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domingo, 15 de noviembre de 2015

Hasta pronto en Cambridge

Mientras iba en el avión de regreso a América, releía la carta que su amigo Clay le había escrito como despedida. No, no como despedida sino más bien como un agradecimiento. Un recordatorio de los momentos que pasaron juntos en la escuela de medicina. Clay siempre había tenido esa particularidad de escribir lo que pensaba, por más inusual, sincero o incómodo que fuera, era de esas personas que mediante las palabras escritas encontraban su manera tan única de expresarse.

 Lo curioso era que la carta fungía como un adicional, pues la noche anterior habían tenido su gran hasta pronto en el mismo bar al que acudieron la primera noche que arribaron a Inglaterra, y al cual acudían con sus compañeros de Cambridge ocasionalmente después de los exámenes.

-Admito que cuando llegué a nuestro dormitorio en Stanford y empezaste a hablar y hablar tan rápido dándome la bienvenida, buen yo, me asusté un poco. –dijo Jamie, quien tomo un trago de vodka de su vaso. Hizo un gesto que a Clay le causó gracia. El vodka había raspado la garganta de Jamie. –y ahora, a seis años después de habernos conocido, sigues asustándome de vez en cuando.

Clayton río con el comentario. Sirvió más de la botella a su vaso y bebió. También se le dificultó el deglutir la irritante bebida.

-¿Sabes? Ayer después de la ceremonia de entrega, cuando fui por otra copa de vino… Lucille me abordó.

-¿Qué te dijo?

-Ya sabes, todo ese rollo de despedida, de lo afortunada que había sido de habernos conocido, de lo que hará de aquí en adelante. No sé, la notaba diferente. Pienso que estas situaciones en que termina una etapa importante y comienza una nueva, pone a las personas a reflexionar. Eso hice al llegar a mi dormitorio después del evento.

-¿De qué te diste cuenta? –Jamie dejó su vaso por un tiempo. Se empezaba a sentir mareado.
-De que eres el primer amigo que tengo.

Jamie Harper tuvo una sensación que no pudo describir al escuchar eso. Se limitó a seguir escuchando a su amigo.

-El día en que nos conocimos nunca imaginé que pasaríamos todo lo que hemos pasado. Conoces personas a lo largo de tu vida, personas que mucho o poco, para bien o para mal influyen en tu vida. Tú decides si las dejas entrar, o sólo las dejas acompañarte durante un corto viaje. Tú me dejaste entrar Harper. Aquél primer año en Stanford, cuando supiste que pasaría navidad sin mis padres otro año más, me llevaste a tu casa con tus padres.

-No podía dejar que estuvieras solo esa fecha tan importante Clay. Nadie debería. –le dijo Jamie, con la mirada fija a sus ojos.

-Y cuando reprobé mi primer examen (eso sigue sonando igual de tonto como aquella vez), me compraste un paquete enorme de las golosinas de limón que tanto me gustan. Sabías que las palabras no iban a funcionar para hacerme sentir mejor, así que pensaste en algo más eficaz. –Clayton bebió una vez más de su vaso. Esta vez ya no sintió arder su garganta. –Y cuando tuve aquel crush con mi compañera de clase, hiciste hasta lo imposible para ayudarme a conseguir esa cita.

-Sigo pensando que hubieras usado la táctica que te dije, habrías conseguido salir con ella.

-Y después llegamos aquí, Inglaterra. Cambridge  jamás hubiera sido lo mismo si hubiera venido sin ti. Me dio gusto que a última hora decidieras tomar la oportunidad. Este año aquí ha sido sobre una sola cosa.

-¿Cuál?

-Tomar oportunidades.

-Siempre debe de ser así Clay, también me di cuenta de eso.

-Este año ha sido de tomar oportunidades. Y yo…emm. Yo no voy a tomar ese avión contigo mañana Jamie. No volveré a América.

Le costaba trabajo a Jamie asimilar lo que acababa de escuchar.

-Decidí lo que quiero hacer. Quiero ser genetista. El doctor Brown aceptó mi solicitud de internado en su clínica. En cuanto acabe, haré mi residencia en genética con él. –Clay soltó un gran respiro después de haber contado esto. Aun le parecía difícil de creer. Se sentía nervioso con su decisión. Pero era el tipo de nervios que te dan el coraje necesario para afrontar lo desconocido.

