8:00 am. El despertador no
alcanzó a sonar, pues se levantó antes de que este se activara. Gabriel había hecho
su rutina de ejercicio desde temprano en su cuarto. Le sorprendía la facilidad
con la que las abdominales avanzaban una tras otra, pues llevaba un largo
tiempo sin hacer ejercicio real. Habiendo terminado se metió a la regadera.
Dejó que el agua lavara tanto su sudor, como sus pensamientos, aquellos que
desde hace unas semanas había tratado de disipar, sin embargo el dolor que
sentía aun dejaba pequeñas boronas dentro de él, aquellas lo suficientemente
pequeñas que son difíciles de limpiar. << Intenta pensar en algo más >>. Siempre lo hacía.
Salió de la regadera. Se cambió.
Fue hasta la cocina de su departamento y sacó del refrigerador un poco de zumo
de naranja. Notó que en la barra del desayunador había dejado su laptop
encendida. Anoche se quedó hasta tarde trabajando en unos planos que le habían encargado diseñar de un pequeño local,
era algo simple pero tenía que encontrar de dónde obtener dinero para la renta
mientras conseguía un trabajo estable. Aún seguía esperando respuestas en una
de esas firmas importantes de Nueva York.
Cuando terminó de beber el zumo
se dirigió hacia la puerta, tomó las llaves y billetera y dejó el lugar, pues
había quedado ir a desayunar con sus viejos amigos.
El distrito de Brooklyn de Nueva
York era aún como un laberinto para Jamie quien llevaba una semana tratando de
recorrer sus calles sin perderse. Sus amigos, que llevaban unos meses viviendo
ahí le explicaron la ruta que debía seguir para llegar al Hospital General
donde hacía su internado. Su ruta era fácil: Hospital – Departamento de
Gabriel. La línea D del subterráneo que tomaba diario en la Cuarta Avenida lo
transportaba de un sitio a otro al instante.
Por suerte The Brooklyn Taste, el sitio donde se había quedado de ver con sus
amigos quedaba a unas calles al norte del barrio donde vivía Gabriel. El clima
pintaba sería un gran día. Los rayos del sol, que empezaban a sentirse cálidos
desde muy temprano iluminaban una de las escenas más amigables que veía desde
que llegó a Nueva York: personas yendo hacia su trabajo a paso rápido sobre Grand Street, el hombre del periódico en
una esquina deseándole buen día al que pasara frente a él, el autobús escolar
recogiendo a los niños del barrio contiguo y los dueños de los locales de dicha
calle preparándose para un nuevo día laboral. Cuando hubo llegado al punto de cruce con
la calle English Kills hacia Queens
vio el pintoresco restaurante. Ya quedaban pocos clásicos como esos, del estilo
pueblerino como aquél al que iba en su adolescencia con sus amigos después de
clases en su pueblo de origen.
En cuanto entró al restaurante vio a los chicos sentados en la mesa junto a la ventana. A pesar de lo asténico que
se sentía pues acababa de terminar su guardia, saludó a sus amigos con júbilo,
como si de hermanos perdidos se tratasen.
Gabriel con el aspecto más
entusiasta posible, como si un niño en el área de juegos del parque fuese y
Daniel con el semblante relajado y sin preocupaciones, el adecuado para su vida
en estos momentos, pues era el único del grupo de amigos que aún seguía en la
universidad, siendo un año menor que los demás.
-¿Se dan cuenta? Es la primera
vez que nos reunimos desde que Jamie llegó de Inglaterra –dijo Gabriel,
recargándose en el respaldo acojinado, cruzando sus manos detrás de su nuca.
-Lo siento, es que con el inicio
del internado he estado algo apurado esta primera semana. Esta ciudad se mueve
tan rápido, ¡es de locos! ¿tardaron mucho en acostumbrarse? Aún estoy tratando.
-Ya te acostumbrarás. Puedo
enseñarte los mejores lugares para beber y bailar en la ciudad, y ¿por qué no? para cazar alguna chica. Apuesto a que no hacías eso con tus formales compañeros
en Cambridge ¿verdad? –dijo Daniel, soltando una risa y dándole un golpe a Jamie en el hombro.
