser.
Cuando hubo terminado de
vestirse, se percató de que, si no salía del departamento lo más rápido posible,
llegaría tarde a la primera clase en su universidad.
Fue directo a la sala común
donde, como todos los días de los últimos 3 meses, se encontró con la misma
deprimente imagen de su amigo, en ropa interior, despeinado y con la barba
crecida y desarreglada, postrado en el sofá viendo un partido de alguna nación
que desconocía, con un tazón de papas fritas, o pretzels o lo que sea que
quedase en la alacena aún.
- ¿Gabriel…sabes si necesito
llevar más de un abrigo para salir esta mañana?
El silencio, algo últimamente
frecuente en él, volvió a manifestarse.
-Gabriel… ¿qué…? –Daniel fue a
donde su amigo y se le plantó enfrente. Gabriel lo miró irritado. –Te pregunté
si…
-No. Con eso que llevas está
bien. Luces muy bien. Ahora, ¿puedes moverte?
-Gabe…ya no puedes seguir así. Ayer contesté una llamada para ti, de
la firma de arquitectos a la que solicitaste empleo hace unos meses. Ni
siquiera fuiste a la entrevista, ¿verdad?
-No te importa lo que haga o deje
de hacer. –Su actitud se volvía más arrogante con cada frase.
-Déjame decirte algo amigo. –Dan hizo un especial énfasis en
ésta última palabra –Vivimos juntos. Tú, Jamie y yo. Y aunque él haya llegado a
la ciudad hace un par de semanas y ha estado demasiado ocupado con sus guardias
del internado en el hospital como para percatarse de tu problema, yo no. Yo te
he visto así desde hace tres meses. Y al parecer mis palabras no son lo
suficiente como para hacerte entrar en razón, pero sé que a tu mejor amigo sí
lo escucharás. ¡Así que hoy, en la noche cuando Jamie regrese nos sentaremos
los tres en esta sala y tendremos una charla seria sobre lo que está pasándote!
–soltó un gran suspiro tras terminar. Sentía el corazón latirle aceleradamente.
- ¿Qué está pasándome, según tú? –Gabriel lo miraba desafiante.
- ¡Increíble! –Dan decidió dejar
de discutir. Tomó su mochila y se dirigió a la salida del departamento.
Tenía que acabar con esto de una
vez por todas. Su amigo Gabriel había entrado en una depresión mayor tras
enterarse que su ex novio había muerto debido a un corazón insuficiente del
cual recibía tratamiento desde su niñez, pero nunca le había contado ni una
palabra a nadie de su enfermedad.
Dan no sabía si todo el asunto
era por la muerte de Alex en sí, o porque el chico no había tenido la confianza
de contárselo a Gabriel sino hasta que cuando su condición fue en declive, Alex
decidió alejarse de la vida de Gabriel para que éste no lo viera en su estado
convaleciente. No podía imaginarse el dolor de su amigo al enterarse no sólo que
había muerto su ex novio, si no que nunca había sido sincero con él, y no haber
tenido si quiera la oportunidad de apoyar a su novio en su enfermedad.
A pesar de ser amigos desde la
preparatoria, Dan y Gabriel no habían establecido un vínculo especial como el
de éste y Jamie, como para poder brindarle su ayuda y que Gabriel la aceptase. Hoy
tenían que poner las cartas sobre la mesa y realizar una intervención para
ayudar a su amigo.
El frío matutino de Manhattan era
algo de lo que Dan disfrutaba desde que se mudaron a la gran ciudad hace un
año. Las personas salían con sus abrigos rumbo a su trabajo o a la escuela, y
conforme transcurría el día, a veces ameritaba desabrigarse y ponerse más
frescos.
Ya era un poco tarde para Daniel,
pero tenía la esperanza de que si se apuraba conseguiría llegar a tiempo para
su clase de Pedagogía en la Universidad de Nueva York. Estaba a un año de
graduarse, y no quería perder ninguna clase, pues las disfrutaba mucho.
Sabía que si tomaba el
subterráneo, éste lo dejaría muy lejos de la escuela, por lo que decidió usar
el poco dinero que le quedaba del mes en un taxi que lo llevase directamente a
su destino. Pero, como era de esperarse, a ese punto de la mañana todos los
taxis se encontraban ocupados.