-En verdad quiero darte un golpe directo en la cara ahora mismo. Pensé que haríamos el internado juntos en el mismo hospital. ¡Así lo planeamos!

Jamie se levantó de un brinco de su silla. Clayton creía que sólo lo decía bromeando. Cerró los ojos y esperó el golpe de su amigo. En lugar de eso, recibió un abrazo de su amigo.

-Estoy orgulloso de ti, amigo. –hizo un especial énfasis en esa última palabra. Jamie también estaba muy agradecido con Clay. Le había apoyado en momentos difíciles de una manera en que ni Gabriel hubiese podido.  –Me alegra que estés tomando estas decisiones, en verdad me alegra. Y no te preocupes. No estaremos en el mismo hospital, pero desde ya eres el primer colega al que le pediría una interconsulta de genética. ¡Somos médicos ya!

Ambos soltaron una carcajada al escuchar esa frase. Una broma interna entre ellos. Jamie llenó los vasos de ambos, tomo el suyo y lo alzó al aire.

-¡Por lo que viene!

-¡Por lo que viene! –asintió Clayton.


Música del blog:
All alright - Fun





domingo, 12 de julio de 2015

Bienvenido al campus, parte 2

Llevaba varios minutos en la fila esperando a ser llamada. Tras su llegada al campus, Rosie tenía que pasar a las oficinas centrales para la asignación de su dormitorio. Mala idea la de olvidarse de hacer dicho trámite por internet. Ahora se encontraba así misma en una sala de espera pequeña, atiborrada de estudiantes, cargando el pesado equipaje que traía arrastrando desde la entrada del campus. El chico que estaba delante suyo fue llamado. Echó un vistazo a su celular para ver si su amigo Gabriel le había llamado, quien había llegado a la universidad unos días antes. Nada.

La chica fue llamada por la secretaria, pero antes de que Rosie moviera un solo músculo, una chica alta y castaña, con un perfecto bronceado y vestida de una manera envidiable irrumpió en la habitación. Tenía la apariencia de estar verdaderamente cabreada. Pasó por delante de Rosie, se dirigió hacia el escritorio de la secretaria y de golpe le extendió una hoja de papel a la mujer sobre la madera del escritorio.

-¿Si? ¿Puedo ayudarla en algo señorita Hamilten?

-Hamilton. Si, ¿puede decirme que es esto? –la chica le acercó la hoja de papel.

La mujer, cuidadosamente cogió la hoja con su mano, se puso sus lentes de lectura y dijo:

-Es la habitación que le fue asignada, ¿tiene alguna…?

La chica empezó a levantar la voz

-Creí que no volveríamos a pasar por lo mismo este semestre. Me dieron un cuarto compartido (de nuevo) cuando mi padre específicamente…

-Señorita Hamilton, sabe bien que los cuartos son entregados conforme al azar.

-Mi padre dona mucho dinero a esta escuela como para que no me den un maldito cuarto individual. –la voz de la chica resonó en la habitación.

-Lo siento, pero hasta no recibir órdenes de mi superior no puedo asignarle uno de esos cuartos. Y aunque lo hiciera, me temo que todos ya han sido ocupados. Quizá si no se hubiera tomado ese semestre sabático el semestre pasado su antiguo cuarto habría sido respetado.

-¡¿Pero que?! –se dio cuenta que todo el mundo había sido espectadora de su escena. Viendo que no podía hacer más, la restirada chica inspiró profundamente, guardándose sus palabras, se acomodó el bolso, dio media vuelta y se marchó dando un portazo al salir de la oficina.

Rosie, atónita ante tal escena había olvidado que había sido llamada.

-¡Vaya! ¡Sexy…pero está loca!

Rosie viró para ver al chico que había exclamado eso. Un joven afroamericano con un semblante muy fresco se dio cuenta que Rosie lo observaba, le echó un sonrisa y le guiñó el ojo.

-¡Rose McCall!. –volvió a llamar la secretaria.

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Las grandes paredes de piedra del pasillo por el que caminaba Jamie parecían un laberinto. Había doblado a la izquierda frente a la fuente de la Casa Kappa Alpha Theta y fue siguiendo derecho por Campus Drive hacia la parcela de Bowdoin Street como le había dicho aquella chica a la que le preguntó el camino más corto para el edificio Kimball, donde se encontraba su dormitorio. 

