domingo, 26 de julio de 2015

Música del blog: Volumen 3

A mi parecer, toda historia bien contada requiere de música que la enriquezca. Muchas veces, el drama, el amor, la felicidad, la tristeza, la furia requieren de canciones sonando de fondo para hacernos llegar estos sentimientos. Aquí una lista de canciones que a mi perspectiva encajan perfecto con algunas escenas de las entradas publicadas "Bienvenido al campus parte 2" y "La noche en New Haven".

La noche en New Haven

1. Rosie acude donde Gabriel para ayudarlo a prepararse a su cita con Alex. Entre cambios de ropa, nerviosismo y confusión, encontramos "Tell him" de Linda Rondstadt perfecta para la situación.



2. Alex y Gabriel recorren las calles de New Haven deteniendose en los edificios más impresionantes para sacarse fotografías. La divertida secuencia es acompañada con "Over and over" de Smallpools.



3. La última parada del recorrido es la casa del faro. Gabriel sorprendido por todo lo planeado por Alex mira de una manera distinta a su cita mientras se sube al carrusel y éste le invita a subirse con él. ¿Será el inicio de algo entre los dos? "Crystals" de Of monsters and men suena de fondo




Bienvenido al campus, parte 2

1. Gabriel y Rosie llegan a la fiesta de bienvenida en el campus de Yale. Cientos de estudiantes reunidos disfrutando de la música, del alcohol y de la noche. Suena "The Time" de Black Eyed Peas en ese momento.

2. El misterioso chico aborda a Gabriel mientras va por cerveza. Mientras que Rosie y Dough advierten la mirada recelosa de Carter Hamilton a unos metros. Con la tensión en el ambiente entre los chicos, escuchamos a Tristan Prettyman con "My oh my". 



viernes, 17 de julio de 2015

La noche en New Haven

Sentía transpirar bajo su camisa verde, aquella que hacía juego con sus ojos. Trató de llevarla con calma durante todo el día, pero hace unos minutos empezó a ponerse nervioso respecto a lo que se venía en unas horas.

Su amiga Rosie estaba con él en su habitación, la 17-A del edificio Lawrence, ayudándole a afrontar la situación.

-He hecho esto antes, es decir, he tenido citas…con chicas. Solía recurrir a Jamie para estas cosas (no es muy bueno en el tema, pero al menos lo intentaba) pero ahora que… <<que descubrí que en verdad me gustan los chicos>> bueno, ya sabes.

-No te agobies, aquí me tienes. Entonces ¿dices que este es el mismo chico de la fiesta de bienvenida? Alex. Pensé que lo estabas ignorando desde entones.

-¡Así fue! Sabes que no quiero pasar por todo el drama del año pasado otra vez…

-Aquella situación era totalmente diferente Gabriel –le dijo mientras le acomodaba el cuello de la camisa.

-Está bien, está bien. Aun así, lo evité lo más que pude estas últimas semanas, pero coincidimos en el mismo piso durante clase y en veces insistentemente me abordaba.

-Pues si yo fuera tú (y si no tuviese novio, claro), hubiera aceptado salir con él a la primera, ¡¿Qué no lo has visto?!

Gabriel trató de borrar de su mente el gesto que había hecho su amiga.

-De hecho puedes. Es bisexual –se aplicó gomina en el cabello –y tiene una gran reputación en el campus… si sabes a lo que me refiero. ¿La barba está bien?

-Te ves mejor sin ella, a mi parecer –percibió la mirada asesina de su amigo. Debió decirle eso antes de que se cambiara.

-Bien bien, todo está bien –suspiró –solo es una cita, como muchas que he tenido antes <<sólo que con mujeres>>. ¡¿Por qué rayos es tan atractivo?!

Estaba seguro que lo arruinaría todo. La única experiencia que tenía con otro hombre le había dejado un mal recuerdo. No por él, Desmond fue como un faro para su barco. Le estaba agradecido inmensamente por todo lo que le hizo madurar. Verse auténtico. Sentirse libre. Ser valiente. Los padres de Gabriel por otro lado…no tomaron muy bien la noticia. Y Desmond resultó afectado. Gabriel siempre se preguntaba si aquél chico se recuperó del todo de la brutal golpiza que le brindó su padre <<su rostro y costillas tal vez, pero su orgullo no lo creo>>. Era una lástima que jamás quiso contactarse con Gabriel después.

