domingo, 3 de abril de 2016

Flores a la mesa

Se encontraba subiendo por las escaleras hacia el segundo piso de la torre sur del hospital. No sabía si era por la cita que había tenido la noche anterior, por el clima agradablemente fresco que hacía esa mañana que le recordaba a su hogar natal, o simplemente porque se dirigía a ver a la chica que lo hacía sonreír como tonto enamorado. Se encontraba indudablemente feliz.

Salió de las escaleras y Quentin Blake se dirigió hacia la estación de enfermería donde reconoció al instante a la chica de cabello castaño hasta los hombros. Se encontraba escribiendo alguna nota de interconsulta muy meticulosamente, como solía ser ella.

-Hola –dijo Quentin, con un tono suave, pero firme, mientras le puso dócilmente su mano en el brazo con el que la doctora estaba escribiendo, a modo de caricia.

La neuróloga giró la vista hacia el hombre y se sintió atraída por su cara de conquista, como ella le había determinado a esa expresión suya.

-Buenos días –respondió neutralmente la doctora, tratando de que él no se diera cuenta el efecto que su atractivo rostro tenía en ella. -¿Por qué tan sonriente Blake?

Blake. Normalmente en el hospital le llamaban así sus colegas de Urgencias, o sus superiores para darle órdenes o regañarlo, pero viniendo de ella, sonaba muy lindo.

-¿Por qué tú no estás sonriente? Hay muchas razones para estarlo –dijo, lanzándole una mirada seductora, mientras seguía sonriendo ya no naturalmente, si no ahora para molestarla con ello.

-Razones como… ¡oh! ¡Tu familia! Vienen a visitarte esta semana.
<<Razones como nuestra cita de anoche>>, quiso soltar ella.

Quentin frunció el ceño, confundido.

-¿Tu papá y Lorie? –siguió, mientras sacudía la cabeza y arqueaba las cejas-  Lo mencionaste anoche en…

-¡Claro! ¡Claro! -captó Quentin- Papá y Lorie. Llegan el jueves. Espero poder pasar tiempo con ellos, a no ser que las cosas se pongan locas en Urgencias y tenga que quedarme más horas después de mi turno. ¿Estás en piso hoy?

No. Era día de consulta. Lo sabía porque Carol siempre llevaba vestido debajo de su bata los días de consulta. Vestidos que, al parecer de Quentin no hacían más que resaltar el doble (o el triple) la belleza y elegancia de la doctora. Hoy no era la expeción. Llevaba aquél color beige con flores cafés que hacía juego con su castaño cabello.

-No. Sólo vine a dejarle a Sandra la interconsulta que me pidió si no se pondrá a echar fuego por la boca si ve que el expediente de su paciente no está completo. Tengo consulta todo el día –dijo, acomodándose el cabello tras su oreja- ¿sigue en pie la comida? Si es que logras escapar un momento de Urgencias, claro.

-Sí, por supuesto… ¿A qué hora es tu descanso?

-2:30. Entonces te veré en la cafetería.

Anexó la hoja de interconsulta al expediente del paciente. Tomó su block de notas y su pluma, se lo metió a la bolsa de su bata y se colgó su estetoscopio alrededor del cuello.

Quentin no hacía otra cosa que mirarla. Ya ni siquiera se molestaba en disimularlo.

-Que tengas un buen día, Blake.

Carol se acercó para darle un beso de despedida en la mejilla a Quentin, sintiendo la rasposa barba de tres días que le gustaba de él, mientras el doctor la tomaba por la cintura con una mano. Chispas. Fue lo que ambos sintieron, sin darse cuenta el uno del otro.

Rápidamente se separaron porque, aunque sabía que todos estaban en lo suyo ahí en el segundo piso, no querían que pensaran eran poco profesionales en su ambiente de trabajo. Carol Rivers tomó las escaleras hacia el primer piso, donde se encontraba la consulta de neurología y Quentin, atontado, siguió su camino por el pasillo que llevaba hacia Urgencias, pensando en la comida que tendrían juntos en la cafetería del hospital a las 2:30.
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-No no, está bien cariño. Dije que los recogería yo esta tarde –dijo el doctor Jamie Harper al teléfono.

-¿Seguro? No quiero que los dejes esperando otra vez, puedo decirle a mi madre que los recoja.

-Tranquila, ve a tu conferencia sin preocupaciones y te prometo que los chicos y yo te tendremos algo rico para cenar. ¿Irás con Keller, verdad? Puedes invitarlo a cenar con nosotros.

-No estarás hablando en serio. Casi lo golpeas la última vez que lo viste.

-¡Oye! Si alguien se le insinúa a mi esposa de esa manera, es lo que se gana.