Estar de pie en la avenida
esperando le había dado más frío. Sentía helada la punta se nariz, y el tajo en
su mandíbula le punzaba cada que el viento soplaba en dirección suya. Frotaba
sus manos una con la otra para generar un poco de calor, y no quitaba la vista
de la avenida en busca de un taxi vacío.
Entre tanto, una chica pelirroja
con un abrigo enorme y cargada de varias maletas se puso frente suyo. Un taxi
se acercó, y la chica gritó espantosamente para llamarlo, sin éxito alguno. Dan
dio un salto del susto.
-No eres de por aquí, ¿cierto?
–trató de iniciar conversación el chico.
La pelirroja volteó, confundida,
preguntándose si era a ella a la que se dirigía. Al no haber nadie más al lado
de ellos, supuso que se refería a ella.
Al principio no la había
reconocido porque se veía muy diferente, pero Daniel se quedó boquiabierto al
ver el rostro de la chica. Una compañera de preparatoria, un año mayor que él, de
la generación de Jamie y los demás. Se veía muy diferente, porque había perdido
un poco de peso, y aunque no era del todo delgada, a Dan le atrajo mucho su
cuerpo. La chica lo reconoció al instante.
- ¿Daniel? –la chica se sonrojó
al ver al atractivo joven, quien le sonreía animoso. –Sí, acabo de llegar ¿soy
tan obvia?
-Bueno, las maletas son un fuerte
indicio –Dan levantó una de las maletas de la chica, la cual se había caído.
–Pero es tu manera de llamar el taxi la que te delata.
- ¿Hay una manera? –preguntó
apenada la chica. Sabía que sus gritos eran algo perturbadores.
-Sólo te paras, extiendes el
brazo con la mano abierta silbas una vez –Dan realizó el llamado a un taxi vacío que iba pasando. Se detuvo.
- ¿Hacia dónde vas?
-Midtown. Mi hermana y su esposo
viven ahí. Me quedaré con ellos mientras consigo algún otro sitio.
- ¿Podemos compartir el taxi? Voy
a la universidad, y queda de paso en tu camino. Podemos ponernos al día –Dan puso
esa cara bonita que usaba con las chicas que acababa de conocer para invitarlas
a salir.
- ¿Tengo alternativa? –dijo la
chica, encogiéndose de hombros. –¡Vamos!
Daniel le ayudó subiendo sus
maletas al portaequipaje.
El viaje fue corto para su
plática. A pesar de no haber interactuado mucho en la preparatoria, parecía
como si tuvieran muchas cosas que contarse, y eso alegraba a Dan. Él le contó
que había llegado hace un año a la ciudad de Nueva York junto con su hermana
Rosie y sus amigos, que estaba en su último año de universidad, preparándose
para ser maestro y que trabajaba la mitad de la semana como asistente educativo
en una pequeña escuela en Midtown. Ella, por otra parte, le contó a Dan que, tras
graduarse de Berkeley, había trabajado en una editorial en California como
traductora. Se encargaba de la traducción y edición de libros de autores
latinos, alemanes y franceses al inglés, y que su trabajo allí le había creado
contactos en el mundo editorial y fue así como consiguió la oportunidad de un
nuevo empleo para esta importante empresa en Nueva York.
Para su mala suerte, el taxi había
llegado a la parada de Daniel, frente a la universidad.
-Bueno, hasta aquí llego yo –sacó
el dinero que le correspondía de su bolsa y se lo entregó a ella. Abrió la
puerta del coche. –Espero que te vaya bien, amm…
Dan estaba muy apenado. Creyó que
la plática durante el viaje le recordaría el nombre de la chica, pero ahora
estaba despidiéndose de alguien de quien se suponía debería de saber su nombre,
pero no lograba recordarlo. Ella lo miró esperando que un nombre saliera de su
boca, pero nada salió.
-Lily Alpert. Es mi nombre –dijo ella,
un poco decepcionada.
Dan dio un suspiro.
- ¡Soy un torpe! Perdóname. De todo corazón.
No sabía cómo despedirse después
de eso, así que se acercó a ella rodeándole un brazo sobre sus hombros y le dio
un beso en la mejilla. Esperaba que esa muestra de cariño la hubiera hecho
sentir un poco menos mal por no haberse acordado de su nombre.
-Me dio mucho gusto encontrarte,
Lily. Cuídate mucho. –Salió del taxi torpemente. –Y bienvenida a Nueva York.
Cerró la puerta.
Música del blog:
Spacin out - The Mowgli's