Y aquí estaba. 4 meses después, en un lugar diferente del país, esperando su cita con un chico diferente, pero aun así, se sentía como el mismo Gabriel inexperto que salió por primera vez con otro hombre.
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Estaba en una banca fuera del gran edificio de la biblioteca central, el punto medio entre la Casa Alfa Phi Alfa, hogar de Alex y el Edificio Lawrence. Bajo la luz del farol que se encontraba a un costado de la banca donde estaba sentado, Gabriel aguardó la llegada del chico. Faltaban unos 33 minutos para la hora acordada.

Repasaba en voz alta una y otra vez lo que iba a decir. Realmente estaba nervioso. Sentía un ligero aire colarse por su camisa. El otoño estaba llegando a su punto álgido.

-Creo que es muy dulce lo que estás haciendo.

Exclamó una viril voz. Gabriel saltó de un respingo y giró su cuello a la izquierda donde Alex se encontraba recargado en el respaldo de la banca.

Sonrojado, Gabriel articuló con dificultad un hola.

-¿Llevas mucho esperando? Perdón, pero los Alfa Phi no me dejaban irme de su fiesta. Sábado por la noche, tú sabes.

-No, acabo de llegar –mintió. –Entonces… ¿cuál es el plan que tiene Alex Cooper para esta noche?

-Hoy Gabriel, conocerás el lado nocturno de New Haven. Soy local, no sé si lo sabías. He vivido toda mi vida en esta ciudad.

-Vaya, no sabía. Oye...entonces si eres local, ¿por qué vives en el campus con los Alfa Phi? –empezaron a caminar hacia al oriente, rumbo a la salida del campus.

-Bueno, es que es mucho más interesante estar aquí en el campus que en casa con mis padres, ¿no lo crees? –le indicó un atajo por un estrecho pasillo entre el edificio de la oficina postal y el centro médico.

Gabriel miraba el camino empedrado en busca de ideas para más conversación, no quería parecer alguien cohibido. Ahí, bajo la tenue luz de la luna en esa noche fresca, entre los tradicionales edificios de arquitectura gótica del campus, sus pensamientos parecían aflorar débilmente. <<Es el efecto de empequeñecimiento del arte gótico>>

Llegaron hasta donde estaba el auto de Alex, un camaro convertible en color amarillo. Se subieron en él y se dirigieron fuera del campus. Éste se despidió del guardia de la entrada como si fuesen viejos amigos.

-Me dijiste que estudias arquitectura, ¿Qué piensas de los edificios de la universidad?

-Son muy variados. Los hay contemporáneos, clásicos y góticos. Góticos en su mayoría. Pienso que refleja lo antigua que es la escuela, pero también el progreso que ha logrado a lo largo de los años –no podía creer que le preguntara sobre eso –en una de mis clases el profesor nos ha pedido para este lunes que analicemos un edificio de la ciudad, el que más nos gustase.

-Bueno, tal vez puedas elegir alguno esta noche –sacó de la guantera una bolsa oscura con zipper- traje mi cámara fotográfica –le guiñó un ojo –sabes, mi hermana también estudió arquitectura en Yale, me ha enseñado lo poco que sé sobre el tema. Hay muchas edificaciones en la ciudad que son dignas de admirar. Es algo que me gusta de vivir aquí.

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-¿Hola? –dijo el chico en un susurro, pues su compañero de cuarto ya estaba dormido.

-¡Hola! Espero que no sea demasiado tarde. Es sólo que quería escucharte.

El joven salió del cuarto. Una delgada figura atravesaba los ventanales del pasillo del cuarto piso, dirigiéndose a las enormes escaleras en caracol.

-También he querido escucharte –suspiró  –¿Cómo va todo por allá linda?

Se sentó a los escalones. El suelo del vitro piso estaba frío. La luz de la luna que atravesaba el vitral que estaba sobre las escaleras iluminaba la delgada figura de Jamie Harper.

-Bien, las cosas parecen ir bien. Vengo de visitar a Gabriel en su habitación, lo estaba ayudando a prepararse para su cita.

-¿Cita? No sabía eso ¡Bien por él!

-Y entonces pasé por esta plaza donde vi a varias parejas reunidas, y no sé…sentí la necesidad de hablarte. Y tu…¿cómo has estado?

Jamie notaba el tono nostálgico en la voz de su novia, lo que no hizo sino ponerlo nostálgico también a él.

-Muy bien, algo apurado, las cosas van muy rápido por acá. Trato aún de acostumbrarme a la manera de trabajar en esta carrera ¡todos son muy competentes! Me emociona. Deberías conocer a mi compañero de cuarto ¡es todo un personaje!

