No traía encendido el aire
acondicionado del auto ya que le gustaba sentir el viento en su rostro cuando
viajaba por carretera. Vanessa iba con más prisa que de costumbre, pues
McGinnins, su asistente, había confundido los horarios y había citado antes de
lo previsto al representante de la empresa publicitaria que estaba en
negociaciones de invertir en Industrias Phyffer. <<Otro prepotente con el cual tengo que tratar>> pensó.
110 km/h. Tenía que llegar rápido
o quedaría como una impuntual frente al cliente, cosa que detestaba. No por
nada se había hecho de fama. Siguió pisando el acelerador, se puso los lentes
oscuros y subió el volumen a la música que venía escuchando. La mezcla perfecta
para un viaje en carretera en uno día soleado y seco como aquél. Determinada,
con su cabellera moviéndose conforme el viento y un vestido verde de coctel, la
imponente mujer se dirigía de vuelta a su empresa en Nueva York.
De pronto, un fuerte estruendo se
sintió en el coche, el cuerpo de Vanessa dio contra el volante al mismo tiempo
que ésta pisaba el freno hasta el fondo, presa del pánico. Una vez
terminada la abrupta situación, con las
extremidades superiores temblando, los lentes oscuros pendiendo de una sola
oreja y con una respiración jadeante, intentó abrir la puerta del auto.
Una de las llantas delanteras se
había ponchado, ahora solo el rin sostenía ese punto del coche contra el suelo.
Verificó en su mente y agradeció traer su llanta de refacción, pero maldijo al
mismo tiempo ya que no contaba con el equipo necesario para desmontar e
instalar las llantas. Supo de inmediato que la situación se volvía peor, pues
empezaba a salir humo del cofre. <<Genial.
Estupendamente genial>>.
Trataba de sentirse airosa por
haber salido íntegra físicamente de aquel percance, pero no podía evitar
sentirse furiosa con la vida por lo mal que le estaba yendo desde el inicio del
día. Sacó su móvil del bolso y se percató de que la señal telefónica no llegaba
a ese punto, por lo que sus esperanzas de llegar a cerrar el trato con el
inversionista se iban esfumando rápidamente. Si no se cerraba el trato este
día, Industrias Phyffer perdería
mucho dinero.
Volvió al asiento del auto, se
quitó los tacones y abrió su botella de agua. Cabizbaja y con gotas de sudor en
la frente, empezó a pensar en mil y un formas de asesinar a McGinnins.
Había pasado una hora cuando a lo
lejos, vio acercase un convertible en la misma dirección que venía ella. Se
puso de pie, y empezó a hacer señas para que el conductor se detuviera. Figuró
en su mente la imagen que debería estar viendo el conductor y se sintió
ridícula. Al parecer la formidable dueña de Industrias Phyffer sentía su
dignidad caer.
El conductor se detuvo y aparcó
justo detrás del averiado coche. Un hombre alto (no tan alto como lo era su
antiguo amante Charlie) bajó del convertible y se dirigió hacia ella. Al
principio Vanessa no podía ver bien el rostro del hombre, pues la luz del sol
lo opacaba, incluso él tenía que entrecerrar un ojo y cubrirse con la mano los
rayos del sol para poder apreciar a la bella mujer que tenía delante suyo. Una
vez cercanos lo suficiente uno del otro, ella se percató del atractivo hombre
que había tenido la suerte de encontrarse. El cabello castaño claro y la barba
y el bigote hacían resaltar sus grises ojos. La sonrisa le iba a juego con esas
líneas en la frente que se le marcaban. Unos 35 años, calculó ella.<< ¡Concéntrate Vanessa! >> se dijo
para sí.
El hombre le extendió la mano y
dijo:
-Cole Parks ¿En qué puedo
ayudarle señorita?
Vanessa se sorprendió de la
formalidad del tipo.
-Vanessa Phyffer. Como ve, a mi
auto se le ha ponchado una llanta. Tengo la de refacción en el maletero pero no
el equipo para cambiarla –se sintió boba ante aquél descuido- también empezó a
salir humo del cofre.
-Venía a muy alta velocidad, ¿no
es así? –fue a inspeccionar la llanta.
-Tenía que llegar a esta reunión
de negocios en Nueva York. Al parecer ya no lo haré –dijo ella, desesperanzada.
-En mi auto tengo lo que necesito
para cambiar la llanta. Y por lo visto, su coche se sobre calentó debido a la
velocidad que iba, solo es cuestión de esperar, aunque si así lo prefiere,
puedo llevarla hasta la ciudad, yo también me dirijo hacia allá.