Siguió caminando con su equipaje en mano, desesperado por llegar y tirarse en la cama de su habitación pues llevaba hora y media tratando de encontrar su camino. Stanford sí que era un campus enorme.

Se había adentrado a una finca de paredes coloniales cuyo centro era un jardín cuadrangular con un estanque en su interior. Estudiantes caminando de aquí para allá por los oscuros pasillos de la finca veían cómo Jamie se detenía a apreciar el estanque del jardín central. El joven dejó caer sus maletas al suelo, se dobló las mangas de su camisa para tratar de disipar el calor que sentía y descansó un poco en una de las bancas de piedra que tenía cerca. Dejó soltar aire de su boca y admitió por fin que estaba perdido. Pero se encontraba perdido en el lugar con más calma del campus. Al menos, lo que llevaba de conocer.

Vio pasar a una linda chica pelirroja por el corredor de enfrente quien columna a columna se alejó del pasillo hasta desaparecer. Jamie pensó en su novia Rosie y se preguntó cómo le estaría yendo en su primer día en Yale. Habiendo descansado un poco, se volvió a colocar su maleta en el hombro sobre la sudada camisa azul y siguió en dirección a donde había desaparecido la pelirroja.

Atravesó el umbral del arco sostenido por dos columnas que marcaba la salida de  la finca y bajó la escalinata de piedra. En seguida, volvió a ver a la chica de cabello rojizo, la cual le pareció  aún más bonita de cerca. Apenado, pues se encontraba lleno de sudor Jamie le preguntó cómo podía llegar a su edificio. La chica amablemente le indicó que tenía que seguir por la calle de frente, Escondido Road y llegaría directo a los dormitorios. Jamie le dio las gracias con una sonrisa tonta y siguió su camino.

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-Si, justo voy entrando al edificio. Estoy en el quinto piso, habitación 23 – D. ¿Vienes por mi? Aún no sé dónde está la cafetería. –la chica jadeo, pues aún se encontraba cargando el pesado equipaje. Deseó que Gabriel se hubiese contactado con ella más temprano para que le ayudara a cargar con todo.

-De acuerdo, en un momento llego. Muero de hambre. Cambio y fuera.

Rosie avanzó por el pasillo buscando su cuarto. Según veía, los números iban decreciendo conforme avanzaba por el corredor. Veía a algunas chicas saludarse, animosas por verse después de las vacaciones. Distinguía a las nuevas como ella, tratando de averiguar cómo iba todo por ahí. Al fin vio la habitación 23 – D. La puerta estaba entreabierta. Sabía que tendría una compañera de cuarto y estaba deseando tanto que sucediera un milagro.

Al entrar, toda esperanza edificada se vino abajo pues sus suposiciones habían sido ciertas. En la hoja de asignación que le entregaron en la oficina, ponía a Carter Hamilton como su compañera de cuarto. Pensó que tal vez era coincidencia y que la chica que había entrado a realizar una escena era otra Hamilton. Se equivocó.

Lo que a Carter Hamilton le sobraba en glamour, le faltaba en educación. Era una persona arrogante que había crecido en una familia acomodada y estaba acostumbrada a recibir un trato especial a donde sea que fuese. No había conseguido que le dieran un cuarto individual este semeste, por lo que se había resignado (por el momento) a aceptar el cuarto compartido con una tal Rose McCall <<nombre de bufona >> pensó.

Rosie atravesó el umbral de la puerta y se percató que Carter se había apoderado de casi toda la habitación. Sus cosas yacían en el peinador y en todas las repisas. El closet que se encontraba abierto, se encontraba casi en su totalidad ocupado por las costosas prendas de la chica.

-Hola…al parecer compartiremos el cuarto –Rosie supo que estas palabras taladraron en la mente de Carter. –me llamo Rosie McCall.

La castaña chica al parecer estaba ignorando a Rosie. << Si la ignoro, tal vez se vaya>>

Rosie agarró aire con sus narices y se plantó frente a ella.