No era la primera vez que Rosie sentía que Jamie había avanzado muy rápido de página. Le daba gusto que su novio estuviera feliz estudiando lo que más le emocionaba, pero a la vez se preguntaba si ella no se estaría quedando atrás en sus ambiciones y metas.

La plática siguió por media hora más. Cuando Jamie se percató que tal vez había despertado a sus vecinos, se empezó a despedir de Rosie.

-En verdad espero verte pronto. Iré a visitarlos próximamente, te lo prometo –dijo Jamie, esperanzado.

-También planeo visitarte. Quiero sentir tus abrazos otra vez…

-Puedes hacerlo ahora mismo. Cierra tus ojos. Imagina que te abrazo, que me abrazas. Yo imaginaré lo mismo.

Rosie tuvo una sensación de calidez en todo su cuerpo al escuchar las palabras de su novio. De cierta manera, él estaba junto a ella haciéndola sentir reconfortada.

-Te amo, Rosie –dijo, con la voz más sincera que pudo.

-Te amo Jamie –respondió ella .
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Recorrían las antiguas calles de New Haven. Habían dejado el auto estacionado cerca de Principal Avenue e iban a pie por el piso de piedra laja de las calles. Se detenían de vez en cuando para fotografiar un edificio memorable. Primero Alex tomaba una del edificio completo, después tomaba una de ellos dos con una cómica pose frente a dichos edificios.

-¿Qué te parece éste? –señaló Alex con los brazos extendidos a lo alto. –Torre Harkness. 1917. James Gamble Rogers. De los primeros edificios góticos en la ciudad. Este en particular me parece fascinante. La base es de forma cuadrangular, pero a mitad de camino…

-Cambia su estructura a un octágono perfecto –completó Gabriel, con la vista clavada en la punta de la torre.

La iluminación propia que tenía el edificio no hacía más que resaltar su majestuosidad.

-Y están esos enormes relojes de metal, uno en cada cara de la torre que le recuerdan a las cuatro direcciones de la ciudad las horas que pasan con un fugaz tic tac...especialmente en la noche.

A Gabriel le gustaba el interés con que Alex narraba sus conocimientos.

-Aunado a la numerosa y detallada ornamentación y las formas en ojal características de la corriente gótica arquitectónica. <<Empequeñecer al hombre es su objetivo>> recordó Gabriel.

-Anda, tomémonos una fotografía justo aquí –Alex sonó esmeradamente feliz.

Gabriel no era alguien que gustase mucho de las fotos, pero quería quedar bien con su cita. Después de todo, él estaba poniendo mucho de su parte al mostrarle la ciudad. Alex le pidió a dos señoritas que iban pasando que les tomasen la foto. Corrió hacia donde estaba Gabriel, poniéndose a su derecha. El chico sonreía de oreja a oreja, rodeo su brazo tras Gabriel y lo tomó por la cintura. El flash disparó.

Alex recuperó la cámara. Puso en el visor de fotografías la que se acababan de tomar. <<¡Muy linda!>> pensó.

Siguieron caminando por las nocturnas calles de la ciudad, hasta que llegaron a uno que ponía Memorial Theater en una placa dorada al frente. Uno de los pocos edificios renacentistas en New Haven. Gabriel recordaba lo que había visto de el en clase hace unas semanas. Subieron la escalinata de piedra y Alex le guió por la entrada.

-¿Está abierto a esa hora? Parece vacío.

-Conseguí que nos abrieran el lugar hoy.

Los dos chicos cruzaron el umbral de las puertas plegadizas de madera. Gabriel, asombrado ante o lo que sus ojos estaban viendo, dejó escapar un leve oohh. Era muchísimo más grande y elegante que el teatro local de su pueblo, sin duda. Alex se adelantó y caminó por el pasillo principal entre las rojas butacas. Caminando al revés, disfrutaba la mirada de asombro de su acompañante.

-¿Y…qué te parece?

-Espléndido. Entonces ¿solo pediste que te abrieran y ya?

-He pasado aquí mucho tiempo desde que era niño. Mi mamá es productora de obras de teatrales, y los primeros años de su carrera fungió en este teatro. Henry, el velador del edificio es buen amigo mío –dijo entre risas. –Hoy está cerrado, pero el próximo mes se estrena El sueño de una noche de verano, de Shakespeare.

-Vaya…debo admitir que has superado mis expectativas. –vio que Alex puso una mirada de desconcerto. –Jamás pensé que fueses un chico tan interesante. Culto. Supongo que te juzgué mal, lo siento.