-¿Hay una manera correcta, entonces? –dice Rosie, entre risas.

-La única que puedo hacer yo –responde, siendo consciente de lo gracioso de su comentario. –Cuídate linda. Te prometo ir por los niños en la tarde. Si no, puedo decirle a Gabriel…

-¡JAMIE!

-¡Estoy bromeando, estoy bromeando! Me tengo que ir, acaba de llegar un trauma a Urgencias.

-Diviértete cielo.

Divertise. Eso era lo que Jamie Harper hacía en la Sala de Urgencias cada día. Aprendía y enseñaba, claro. Pero le gustaba ver el lado bueno de los traumas, las heridas, los desgarros y las fracturas, para variar. Era la única manera de sobrevivir –o hacer sobrevivir- a los casos difíciles. Sea como fuere, le gustaba lo que hacía. Llevaba ya el tiempo suficiente en esa área del hospital como para ahora ser el Jefe de Urgencias. Jamás se habría visto en esa posición cuando estaba haciendo su internado en aquel hospital enorme de Nueva York hace años.

-Pásenlo a trauma 1. Blake, estás conmigo hoy. Trae a tus internos y comiencen la valoración inicial. Vienen dos más en camino. Vázquez y Cox, encárguense de esos próximos, la doctora Jones está ahí para las dudas que tengan. ¡Vamos gente muévanse, hoy será un gran día!
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Alzó su muñeca izquierda y vio su reloj. 2:40 pm. Bajó las escaleras y llegó a la sala de espera de consulta de neurología. No sabía si Carol ya había salido de su consultorio, y no se atrevía a preguntarle a la recepcionista porque lo menos que quería era que se corriera la voz de lo suyo en el área de trabajo de Carol, cosa que ella protegía mucho. Así que se sentó junto a los pacientes a esperar y a revisar su teléfono por si recibía algún mensaje, cosa que sabía que no pasaría porque ella respetaba mucho el tiempo de los demás.

Quentin sintió un alivio cuando vio salir del consultorio a Carol. Ella lo saludó a lo lejos, mientras le dirigía unas palabras a la recepcionista.

Se acercó.

-Creí que ya te habrías ido, gracias por esperarme, me retrasé con algunos pacientes.

-No importa, ¿vamos hacia allá?

Carol notó el brillo en los ojos de Quentin. En verdad se estaba enamorando de ella. En seguida, la doctora tomó de la mano al doctor, quien titubeó al principio pero prosiguió, envolviendo con su grande y fuerte mano la pequeña y delicada mano de ella.

Quentin no supo qué decir, así que no dijo nada en absoluto. Le sonrió, devolviéndole ella la sonrisa y avanzaron en su camino hacia la cafetería tomados de la mano. Era la primera vez que hacían eso en el hospital, pues Quentin había querido mantenerse al margen de la cordialidad entre profesora-residente por respeto a la imagen de Carol con sus colegas.

De pronto se sintió como en la escuela. Aquel momento en el que entras a la cafetería y de entre toda la multitud, algunos se quedan mirando fijamente al raro, al popular o al marginado que va entrando.
La neuróloga Carol Rivers y el residente de urgencias Quentin Blake se detuvieron un momento en el umbral de la puerta en busca de un lugar donde pudieran comer solos, y como era de esperarse, la cafetería a esa hora se encontraba sobre poblada.

Encontraron dos asientos en la barra del frente, junto a la pared de vidrio que veía hacia el jardín del lado oeste del hospital. Aunque no de lo más cómodo sentarse en la silla alta de la barra, a Quentin le agradó la idea de encontrar un lugar lejano del bullicio de los demás.

-¿Sabes? La barra siempre ha sido mi lugar favorito en un restaurante o en un bar. Incluso prefiero comer ahí en mi departamento que en la pequeña mesa que tengo al lado.

-¿En serio? ¿Por qué? Ni siquiera tiene un respaldo en el que puedas sostenerte mientras disfrutas tu comida.

-No lo sé. Supongo que es porque me recuerda a casa. Mamá nos hacía el desayuno, y papá, Lorie y yo nos sentábamos a la barra para poder conversar todos juntos al mismo tiempo que mamá daba los últimos toques a la comida.

Carol notó la mirada de añoranza en Quentin. Su difunta madre. De la que casi no habla.

-Por eso, pienso que sentarme a la barra para comer me hace sentir en casa. Además… ¡los asientos giran! La mayoría de las veces –dice, al no tener éxito tratando de girar sobre sí mismo en el asiento.

-Flores a la mesa –dice de repente la chica.

-¿Perdón?

