viernes, 2 de octubre de 2015

Oscura fue la noche

Se quitó el abrigo al entrar a casa. Hubiera deseado que con él, también se quitara todo el peso que cargaba en esos momentos. Las luces de la planta baja estaban prendidas, al igual que el televisor en la sala. Juguetes tapizaban la alfombra al lado del sofá e intuyó que su esposa Rosie había llevado a dormir a los niños a sus habitaciones después de un largo día de juego. ¡Qué dicha ser niño! Pensó. No eran conscientes de los problemas que como adulto él estaba pasando en esos momentos. Pero pronto se enterarían. Su esposa lo sabía, sus amigos lo sabían, y la verdad era cruda.

Caminó hacia el cuarto de baño. Encendió la luz. Una tenue luz irradiada por dos lámparas con forma de tulipanes dispuestas a cada lado del espejo del lavabo ponía en evidencia su demacrado rostro. Jamie tenía un semblante que jamás había tenido. Ni siquiera tras esas guardias extensas en el hospital terminaba con la expresión facial que portaba en ese momento. Las últimas 32 horas habían sido extenuantes, agobiantes, dolorosas. Para él, para su madre y para su hermano. La barba se hacía visible tras dos días sin afeitarse; sus párpados inferiores se tornaban oscurecidos por el desvelo de las últimas noches en el hospital, veía sus ojos humedecidos, pero hacía todo lo que podía por no dejar caer ninguna lágrima.

Abrió el grifo del lavabo y el agua empezó a correr. Metió sus manos al chorro y juntándolas entre sí logró contener agua en ellas para en seguida enjuagarse la cara. Cerró el grifo y tomó una toalla para secarse el rostro. Suspiró. Deseaba no ser el en ese momento.

Apagó el televisor y las luces de la planta baja y subió las escaleras. Lo que más quería era ver a Rosie. Necesitaba de ella.

Llegó a su habitación. Ella estaba en el cuarto de baño contiguo cepillándose los dientes o algo. Vio la cama lista para acostarse y deseo tanto hacerlo, pero en lugar de eso, se sentó a la orilla de esta. Todo en su cabeza pasaba rápidamente de nuevo. ¿Cómo había pasado todo? ¿Qué hizo mal? ¿Por qué no fue informado al instante de la situación para poder intervenir? Es urgenciólogo, podía hacer algo, podía hacer todo lo que estaba en sus manos, pero no fue así. Se sentía tan impotente, tan furioso, tan culpable. No podía remediar nada ahora. Ya no. Esa noche, Jamie Harper había perdido a su padre.

Rosie llegó a la habitación. Ella sabía del estado crítico del señor Harper. Inisitió a su esposo el estar en el hospital a su lado, pero el no quería que los niños estuviesen sin alguno de ellos por mucho tiempo. Después de tanto, él conocía a su esposo. Sin si quiera preguntarlo, sabía lo que acababa de ocurrir. Se sentó a su lado en la cama, lo rodeó con el brazo y le dirigió una mirada de complicidad. La misma complicidad que los había convertido en mejores amigos desde su adolescencia, la misma que los hizo novios, la misma que se prometieron al convertirse en esposos. Jamie aceptó esa mirada, aceptó su abrazo, aceptó su silencio.

Con la mirada baja y las manos apoyadas en sus rodillas, Jamie comenzó a sentir temblar sus brazos, sus hombros, su pecho, su abdomen. Sus piernas se pusieron tensas, al igual que su mandíbula. Notó que le costaba respirar. Y entonces, sucedió.

Dejó salir las lágrimas que con esfuerzo venía reteniendo, al mismo tiempo que comenzó a jadear, pues cada vez le era más difícil respirar, su cuerpo seguía temblando. Se inclinó hacia el vientre de su esposa. Le rodeo la cintura con sus brazos y siguió llorando. Se mostró como jamás se había dejado ver en su vida. Se mostró vulnerable. Y en esos momentos, el vientre de su esposa parecía el lugar más acogedor y protegido con el que contaba. Quería una sola cosa en ese momento. Quería a su papá con vida.

-Lo sé amor…lo sé.

Ella se inclinó para poder cubrirle, en señal de que ella lo tenía y que en sus brazos no tenía por qué sentirse vulnerable. Justo como él le había hecho sentir eso mismo a ella en muchas ocasiones.

Rosie notó que dos figuras los observaban bajo el marco de la puerta, algo confundidos y asustados. Eran los pequeños Reed y Carson. Seguramente el llanto de Jamie los había despertado.

-Mami, ¿Papi está bien? ¿Qué le pasa? –dijo el menor de los niños, con la voz quebrada.

Jamie escuchó la voz de Carson y dirigió la mirada hacia ellos. Se limpió las lágrimas con sus manos y extendió una mano hacia ellos.

-Vengan aquí chicos –dijo, tratando de dibujar una sonrisa en su rostro.

Los niños, vacilantes, caminaron hacia ellos aun sin saber qué era lo que pasaba como para hacer llorar de esa manera a su papá. No los culpaba. Jamie sintió alivio al verlos. Su imagen tan inocente atenuó su sufrimiento. Reed se veía muy tierna con la trenza que le había hecho Rosie, tenía el mismo cabello color cobre igual que ella. Su pijama amarilla tenía en frente dibujado un pato. Y luego estaba Carson, quien tenía la misma mirada de su padre. Las mangas de su pijama le quedaban grande, y Jamie no pudo evitar soltar una risita al ver cómo éstas se movían hacia atrás y hacia delante cuando éste brazeaba al caminar. Amaba a sus hijos, amaba a su esposa. En ese momento, era en lo único que pensaba.

-Vengan niños… –abrazó a ambos y les dio un beso en la frente –los amo, lo saben, ¿verdad? Los amo.

Las lágrimas brotaron lentamente de nuevo de sus ojos. Lo único que hizo, fue seguir abrazando tan fuerte como pudo a sus hijos y a su esposa. Sería una noche difícil.


Música del blog:
Nearly morning - Luke Sital


No hay comentarios:

Publicar un comentario