viernes, 16 de septiembre de 2016

De todo corazón

Salió de la ducha con el cuerpo entumecido debido al frío de esa mañana. Se miró en el espejo y aun le sangraba el tajo que se había hecho en la mandíbula al afeitarse hace unos minutos. Aplicó presión con un trozo de papel higiénico y empezó a secarse con su toalla la cual, al terminar, se la puso alrededor de la cintura y con el torso descubierto Daniel atravesó el pasillo y se dirigió hacia su cuarto para vestirse. Había olvidado ponerse unas sandalias, por lo que la sensación de frío embargó su ser.

Cuando hubo terminado de vestirse, se percató de que, si no salía del departamento lo más rápido posible, llegaría tarde a la primera clase en su universidad.

Fue directo a la sala común donde, como todos los días de los últimos 3 meses, se encontró con la misma deprimente imagen de su amigo, en ropa interior, despeinado y con la barba crecida y desarreglada, postrado en el sofá viendo un partido de alguna nación que desconocía, con un tazón de papas fritas, o pretzels o lo que sea que quedase en la alacena aún.

- ¿Gabriel…sabes si necesito llevar más de un abrigo para salir esta mañana?

El silencio, algo últimamente frecuente en él, volvió a manifestarse.

-Gabriel… ¿qué…? –Daniel fue a donde su amigo y se le plantó enfrente. Gabriel lo miró irritado. –Te pregunté si…

-No. Con eso que llevas está bien. Luces muy bien. Ahora, ¿puedes moverte?

-Gabe…ya no puedes seguir así. Ayer contesté una llamada para ti, de la firma de arquitectos a la que solicitaste empleo hace unos meses. Ni siquiera fuiste a la entrevista, ¿verdad?

-No te importa lo que haga o deje de hacer. –Su actitud se volvía más arrogante con cada frase.

-Déjame decirte algo amigo. –Dan hizo un especial énfasis en ésta última palabra –Vivimos juntos. Tú, Jamie y yo. Y aunque él haya llegado a la ciudad hace un par de semanas y ha estado demasiado ocupado con sus guardias del internado en el hospital como para percatarse de tu problema, yo no. Yo te he visto así desde hace tres meses. Y al parecer mis palabras no son lo suficiente como para hacerte entrar en razón, pero sé que a tu mejor amigo sí lo escucharás. ¡Así que hoy, en la noche cuando Jamie regrese nos sentaremos los tres en esta sala y tendremos una charla seria sobre lo que está pasándote! –soltó un gran suspiro tras terminar. Sentía el corazón latirle aceleradamente.

- ¿Qué está pasándome, según tú? –Gabriel lo miraba desafiante.

- ¡Increíble! –Dan decidió dejar de discutir. Tomó su mochila y se dirigió a la salida del departamento.

Tenía que acabar con esto de una vez por todas. Su amigo Gabriel había entrado en una depresión mayor tras enterarse que su ex novio había muerto debido a un corazón insuficiente del cual recibía tratamiento desde su niñez, pero nunca le había contado ni una palabra a nadie de su enfermedad.

Dan no sabía si todo el asunto era por la muerte de Alex en sí, o porque el chico no había tenido la confianza de contárselo a Gabriel sino hasta que cuando su condición fue en declive, Alex decidió alejarse de la vida de Gabriel para que éste no lo viera en su estado convaleciente. No podía imaginarse el dolor de su amigo al enterarse no sólo que había muerto su ex novio, si no que nunca había sido sincero con él, y no haber tenido si quiera la oportunidad de apoyar a su novio en su enfermedad.

A pesar de ser amigos desde la preparatoria, Dan y Gabriel no habían establecido un vínculo especial como el de éste y Jamie, como para poder brindarle su ayuda y que Gabriel la aceptase. Hoy tenían que poner las cartas sobre la mesa y realizar una intervención para ayudar a su amigo.



El frío matutino de Manhattan era algo de lo que Dan disfrutaba desde que se mudaron a la gran ciudad hace un año. Las personas salían con sus abrigos rumbo a su trabajo o a la escuela, y conforme transcurría el día, a veces ameritaba desabrigarse y ponerse más frescos.

Ya era un poco tarde para Daniel, pero tenía la esperanza de que si se apuraba conseguiría llegar a tiempo para su clase de Pedagogía en la Universidad de Nueva York. Estaba a un año de graduarse, y no quería perder ninguna clase, pues las disfrutaba mucho.