-Flores a la mesa. Es lo que nunca debe faltar en mi departamento, en casa de mis padres, incluso cuando voy a casa de mi hermano. Mi mamá tiene este gusto enorme por las flores, tiene un jardín enorme donde planta todo tipo de flores. De niña le ayudaba a cuidarlas, incluso Ben lo hacía aunque fingía no gustarle –dijo, soltando una risita- . A mi mamá le gustaba cortar algunas y ponerlas en jarrones por toda la casa, y justo en el centro de la mesa, mi mamá ponía un pequeño florero con dos o tres margaritas a modo de decoración. Decía que le gustaba disfrutar el aroma de éstas al momento de comer, y como era de esperarse, yo también desarrollé ese gusto. Así que…flores a la mesa. Eso me hace sentir en casa.

-Ahora sé qué darte cuando quiera regalarte algo.

-¡No, no no!… no lo dije por eso.

-¡No te angusties! Me parece bonito.

-¿Que ponga flores en mi casa?

-Que tengamos estas…pequeñas cosas, que nos evoquen esto. Pequeñas cosas que son grandes.

Carol se quedó un momento pensando en lo que acababa de decir Quentin, y se dio cuenta que la mayoría de las veces las grandes cosas, las que hacen sentir bien a una persona son sólo pequeñas cosas de las que uno se da cuenta. Veía a Quentin abrir su recipiente de plástico donde traía su comida de casa, lo que le llamó mucho la atención.

-¿Te hiciste de comer en casa y lo trajiste aquí? ¿Tú?

-¡Sí! Lo hice desde anoche antes de dormir.

En cuanto Carol vió lo que Quentin se había preparado, sintió un vuelvo al corazón. Era la comida más saludable y natural que ella le había visto en sus manos en todo el tiempo que llevaba de conocerlo. Carol padecía de diabetes tipo 1, algo muy común entre la familia Rivers, por lo que ella era muy rigurosa tanto con su tratamiento como con su estilo de vida con lo que controlaba su enfermedad satisfactoriamente desde hace 10 años, la cual por fortuna no era tan severa como otros casos en su familia.

Como todos los hombres, sobre todo aquellos de gran tamaño como él, Quentin disfrutaba de una dieta llena de proteínas y carbohidratos. Había notado que Carol siempre cuidaba minuciosamente lo que comía. No se restringía ningún tipo de alimento claro, pero mantenía una dieta calculadoramente saludable.

En su cita de anoche, tuvieron un pequeño inconveniente debido al restaurante que había elegido Quentin para cenar, por lo que Carol decidió contarle sobre su enfermedad, cosa que no hacía con cualquiera, pues guardaba con mucho celo su secreto. No quería que las personas a su alrededor se preocuparan por ella de más.

Al parecer, Quentin en un acto de solidaridad, hoy quiso llevar esa casera y saludable comida para acompañarla y para que Carol no se sintiera tan sola en su día a día con la comida. Acto que, como era de esperarse, estaba conmoviendo a la doctora de una manera tan grande. <<En verdad es un buen hombre>> pensó.

-Y también traje de más, por si quieres probar. Trato de hacer mi papel de cocinero lo mejor que puedo. Pero como dije… trato.

-Me gustaría. Se ve muy rico. También prueba del mío –Carol se sentía orgullosa de él.

Disfrutaron de su comida mientras seguían conversando, hasta que Quentin recibió un mensaje de su jefe, el doctor Jamie Harper, por lo que tuvo que comer rápidamente la comida que le faltaba para ir corriendo a urgencias. Cuando se levantó del asiento, Carol le detuvo.

-¡Espera! Tienes un poco manchado aquí.

La neuróloga tomó una servilleta y le limpió suavemente cerca de la comisura de los labios al hombre. Ambos sintieron un impulso de besarse, pero ninguno lo hizo.

-Ahora puedes ir –Carol le miraba fijo a los ojos. –Por cierto, la próxima vez que vengamos a comer aquí, nos sentaremos a la barra.

-A la barra será. –Quentin sonreía.

Se despidió de ella, dio media vuelta y se marchó de prisa.


Música del blog:
I think I'm in love - Kat Dhalia


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Por los viejos tiempos, La neuróloga





domingo, 10 de enero de 2016

Grand Central Terminal

El gran reloj dispuesto en medio del salón principal de Grand Central Terminal marcaba las 7:00 pm. Jamie había llegado del andén #23 de la zona este, donde hacía su parada el vagón que venía de Brooklyn, donde estaba su nuevo departamento, que en realidad era de Gabriel, pero su amigo le ofreció quedarse con él mientras se instalaba tras su recién llegada.

Sabía que Grand Central era la estación más concurrida, y por tanto más grande en Nueva York, pero nunca se la imaginó de la manera en que estaba viéndola en ese momento. Un gran número de personas corrían de aquí para allá, comprando los boletos para abordar, buscando los andenes de donde partiría el vagón que los llevara a sus destinos, o tratando de localizar a sus amigos y familiares con quienes habían acordado encontrarse allí.