-Escucha, sé que esto no es lo que querías pero estoy aquí y este es tanto mi cuarto como el tuyo. Así que elige, o compartimos educadamente todo el cuarto –hizo un énfasis en la palabra todo, refiriéndose al repentino apoderamiento de la chica por el closet y el peinador –o tenemos el semestre más irritante de nuestras vidas. Son las cartas del juego.

Carter se levantó de su cama donde estaba sentada y se erigió frente a Rosie. Era más alta que ella, pero eso no intimidó a la pelirroja chica. Le lanzó una mirada desafiante. Nadie se le había plantado como Rosie lo acababa de hacer.

-La mitad de abajo del closet es tuyo. Mis cosas están por ahí, no las toques. No me levanto antes de las 7:00 am. Las luces se apagan completamente cuando duermo, si necesitas estudiar de noche, la biblioteca abre las 24 horas. Y ni se te ocurra traer a algún chico a dormir. O chica.

Acto seguido, se dirigió a la puerta de la habitación. Antes de desaparecer, se detuvo y dio su último mensaje:

-Yo no desempacaría todo si fuera tú. Tal vez seas reasignada.

Se fue.

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En su camino al edificio de Rosie, Gabriel pasó frente a un grupo de chicos sentados en el jardín de enfrente. Se percató que uno de ellos, se le quedaba mirando fijamente. No lo lograba ver del todo bien debido a la distancia a la que se encontraba, pero a Gabriel le pareció atractivo el chico. Incluso aun cuando Gabriel se dio cuenta que lo miraba, el chico no desvió la mirada. Siguió su camino hacia el dormitorio, dejando atrás la mirada de aquél sujeto.

Cuando se encontró con su amiga, ambos corrieron a abrazarse, emocionados de estar juntos en esta nueva etapa. Nunca habían sido muy cercanos, incluso antes Rosie no soportaba a Gabriel, pero este último año se habían vuelto muy buenos amigos. Jamie había servido de vínculo entre ellos dos.

Habiendo llegado a la cafetería más cercana del campus, los dos amigos se pusieron al tanto con lo que habían pasado los últimos días.

-Habrá una fiesta de bienvenida en la noche –dijo Gabriel, aun con parte de su hamburguesa en su boca. A Rosie le dio risa, pues a pesar de que amigo era gay, no dejaba de ser un hombre, ni de comer como uno. –es tradición aquí. Te dan un color y un número y el objetivo es encontrar a aquél que tenga el mismo color y número que tú, para que por lo menos tengas a un amigo antes de que acabe tu primer día aquí. Suena lindo…tonto, pero lindo. –el chico siguió devorando su hamburguesa.

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Cuando por fin llegó Jamie al edificio Kimball sintió un halo de alivio. Tomo el ascensor al cuarto piso rumbo a su dormitorio. Dentro del pequeño cubo ascendiente, vio en el espejo que había dentro que tenía una muy mala pinta. Su camisa de botones azul sudada hacía juego con el cabello húmedo. Cargar las maletas le había arrugado a camisa. Esperó poder llegar a su cama, recostarse y darse un baño.

Abrió con su llave la puerta de la habitación 646 y vio que su compañero ya había llegado. Un chico con una pinta muy elegante, con clase. Complexión delgada, el cabello oscuro, algo largo pero reluciente y de una tez aperlada. Había acomodado ya todas sus cosas. De hecho, se veía todo muy ordenado.

-¡Jamie qué tal! –el chico le extendió la mano para saludarlo.

 Jamie se sorprendió de que éste supiera su nombre, pero entonces recordó que en el mail que le enviaron asignándole el dormitorio, venía el nombre de los ocupantes. Se sintió apenado por no recordar el nombre del chico.

-Clayton Meissner, de Nueva Orleans. Te ves agotado, ¿viniste caminando? Debiste de tomar la ruta estudiantil, pasa por los puntos centrales del campus. A mí me dejó frente al edificio. –Jamie se sintió miserable por dentro. –Bonita habitación, ¿no? El baño está al final del pasillo, ahí puedes darte un baño (creo que lo necesitas). Te agregué a facebook, ¡acéptame! . La contraseña del wi-fi es 646wjm10kh ¿Agua? –le acercó rápidamente una botella al chico.

A Jamie le sorprendió la rapidez con la que hablaba su nuevo compañero. Se sentó en el borde de la que supuso era su cama y al instante vio los libros de medicina en las repisas de su compañero. Y al parecer Clayton también era músico, pues al lado de su escritorio se encontraba descansando un chelo.