Sabía que si tomaba el subterráneo, éste lo dejaría muy lejos de la escuela, por lo que decidió usar el poco dinero que le quedaba del mes en un taxi que lo llevase directamente a su destino. Pero, como era de esperarse, a ese punto de la mañana todos los taxis se encontraban ocupados.

Estar de pie en la avenida esperando le había dado más frío. Sentía helada la punta se nariz, y el tajo en su mandíbula le punzaba cada que el viento soplaba en dirección suya. Frotaba sus manos una con la otra para generar un poco de calor, y no quitaba la vista de la avenida en busca de un taxi vacío.

Entre tanto, una chica pelirroja con un abrigo enorme y cargada de varias maletas se puso frente suyo. Un taxi se acercó, y la chica gritó espantosamente para llamarlo, sin éxito alguno. Dan dio un salto del susto.

-No eres de por aquí, ¿cierto? –trató de iniciar conversación el chico.

La pelirroja volteó, confundida, preguntándose si era a ella a la que se dirigía. Al no haber nadie más al lado de ellos, supuso que se refería a ella.

Al principio no la había reconocido porque se veía muy diferente, pero Daniel se quedó boquiabierto al ver el rostro de la chica. Una compañera de preparatoria, un año mayor que él, de la generación de Jamie y los demás. Se veía muy diferente, porque había perdido un poco de peso, y aunque no era del todo delgada, a Dan le atrajo mucho su cuerpo. La chica lo reconoció al instante.

- ¿Daniel? –la chica se sonrojó al ver al atractivo joven, quien le sonreía animoso. –Sí, acabo de llegar ¿soy tan obvia?

-Bueno, las maletas son un fuerte indicio –Dan levantó una de las maletas de la chica, la cual se había caído. –Pero es tu manera de llamar el taxi la que te delata.

- ¿Hay una manera? –preguntó apenada la chica. Sabía que sus gritos eran algo perturbadores.

-Sólo te paras, extiendes el brazo con la mano abierta silbas una vez –Dan realizó el llamado a un taxi vacío que iba pasando. Se detuvo.

- ¿Hacia dónde vas?

-Midtown. Mi hermana y su esposo viven ahí. Me quedaré con ellos mientras consigo algún otro sitio.

- ¿Podemos compartir el taxi? Voy a la universidad, y queda de paso en tu camino. Podemos ponernos al día –Dan puso esa cara bonita que usaba con las chicas que acababa de conocer para invitarlas a salir.

- ¿Tengo alternativa? –dijo la chica, encogiéndose de hombros. –¡Vamos!

Daniel le ayudó subiendo sus maletas al portaequipaje.

El viaje fue corto para su plática. A pesar de no haber interactuado mucho en la preparatoria, parecía como si tuvieran muchas cosas que contarse, y eso alegraba a Dan. Él le contó que había llegado hace un año a la ciudad de Nueva York junto con su hermana Rosie y sus amigos, que estaba en su último año de universidad, preparándose para ser maestro y que trabajaba la mitad de la semana como asistente educativo en una pequeña escuela en Midtown. Ella, por otra parte, le contó a Dan que, tras graduarse de Berkeley, había trabajado en una editorial en California como traductora. Se encargaba de la traducción y edición de libros de autores latinos, alemanes y franceses al inglés, y que su trabajo allí le había creado contactos en el mundo editorial y fue así como consiguió la oportunidad de un nuevo empleo para esta importante empresa en Nueva York.

Para su mala suerte, el taxi había llegado a la parada de Daniel, frente a la universidad.

-Bueno, hasta aquí llego yo –sacó el dinero que le correspondía de su bolsa y se lo entregó a ella. Abrió la puerta del coche. –Espero que te vaya bien, amm…

Dan estaba muy apenado. Creyó que la plática durante el viaje le recordaría el nombre de la chica, pero ahora estaba despidiéndose de alguien de quien se suponía debería de saber su nombre, pero no lograba recordarlo. Ella lo miró esperando que un nombre saliera de su boca, pero nada salió.

-Lily Alpert. Es mi nombre –dijo ella, un poco decepcionada.

Dan dio un suspiro.

- ¡Soy un torpe! Perdóname. De todo corazón.

No sabía cómo despedirse después de eso, así que se acercó a ella rodeándole un brazo sobre sus hombros y le dio un beso en la mejilla. Esperaba que esa muestra de cariño la hubiera hecho sentir un poco menos mal por no haberse acordado de su nombre.

-Me dio mucho gusto encontrarte, Lily. Cuídate mucho. –Salió del taxi torpemente. –Y bienvenida a Nueva York.

Cerró la puerta.



Música del blog:
Spacin out - The Mowgli's 



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