Pensando en una forma fácil de que su amiga Rosie lo encontrara cuando ésta llegase, tomó asiento en una de las bancas bajo el gran reloj central, justo al lado de una señora con ropas muy elegantes quien cargaba con dos maletas enormes. A su izquierda, un hombre de edad avanzada leía un ejemplar del New York Times, donde ponía en la primera plana el anuncio del evento que se llevaría a cabo esa noche en Times Square, mismo al que se dirigía Jamie. Así que, desde su lugar, un asombrado Jamie Harper comenzó a recorrer con sus ojos detenidamente todo el edificio.

Construido en 1903, el Grand Central Terminal era un edificio de estilo arquitectónico Beaux Arts, que como tal, constaba de una jerarquía de espacios valiéndose de la simetría, desde espacios nobles con grandes entradas y escalinatas, como lo era el Salón Principal; hasta otros más pequeños y utilitarios. La iluminación era basta en aquel recinto, y con motivo de la fecha del día de hoy 4 de julio, banderas del país decoraban el lugar. Jamie advirtió que la señora a su lado le veía en su rostro el total asombro que estaba experimentando, así que con un movimiento de cabeza de asentimiento el chico la saludó.

-¿Es tu primera vez en Grand Central verdad chico? –soltó la elegante mujer.

-De hecho, es mi primera noche en Nueva York señora –confesó, apenado.

-Lo supuse. ¡Y vaya que llegaste en un buen día! ¿Irás a la celebración del 4 de julio en Times Square?

-¡Sí! –respondió con emoción el muchacho. –De hecho estoy esperando a una amiga, ella es la que conoce aquí, y nos reuniremos con más amigos allá.

Entretanto, una chica con un cabello cobrizo que le llegaba hasta los hombros iba bajando del vagón en el andén #6. A paso rápido y esquivando a los demás pasajeros, se dirigía hacia el salón principal donde había quedado con su amigo. Se le había hecho un poco tarde, pues estaba indecisa de qué vestir para la noche de hoy. <<Una simplemente no toma a la ligera estas situaciones>>. Hacía un año que no veía a su amigo quien también era su ex novio, y quería hacerle ver al chico que un año fue suficiente para seguir adelante, tras lo sucedido.

Cuando se enteró de que Jamie regresaba a América, Rosie se sintió incómoda, pues tendría que hacer frente al chico que se fue por un año al otro lado del mundo sin decir una sola palabra de aviso, de despedida ni de nada. Ella avanzó. Siguió su camino así como Jamie había decidido seguir el suyo. Aun así, no pudo evitar alegrarse un poquito al tener a su amigo de vuelta.

Vio a su amigo sentado bajo el gran reloj. Le veía hablar con una señora sentada a su lado. Cualquier sentimiento negativo que le evocaba el regreso del chico se vio esfumado cuando Rosie observó esa escena. Jamie siempre había sido muy amable con todo mundo, era de esos chicos que entablaba fácilmente conversación con una persona desconocida y sobretodo, por alguna razón, era del agrado de las personas mayores (no mucho de los jóvenes). Por algo los padres de Rosie se habían puesto muy felices cuando hace años la chica les dio la noticia de que ella y Jamie eran pareja. Su mejor amigo. <<Tiempos de preparatoria>>.

Al percatarse de su presencia a unos metros, Jamie se levantó de su asiento para saludarla. El chico, alto y delgado y con el mismo cabello quebrado color marrón como Rosie lo recordaba, extendió los brazos para abrazarla.

La chica correspondió el abrazo, el cual ahora fue mucho más sincero que el de esta mañana en el aeropuerto. La señora elegante los veía con una sonrisita pícara.

-Te ves… ¡fantástica! –exclamó el chico.

Rosie llevaba puesto un vestido oscuro con detalles púrpuras, que hacía sobresaltar su cabello color cobrizo. Su nuevo corte la hacía lucir ya no como la tierna chica que recordaba Jamie, sino como la joven mujer empresaria en que se había convertido.

-¡Gracias! –fue lo primero que se le ocurrió responder a la chica.

-Madame, ella es mi amiga Rosie de la que le estaba hablando –dijo con un tono impetuoso, como si de una gran estrella se tratase.

-¡Qué gusto! –la señora tenía esa sonrisa pícara al verlos a los dos juntos. –Será  mejor que vayan camino a Times Square de una vez, si es que quieren alcanzar un lugar cercano al escenario para ver a esos… Miedo en la disco que mencionaste.

-¡Panic at the disco! Sí, está bien. Un gusto conocerla. –Jamie le estrechó la mano.