-¿También estás en medicina? –preguntó amablemente.

-¡Si! ¿Genial, no? Y estamos juntos en casi todas las clases. Me tome la libertad de recoger tu horario. ¿Ya compraste los libros? Hoy hay buenas ofertas en la librería del campus, si quieres podemos ir más tarde. –Clayton se sentó en su cama, frente a Jamie.

-Estaría perfecto.

Jamie sentía que se llevaría muy bien con el chico, su actitud efusiva le pareció genuina. Pasaron el resto de la tarde conociéndose, mientras Clayton ayudaba a acomodar sus cosas en el cuarto. Incluso Jamie le presentó a Clayton a sus padres, pues recibió una videollamada de éstos. Lo amaron.

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Estaba lista para salir. Se miró al espejo. Se había cambiado cuatro veces, no quería verse mal en su primer fiesta universitaria. Al final se decidió por esos jeans que tanto amaba y un blusón azul naval. Su compañera de cuarto había salido arreglada hace una hora, seguramente también rumbo a la fiesta. Recibió el mensaje de Gabriel quien venía en camino y decidió irlo a esperar al lobby del edificio.

El campus se veía fascinante de noche. Las lujosas y antiguas lámparas iluminaban el sendero que seguían rumbo al jardín principal del lado oeste del campus, donde se encontraba la celebración.

No eran los únicos que iban en camino, algunos en grupo, otros sin compañía se dirigían hacia el mismo destino. En base a eso Rosie podía distinguir quiénes eran de nuevo ingreso y quienes los veteranos.

Escucharon un bullicio detrás de ellos. Al instante, fueron rebasados por una manada de chicos de fraternidad quienes aullaban en busca de alcohol y chicas esa noche. Gabriel y Rosie podían oler desde su lugar la testosterona que desbordaban los alocados estudiantes. Se echaron miradas de complicidad el uno al otro y empezaron a reír.

El enorme jardín del lado oeste del campus se encontraba a rebosar de estudiantes esa noche. La fuerte música hacía vibrar los corazones de los presentes. Habían montado una fogata gigante, donde al dar la media noche quemaban un muñeco tamaño real con el uniforme de la escuela, al menos eso es lo que Gabriel había escuchado.

Unos chicos del comité organizador le asignaron a Gabriel y a Rosie una pulsera fluorescente de un color distinto, y una calca con un número. Las personas que se suponía debían de conocer esa noche debían de tener el mismo color de pulsera y el mismo número que ellos. Rosie tenía una de color blanco y el número 78 mientras que Gabriel tenía el color verde junto con el número 43.

La chica veía tantas figuras moverse de aquí para allá bailando, que al instante desistió de buscar a su pareja. Gabriel había ido a buscar un vaso de cerveza para ellos. Rosie se dio cuenta que un grupito cercano se estaba empezando a arrojar cerveza entre sí. Asustada, se apartó.

-¡Tranquila! Es solo cerveza. Fría y de la buena –dijo entre risas el chico que se había acercado a ella –McCall, ¿cierto?

Tardó un poco en reconocerlo, pero era aquél chico afroamericano de la sonrisa burlona que había roto el hielo en la oficina de tutorías tras la escena que había armado Carter.

-Rosie, sí. –lo miró un poco confundida la chica.

-Mis amigos me llaman Dough, hola. Por lo que veo, ¿eres de primer año verdad? Igual que yo. Déjame darte un consejo, relájate y disfruta el ambiente.

Había empezado a sonar una canción realmente buena, y el vivaz chico empezó a bailar alocadamente, invitando a Rosie que se le uniera.

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-Dos vasos, de la oscura por favor. –dijo Gabriel, al tipo que hacía de dispensador en los barriles de cerveza.

-¡Qué lástima! Pensé que estabas solo. –dijo una voz muy varonil sobre el hombro de Gabriel.

El chico se dio la vuelta para ver al que le había dicho eso. Gabriel se sorprendió al reconocer al tipo que se le había quedado mirando directamente esta tarde. Aquella vez por la distancia, no lo había podido ver bien, pero ahora lo tenía frente suyo, y Gabriel tragó saliva al inspeccionarlo. Atractivo le quedaba corto.

