A pesar de ser noviembre, el
clima le daba la impresión a Rosie de estar en un caluroso día de verano. Los niños
estaban fuera en el patio trasero jugando con su cuñado Eliot. Habían improvisado
un campo de béisbol (el juego favorito de su esposo, de su cuñado y ahora de
sus hijos) y los niños le enseñaban a su joven tío sus mejores lanzamientos.
Mirándolos desde la ventana de la
cocina se encontraba la mujer de cabello cobrizo a la cual los años parecían no haberle pasado
encima del todo. Se veía como cualquier mujer que ha parido y críado a dos
hijos claro, pero aun así su belleza era admirable. Al menos eso pensó la chica
que tenía detrás suyo, sentada a la barra del desayunador.
-Es muy bueno que vengan a
visitarnos, los niños extrañan mucho a su tío –dijo Rosie, a la vez que dirigió su mirada a la ventana
de nuevo. –En verdad se lleva muy bien con ellos, tienes suerte querida, te
encontraste a uno de los buenos.
La chica se sintió incómoda con
el comentario, pues lo último que tenía planeado al momento era casarse o tener
hijos. Rosie notó el efecto de sus palabras, a lo que prosiguió:
-Oh dios, no me malentiendas. Sé
que tu y Eliot se conocieron en la universidad el semestre pasado y…
Afortunadamente para ambas, Jamie
el esposo de Rosie llegó a casa. Portaba aún el uniforme clínico color verde esmeralda a juego con unos tenis manchados con gotas de sangre seca. El hombre le dio un
fuerte y rápido beso en los labios a su esposa y después se dirigió hacia la
chica sentada en la cocina.
-Jamie Harper, mucho gusto. –le
extendió la mano a la joven, con una sonrisa en el rostro.
-Heidi Alpert, el gusto es mío
señor. –la chica notó los amables ojos del doctor, en verdad irradiaba bondad
como le había descrito Eliot. Cayó en cuenta que se había quedado mirándole a
los ojos, y rápido desvió la mirada, apenada.
-Siéntete como en casa, ¿ya
conociste a los chicos? ¡Que ni siquiera han venido a saludarme! –gritó ésta
última frase en un tono burlón.
Acto seguido, dos individuos
pequeños franquearon la puerta trasera de la cocina y corrieron a abrazar a su
padre. Reed, con el cabello cobrizo como el de su madre y con 8 años de edad le
llegaba ya a la cintura a su alto padre, y Carson, de 5 años era la viva imagen del doctor Harper, incluso había heredado los mismos ojos color miel de él y el
cabello castaño.
Detrás de los chicos venía un
joven de cabello grueso y arremolinado, moreno y delgado. Se había quedado
parado observando la adorable escena de sus sobrinos y su hermano, deseando
poder algún día tener la hermosa familia que Jamie tenía. Se daba cuenta que a
pesar de su agobiante trabajo como Jefe del Servicio de Urgencias en el
Hospital General, su hermano tenía todo el cariño y la paciencia disponibles
para tratar con esos pequeños diablillos y ser el padre y esposo amoroso que
tanto admiraba.
No se veían muy seguido, pues sus
estudios en Stanford mantenían alejado a Eliot de su familia durante todo el
semestre. Sólo en vacaciones y en fechas importantes como ésta, el día de
acción de gracias llegaba a ver a su hermano mayor y a sus padres.
Se percató que a diferencia de su cuñada Rosie, a sus 36 años Jamie Harper se veía incluso mayor. Con arrugas cada vez más notables cerca de sus ojos y en la frente, ojeras producto de las noches de vigilia en el hospital, los lentes que había tenido que usar de tiempo completo desde los 30 años y esa barba de tres días que solía caracterizarle desde hace mucho. El urgenciólogo cayó en cuenta de que su hermano le observaba y avanzó hacía él, soltando una enorme carcajada de felicidad y dándole un fuerte y cálido abrazo a su hermano menor.