Mientras se encaminaban hacia la salida del edificio, esquivando un montón de gente, los dos amigos continuaban con la conversación:

-Creí que seguiríamos en el subterráneo hasta llegar a una estación más cerca a Times Square –le dijo el chico, un tanto pensativo a su amiga.

-Pero entonces te perderías la oportunidad de recorrer las calles principales de Manhattan. ¡Es Nueva York, Jamie! Tienes que conocerlo, al fin -dijo la chica de una manera cómica, cómo si fuera lo más obvio del mundo.

Se echó a reír el muchacho. Le gustaba cuando se ponía en plan gracioso su amiga.

-Cierto, tienes razón. Sabes… creí que no vendría aquí jamás. Pero ustedes llegaron aquí hace un año, y aceptaron mi solicitud de internado en el Hospital General de Manhattan. Así que, todo se puso en orden para venir aquí con ustedes como…

-Como lo prometimos en preparatoria. Es curioso, creí que jamás vendría aquí tampoco.

Atravesaron la puerta principal de Grand Central, que salía a la Calle 42. Una gran fila de taxis amarillos esperaban fuera del edificio de los cuales venían bajando apresuradas personas cargando un enorme equipaje. Siguieron el camino de la acera hacia la intersección con la Avenida Park, donde doblaron y siguieron su camino hacia el norte.


Para leer la continuación de esta historia, da click en el link: 



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Hasta pronto en Cambridge, Desayuno entre amigos

domingo, 13 de diciembre de 2015

54 Realidades del semestre de Cirugía

¿De qué me di cuenta?


Decidí escribir esta entrada para expresar mi experiencia en este semestre, el primero como MIP en el Hospital, pues tras haber iniciado esta tan esperada etapa (al menos por mí) tengo más de una cosa por contar. Queda claro que salvo esta entrada, el resto de mi Blog sigue tratando sobre la vida ficticia de Jamie Harper y sus amigos, pero aquella es otra historia.

Los últimos 4 meses y medio pasé más tiempo en el Hospital que en la escuela y sobre todo, más tiempo que en casa con mi familia. Pero se sintió bien, es decir, por algo he tratado de formar una segunda familia en la facultad, porque sé que habrá momentos en que necesite de alguien ajeno a mi núcleo parental.

 Como dije, este semestre fue de comenzar un nuevo nivel, porque ya no se trató del Inicio, de echar Raíces o de atravesar la Tempestad (así titulé a mi 1º, 2º y 3º año en la facultad, respectivamente), sino que se trató del Cambio que de la mano llevaba a la Felicidad (aun trato de averiguar cuál es el título adecuado para 4º año).

Así que… ¿De qué me di cuenta?

1.       Me di cuenta que no se sintió para nada el haber estado “de vacaciones”. Tras unas semanas de descanso en verano, el primer día de clases pareció como el día después del examen final de pato. Nada de tiempo para extrañar a amigos.


2.       Que existe un Montoya-Team (aunque en ese momento no sabía de la existencia del nombre. ¡Gracias Antonio!).


3.       Que el bloque de Cirugía significa venir en pitufo el segundo día de clases. ¡TIENES GUARDIA!

4.       Por lo mismo, tu primer día de clases se resume en ir por todo Aguirre Pequeño en busca de pitufos con tus amigos.

5.       “And may the odds be in your favor” no aplica para unir a Martínez y Montoya en las guardias…


6.       Pero no importa, pues uno le entregaba guardia al otro.

7.       Es mucho menos aterrador el ir a La jungla (Cirugía AB) con una de tus mejores amigas en tu equipo de guardias.


8.       Que siempre recordarás tu primer guardia como MIP.

                                          Rotación A1. Equipo A

9.       Que no importa si no sabes absolutamente nada de las locaciones dentro del hospital, o el proceso para solicitar una TAC o un electro: el residente quiere que todo se haga YA YA YA YA YA YA YA YA YA, porque ¡¡URGE!!
¡¡URGE!!
¡CONFIRMEN!
YA
YA
YA
YA
YA
YA.


10.   Aprendí a adivinar qué significaba el ir a “Trans”, “Posqui”, “TQP”, “Prequi", "Resu", "Ambu" y demás abreviaturas no encontradas en la RAE.



11.   Que tal vez en un futuro, tras más de 40 horas seguidas de guardia, tampoco sea capaz de conjugar verbos en whatsapp.

12.   Que es una gran idea compartir locker con tu mejor amigo.

13.   Que siempre hay alguien en el equipo quien en los primeros 30 minutos de la primera guardia, se presenta con todos, pregunta nuestros nombres y cómo nos gusta que nos digan y nos agrega a Facebook y a Whatsapp (Sí, ese fue Germán).

