Se quitó el abrigo al entrar a
casa. Hubiera deseado que con él, también se quitara todo el peso que cargaba
en esos momentos. Las luces de la planta baja estaban prendidas, al igual que
el televisor en la sala. Juguetes tapizaban la alfombra al lado del sofá e
intuyó que su esposa Rosie había llevado a dormir a los niños a sus
habitaciones después de un largo día de juego. ¡Qué dicha ser niño! Pensó. No
eran conscientes de los problemas que como adulto él estaba pasando en esos
momentos. Pero pronto se enterarían. Su esposa lo sabía, sus amigos lo sabían,
y la verdad era cruda.
Caminó hacia el cuarto de baño.
Encendió la luz. Una tenue luz irradiada por dos lámparas con forma de
tulipanes dispuestas a cada lado del espejo del lavabo ponía en evidencia su demacrado
rostro. Jamie tenía un semblante que jamás había tenido. Ni siquiera tras esas
guardias extensas en el hospital terminaba con la expresión facial que portaba
en ese momento. Las últimas 32 horas habían sido extenuantes, agobiantes,
dolorosas. Para él, para su madre y para su hermano. La barba se hacía visible
tras dos días sin afeitarse; sus párpados inferiores se tornaban oscurecidos
por el desvelo de las últimas noches en el hospital, veía sus ojos humedecidos,
pero hacía todo lo que podía por no dejar caer ninguna lágrima.
Abrió el grifo del lavabo y el
agua empezó a correr. Metió sus manos al chorro y juntándolas entre sí logró
contener agua en ellas para en seguida enjuagarse la cara. Cerró el grifo y
tomó una toalla para secarse el rostro. Suspiró. Deseaba no ser el en ese
momento.
Apagó el televisor y las luces de
la planta baja y subió las escaleras. Lo que más quería era ver a Rosie.
Necesitaba de ella.
Llegó a su habitación. Ella
estaba en el cuarto de baño contiguo cepillándose los dientes o algo. Vio la
cama lista para acostarse y deseo tanto hacerlo, pero en lugar de eso, se sentó
a la orilla de esta. Todo en su cabeza pasaba rápidamente de nuevo. ¿Cómo había
pasado todo? ¿Qué hizo mal? ¿Por qué no fue informado al instante de la situación
para poder intervenir? Es urgenciólogo, podía hacer algo, podía hacer todo lo
que estaba en sus manos, pero no fue así. Se sentía tan impotente, tan furioso,
tan culpable. No podía remediar nada ahora. Ya no. Esa noche, Jamie Harper
había perdido a su padre.
Rosie llegó a la habitación. Ella
sabía del estado crítico del señor Harper. Inisitió a su esposo el estar en el
hospital a su lado, pero el no quería que los niños estuviesen sin alguno de
ellos por mucho tiempo. Después de tanto, él conocía a su esposo. Sin si quiera
preguntarlo, sabía lo que acababa de ocurrir. Se sentó a su lado en la cama, lo
rodeó con el brazo y le dirigió una mirada de complicidad. La misma complicidad
que los había convertido en mejores amigos desde su adolescencia, la misma que
los hizo novios, la misma que se prometieron al convertirse en esposos. Jamie
aceptó esa mirada, aceptó su abrazo, aceptó su silencio.
Con la mirada baja y las manos
apoyadas en sus rodillas, Jamie comenzó a sentir temblar sus brazos, sus
hombros, su pecho, su abdomen. Sus piernas se pusieron tensas, al igual que su
mandíbula. Notó que le costaba respirar. Y entonces, sucedió.
Dejó salir las lágrimas que con
esfuerzo venía reteniendo, al mismo tiempo que comenzó a jadear, pues cada vez
le era más difícil respirar, su cuerpo seguía temblando. Se inclinó hacia el
vientre de su esposa. Le rodeo la cintura con sus brazos y siguió llorando. Se
mostró como jamás se había dejado ver en su vida. Se mostró vulnerable. Y en
esos momentos, el vientre de su esposa parecía el lugar más acogedor y
protegido con el que contaba. Quería una sola cosa en ese momento. Quería a su
papá con vida.
-Lo sé amor…lo sé.
Ella se inclinó para poder
cubrirle, en señal de que ella lo tenía y
que en sus brazos no tenía por qué sentirse vulnerable. Justo como él le había
hecho sentir eso mismo a ella en muchas ocasiones.
Rosie notó que dos figuras los
observaban bajo el marco de la puerta, algo confundidos y asustados. Eran los
pequeños Reed y Carson. Seguramente el llanto de Jamie los había despertado.
-Mami, ¿Papi está bien? ¿Qué le
pasa? –dijo el menor de los niños, con la voz quebrada.
Jamie escuchó la voz de Carson y
dirigió la mirada hacia ellos. Se limpió las lágrimas con sus manos y extendió
una mano hacia ellos.
-Vengan aquí chicos –dijo,
tratando de dibujar una sonrisa en su rostro.
Los niños, vacilantes, caminaron
hacia ellos aun sin saber qué era lo que pasaba como para hacer llorar de esa
manera a su papá. No los culpaba. Jamie sintió alivio al verlos. Su imagen tan
inocente atenuó su sufrimiento. Reed se veía muy tierna con la trenza que le
había hecho Rosie, tenía el mismo cabello color cobre igual que ella. Su pijama
amarilla tenía en frente dibujado un pato. Y luego estaba Carson, quien tenía
la misma mirada de su padre. Las mangas de su pijama le quedaban grande, y
Jamie no pudo evitar soltar una risita al ver cómo éstas se movían hacia atrás
y hacia delante cuando éste brazeaba al caminar. Amaba a sus hijos, amaba a su
esposa. En ese momento, era en lo único que pensaba.
-Vengan niños… –abrazó a ambos y
les dio un beso en la frente –los amo, lo saben, ¿verdad? Los amo.
Las lágrimas brotaron lentamente
de nuevo de sus ojos. Lo único que hizo, fue seguir abrazando tan fuerte como
pudo a sus hijos y a su esposa. Sería una noche difícil.
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