-No te culpo. Sé bien la fama que me he creado en la universidad. Y aunque la mayoría de eso es cierto –soltó una risita –quiero que sepas que tengo muchos lados que no todos ven, más allá del chico que se mete con todos (y todas).  No siempre me muestro como soy, pues prefiero reservarlo para mí, pero creo que tú tienes algo especial.

Habían vuelto al camaro amarillo y se dirigieron a las afueras de la ciudad, del lado del mar. Pararon frente a un pintoresco establecimiento llamado Frank Pepe Pizzeria Napoletana. Famoso no sólo en la ciudad, sino en el lado este del país.

Entraron al restaurante y había tres mesas ocupadas, una por un grupo de amigos que celebraban el cumpleaños de uno de ellos, y las otras dos por dos parejas. Gabriel supuso que debido a la hora (casi las 12:00), el lugar se encontraba algo vacío.

Fueron hasta el mostrador, y Alex le recomendaba a Gabriel sus opciones favoritas del menú. Al final se decidieron por una de masa delgada con peperoni, pollo, cebolla, champiñones, queso mozarela y orégano, con un tarro de cerveza para tomar.

Se acercaron a la barra de salsas y toppings y Gabriel tomó un frasco que intentó aplicar a su pizza. El orificio del frasco estaba averiado. Gabriel se dio cuenta de esto al quedar su camisa verde con una gran mancha de color rojo. Al darse cuenta, Alex rápidamente tomó una servilleta.

-Déjame ayudarte –dijo amablemente, en vista que su cita se había puesto rojo de vergüenza.

Alex limpiaba con un cuidado la mancha. Gabriel notaba el cariño con que él lo limpiaba.

-Sabes qué…creo que no se quitará –empezó a quitarse su chaqueta de cuero color café. Se quedó solo con su playera blanca. –Ten, póntela –le extendió la chaqueta, con una sonrisa sencilla.

-No…no tienes que hacerlo –le repuso Gabriel.

-Vamos, no me molesta en absoluto. Además, aún nos falta una parada por realizar.

Gabriel aceptó la chaqueta y se la puso, cubriendo en su totalidad la enorme mancha. Acto seguido, se dispusieron a comer.

Estacionaron el auto a unos metros de su última parada. La costa de New Haven contaba con una casa del faro que guiaba a las embarcaciones entrantes. Lighthouse Point Park era una de las atracciones más populares de la ciudad. El atrio del faro se encontraba iluminado por pequeñas luces salientes del suelo que delimitaban el terreno. Había una casita color rojo con un tejado negro que figuraba antes de la torre del faro. Alex la pasó de largo y dirigió a Gabriel directo a la torre. Debido a su función, el sitio se encontraba abierto las 24 horas del día.

Cuando entraron, a Gabriel le hizo feliz ver lo que había en el centro del edificio. Un carrusel dentro del edificio del faro era lo más inusual que había visto. Sabía bien que ese juego giratorio había sido testigo de muchas promesas de amor y de sesiones fotográficas de boda, donde los novios se prometían mantener juntos toda la vida, por más giros inesperados que ésta diera.

Alex había elegido un lugar tan especial para dar cierre a la noche. La fotografía, el teatro, la chaqueta, el carrusel en el faro. El chico le había demostrado a Gabriel lo detallista que era. Estaba asombrado, tenía un buen presentimiento acerca de él.

Alex se subió al carrusel y desapareció al girar éste. Volvió a aparecer, parado junto a un caballo sosteniendo uno de los tubos.

-¿Qué pasa? ¿No vas a subir Gabriel?





domingo, 12 de julio de 2015

Bienvenido al campus, parte 2

Llevaba varios minutos en la fila esperando a ser llamada. Tras su llegada al campus, Rosie tenía que pasar a las oficinas centrales para la asignación de su dormitorio. Mala idea la de olvidarse de hacer dicho trámite por internet. Ahora se encontraba así misma en una sala de espera pequeña, atiborrada de estudiantes, cargando el pesado equipaje que traía arrastrando desde la entrada del campus. El chico que estaba delante suyo fue llamado. Echó un vistazo a su celular para ver si su amigo Gabriel le había llamado, quien había llegado a la universidad unos días antes. Nada.

La chica fue llamada por la secretaria, pero antes de que Rosie moviera un solo músculo, una chica alta y castaña, con un perfecto bronceado y vestida de una manera envidiable irrumpió en la habitación. Tenía la apariencia de estar verdaderamente cabreada. Pasó por delante de Rosie, se dirigió hacia el escritorio de la secretaria y de golpe le extendió una hoja de papel a la mujer sobre la madera del escritorio.

