El día llegaba a su fin, y
Vanessa Phyffer contemplaba desde su lujosa oficina los enormes edificios de la
ciudad de Nueva York bañados por un haz de tonalidades naranja del atardecer. Se
encontraba ensimismada en sus pensamientos. Era de esos momentos en que la
exitosa mujer se cuestionaba a sí misma sobre su vida, sobre si había valido la
pena dedicar el cien por ciento de su tiempo en poner en alto el apellido de su
difunto padre en los negocios, de convertir de su presencia una muy imponente
frente a sus colegas, frente a sus empleados y aún más frente a su competencia
a costa de dejar en segundo plano su vida personal, sus amistades y el romance.
Normalmente no le afectaba ese hecho, pero hoy por alguna razón rondaban en su
cabeza.
La elegante mujer se sobresaltó al
escuchar que alguien llamaba a su puerta.
-Vanessa, aquí está el informe de
este mes que me pediste.
Vislumbró en el umbral de la
puerta a una chica de cabello cobrizo y de una mirada profunda que inspiraba
confianza, la misma que la había hecho convencer hace dos años de contratarla
para la vacante en Economía de su empresa, a pesar de tener mínima experiencia
en su área. Pero aprendía rápido y eventualmente escaló a un puesto más alto. Rosie
McCall se adentró en la oficina de su jefa y le extendió en las manos el
informe.
-Bien, lo leeré en un momento.
-Contestó con ímpetu.
<<De nada>> pensó Rosie, pero ya estaba acostumbrada a
la forma de ser de la presidenta de Phyffer
Company.
La pelirroja chica se quedó
inmóvil, mirándola.
- ¿Si?
- ¿Te sucede algo, Vanessa? -preguntó
la chica. Sabía que su jefa era de pocos amigos (o más bien, ninguno), y se
imaginaba lo difícil que habría de ser el no tener a alguien de confianza para
hablar de vez en cuando.
Vanessa entendió el interés de
Rosie.
-Es sólo que…me imaginaba cómo
sería ser otra persona. Y quiero decir, completamente diferente a mí, no sólo
unas cuantas cualidades distintas. Una que haya formado una familia, tal vez en
otro país o una que sea atleta profesional o viajara por el mundo en busca de
la mejor ropa de diseñador.
- ¡Pero tú viajas alrededor del
mundo! aunque por motivos diferentes. Y aun no es tarde para encontrar a
alguien y formar una familia, o para entrenar duro y competir.
Se daba cuenta que Rosie era la
única que realmente se interesaba en ella como amiga, aunque para ella era algo
difícil el corresponder. Siempre había sido así, con cualquier persona. Tal vez
por eso no había sido capaz de entablar una relación de amistad con nadie
nunca.
-Suena más fácil decirlo que
hacerlo.
Rosie volvía a quedársele viendo,
como si tratara de leerle la mente para saber qué decirle.
-Puedes hacerlo. El día se está acabando.
Carter -la mejor amiga de Rosie de la universidad, y que trabajaba también en Phyffer Co. – y yo vamos a ir al karaoke
bar a unas cuadras de aquí. Puedes venir y unírtenos. Será divertido.
Vanessa se sentía confundida por
la invitación. Usualmente después del trabajo iba a su suite y bebía una copa
de vino mientras preparaba su cena, o cuando el clima se lo permitía daba un
paseo nocturno por Central Park, que le quedaba a unas calles de distancia.
- ¡Vamos! Ni siquiera tienes que
cantar. Sólo nosotras tres, bebiendo un poco y conversando, y quién sabe, tal vez
hasta conozcas a algún hombre. Al menos esa es la intención de Carter al ir
allí -dijo, entre risas.
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-Entonces… ¿Cómo dices que
sucedió esto? -preguntó el joven médico al paciente que tenía frente suyo,
quien tenía la mano metida en la parte delantera de sus pantalones los cuales
estaban manchados de sangre.
El chico aun con la mano dentro
de sus pantalones, apenado y sonrojado no quería hablar lo bastante fuerte
frente a los demás en la Sala de Urgencias. El joven médico quien en el gafete que
colgaba de su cuello ponía Jamie Harper
entendió la situación de vergüenza del chico y lo pasó a una camilla un tanto
arrinconada, donde inmediatamente corrió las cortinas, dejándolos solos a él y
a su paciente.
- ¿Y bien? ¿Qué te pasó?
Descúbrete por favor, Arnold para poder valorarte.
El chico comenzó a desvestirse,
pero en cuanto sacó su mano de sus pantalones, su miembro comenzó sangrar de
nuevo. El doctor Harper contuvo rápidamente el sangrado haciendo presión con
gasas, pero dejó de inmediato tomar la tarea el chico con sus propias manos. <<No puedo creer que me toquen estos casos
a mí >> se dijo a sí mismo, quejumbroso.
El paciente Arnold, volviendo a
recuperar la calma tras el sangrado, decidió confiar en el joven médico, pues
pensó que haría su trabajo mucho más fácil, pues se veía muy apurado y su
cabello un tanto desarreglado, las ojeras profundas y la barba de tres días lo
hacían lucir verdaderamente cansado.
-Estaba…tú sabes -el chico moría
de pena y desviaba la mirada de la de Jamie-, masturbándome.
- ¿Te desgarraste el frenillo
así? -preguntó Jamie, incrédulo.
-Tal vez lo hice muy fuerte y
rápido…y por mucho tiempo. Es sólo que…pensé que se sentiría mejor.
Jamie se puso en los zapatos de
su paciente y se imaginó lo vulnerable que se habría de estar sintiendo, así
que trató de generar confianza con su paciente.