El misterioso chico le enseñó la misma pulsera de color verde que tenía Gabriel.

-Tienes el número 92. Yo el 43 –le dijo Gabriel, en un tono juguetón.

-Lo sé, pero el chico que me emparejaron me aburría tanto. Así que escudriñé el lugar y fuiste el chico más ardiente que encontré.

<<Vaya, qué atrevido >>, pensó.

-Alex, encantado –le extendió un fuerte brazo.

-Gabriel –dijo algo confundido, estrechándole la mano.

-Sabes, te he mirado desde esta tarde, cuando pasabas en dirección al edifico Maxwell.

-¿En serio? No me di cuenta. –mentía.

-Entonces, ¿debo preocuparme de que tu novia me vea platicando contigo? –desvió la mirada al vaso extra que tenía Gabriel.

-¡No, qué va! –soltando una risita nerviosa – en todo caso, sería novio –notó el gesto de satisfacción de Alex. –Vengo con mi amiga Rosie, ambos somos nuevos aquí. Somos del mismo pueblo, es bueno tener a alguien conocido en una nueva escuela en una ciudad diferente ¿no lo crees?

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Ambos nuevos conocidos estaban teniendo un momento muy agradable bailando (brincando y moviendo agitadamente los brazos) la movida canción de David Guetta. Cuando la canción terminó, Rosie deseó tanto que Gabriel se apurara con ese vaso de cerveza. Rebuscó entre las personas a su amigo pero no logró vero. De pronto, percibió la intensa mirada de una chica castaña con quien hace unas horas se había enfrentado por su parte de la habitación.

Carter Hamilton estaba a unos metros, con la recelosa mirada clavada en Rosie. Dough se dio cuenta de lo que sucedía

-¡Wow! ¿Qué traen entre ustedes?

-Desfortunadamente, somos compañeras de cuarto.

Carter se acercó a ellos. Rosie pensó que la iba a golpear, pero tan solo le hizo entrega de algo, toscamente. Se marchó. La pelirroja chica reconoció lo que Carter le entregó. Era un sticker, con el número 78 en él. Rosie voltió la mirada hacia su compañera y avistó la pulsera de color blanco en la muñeca de la chica.

El destino jugaba otra vez para emparejarlas.


Entradas relacionadas:
Bienvenido al campus parte 1, La noche en New Haven

martes, 23 de junio de 2015

Ansiedad

La habitación estaba a oscuras, pero bien iluminada por la luz de la luna que se colaba por su ventana. Se paseaba de aquí para allá tratando de poner orden a sus pensamientos. Cuando se dio cuenta que sus pasos hacían mucho ruido se detuvo, esperando no haber despertado a nadie en casa a altas horas de la madrugada. Tomó asiento en su silla frente al escritorio; encima de éste se encontraba el teléfono. Lo tomó y comenzó a marcar teclas. Se arrepintió y soltó el aparato, apartándolo de su vista. Sentía tanta ansiedad que mataba por fumar un cigarrillo, pero hizo prometer a su novia que no lo haría jamás, no quería otra crisis obsesiva compulsiva por el tabaco.

Se sentía terrible por no haberle confiado a Rosie sus verdaderos deseos respecto al lugar en el que quería estudiar. Yale era bueno para ambos, pero no era lo que Jamie quería para él. La Facultad de Medicina de Stanford siempre había sido el sueño del chico. Las mentiras hacia su novia fueron creciendo y Jamie se figuró el grave problema en el que estaba. Una pequeña mentira inocente que no dañaría a nadie fue creciendo hasta este punto. Y aquí estaba. A unas horas de su entrevista con el reclutador de Stanford, nervioso por no arruinar esta oportunidad y sin poder contar con el apoyo de su chica. Ella no sabía nada en absoluto de todo esto.