-¿Si? ¿Puedo ayudarla en algo señorita Hamilten?

-Hamilton. Si, ¿puede decirme que es esto? –la chica le acercó la hoja de papel.

La mujer, cuidadosamente cogió la hoja con su mano, se puso sus lentes de lectura y dijo:

-Es la habitación que le fue asignada, ¿tiene alguna…?

La chica empezó a levantar la voz

-Creí que no volveríamos a pasar por lo mismo este semestre. Me dieron un cuarto compartido (de nuevo) cuando mi padre específicamente…

-Señorita Hamilton, sabe bien que los cuartos son entregados conforme al azar.

-Mi padre dona mucho dinero a esta escuela como para que no me den un maldito cuarto individual. –la voz de la chica resonó en la habitación.

-Lo siento, pero hasta no recibir órdenes de mi superior no puedo asignarle uno de esos cuartos. Y aunque lo hiciera, me temo que todos ya han sido ocupados. Quizá si no se hubiera tomado ese semestre sabático el semestre pasado su antiguo cuarto habría sido respetado.

-¡¿Pero que?! –se dio cuenta que todo el mundo había sido espectadora de su escena. Viendo que no podía hacer más, la restirada chica inspiró profundamente, guardándose sus palabras, se acomodó el bolso, dio media vuelta y se marchó dando un portazo al salir de la oficina.

Rosie, atónita ante tal escena había olvidado que había sido llamada.

-¡Vaya! ¡Sexy…pero está loca!

Rosie viró para ver al chico que había exclamado eso. Un joven afroamericano con un semblante muy fresco se dio cuenta que Rosie lo observaba, le echó un sonrisa y le guiñó el ojo.

-¡Rose McCall!. –volvió a llamar la secretaria.

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Las grandes paredes de piedra del pasillo por el que caminaba Jamie parecían un laberinto. Había doblado a la izquierda frente a la fuente de la Casa Kappa Alpha Theta y fue siguiendo derecho por Campus Drive hacia la parcela de Bowdoin Street como le había dicho aquella chica a la que le preguntó el camino más corto para el edificio Kimball, donde se encontraba su dormitorio. 

Siguió caminando con su equipaje en mano, desesperado por llegar y tirarse en la cama de su habitación pues llevaba hora y media tratando de encontrar su camino. Stanford sí que era un campus enorme.

Se había adentrado a una finca de paredes coloniales cuyo centro era un jardín cuadrangular con un estanque en su interior. Estudiantes caminando de aquí para allá por los oscuros pasillos de la finca veían cómo Jamie se detenía a apreciar el estanque del jardín central. El joven dejó caer sus maletas al suelo, se dobló las mangas de su camisa para tratar de disipar el calor que sentía y descansó un poco en una de las bancas de piedra que tenía cerca. Dejó soltar aire de su boca y admitió por fin que estaba perdido. Pero se encontraba perdido en el lugar con más calma del campus. Al menos, lo que llevaba de conocer.

Vio pasar a una linda chica pelirroja por el corredor de enfrente quien columna a columna se alejó del pasillo hasta desaparecer. Jamie pensó en su novia Rosie y se preguntó cómo le estaría yendo en su primer día en Yale. Habiendo descansado un poco, se volvió a colocar su maleta en el hombro sobre la sudada camisa azul y siguió en dirección a donde había desaparecido la pelirroja.

Atravesó el umbral del arco sostenido por dos columnas que marcaba la salida de  la finca y bajó la escalinata de piedra. En seguida, volvió a ver a la chica de cabello rojizo, la cual le pareció  aún más bonita de cerca. Apenado, pues se encontraba lleno de sudor Jamie le preguntó cómo podía llegar a su edificio. La chica amablemente le indicó que tenía que seguir por la calle de frente, Escondido Road y llegaría directo a los dormitorios. Jamie le dio las gracias con una sonrisa tonta y siguió su camino.

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-Si, justo voy entrando al edificio. Estoy en el quinto piso, habitación 23 – D. ¿Vienes por mi? Aún no sé dónde está la cafetería. –la chica jadeo, pues aún se encontraba cargando el pesado equipaje. Deseó que Gabriel se hubiese contactado con ella más temprano para que le ayudara a cargar con todo.

-De acuerdo, en un momento llego. Muero de hambre. Cambio y fuera.