14.   También está aquel que por más difícil o incómoda sea la situación con el paciente, rompe el hielo platicando de cosas cotidianas (¡María Elena!).

15.   Incluso aquél al que siempre los residentes le piden haga lo más raro, difícil o molesto. Ese desafortunadamente, fui yo.



16.   Que es cierto. Si no puedes curar, alivia. Y si no puedes, consuela. Porque lamentablemente a veces eso es lo único que tenemos para darle a algunos pacientes.

17.   Que la curación más difícil no es aquella que requiere más tiempo, o de más personas para hacerla, sino aquella en la que el paciente está en condiciones muy delicadas y sufre cada vez que se realiza.

18.   Pero ¡ey! No todo es triste. Estos pacientes son los que más se acuerdan de ti, por haber estado con ellos haciéndole la curación por más difícil que fuera.

19.   Que a las 3:00 am se dan las charlas más filosofales con los 3 equipos reunidos en la estación de enfermería de Cirugía AB.


20.   ¡6:00am! El momento más estresante de la guardia. PASE DE VISITA.



21.   Que da una alegría indescriptible el encontrarte por las escaleras, en los elevadores o los pasillos con tus amigos que están rotando en otros departamentos . Pero solo es un saludo rápido, pues ambos tienen pendientes por hacer.



22.   Que el pasar 12x24 horas de guardia en un mes, son suficientes para conocer a tu equipo. Conocer su forma de trabajar, de ver a los pacientes, lo que les gusta comer, cómo comen, cuánto comen, si siempre tienen “clases”, si son de sueño pesado, si roncan mientras duermen, si tienen una obsesión con el orden o si les gustan las fotos. Como dije, suficiente tiempo.




23.   Que el día después de tu guardia de noche o de 24 horas, ¡NO EXISTE!

24.   Mentira. Siempre tienes clases en tu  descanso.



25.   Que al estar post-guardia cosas como si estás despeinado/a, traes ojeras, hueles a hospital, o tienes hambre, se vuelven superflúas. ¡SOLO QUIERES DORMIR!


26. Así que intenta mantenerte despierto en clases cuando estés post-guardia. ¡Tú puedes!


       .....o no.

27.   Y estando post-guardia tus amigos tienen de a dos: o estás tan drogado de felicidad, o tienes un humor nulo. Nada personal ¡Suerte!



28.   Que aunque no soy foráneo, este es el semestre que más extrañé a mis papás.

29.   Que a veces tomar una decisión arriesgada es lo que mejor pudiste hacer. Porque siempre que se cumple una meta, tienes que ir por la siguiente y no quedarte siempre haciendo lo mismo.

Mis primeros alumnos

30.   A pesar de que he insistido en que ya no formo parte, para mis compañeros de generación siempre “DIME es sinónimo de Montoya, ¿qué rollo?”


31.   Que si el mundo conspira contra ti, basta con que te vean insistir en ir por lo que quieres para que decidan darte una oportunidad.

32.   Que cuando algo se va, siempre llega algo nuevo.

                                           Primer día en Departamento de Microbiología

33.   Que este fue el cumpleaños que más he disfrutado. Pero ya hice otro post (en Facebook) parecido a este, dedicado exclusivamente a ese día.


34.   Que el único beneficio de ser A1 es haber iniciado con las guardias pesadas, antes de iniciar con cualquier examen. Pero repito, el ÚNICO beneficio. ¡El ÚNICO!



35.   Que eres capaz de convertirte en un Robin Hood en busca de material para las curaciones de tus pacientes.

36.   Que no importa si tu doctor de Sala te tupe de preguntas al presentar la historia clínica. Si es buena persona, el paciente siempre te ayudará frente al doctor.

37.   Que SIEMPRE se sienten bien los abrazos post guardia.


38.   Que se siente bonito ver a tus pacientes de rotaciones anteriores y que digan “Cómo no me voy a acordar de ti, si eres el que estuvo conmigo todo el tiempo”.


39.   Que bastó llegar al cuarto con una sonrisa y saludando efusivamente al paciente para que éste cambiara su semblante y se incorporara, devolviendo la sonrisa y respondiendo “estoy muy bien doctor”.

40.   Que SIEMPRE debes usar tus lentes protectores.



41.   Y definitivamente, siempre debes decir cuando te pinchas suturando a un paciente. “De algo me voy a morir” es la excusa más estúpida.

42.   Que en corto tiempo ya te sabrás el menú de la cafetería y por lo tanto, la hora en que ponen lo más rico para comer.