Se percató que a diferencia de su cuñada Rosie, a sus 36 años Jamie Harper se veía incluso mayor. Con arrugas cada vez más notables cerca de sus ojos y en la frente, ojeras producto de las noches de vigilia en el hospital, los lentes que había tenido que usar de tiempo completo desde los 30 años y esa barba de tres días que solía caracterizarle desde hace mucho. El urgenciólogo cayó en cuenta de que su hermano le observaba y avanzó hacía él, soltando una enorme carcajada de felicidad y dándole un fuerte y cálido abrazo a su hermano menor.
_______________________________________________________________________
Mientras tanto, en la carretera
rumbo al pueblo Dan y su novia escuchaban felices la radio y cantaban juntos a
grito abierto esa canción de rock que tanto les gustaba. Daniel iba al volante,
y además de ver el camino con árboles alzándose al costado, disfrutaba de ver a
la bella chica que venía en el asiento del copiloto. La había conocido cuando
más necesitaba de alguien, pues pasaba por un momento difícil en su vida y se
encontraba viviendo solo en la gran ciudad de San Francisco, después de haber
dejado todo atrás en Nueva York. Su nombre, Olive. O como a Dan le gusta
decirle, el amor de su vida.
Quitó una mano del volante en
busca de la mano su novia. Entrelazaron sus dedos con delicadeza. Dan volvió a
contarle con entusiasmo cómo era toda la familia que en unos momentos más
conocería Olive, le contó su anterior
vida en el pueblo, le contó de sus padres, de sus hermanos mayores, sus amigos
de sus lindos sobrinos y anécdotas que tenía de las aventuras que tuvo cuando joven
en dicho pueblo.
_________________________________________________________________________
La tarde caía, y los que habían
llegado ya se habían trasladado al patio trasero donde habían acomodado varias
mesas juntas a lo largo para formar una sola donde en unas horas se reunirían
todos para disfrutar de la cena de acción de gracias.
Los niños y algunos de los
adultos jugaban una reñida partida de futbol en el verde césped. De un lado del
campo de juego estaban Jamie y Gabriel guiando a Reed y a Alby (hijo de Gabriel
y Parker) en una emocionante táctica contra el equipo de Charlie y Eliot quienes
guiaban a Carson y Andrew, éste último hijo de Charlie y Carter. Padres e hijos
se divertían en el juego, se podría decir que más los padres que los niños,
pues era la primera vez en mucho tiempo que se reunían todos.
Dentro de la casa Parker
conversaba con la ahora abuela Harper, la madre de Jamie y Eliot, sobre recetas
de pavos ahumados y ganso al horno. Fuera, preparando la ensalada y demás
entradas se encontraban Heidi, Rosie junto a sus amigas de siempre: Carter y Hailey.
Las chicas se ponían al tanto de sus vidas, intercambiando historias de trabajo, de sus hijos y demás.
Los chicos acababan de anotar el
último touchdown del partido. El equipo ganador celebraba entre vítores mientras que el perdedor abucheaba graciosamente. Al instante vieron que más
invitados llegaban al patio trasero y todos los niños corrieron a saludar. Se
trataban de Dan y su novia quienes se habían encontrado en la puerta a Jessica con
su esposo y pequeña hija.
Había sido un poco incómodo para Daniel y Jessica el
encontrase ahí con sus respectivas parejas, pues en el
pasado ellos habían sido novios, pero las cosas no terminaron nada bien cuando
ella decidió dejarlo e irse a vivir con sus padres al otro lado del mundo. En
fin, los años habían transcurrido y a pesar de jamás haber vuelto a hablar
desde ese entonces, ambos entendían que ya eran adultos y que cada quien había
hecho su vida en un camino diferente.
Jamie avanzó con todo su júbilo
al ver a su hermana Jessica, levantándola del suelo al darle un apretado abrazo y un
cariñoso beso en la mejilla. Cuando se dio cuenta, trató de volver en cordura y
saludó a su elegante cuñado, un rubio con demasiada gomina en el cabello y que era
aún más alto que él, casi del tamaño de Charlie. En seguida se puso en
cuclillas para decirle hola a su pequeña sobrina, una linda niña de 3 años, rubia como
su padre y con unas coletas y un overol que la hacían ver aún más tierna de lo
que ya era.