-Muchas gracias, pero en realidad
quisiera reparar el auto, no tendría confianza dejarlo aquí solo.
-Entiendo. Muy bien, ya vuelvo
con las cosas. –dijo Cole, con una sonrisa que Vanessa sintió sincera.
Algo tenía el Cole que le llamaba
mucho la atención a Vanessa. Su físico no podía ser, pues en su vida como mujer
de negocios había tratado con hombres lo suficientemente atractivos aunque
patanes. <<El poder del
dinero>>, pensó. Pero no, tal vez era su amabilidad, nadie en estos
días se detendría en la carretera a ayudar a otro vehículo, ni mucho menos a
ofrecerse a cambiar él mismo la llanta, y aún mejor, con una actitud positiva
como la de él, incluso con el tono un poco cortante de ella, su tono habitual.
-¡Aquí está! En un instante
quedará como nuevo.
Había vuelto sin el saco que
traía puesto ni la corbata, con la camisa blanca remangada y los primeros tres
botones desabrochados, el calor arreciaba. Vanessa se sintió un poco mal pues
al parecer por su vestimenta formal, él también iba a un lugar importante.
-Ya que me estás ayudando,
deberíamos por lo menos hablarnos de tú.
Me siento incómoda de otra manera.
-Muy bien Vanessa. ¿Y… -pujó un
poco para acomodar el gato en su lugar- como la llevas? Sonaste algo irritada
cuando llegué –empezó a desatornillar el rin. ¿Te encuentras bien?
-Ya lo dije, tengo que llegar a
esta estúpida reunión de negocios que mi ineficiente asistente programo más
temprano de lo debido y… -se dio cuenta que sonaba como una total perra. –Lo
siento, ni siquiera te conozco y ya me estoy desahogando contigo.
-No te preocupes. Además, me es
divertido escucharte de tus problemas –hizo
una especial entonación en esa última palabra.
-¿Disculpa? ¿Crees que estoy
sobreactuando?
-Algo así –alzó la mirada hacia
ella, esbozando una sonrisa burlona. –todos tenemos nuestras cosas, por lo que
veo eres alguien que siempre se queja mucho, de problemas no tan grandes.
-Oh, y ¿qué cosas acongojan a Cole Parks? –empezaba a molestarse.
-Hace tres días descubrí que mi
esposa se tiraba al vecino de enfrente –bajó la mirada, prosiguiendo con el cambio
de llanta.
Hubo una pausa.
-Ah…yo no quería…
-Todo está bien Vanessa, no
tienes por qué preocuparte. Además, yo empecé.
-Tienes razón.
-Eres muy directa, supongo ya te
lo han dicho –a Cole le comenzaba a agradar esta mujer.
-Suelo serlo, solo que
generalmente marco mi raya con personas desconocidas, perdón.
-Pues –dio el último giro al
tornillo que le quedaba –podemos dejar de ser desconocidos –la miró de una
manera extraña para Vanessa, como si sus grises ojos conectaran con los de ella.
Acto seguido Cole se dirigió al cofre del auto donde apoyó sus puños cerrados y
se inclinó hacia ella. Seguía mirándola de esa forma extraña, que empezó a incomodarla.
-¿Qué hay con el cofre? –cortó de
inmediato.
-Intenta encender el auto. Al
parecer ya se enfrío todo aquí.
No sabía si se refería al cofre,
o a la situación. O a ambas. Giró la llave, puso el cambio, pisó los pedales.
Nada. Lo volvió a intentar. Aún nada.
-Mmm –abrió el cofre y echó un
vistazo, no encontró ninguna irregularidad por más que puso atención –no sé qué
es lo que pasa –puso cara de duda. Se dio cuenta que Vanessa no le creía. –¡es en
serio!
Vanessa se puso de pie y fue
hasta donde estaba Cole a echar un vistazo.
-Está rota esa cosa. ¡Ahí! –señaló
ella con el dedo.
-No, eso es normal.
-¿Cómo lo sabes?
-¿Cómo tú no lo sabes?
La mujer puso cara de pocos
amigos. Le estaba empezando a disgustar aquél hombre.
-Lo mejor será que te de un
aventón hacia allá, si es que no te quieres perder tu cita. En cuanto llegues
puedes mandar a una grúa por el coche ya que aquí no hay recepción de señal.
-Qué más da la cita. No quiero
quedarme aquí de noche. Supongo que acepto tu oferta.
Cole hizo un ademán guiándola a
su convertible. Ella tomó su bolso, las llaves del auto y sus papeles de la
guantera. Resignada, Vanessa tomó asiento y avanzaron.