Rosie avanzó por el pasillo buscando su cuarto. Según veía, los números iban decreciendo conforme avanzaba por el corredor. Veía a algunas chicas saludarse, animosas por verse después de las vacaciones. Distinguía a las nuevas como ella, tratando de averiguar cómo iba todo por ahí. Al fin vio la habitación 23 – D. La puerta estaba entreabierta. Sabía que tendría una compañera de cuarto y estaba deseando tanto que sucediera un milagro.

Al entrar, toda esperanza edificada se vino abajo pues sus suposiciones habían sido ciertas. En la hoja de asignación que le entregaron en la oficina, ponía a Carter Hamilton como su compañera de cuarto. Pensó que tal vez era coincidencia y que la chica que había entrado a realizar una escena era otra Hamilton. Se equivocó.

Lo que a Carter Hamilton le sobraba en glamour, le faltaba en educación. Era una persona arrogante que había crecido en una familia acomodada y estaba acostumbrada a recibir un trato especial a donde sea que fuese. No había conseguido que le dieran un cuarto individual este semeste, por lo que se había resignado (por el momento) a aceptar el cuarto compartido con una tal Rose McCall <<nombre de bufona >> pensó.

Rosie atravesó el umbral de la puerta y se percató que Carter se había apoderado de casi toda la habitación. Sus cosas yacían en el peinador y en todas las repisas. El closet que se encontraba abierto, se encontraba casi en su totalidad ocupado por las costosas prendas de la chica.

-Hola…al parecer compartiremos el cuarto –Rosie supo que estas palabras taladraron en la mente de Carter. –me llamo Rosie McCall.

La castaña chica al parecer estaba ignorando a Rosie. << Si la ignoro, tal vez se vaya>>

Rosie agarró aire con sus narices y se plantó frente a ella.

-Escucha, sé que esto no es lo que querías pero estoy aquí y este es tanto mi cuarto como el tuyo. Así que elige, o compartimos educadamente todo el cuarto –hizo un énfasis en la palabra todo, refiriéndose al repentino apoderamiento de la chica por el closet y el peinador –o tenemos el semestre más irritante de nuestras vidas. Son las cartas del juego.

Carter se levantó de su cama donde estaba sentada y se erigió frente a Rosie. Era más alta que ella, pero eso no intimidó a la pelirroja chica. Le lanzó una mirada desafiante. Nadie se le había plantado como Rosie lo acababa de hacer.

-La mitad de abajo del closet es tuyo. Mis cosas están por ahí, no las toques. No me levanto antes de las 7:00 am. Las luces se apagan completamente cuando duermo, si necesitas estudiar de noche, la biblioteca abre las 24 horas. Y ni se te ocurra traer a algún chico a dormir. O chica.

Acto seguido, se dirigió a la puerta de la habitación. Antes de desaparecer, se detuvo y dio su último mensaje:

-Yo no desempacaría todo si fuera tú. Tal vez seas reasignada.

Se fue.

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En su camino al edificio de Rosie, Gabriel pasó frente a un grupo de chicos sentados en el jardín de enfrente. Se percató que uno de ellos, se le quedaba mirando fijamente. No lo lograba ver del todo bien debido a la distancia a la que se encontraba, pero a Gabriel le pareció atractivo el chico. Incluso aun cuando Gabriel se dio cuenta que lo miraba, el chico no desvió la mirada. Siguió su camino hacia el dormitorio, dejando atrás la mirada de aquél sujeto.

Cuando se encontró con su amiga, ambos corrieron a abrazarse, emocionados de estar juntos en esta nueva etapa. Nunca habían sido muy cercanos, incluso antes Rosie no soportaba a Gabriel, pero este último año se habían vuelto muy buenos amigos. Jamie había servido de vínculo entre ellos dos.

Habiendo llegado a la cafetería más cercana del campus, los dos amigos se pusieron al tanto con lo que habían pasado los últimos días.

-Habrá una fiesta de bienvenida en la noche –dijo Gabriel, aun con parte de su hamburguesa en su boca. A Rosie le dio risa, pues a pesar de que amigo era gay, no dejaba de ser un hombre, ni de comer como uno. –es tradición aquí. Te dan un color y un número y el objetivo es encontrar a aquél que tenga el mismo color y número que tú, para que por lo menos tengas a un amigo antes de que acabe tu primer día aquí. Suena lindo…tonto, pero lindo. –el chico siguió devorando su hamburguesa.