-¿A quién tenemos aquí? –Jamie
hizo ese tono de voz que hacía cuando hablaba con los bebés.
La pequeña niña se escondió tras
su padre, asomando sólo la cabeza tratando de identificar al hombre que le
había hablado.
-Vamos mi vida, dile cómo te
llamas a tu tío. –le dijo su madre.
-Sammy. –dijo la niña con voz
temerosa. Aún seguía tras su padre.
-Hola Sammy, yo me llamo Jamie.
Soy tu tío –Jamie le regaló la sonrisa más fiel que pudo. –¿me quieres dar un
abrazo?
La niña titubeó, pero empezó a
avanzar poco a poco hasta donde estaba su tío aún en cuclillas. Extendió sus
rechonchos brazos y le regaló un abrazo.
-¡Eso! Ven linda, ¿quieres
conocer a tu tía y a tus primos?
Del otro lado del patio, otro
reencuentro tomaba lugar.
-¡Vaya! ¡Te llegaron los años
enano! –el enorme Charlie chocó con fuerza la palma de su hermano Dan y en
seguida lo abrazó, dándole unas fuertes palmadas en la espalda.
Desde hacía años que su relación
había aflorado, desde aquella vez en el aeropuerto en navidad. Charlie era el único de la familia con quien Daniel se comunicaba seguido desde San
Francisco. Tenían muchas cosas en común, y en cierto modo, Charlie era el único
que lo entendía. Daniel le presentó a su novia Olive y Charlie no perdió la oportunidad
para dejar en vergüenza a su hermano menor con un recuerdo tonto de cuando eran
niños. En instantes, llegó Rosie a saludarlos, sintiéndose realizada de por fin
tener en sus brazos a sus dos hermanos.
-Mamá y papá llegarán pronto
chicos. Estoy segura que van a amar verlos a ambos. Vamos, pónganse cómodos.
En eso, otro hombre llegaba a la reunión, un tanto despistado pues no creyó que habría tanta gente allí. Se detuvo en seco para ubicar a su colega del hospital quien amistosamente lo había invitado a la cena. Vio al doctor Harper, su Jefe de Urgencias o Jamie, como le había pedido éste que le llamase, saludando a una pequeña niña. De pronto sintió la mirada de todos -más bien, de todas- sobre sí.
Alto, con un cuerpo trabajado resultado de horas en el gimnasio, una estructura craneal perfecta y de un cabello rubio muy corto, Quentin Lane estaba acostumbrado a recibir la atención de las mujeres, solo que en ese momento deseaba no ser el centro de atención. No conocía a nadie más que a los anfitriones.
El doctor Harper se percató de la llegada de su colega, y caminó justo hacia él dándole la bienvenida.
-¡Hey, Quentin! Pasa, te estábamos esperando -le dio la mano y caminó con el rodeándole la espalda con su brazo.
Se le acercó al oído y en voz baja, exclamó:
-Ya llegó la amiga de la que te hablé, ven te la presentaré.
El reloj daba casi daba las 7:00 pm y la señora Harper se había detenido en la sala de la casa en su camino en
busca de la cámara fotográfica. Admiraba una fotografía enmarcada donde salían
ella y su esposo junto a su hijo Jamie en su cumpleaños número nueve.
Rememoró perfectamente ese día, era el primero que pasaba el chico con sus padres
adoptivos. Ella quería que fuera algo memorable por lo que invitó a toda la
clase de Jamie a la fiesta y le hizo ese enorme pastel de relleno de fresa y
granada cubierto con crema de mantequilla con queso. Se había sentido orgullosa
de su trabajo hasta que accidentalmente el pastel cayó de la tabla de la
cocina. Recordó ver los ojos llenarse de lágrimas de su pequeño, pero ella lo tranquilizó
diciéndole que lo arreglaría, y así fue.
Tras ella escuchó los pasos de
alguien. Volteó y vio a Eliot. Ya no era el chico inseguro que llegó a casa a
los 16 años. Ahora era un hombre, a punto de graduarse en Stanford y con el
mejor de los caminos por delante.
-No lo entiendo mamá… ¿esa mujer,
Jessica es hermana de Jamie?
