Se encontraba subiendo por las
escaleras hacia el segundo piso de la torre sur del hospital. No sabía si era
por la cita que había tenido la noche anterior, por el clima agradablemente
fresco que hacía esa mañana que le recordaba a su hogar natal, o
simplemente porque se dirigía a ver a la chica que lo hacía sonreír como tonto
enamorado. Se encontraba indudablemente feliz.
Salió de las escaleras y Quentin
Blake se dirigió hacia la estación de enfermería donde reconoció al instante a
la chica de cabello castaño hasta los hombros. Se encontraba escribiendo alguna
nota de interconsulta muy meticulosamente, como solía ser ella.
-Hola –dijo Quentin, con un tono
suave, pero firme, mientras le puso dócilmente su mano en el brazo con el que
la doctora estaba escribiendo, a modo de caricia.
La neuróloga giró la vista hacia
el hombre y se sintió atraída por su cara
de conquista, como ella le había determinado a esa expresión suya.
-Buenos días –respondió
neutralmente la doctora, tratando de que él no se diera cuenta el efecto que su
atractivo rostro tenía en ella. -¿Por qué tan sonriente Blake?
Blake. Normalmente en el hospital
le llamaban así sus colegas de Urgencias, o sus superiores para darle órdenes o
regañarlo, pero viniendo de ella, sonaba muy lindo.
-¿Por qué tú no estás sonriente? Hay muchas razones para estarlo –dijo,
lanzándole una mirada seductora, mientras seguía sonriendo ya no naturalmente, si no ahora para molestarla con ello.
-Razones como… ¡oh! ¡Tu familia!
Vienen a visitarte esta semana.
<<Razones como nuestra cita de anoche>>, quiso soltar ella.
<<Razones como nuestra cita de anoche>>, quiso soltar ella.
Quentin frunció el ceño,
confundido.
-¿Tu papá y Lorie? –siguió, mientras sacudía la cabeza y arqueaba las cejas- Lo mencionaste anoche en…
-¡Claro! ¡Claro! -captó Quentin- Papá y Lorie. Llegan
el jueves. Espero poder pasar tiempo con ellos, a no ser que las cosas se
pongan locas en Urgencias y tenga que quedarme más horas después de mi turno.
¿Estás en piso hoy?
No. Era día de consulta. Lo sabía
porque Carol siempre llevaba vestido debajo de su bata los días de consulta.
Vestidos que, al parecer de Quentin no hacían más que resaltar el doble (o el
triple) la belleza y elegancia de la doctora. Hoy no era la expeción. Llevaba aquél color beige con flores cafés que hacía juego
con su castaño cabello.
-No. Sólo vine a dejarle a Sandra
la interconsulta que me pidió si no se pondrá a echar fuego por la boca si ve que el expediente de su paciente no está completo. Tengo consulta todo el día
–dijo, acomodándose el cabello tras su oreja- ¿sigue en pie la comida? Si es que
logras escapar un momento de Urgencias, claro.
-Sí, por supuesto… ¿A qué hora es
tu descanso?
-2:30. Entonces te veré en la
cafetería.
Anexó la hoja de interconsulta al
expediente del paciente. Tomó su block de notas y su pluma, se lo metió a la
bolsa de su bata y se colgó su estetoscopio alrededor del cuello.
Quentin no hacía otra cosa que
mirarla. Ya ni siquiera se molestaba en disimularlo.
-Que tengas un buen día, Blake.
Carol se acercó para darle un
beso de despedida en la mejilla a Quentin, sintiendo la rasposa barba de tres
días que le gustaba de él, mientras el doctor la tomaba por la cintura con una
mano. Chispas. Fue lo que ambos sintieron, sin darse cuenta el uno del otro.
Rápidamente se separaron porque,
aunque sabía que todos estaban en lo suyo ahí en el segundo piso, no querían
que pensaran eran poco profesionales en su ambiente de trabajo. Carol Rivers
tomó las escaleras hacia el primer piso, donde se encontraba la consulta de
neurología y Quentin, atontado, siguió su camino por el pasillo que llevaba
hacia Urgencias, pensando en la comida que tendrían juntos en la cafetería del
hospital a las 2:30.
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-No no, está bien cariño. Dije
que los recogería yo esta tarde –dijo el doctor Jamie Harper al teléfono.
-¿Seguro? No quiero que los dejes
esperando otra vez, puedo decirle a mi madre que los recoja.
-Tranquila, ve a tu conferencia
sin preocupaciones y te prometo que los chicos y yo te tendremos algo rico para
cenar. ¿Irás con Keller, verdad? Puedes invitarlo a cenar con nosotros.