43.   Que cuando tienes guardia pre-examen, la cafetería es la mejor sala de estudio grupal que existe.



44.   Que no importa lo cansado que estés. La vista desde Aulas Nuevas-Nuevas por las mañanas es maravillosa.


45.   Que al terminar la clase de las 7:00am, el recorrido al locker o al hospital puede convertirse en la charla más agradable que tengas con tu mejor amigo.



46.   Por esto mismo, me gustó dejar de ser cyberamigos en este semestre. Éramos amigos en persona. “Charlas post-cirugía”.

47.   Que era un ritual el compartir un café. Sobre todo con mi adicta a la cafeína favorita (¡Marinela!)

.

48.   Que si no manchaste tu pitufo de yeso, no llevaste Trauma. Y si no se te manchó, el residente te salpicará “para que se vea que trabajaste”.

49.   El equivalente a esto en Plástica, es la gloriosa mancha amarilla del furacin en las mangas de tu bata.
      También puede ser sangre...



50.   Que tienes que ir al asta bandera en la azotea del hospital en tus guardias de este semestre.


51.   ¿Había algo llamado Bagre-cueva?



52.   Que por más lejano que parezca el día del final de tus guardias al inicio del semestre, el tiempo se llega rápido.


53.   Que tengo un nuevo sentido de pertenencia.
Posada del Departamento de Microbiología

54.   Que no importa el cansancio, la vigilia, los regaños, las peleas de equipo o el estrés, porque al final, disfrutarás haber pasado por todo esto.


   ¡Infinitas gracias, Semestre de Cirugía!


Por cierto, ya me decidí. Este 4º año se titula Cambio, pero este semestre de Cirugía indiscutiblemente se titula Felicidad.



sábado, 5 de diciembre de 2015

La neuróloga

-Emm… ¿de qué tamaño el yelco? –preguntó el hombre más joven en la sala.

-¡EL MAS GRANDE QUE PUEDAS ENCONTRAR! –le gritó Quentin, desesperado.

El muchacho le entrego en la mano el yelco, a lo que el residente prosiguió clavándoselo en el tórax al hombre que se encontraba en la camilla. Su vida estaba en riesgo.

-Segundo espacio intercostal, línea medio clavicular –repitió, para sí mismo.

Cuando hubo clavado el artefacto, el paciente logró estabilizarse. Quentin dejó escapar un aliento de alivio. Había dejado encargado a su interno de este paciente mientras reanimaba por compresiones torácicas a otra de los pacientes que llegaban a la sala de Urgencias. El joven practicante se descuidó y no fue hasta que el paciente a su cargo dejó de respirar por sí solo y a presentar dilatación de las venas yugulares y coloración azulada del rostro que se dio cuenta que algo iba mal. Neumotórax a tensión. El chico había ido corriendo a avisar a su residente al instante.

-Ya descomprimimos ese neumotórax a tensión, ¿ahora que sigue Richards? –preguntó a su interno, tratando de verse calmado. Estaba furioso con él por haber pasado por alto el incidente. Pero sabía que todos empezaron de la misma manera, así que prosiguió enseñándole.

-Ya es un neumotórax simple. Lo que sigue es poner una sonda en tórax en el quinto espacio intercostal sobre la línea medio axilar. –dijo el muchacho, titubeando. Sabía que lo había estropeado desde el principio.

-¿Estás seguro? –al residente de urgencias, Quentin Blake, no le parecía la inseguridad de su interno.

-Sí. –contestó Richards, ahora con un tono más convincente.

-Perfecto. Ponla tú. No te preocupes, te guiaré.

Al mismo tiempo el residente seguía con la evaluación primaria del paciente. No quería que se pasara por alto alguna otra cosa de nuevo. Quentin era el tipo de residente del que cualquier interno querría aprender. Inteligente, amable, con un temple fascinante y para las chicas (o en este caso también para Richards), un atractivo físico eclipsante.

-¡Eso! ya sólo tienes que suturar la herida para mantener la sonda dentro

La voz grave de su residente ponía nervioso al interno. Y no podía mirarle mucho tiempo sus ojos verdes sin dejarle clavada la mirada. Se concentró en lo que estaba haciendo y empezó a introducir la aguja de sutura en la piel del tórax del paciente.

-¿Pediste a alguien de neuro? –dijo una voz femenina detrás de ellos.

-Sí. Es un masculino de 37 años, quien fue atropellado por un vehículo de carga en movimiento al cruzar la calle. Proyectado 20 metros de distancia desde el punto de impacto. Al arribar al hospital llega con… -Quentin dejó de mirar el monitor de signos vitales y giró su cabeza para ahora sí ver el rostro de la doctora a quien había empezado a exponer el caso.

 Al verla, éste se quedó perplejo al reconocerla. Se veía aún más bella de como la recordaba. En ese instante una secuencia de imágenes del pasado ocuparon su mente. No pudo evitar mostrarle una sonrisa tonta. Ella solía tener ese efecto en él.