-En realidad…se sorprenderán
mucho con lo que tengo para contarles sobre mis vivencias allá.
-¡Vaya, Jamie por fin decidió
alocarse! Apuesto a que tú y ese tipo…Clayton
–Gabriel hizo un tono diferente cuando mencionó a Clayton. Jamie supuso aún
seguía celoso de que Clay fuera su amigo más cercano en Cambridge University, sintiéndose Gabriel olvidado –tuvieron muchas
aventuras.
-Antes de que avancemos… -Jamie titubeo sobre si continuar o no -La noche
en que volví, Rosie y yo fuimos a Times
Square…ahí nos encontramos a este tipo, Christopher. ¿Hay algo que me haya
perdido respecto a tu hermana Daniel?
Gabriel y Daniel se lanzaron una
mirada de complicidad.
-Al parecer no te lo dijo. Bueno,
tarde o temprano lo sabrás. Ellos...son novios –repuso secamente Daniel.
Jamie tardó unos segundos en
asimilar eso. Cuando se dio cuenta que había entrado en un estado de pause se incorporó y con el tono más
formal que pudo, dijo:
-Oh…muy bien. Qué bueno que esté
con alguien ahora -tomó un sorbo a su taza de café.
La plática siguió, las historias
fueron relatadas y los felices recuerdos salieron a flote. Los amigos
disfrutaron de un desayuno de campeones esa mañana. Waffles bañados en miel de
maple, con fresa y arándanos encima, huevos refritos con tocino, salchicha y
papas fritas, avena con cereal, fruta diversa, tostadas untadas con
mantequilla, pan recién horneado y zumo de naranja llenaban la mesa de los
chicos. Los tres amigos devoraron todo.
Con el estómago distendido y aun
sintiendo que la plática no debía terminar, continuaron:
-Deberíamos de hacerlo una
tradición, como cuando íbamos a Julio’s
a tomar malteadas después de clases allá en casa. –Propuso Gabriel.
-¡Sí! Una vez a la semana por lo
menos. Ahora que tenemos el honor de que el doctor Jamie esté con nosotros en
Nueva York.
-Qué puedo decir, viejo –dijo
Jamie con una sonrisa hacia sus amigos –fue una promesa ¿no? Toda la pandilla
reunida en Nueva York cuando creciéramos. Estamos aquí, viviendo el sueño de
nuestras vidas.
-¡Por la pandilla! –Daniel
levantó su taza de zumo e instó a un brindis. Las dos tazas de café chocaron
contra la suya.
Gabriel se levantó al baño,
dejando a sus amigos detrás.
-De acuerdo, tenemos poco tiempo
así que explícame: ¿Qué pasó exactamente con Gabriel? Está diferente, ¿es por
Alex? Porque no lo ha mencionado desde que llegué a la ciudad.
-Si. Hace un mes Alex se fue, así
sin más. Ninguna llamada, ninguna pista de su destino. Dejó una carta en el
departamento de Gabriel diciéndole que no lo buscara y ya. Lo estuvo buscando
durante las primeras semanas, sin resultados. Y como Alex nunca habló sobre su
familia ni nada, fue aún más difícil la búsqueda. Gabriel se rindió. Se
deprimió. Rosie y yo intentamos todo para animarlo pero nada servía. No
sabíamos si decírtelo a ti, pues él nunca te lo menciono en tus llamadas.
Empezó a faltar al trabajo, lo despidieron. Hasta la semana en que llegaste
empezó a reponerse y a actuar tan jodidamente animoso. No me quejo, al menos ya
no está tirado en su cama todo el día. Espero puedas ayudarlo.
-Lo haré, hablaré con él cuando
lleguemos a casa. –Jamie veía con preocupación a su amigo Gabriel quien volvía
del baño, tarareando una canción.
-Listo. ¿Continuamos? –dijo
Gabriel, e hizo una seña a la mesera pidiéndole la cuenta. -Tenemos mucho por
recorrer. Hay diez opciones muy buenas de departamentos ideales para vivir los
tres juntos, como lo planeamos. Será mejor apresurarnos si queremos visitar
todos hoy.