-Así es hijo, ambos tenían los
mismos padres, solo que cuando los dieron en adopción fueron separados. Un
destino muy común en hermanos huérfanos. Se separaron y no supieron uno del
otro hasta que cuando Jamie estaba en preparatoria Rosie le ayudó a encontrarla. Jessica volvió a su vida durante unos años, pero después se mudó con su familia al
otro lado del mundo -suspiró, y siguió mirando la fotografía-. No se ven muy seguido, y sólo en raras ocasiones se hacen
llamadas telefónicas. Aun así, Jamie le tiene un gran afecto.
-Desearía que Jamie me lo hubiése dicho. Siento que aún no lo conozco del todo. –contempló a su mamá con una
mirada confundida.
-¡Oh hijo! sabes que él te
quiere, es sólo que…
-¿Solo que qué? –Jamie acababa de
llegar a la habitación.
-Nada. –respondió Eliot. –Vine a
llevar a mamá para que se una con nosotros. El señor McCall está contando otra
de sus aventuras en la milicia.
-Sí hijo, es sólo que me detuve a
ver esta foto.
Ambos hijos comprendieron que
mamá se había puesto a recordar a papá con aquella fotografía. Pensaba en él
muy seguido.
-Mamá... –dijo Jamie en un tono
más que un susurro. Se acercó y rodeo con sus brazos a la mujer, frotándolos en
su cuerpo en simbolismo de calidez. –Ya pasó un año y medio desde que papá falleció. Sabes, tu cuarto sigue aquí, ¡ven con nosotros! no me gusta
que estés sola. Eliot solo puede estar contigo en las vacaciones por la
universidad y aunque nosotros tratamos de visitarte lo más que podemos, no es
lo mismo.
-Hijo, no me puedo ir de casa. Es
nuestra casa, ¿no entiendes? He
echado raíces ahí. No me da miedo quedarme sola. Es parte del ciclo. Te casas,
compras una casa, tienes niños, envejeces y ves lo suficiente como para darte
cuenta que esos niños ya son unos adultos y que tienen que ir fuera a enfrentar
el mundo y a echar sus propias raíces con su propia familiar. Es lo que hice,
es lo que estás haciendo y es lo que hará Eliot. Además aún tengo a Delta
conmigo –la señora Harper sonrió al imaginar qué estaría haciendo esa labrador sola en casa. –Ahora ven Eliot y únete al abrazo.
La noche cayó, se sentía una
brisa agradablemente fresca. Las estrellas iluminaban el manto oscuro del cielo
bajo el cual se encontraban todos. La luna había dejado su escondite detrás de
las nubes para adornar la celebración. Jamie Harper tenía los ojos clavados en
el firmamento. Acababa de colgar al teléfono con su amigo de la universidad, Clayton, quien no había podido asistir al festejo pero aún así no podía dejar pasar la fecha para saludar a su viejo amigo Jamie.
Todos lo llamaron a la mesa, pues querían que inaugurara la gran cena con algunas palabras.
Todos lo llamaron a la mesa, pues querían que inaugurara la gran cena con algunas palabras.
Dio vuelta a su mirada y sus
ojos color miel vieron la imagen más preciada que pudo capturar. La gran mesa,
cubierta de manteles blancos se encontraba rebosante de comida. Dos grandes
pavos bañados en la salsa secreta de Parker ornamentados con frutos y hierbas.
Complementándolos, diversos tazones y platos de puré, pastas, ensaladas, pan
recién horneado y demás recetas de Parker que Jamie era incapaz de pronunciar.
Con las copas llenas de vino tinto y los platos vacíos esperando llenarse, los
efusivos rostros de los asistentes se iluminaban con las velas dispuestas en la
mesa. Jamie deseó tomar una fotografía de ese encuadre pero decidió atesorarla
de una manera más sencilla, en su memoria.
De pronto, en su cabeza rememoró
la letra de aquella entrañable canción que el mundo entero escuchaba al mismo
tiempo en un día del año en particular. Del poema escrito por Robert Burns, la
canción patrimonio cultural era tocada en momentos solemnes, como aquellos en
los que se inicia o acaba un viaje. Justamente, este momento le pareció a Jamie
digno de relacionar con la letra de la canción.