-Bueno, en efecto tienes
desgarrado el frenillo. A pesar de que llevas mucho tiempo haciendo presión
según me refieres, tu sangrado aún no ha parado, lo más seguro es que tenga que
ponerte unos puntos -vio cómo la cara del chico palidecía-. ¡Pero no te asustes,
hombre! Es un procedimiento rápido. Ya llamé a mi residente de urología para
que supervise el procedimiento, no te preocupes. Terminará todo muy rápido y no
sentirás nada en el proceso, usaremos anestesia por supuesto.
-Mira, no tienes por qué sentirte
mal. Yo también soy hombre y lo hago de vez en cuando como todos, sólo que tómatelo
con calma la próxima vez ¿entendido? Mi trabajo aquí es ayudarte y sólo eso, no
te preocupes por ello.
A pesar de lo cansado que lucía
el joven médico, emitía una sonrisa brillante que daba mucha confianza, y
reflejaba lo entregado que era para con sus pacientes, pues a su parecer él
gustaba de tratar a los pacientes como le gustaría que cualquier médico lo tratase
a él o a su familia.
Cuando hubo terminado el
procedimiento regresó a la Sala de Urgencias, con la esperanza de encontrar
algún caso interesante que lo despertara literalmente. Para su sorpresa, no
había ningún otro ingreso de urología. Su amiga Becca se acercó a él y le
extendió un caramelo de cereza el cual agradecido, rápidamente se llevó a la
boca.
- ¿Aún no te vas Harper? Pensé
que habías salido de guardia en la mañana -dijo la chica, con su tono un tanto
burlón como de costumbre. Disfrutaba de molestar cariñosamente a su amigo.
-Las guardias en Uro son un tanto
más largas. ¿Y tú, que tal te trata Interna?
-Es mi favorita, ya lo sabes.
Aunque me tocó en Cardio y Chris es mi residente –puso una cara de incomodidad
al decir su nombre- pero por el resto no
me quejo.
El móvil de Becca comenzó a
vibrar. Era Chris, quien la buscaba para pedirle informes de la evolución de
sus pacientes justo como hace media hora lo había hecho, y la media hora anterior
a esa y la anterior.
- ¿De nuevo? ¡Pero si acabo de decírselo!
-vio a Jamie pidiendo compasión.
-No me mires a mí -dijo,
encogiéndose de hombros-, yo soy el doctor de los penes hoy.
- ¿Cómo es que lo soportaste la
rotación pasada? Si conmigo es pesado, no me imagino cómo era contigo después
de que se enteró que fuiste novio de su novia Rosie.
- ¡No tienes idea!
- ¡Regrésenme a Hemato donde todo
es amor! -dijo por último su amiga.
Becca Donson se fue corriendo por
las escaleras en busca de sus pacientes mientras una ambulancia llegaba a la
entrada de Urgencias. Al parecer Jamie Harper iba a tener una guardia
entretenida esa noche.
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Mientras tanto Rosie, Carter y
Vanessa sentadas a la barra en el bar disfrutaban de un martini cada una. A
pesar de ser la noche del jueves, Penrose’s era un bar muy concurrido. Con sus
pisos de cerámica oscura y sus techos y acabados de madera daba un aspecto industrial
pero elegante a la vez, y la música jazz que tocaban en vivo transportaba a una
atmosfera única a todos los que lo visitaban en el #1590 de 2nd Avenue.
- ¡En verdad este lugar luce
mucho mejor que el karaoke-bar al que planeábamos ir, Vanessa! Me alegro que
hayas decidido salir con nosotras -dijo Rosie mientras daba un trago a su martini.
-Y tienen los mejores cocktails
de la ciudad, se los aseguro.
-Las bebidas no son lo único
bueno de aquí, al parecer -comentó Carter, la amiga de Rosie mientras veía a un
grupo de chicos en las mesas contiguas.
- ¡Carter, acabamos de llegar!
-le regañó Rosie.
-Está bien, está bien. ¡Cielos
amiga, sólo fue un comentario!
Vanessa reía de la situación. A
decir verdad, Carter siempre le había parecido graciosa en el trabajo,
solamente que nunca se había dado el permiso de demostrarlo puesto que, para
ella, la Presidenta de Phyffer Company debía de comportarse con total rectitud
frente a sus empleados.
Vanessa y Rosie ordenaban al
barman un trago de cada uno de los que servían del menú. Cada una elegía una
bebida que quería que la otra probase, así conocían mejor sus gustos entre sí,
mientras Carter, con los ojos entrecerrados agudizando su vista, no paraba de
mirar en la misma dirección de antes.
- ¿En serio quieres ir a
conocerlos? Ya te dije, platiquemos un poco…
-No, no lo entiendes. ¡Mira! -le
dijo señalando con la cabeza al hombre alto sentado con sus amigos
- ¡Miro qué!
-Es…
- ¡Oh por dios, Carter!
- ¡Si!
- ¡Alguien explíqueme qué está
pasando aquí! -dijo Vanessa, quien ahora también tenía curiosidad.
- ¡El hombre alto sentado con
aquél grupo!
-Ya lo vi, pero no se quien sea
-soltó Phyffer, un tanto desesperada.
-No lo puedo creer, ¿creen que
esté filmando aquí en Nueva York?
-No, ya terminaron de filmar la
película. O eso publicaron hace una semana.
- ¡¿QUIÉN ES?!
- ¡El mismísimo Superman!
Vanessa seguía sin entender.
Y de pronto, las voces de Rosie y
Carter pasaron de un susurro a un grito:
- ¡HENRY CAVILL! -dijeron las
dos.
Continúa la historia aquí:
Música del blog:
Street Lights - Kanye West