-No estarás hablando en serio.
Casi lo golpeas la última vez que lo viste.
-¡Oye! Si alguien se le insinúa a
mi esposa de esa manera, es lo que se gana.
-¿Hay una manera correcta,
entonces? –dice Rosie, entre risas.
-La única que puedo hacer yo
–responde, siendo consciente de lo gracioso de su comentario. –Cuídate linda.
Te prometo ir por los niños en la tarde. Si no, puedo decirle a Gabriel…
-¡JAMIE!
-¡Estoy bromeando, estoy
bromeando! Me tengo que ir, acaba de llegar un trauma a Urgencias.
-Diviértete cielo.
Divertise. Eso era lo que Jamie
Harper hacía en la Sala de Urgencias cada día. Aprendía y enseñaba, claro. Pero
le gustaba ver el lado bueno de los traumas, las heridas, los desgarros y las
fracturas, para variar. Era la única manera de sobrevivir –o hacer sobrevivir-
a los casos difíciles. Sea como fuere, le gustaba lo que hacía. Llevaba ya el
tiempo suficiente en esa área del hospital como para ahora ser el Jefe de
Urgencias. Jamás se habría visto en esa posición cuando estaba haciendo su
internado en aquel hospital enorme de Nueva York hace años.
-Pásenlo a trauma 1. Blake, estás
conmigo hoy. Trae a tus internos y comiencen la valoración inicial. Vienen dos
más en camino. Vázquez y Cox, encárguense de esos próximos, la doctora Jones
está ahí para las dudas que tengan. ¡Vamos gente muévanse, hoy será un gran
día!
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Alzó su muñeca izquierda y vio su
reloj. 2:40 pm. Bajó las escaleras y llegó a la sala de espera de consulta de
neurología. No sabía si Carol ya había salido de su consultorio, y no se
atrevía a preguntarle a la recepcionista porque lo menos que quería era que se
corriera la voz de lo suyo en el área de trabajo de Carol, cosa que ella
protegía mucho. Así que se sentó junto a los pacientes a esperar y a revisar su
teléfono por si recibía algún mensaje, cosa que sabía que no pasaría porque
ella respetaba mucho el tiempo de los demás.
Quentin sintió un alivio cuando
vio salir del consultorio a Carol. Ella lo saludó a lo lejos, mientras le
dirigía unas palabras a la recepcionista.
Se acercó.
-Creí que ya te habrías ido,
gracias por esperarme, me retrasé con algunos pacientes.
-No importa, ¿vamos hacia allá?
Carol notó el brillo en los ojos
de Quentin. En verdad se estaba enamorando de ella. En seguida, la doctora tomó
de la mano al doctor, quien titubeó al principio pero prosiguió, envolviendo
con su grande y fuerte mano la pequeña y delicada mano de ella.
Quentin no supo qué decir, así
que no dijo nada en absoluto. Le sonrió, devolviéndole ella la sonrisa y
avanzaron en su camino hacia la cafetería tomados de la mano. Era la primera
vez que hacían eso en el hospital, pues Quentin había querido mantenerse al
margen de la cordialidad entre profesora-residente por respeto a la imagen de
Carol con sus colegas.
De pronto se sintió como en la
escuela. Aquel momento en el que entras a la cafetería y de entre toda la
multitud, algunos se quedan mirando fijamente al raro, al popular o al
marginado que va entrando.
La neuróloga Carol Rivers y el
residente de urgencias Quentin Blake se detuvieron un momento en el umbral de
la puerta en busca de un lugar donde pudieran comer solos, y como era de
esperarse, la cafetería a esa hora se encontraba sobre poblada.
Encontraron dos asientos en la
barra del frente, junto a la pared de vidrio que veía hacia el jardín del lado
oeste del hospital. Aunque no de lo más cómodo sentarse en la silla alta de la
barra, a Quentin le agradó la idea de encontrar un lugar lejano del bullicio de
los demás.
-¿Sabes? La barra siempre ha sido
mi lugar favorito en un restaurante o en un bar. Incluso prefiero comer ahí en
mi departamento que en la pequeña mesa que tengo al lado.
-¿En serio? ¿Por qué? Ni siquiera
tiene un respaldo en el que puedas sostenerte mientras disfrutas tu comida.
-No lo sé. Supongo que es porque
me recuerda a casa. Mamá nos hacía el desayuno, y papá, Lorie y yo nos sentábamos
a la barra para poder conversar todos juntos al mismo tiempo que mamá daba los
últimos toques a la comida.
Carol notó la mirada de añoranza
en Quentin. Su difunta madre. De la que casi no habla.