Se dirigió al cuarto de baño. Encendió la luz y pudo ver en el espejo colgado arriba del lavabo su expresión de angustia, pareciera como si acabara de ver un muerto. Sintió tensa su mandíbula y se percató que apretaba sus puños tanta mucha fuerza que le temblaban. Inspiró hondo, relajó sus músculos y se inclinó sobre el lavabo apoyando sus manos sobre éste. Acto seguido abrió la llave del grifo. El agua corriente cayó y se concentró en ese sonido para aclarar su mente. Lo necesitaba. Deseó tanto abrazar a Rosie, eso siempre lo calmaba. Comenzó a lavarse los dientes y mirándose fijamente en el espejo empezó a visualizarse en la entrevista que daría en unas cuantas horas.

sábado, 2 de mayo de 2015

Bienvenido al campus, parte 1

Mantenía fija la mirada al camino en la carretera. Había tenido una leve conversación durante todo el camino con su hermano quien era el que manejaba el auto, pero no más. En su cabeza seguía reproduciéndose una y otra vez esa discusión que tuvo con su novio Jamie hace unos días.

-¿Entonces,  así sin más cambiaste de opinión? No lo entiendo, teníamos un plan –dijo la chica, confundida.
-Tenías un plan. Escucha Rosie, quiero tanto como tú que sigamos viéndonos diario pero no siento que esto encaje conmigo, no siento que deba ir a Yale como ustedes. Stanford me quiere ahí, tienen este excelente programa en Medicina y la oportunidad de irme a Europa en algún punto de la carrera…
-Si tanto querías ir a Stanford entonces ¿por qué no lo dijiste antes? ¿Por qué hacerme ilusiones de que estaríamos en la universidad juntos, por qué permitirme planear todo este absurdo…? –Dio un gran suspiro –¿Por qué esconderme lo que en verdad querías?

Sabía que las cosas estaban bien entre su novio y ella. Habían arreglado sus diferencias y cada uno dejó su hogar y partió a la universidad. Rosie a Yale en New Haven, y Jamie a Standford en California. Aunque había tenido algunos días para asimilar el hecho que pasaría los próximos cuatro años a una enorme distancia de él, de su familia y de casa. Pareciera como si de pronto en el auto se hubiera enterado de todo esto. Estaba aterrada.

-Rosie…¡Oye, Rosie! –Daniel se percató del silencio de su hermana.

-¿Si? –se incorporó.

-¿Sabes? Creo que los echaré de menos a todos ustedes en la preparatoria. Quiero decir, aún estará Jessica, pero no será lo mismo sin ustedes. Creo que debí de haber hecho más amigos de mi curso en vez de pasar todo el tiempo con ustedes los mayores. En fin, tengo este último año para hacerlo. –Su hermana esbozó una diminuta sonrisa. El chico sabía que ella no la estaba pasando bien. –Así como tú, estoy seguro que es emocionante llegar a un nuevo lugar a vivir. Nuevas personas, nuevas experiencias. Sé que parece algo aterrador al principio, por lo menos para mí lo sería, pero estoy seguro te encantará. No te preocupes.

Los kilómetros pasaron, y pese a las palabras de ánimo de su hermano, Rosie sentía un hueco en el estómago conforme se acercaban al campus.

Veían cada vez más y más autos hasta que por fin llegaron. El edificio principal era tan majestuosamente grande que Rosie se sintió empequeñecida frente a éste. Bajó del auto a ayudar a Daniel con el equipaje de la cajuela. No entendía cómo todos los demás estudiantes que iban llegando como ella se veían tan felices. Ella no lo estaba. No sin Jamie, no sin sus padres, no sola.

-Esta es la última –el chico le entregó una pequeña bolsa a su hermana. –¿En serio no quieres que te ayude con ellas hasta tu dormitorio? –preguntó, con entusiasmo. Al parecer Daniel lo que quería era ver a las chicas universitarias.

-Creo que a me corresponde ir sola de aquí en adelante. –Viró hacia el edificio y lo contempló,seria. –Se ve algo…aterrador. Lo nuevo, lo desconocido. Se supone que así sea, ¿no?

-Una persona me dijo una vez, Si tus sueños no te aterran, no son lo suficientemente grandes.

Y entonces lo entendió. Rosie había sido la hermana mayor que empujaba a su hermano Daniel por el camino que decidiese tomar éste, aconsejándolo. Pero era ahora su hermanito quien se encargaba de este rol con ella. Se dio cuenta que es normal sentir miedo, se dio cuenta también que, no necesitaba de nadie más que de ella misma para pasar por esto, pues era una nueva etapa en su vida y tenía que vivirla, recibiendo lo que sea que viniése de aquí en adelante.