Recordó que se encontraba exponiéndole el caso de un paciente para una interconsulta de neurología, a lo que prosiguió dejando los sentimientos encontrados a un lado, relatando:

-Al arribar al hospital llega con una escala de coma de Glasgow de 8. Signos vitales en límites inferiores. Hematoma en región parietal. Laceraciones en cabeza, cara, espalda y pies. Fractura expuesta del fémur izquierdo y crepitación al explorar pelvis. Hace unos minutos presentó neumotórax a tensión, logramos descomprimirlo a tiempo. Acabo de repetir la evaluación primaria y secundaria. Estable, por el momento. Quería que lo revisara alguien de neuro antes de hacerle el FAST.

-De acuerdo, déjame revisarlo.

Mientras la neuróloga hacía su trabajo, Quentin no le quitaba la vista de encima. Se hizo mil y un preguntas del por qué ella se encontraba en el hospital. Habían dejado de verse desde que ella inició la residencia en medicina interna. Él era un año menor que ella, por lo que se quedó un paso atrás mientras ella avanzaba al siguiente nivel.

Le resultaba verdaderamente atractivo que ella terminara siendo neuróloga. Siempre le había admirado que tuviera la misma belleza que inteligencia, ¡y vaya que era inteligente!

Después de terminar de explorar al paciente, la castaña doctora se dirigió hacia Quentin y  el interno Richards.

-No presenta signos de daño neurológico. Aun así me gustaría observar su TAC. –se quitó los guantes y le hizo una seña al interno para que le pasara su tabla para escribir la nota de interconsulta. Se echó el cabello tras su oreja del lado izquierdo y muy concentrada en lo que hacía, empezó a redactar. Quentin estaba maravillado observándole.

En eso, un hombre al que Quentin admiraba, pues era su mentor, hizo su aparición en la sala de urgencias. El doctor Jamie Harper, jefe del Servicio de Urgencias del hospital había llegado de su día de descanso para apoyar con los numerables pacientes que no dejaban de llegar por la tormenta que fuera tomaba lugar.

-Dime qué tienes aquí, Blake. -El doctor Harper conocía el nombre cada uno de sus residentes. Le gustaba ser cercano con sus estudiantes.

Quentin Blake expuso al instante el caso a su profesor. Jamie Harper dirigió la mirada al paciente y en seguida hacia la doctora que se encontraba presente aun.

-Usted debe ser la doctora Carol Rivers, ¿cierto? Su hermano en San Diego me informó de su transferencia a este hospital. He leído sus artículos sobre de casos en urgencias. Espero pueda aprender aquí y desarrollarse como lo hacía en el hospital de su hermano. Nos hace mucha falta doctoras como usted  -hizo un especial énfasis en esta palabra- en su campo. Bienvenida a Urgencias doctora Rivers- le dio un apretón de manos a la chica.

-Muchas gracias doctor, así será. –la chica se sonrojó. Le apenaba que la adularan frente a todos por su trabajo.

El doctor Harper dio media vuelta para seguir supervisando lo que los demás residentes hacían. Dio unos pasos, pero se detuvo como si hubiera olvidado algo. Sin voltearse completamente, sólo giró la cabeza hacia atrás, y exclamó:

-Por cierto Blake, pensé que estando en segundo año de tu residencia de Urgencias ya sabrías el protocolo de atención para un politrauma a la perfección. El FAST se hace antes –alzó la voz en esta palabra- de cualquier interconsulta. Incluso neuro.

Siguió su camino.

Quentin Blake se sintió tan avergonzado. Había quedado mal frente a su jefe, frente a Carol y frente a su interno. No sabía que decir para romper el hielo.

-Quería decírtelo cuando me dijiste que no habías hecho el FAST, pero… -dijo la chica, a manera de disculpa.

-No te preocupes –le tocó el brazo con cariño- gracias por venir. Cuando tenga los resultados de la TAC te llamo. ¡Qué gusto volverte a ver Carol!  –alzó los barrotes de la camilla y quitó el seguro para ponerla a andar -¡vamos a hacer el FAST! –le dijo a su interno.

Y eso fue todo. Quería pedirle que quedaran para tomar un café o algo y ponerse al día el uno con el otro, pero no estaba seguro si ella sentía el afecto que él  le seguía teniendo. Carol Rivers: su primer amor. Aunque ella jamás supo nada, al menos no de su boca. Jamás tuvo el valor de decirle absolutamente nada.

Quentin sabía que esto no era coincidencia. Sabía que había sido el destino quien quiso volverlos a poner en el mismo camino de nuevo…


Música del blog:
Portions for foxes - Cover de Caught a ghost



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