-Por eso, pienso que sentarme a
la barra para comer me hace sentir en casa. Además… ¡los asientos giran! La
mayoría de las veces –dice, al no tener éxito tratando de girar sobre sí mismo
en el asiento.
-Flores a la mesa –dice de
repente la chica.
-¿Perdón?
-Flores a la mesa. Es lo que
nunca debe faltar en mi departamento, en casa de mis padres, incluso cuando voy
a casa de mi hermano. Mi mamá tiene este gusto enorme por las flores, tiene un
jardín enorme donde planta todo tipo de flores. De niña le ayudaba a cuidarlas,
incluso Ben lo hacía aunque fingía no gustarle –dijo, soltando una risita- . A
mi mamá le gustaba cortar algunas y ponerlas en jarrones por toda la casa, y
justo en el centro de la mesa, mi mamá ponía un pequeño florero con dos o tres
margaritas a modo de decoración. Decía que le gustaba disfrutar el aroma de
éstas al momento de comer, y como era de esperarse, yo también desarrollé ese
gusto. Así que…flores a la mesa. Eso me hace sentir en casa.
-Ahora sé qué darte cuando quiera
regalarte algo.
-¡No, no no!… no lo dije por eso.
-¡No te angusties! Me parece
bonito.
-¿Que ponga flores en mi casa?
-Que tengamos estas…pequeñas
cosas, que nos evoquen esto. Pequeñas cosas que son grandes.
Carol se quedó un momento
pensando en lo que acababa de decir Quentin, y se dio cuenta que la mayoría de
las veces las grandes cosas, las que hacen sentir bien a una persona son sólo
pequeñas cosas de las que uno se da cuenta. Veía a Quentin abrir su recipiente
de plástico donde traía su comida de casa, lo que le llamó mucho la atención.
-¿Te hiciste de comer en casa y
lo trajiste aquí? ¿Tú?
-¡Sí! Lo hice desde anoche antes
de dormir.
En cuanto Carol vió lo que
Quentin se había preparado, sintió un vuelvo al corazón. Era la comida más
saludable y natural que ella le había visto en sus manos en todo el tiempo que
llevaba de conocerlo. Carol padecía de diabetes tipo 1, algo muy común entre la
familia Rivers, por lo que ella era muy rigurosa tanto con su tratamiento como
con su estilo de vida con lo que controlaba su enfermedad satisfactoriamente
desde hace 10 años, la cual por fortuna no era tan severa como otros casos en
su familia.
Como todos los hombres, sobre
todo aquellos de gran tamaño como él, Quentin disfrutaba de una dieta llena de
proteínas y carbohidratos. Había notado que Carol siempre cuidaba
minuciosamente lo que comía. No se restringía ningún tipo de alimento claro,
pero mantenía una dieta calculadoramente saludable.
En su cita de anoche, tuvieron un
pequeño inconveniente debido al restaurante que había elegido Quentin para
cenar, por lo que Carol decidió contarle sobre su enfermedad, cosa que no hacía
con cualquiera, pues guardaba con mucho celo su secreto. No quería que las
personas a su alrededor se preocuparan por ella de más.
Al parecer, Quentin en un acto de
solidaridad, hoy quiso llevar esa casera y saludable comida para acompañarla y
para que Carol no se sintiera tan sola en su día a día con la comida. Acto que,
como era de esperarse, estaba conmoviendo a la doctora de una manera tan
grande. <<En verdad es un buen hombre>> pensó.
-Y también traje de más, por si
quieres probar. Trato de hacer mi papel de cocinero lo mejor que puedo. Pero
como dije… trato.
-Me gustaría. Se ve muy rico.
También prueba del mío –Carol se sentía orgullosa de él.
Disfrutaron de su comida mientras
seguían conversando, hasta que Quentin recibió un mensaje de su jefe, el doctor
Jamie Harper, por lo que tuvo que comer rápidamente la comida que le faltaba
para ir corriendo a urgencias. Cuando se levantó del asiento, Carol le detuvo.
-¡Espera! Tienes un poco manchado aquí.
La neuróloga tomó una servilleta
y le limpió suavemente cerca de la comisura de los labios al hombre. Ambos
sintieron un impulso de besarse, pero ninguno lo hizo.
-Ahora puedes ir –Carol le miraba
fijo a los ojos. –Por cierto, la próxima vez que vengamos a comer aquí, nos
sentaremos a la barra.
-A la barra será. –Quentin sonreía.
Se despidió de ella, dio media
vuelta y se marchó de prisa.
Música del blog:
I think I'm in love - Kat Dhalia
I think I'm in love - Kat Dhalia
Pude imaginar cada momento de esta entrada! Definitivamente es una de mis favoritas ahora.
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