Con el paso de los kilómetros,
Cole y Vanessa se fueron conociendo el uno al otro. Resultaba difícil creer que
dos personas contaran sobre su vida a alguien a quien acababan de conocer, pero
ambos de alguna forma sabían que podían confiar en el otro, la conexión que
hubo entre ellos fue instantánea.
Cole le contó a detalle cómo
encontró a su esposa y su vecino juntos en su cama, cómo admitieron sínicamente
haberlo hecho ya desde hacía meses, cómo se había embriagado la noche que se
enteró debido al dolor que sentía y cómo había tomado la primera oportunidad que se le
presentó para huir de su ciudad hacia donde sea que fuese.
-Siempre he tratado de ver lo mejor
de las personas. Es difícil cuando de pronto, a pesar de lo bueno que intentas
ver, lo único que te demuestran es…mierda.
A su vez, Vanessa le contó de su
solitaria vida. No tenía ningún familiar vivo, su padre quién era la única
persona que le quedaba murió, dejándola desde muy joven a cargo de su empresa,
una de las más influyentes en Nueva York. Su vida había sido desde entonces,
expuesta a la mirada de muchos. Un sólo error,
y basta para derrumbar el legado de tu padre. Por esto, en su vida no
estaban permitidos los errores. Había olvidado la última vez que hizo algo sólo
porque quiso, la última vez que se arriesgó a lo desconocido, la última vez que
se abrió con alguien, así como lo estaba haciendo en ese momento con Cole.
-Tienes permitido perder el control…una
vez al menos, Vanessa.
La mujer mantenía la mirada fija
en el camino, en su cabeza resonaba esa última frase.
La ciudad se fue avistando, ambos
personajes ahora reían a carcajadas de las situaciones más vergonzosas y
cómicas por las que habían pasado en su vida. Llegaron a la avenida donde se
encontraba el edificio de Industrias Phyffer. El auto se detuvo. Cole le volvió
a lanzar esa mirada penetrante a Vanessa, quien también le sostenía la mirada.
Pasaron unos minutos.
-¿Qué?
-Voy a besarte.
-¿De qué hablas? No puedes
decirle a alguien…
Cole le tomó con su mano
izquierda el cuello, cuidando su nuca. Se acercó lentamente, y cuando estuvo lo
suficientemente cerca de su rostro le plantó un beso del que Vanessa no pudo
escapar…o no quiso escapar. Tienes permitido perder el control…una vez al menos.
Cuando terminaron, ella se
sonrojó y tomó sus cosas lo más rápido que pudo. El, tenía en su rostro una
sonrisa satisfactoria. Ambos bajaron del auto.
-Gracias, por todo –dijo algo
apenada la mujer. El sólo asintió. –Con todo esto, olvidé por completo llamar
al cliente con el que quede de verme para disculpar mi ausencia.
Vanessa marcó el número que le había
proporcionado su asistente. Espero a que la línea entrara. De pronto, el móvil
en el bolsillo de Cole empezó a sonar a mismo tiempo. El hombre, aceptando que
lo había descubierto respondió la llamada.
-Cole Parks, representante de Maxwell View, a sus órdenes.
Vanessa estaba anonadada.
-En mi defensa…nunca preguntaste
a qué me dedicaba –hizo una mirada de culpabilidad.
Entraron al edificio para firmar
los papeles del contrato que tenían acordado, conversaron un poco más y cuando
se hubo puesto el sol, Cole se despidió.
-Entonces, esa boda de la que
platicaste…de tu amiga Rosie…¿ya tienes pareja?
-¿Es en serio? –dijo un poco molesta.
-Oye, al menos lo intenté –haciendo
un ademán de excusa, algo gracioso.
Cole llamó al elevador. Las
puertas se abrieron, el hombre viró hacia Vanessa y dijo:
-Sabes…Nueva York parece un buen
lugar para empezar de cero. –Se introdujo en el elevador.
-¡Veinticinco de mayo! Ese día se
casa mi amiga. –gritó Vanessa, antes de que se cerraran las puertas.
Cole sonrió y asintió.
-Veinticinco de mayo –contestó el hombre.
Entradas relacionadas:
Wow, Roberto, estaba a punto de comentar: y que paso con Rosie y Jamie!! … okei, este tipo de encuentros me encantan!! Y espero ver mas de Cole en la historia. Su mirada penetrante hasta a mi me emociono :B
ResponderEliminar#TeamCole.
*esperando con ansias la siguiente historia*
(Lo siento por la presion pero asi somos las fans hahaha)