Rosie se acercó a su hermano y lo abrazó fuertemente.

-Avísame cuando llegues a casa Dan. Trata de no sacarle canas vedes a nuestros padres ¡eh!

El chico se alegró por el cambio de actitud de su hermana, su trabajo estaba hecho.

-Por cierto Rosie... sé que no eres gran fan de la tecnología y que por eso prefieres escribir en papel que en tu computadora, pero te creé una cuenta en ese sitio de videollamadas en internet. Puedes llamarme cuando lo necesites. El teléfono sirve, pero estoy seguro que tal vez ver mi atractivo rostro sea mucho mejor.

Rosie se dio la vuelta y trató de dar el primer paso pero no pudo, pues su hermano la retuvo con un abrazo por la espalda. El brazo de él rodeaba su pecho, su mano le sostenía el hombro derecho de ella. La cabeza del chico, apoyada en el hombro izquierdo de Rosie.

Acto seguido, Daniel la soltó y ella avanzó. No era una despedida, al final del semestre ella volvería a casa para vacaciones. Era un hasta entonces.

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El clima mediterráneo de Palo Alto, California le agradaba mucho a Jamie. En esa época del año era cálido y seco. A Jamie la pareció una ciudad muy pintoresca desde que arribó en el avión. Ahora iba en un taxi hacia Stanford y la vista por la ventana del coche era muy acogedora. Las montañas eran visibles y los numerosos robles característicos de la ciudad (el logo de Stanford tení un roble sobre sí) le hacían sentir que oxigenaban su sangre directamente, como si de un nuevo Jamie renaciendo se tratara.

Había tomado la decisión correcta. Estaría literalmente al otro extremo del país de donde estarían su novia y su mejor amigo Gabriel, pero eso no le preocupaba en absoluto. Por alguna razón, sintió que esta nueva etapa tenía que pasarla solo, y descubrirse a sí mismo. La Escuela de Medicina lo esperaba, y él la esperaba a él.

Cuando hubo llegado al campus, el coche recorrió el camino adornado con enormes palmeras al costado. El camino terminaba frente un jardín donde a lo lejos veía el edificio principal. Bajó del taxi con su equipaje y caminó hacia el edificio atravesando el enorme jardín verde. Pasó por la rotonda que se encontraba a mitad del jardín, la cual ponía una S hecha con flores en el centro. Se entusiasmaba viendo a los demás jóvenes llegando por primera vez al campus como él, a los que regresaban reencontrándose con sus amigos y a las animadoras haciendo lo que parecía una rutina de exhibición dándoles la bienvenida a todos al ritmo de esa pegajosa canción de Britney Spears.

Al llegar frente al edificio, se detuvo en seco y lo contempló de esquina a esquina. Inspiró una gran cantidad de aire y la dejó salir levemente por su boca. Hizo un movimiento de asentimiento con su cabeza y se dispuso a cruzar la puerta.

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Gabriel había tenido que llegar un par de días antes a Yale para discutir algunos puntos sobre su beca en la universidad. Acordó con el encargado que jugaría futbol esta temporada y el resto del dinero que necesitaba para cubrir el otro porcentaje de la matrícula lo costearía con el dinero que venía ahorrando de su empleo en el centro comercial de su pueblo.

Se sentía tan nuevo, sentía que podía empezar una nueva vida y formar un nuevo camino después del año tan difícil que tuvo: conoció a este grandioso chico que el dio la confianza y el coraje de aceptar su homosexualidad, aceptarse a sí mismo y confesárselo a sus amigos. Había agradecido mucho el conocer a Desmond, y la reacción de sus amigos. Lo que no agradecía era lo que había pasado con sus padres. Intenta olvidarlo, se decía a sí mismo.

Así que aquí estaba, en una nueva ciudad empezando de cero. Decidió jamás volver a su pueblo, pues no había nadie allá a quien deseaba volver a ver. En cambio, tenía todo por delante. En cuanto se graduara en unos años, se iría a Nueva York como lo prometió junto con Jamie, Rosie y Daniel.

El reloj marcó las 12:00 pm. Se preguntó si su amiga Rosie habría llegado ya al campus. Empezó a marcar su teléfono para invitarla a comer en la cafetería e ir juntos a recorrer el plantel.