<< ¿Deberían olvidarse las viejas amistades y nunca recordarse?>>
Todos sus seres queridos se
encontraban allí. Le habían guardado el asiento de la cabecera. A su lado se
encontraban dos de las mujeres que amaba más en el mundo. A su derecha, su
bella esposa Rosie enviando miradas de advertencia al pequeño Carson que jugaba
con los cubiertos, mientras que a su izquierda estaba su madre, la señora
Harper, observando al hombre de familia en que se había convertido su hijo. En seguida
Gabriel y Parker tomados de la mano le recordaban al urgenciólogo lo indistinto
que era el amor y que dos hombres pueden ser tan buenos padres como un hombre y una mujer.
<< ¿Deberían olvidarse las viejas amistades y los viejos tiempos?>>
Ver a Charlie rodeándole con el
brazo a su esposa Carter era una prueba de que incluso aquel tan perdido en su
vida puede encontrar a la persona que le recuerde lo valioso de ésta. Carter
había sido todos estos años desde la universidad, el equivalente de amiga leal
y fiel para Rosie que Gabriel había sido para Jamie desde siempre.
<<Por los viejos tiempos, amigo mío, por los viejos tiempos.
Tomaremos una copa por los viejos tiempos >>
Se sentía feliz de que Dan haya
vuelto a casa para ver a su familia. Había estado en un camino oscuro todos
estos años, pero al parecer Olive lo había sacado de esa oscuridad. Así mismo Hailey, una
vieja amiga, había vuelto a sus vidas desde que regresaron al
pueblo demostrando que si una amistad en verdad es valorada harás lo que sea
por enmendar un error y recuperarla. `
La chica parecía estarse entendiendo muy bien con el apuesto Quentin.
La chica parecía estarse entendiendo muy bien con el apuesto Quentin.
<<…pero hemos errado mucho con los pies adoloridos desde viejos
tiempos>>
Incluso Vanessa Phyffer de quien
nadie se esperaba el gran cambio de perspectiva de vida que tuvo después de
conocer al que ahora es su esposo, le había enseñado a sus amigos que incluso
aquel que ha vivido rodeado de muros toda su vida, es capaz de derrumbarlos por
la persona adecuada. Ella y Cole se encontraban en espera de su primer hijo.
<<Los dos hemos correteado por las laderas y recogido las
hermosas margaritas>>
El señor y la señora McCall, los
padres de Rosie, Charlie y Daniel eran tan tiernos. Su amor por su familia era tan
grande. Llenos de dicha estaban al ver después de años a sus tres hijos
reunidos con ellos, incluso ahora eran abuelos de tres niños maravillosos.
<<Los dos hemos vadeado la corriente desde el mediodía hasta la
cena…>>
Y entonces vio a sus dos hermanos menores. Eliot quien había llegado a la familia hace diez años, de alguna manera convirtió a Jamie en el hombre de familia que ahora es. Y Jessica, su hermana biológica a quien había tenido la fortuna de reencontrar. Habían hecho sus vidas separados uno del otro en diferentes familias y ahora en diferentes países pero aun así, ambos sabían que donde sea que estuviesen, tenían el amor de hermanos que los unía.
<<…pero anchos mares han rugido entre nosotros, desde los viejos
tiempos>>
Veía lo mejor de todos, pero
sabía que eran los defectos, las tormentas y las batallas perdidas lo que había
hecho tan fuerte a las personas que tenía frente suyo, eso es lo que le enseñó
su padre en vida y lo que admiraba de todos ellos. Sabía que si los problemas
se presentaban, tenía a toda esta gente para apoyarse en sí, como siempre lo
han hecho. Porque a lo largo de su vida, se había dado cuenta que no sólo es familia
aquél con quien se comparte material genético, es aquél con quien se decide
pasar los días de su vida.
<<Y he aquí una mano, mi fiel amigo, dános una de tus manos, y
¡echemos un trago de cerveza por los viejos tiempos! >>

No hay comentarios:
Publicar un comentario