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Cuando por fin llegó Jamie al edificio Kimball sintió un halo de alivio. Tomo el ascensor al cuarto piso rumbo a su dormitorio. Dentro del pequeño cubo ascendiente, vio en el espejo que había dentro que tenía una muy mala pinta. Su camisa de botones azul sudada hacía juego con el cabello húmedo. Cargar las maletas le había arrugado a camisa. Esperó poder llegar a su cama, recostarse y darse un baño.

Abrió con su llave la puerta de la habitación 646 y vio que su compañero ya había llegado. Un chico con una pinta muy elegante, con clase. Complexión delgada, el cabello oscuro, algo largo pero reluciente y de una tez aperlada. Había acomodado ya todas sus cosas. De hecho, se veía todo muy ordenado.

-¡Jamie qué tal! –el chico le extendió la mano para saludarlo.

 Jamie se sorprendió de que éste supiera su nombre, pero entonces recordó que en el mail que le enviaron asignándole el dormitorio, venía el nombre de los ocupantes. Se sintió apenado por no recordar el nombre del chico.

-Clayton Meissner, de Nueva Orleans. Te ves agotado, ¿viniste caminando? Debiste de tomar la ruta estudiantil, pasa por los puntos centrales del campus. A mí me dejó frente al edificio. –Jamie se sintió miserable por dentro. –Bonita habitación, ¿no? El baño está al final del pasillo, ahí puedes darte un baño (creo que lo necesitas). Te agregué a facebook, ¡acéptame! . La contraseña del wi-fi es 646wjm10kh ¿Agua? –le acercó rápidamente una botella al chico.

A Jamie le sorprendió la rapidez con la que hablaba su nuevo compañero. Se sentó en el borde de la que supuso era su cama y al instante vio los libros de medicina en las repisas de su compañero. Y al parecer Clayton también era músico, pues al lado de su escritorio se encontraba descansando un chelo.

-¿También estás en medicina? –preguntó amablemente.

-¡Si! ¿Genial, no? Y estamos juntos en casi todas las clases. Me tome la libertad de recoger tu horario. ¿Ya compraste los libros? Hoy hay buenas ofertas en la librería del campus, si quieres podemos ir más tarde. –Clayton se sentó en su cama, frente a Jamie.

-Estaría perfecto.

Jamie sentía que se llevaría muy bien con el chico, su actitud efusiva le pareció genuina. Pasaron el resto de la tarde conociéndose, mientras Clayton ayudaba a acomodar sus cosas en el cuarto. Incluso Jamie le presentó a Clayton a sus padres, pues recibió una videollamada de éstos. Lo amaron.

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Estaba lista para salir. Se miró al espejo. Se había cambiado cuatro veces, no quería verse mal en su primer fiesta universitaria. Al final se decidió por esos jeans que tanto amaba y un blusón azul naval. Su compañera de cuarto había salido arreglada hace una hora, seguramente también rumbo a la fiesta. Recibió el mensaje de Gabriel quien venía en camino y decidió irlo a esperar al lobby del edificio.

El campus se veía fascinante de noche. Las lujosas y antiguas lámparas iluminaban el sendero que seguían rumbo al jardín principal del lado oeste del campus, donde se encontraba la celebración.

No eran los únicos que iban en camino, algunos en grupo, otros sin compañía se dirigían hacia el mismo destino. En base a eso Rosie podía distinguir quiénes eran de nuevo ingreso y quienes los veteranos.

Escucharon un bullicio detrás de ellos. Al instante, fueron rebasados por una manada de chicos de fraternidad quienes aullaban en busca de alcohol y chicas esa noche. Gabriel y Rosie podían oler desde su lugar la testosterona que desbordaban los alocados estudiantes. Se echaron miradas de complicidad el uno al otro y empezaron a reír.

El enorme jardín del lado oeste del campus se encontraba a rebosar de estudiantes esa noche. La fuerte música hacía vibrar los corazones de los presentes. Habían montado una fogata gigante, donde al dar la media noche quemaban un muñeco tamaño real con el uniforme de la escuela, al menos eso es lo que Gabriel había escuchado.

Unos chicos del comité organizador le asignaron a Gabriel y a Rosie una pulsera fluorescente de un color distinto, y una calca con un número. Las personas que se suponía debían de conocer esa noche debían de tener el mismo color de pulsera y el mismo número que ellos. Rosie tenía una de color blanco y el número 78 mientras que Gabriel tenía el color verde junto con el número 43.

La chica veía tantas figuras moverse de aquí para allá bailando, que al instante desistió de buscar a su pareja. Gabriel había ido a buscar un vaso de cerveza para ellos. Rosie se dio cuenta que un grupito cercano se estaba empezando a arrojar cerveza entre sí. Asustada, se apartó.

-¡Tranquila! Es solo cerveza. Fría y de la buena –dijo entre risas el chico que se había acercado a ella –McCall, ¿cierto?

Tardó un poco en reconocerlo, pero era aquél chico afroamericano de la sonrisa burlona que había roto el hielo en la oficina de tutorías tras la escena que había armado Carter.

-Rosie, sí. –lo miró un poco confundida la chica.

-Mis amigos me llaman Dough, hola. Por lo que veo, ¿eres de primer año verdad? Igual que yo. Déjame darte un consejo, relájate y disfruta el ambiente.

Había empezado a sonar una canción realmente buena, y el vivaz chico empezó a bailar alocadamente, invitando a Rosie que se le uniera.

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-Dos vasos, de la oscura por favor. –dijo Gabriel, al tipo que hacía de dispensador en los barriles de cerveza.

-¡Qué lástima! Pensé que estabas solo. –dijo una voz muy varonil sobre el hombro de Gabriel.

El chico se dio la vuelta para ver al que le había dicho eso. Gabriel se sorprendió al reconocer al tipo que se le había quedado mirando directamente esta tarde. Aquella vez por la distancia, no lo había podido ver bien, pero ahora lo tenía frente suyo, y Gabriel tragó saliva al inspeccionarlo. Atractivo le quedaba corto.

El misterioso chico le enseñó la misma pulsera de color verde que tenía Gabriel.

-Tienes el número 92. Yo el 43 –le dijo Gabriel, en un tono juguetón.

-Lo sé, pero el chico que me emparejaron me aburría tanto. Así que escudriñé el lugar y fuiste el chico más ardiente que encontré.

<<Vaya, qué atrevido >>, pensó.

-Alex, encantado –le extendió un fuerte brazo.

-Gabriel –dijo algo confundido, estrechándole la mano.

-Sabes, te he mirado desde esta tarde, cuando pasabas en dirección al edifico Maxwell.

-¿En serio? No me di cuenta. –mentía.

-Entonces, ¿debo preocuparme de que tu novia me vea platicando contigo? –desvió la mirada al vaso extra que tenía Gabriel.

-¡No, qué va! –soltando una risita nerviosa – en todo caso, sería novio –notó el gesto de satisfacción de Alex. –Vengo con mi amiga Rosie, ambos somos nuevos aquí. Somos del mismo pueblo, es bueno tener a alguien conocido en una nueva escuela en una ciudad diferente ¿no lo crees?

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Ambos nuevos conocidos estaban teniendo un momento muy agradable bailando (brincando y moviendo agitadamente los brazos) la movida canción de David Guetta. Cuando la canción terminó, Rosie deseó tanto que Gabriel se apurara con ese vaso de cerveza. Rebuscó entre las personas a su amigo pero no logró vero. De pronto, percibió la intensa mirada de una chica castaña con quien hace unas horas se había enfrentado por su parte de la habitación.

Carter Hamilton estaba a unos metros, con la recelosa mirada clavada en Rosie. Dough se dio cuenta de lo que sucedía

-¡Wow! ¿Qué traen entre ustedes?

-Desfortunadamente, somos compañeras de cuarto.

Carter se acercó a ellos. Rosie pensó que la iba a golpear, pero tan solo le hizo entrega de algo, toscamente. Se marchó. La pelirroja chica reconoció lo que Carter le entregó. Era un sticker, con el número 78 en él. Rosie voltió la mirada hacia su compañera y avistó la pulsera de color blanco en la muñeca de la chica.

El destino jugaba otra vez para emparejarlas.


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martes, 7 de julio de 2015

Música del blog: Por los viejos tiempos

A mi parecer, toda historia bien contada requiere de música que la enriquezca. Muchas veces, el drama, el amor, la felicidad, la tristeza, la furia requieren de canciones sonando de fondo para hacernos llegar estos sentimientos. Aquí una lista de canciones que a mi perspectiva encajan perfecto con algunas escenas del capítulo más reciente titulado "Por los viejos tiempos".

1. Dan y Olive se dirigen al pueblo que vio crecer a nuestros protagonistas, en su viaje en carretera disfrutan de cantar en voz alta una de sus canciones favoritas. La canción que suena en la radio es Love is easy de The Mowgli's



2. En espera de la cena de acción de gracias, padres e hijos se divierten en un amistoso partido de fútbol. Esta divertida secuencia es acompañada con la canción Home to you, de The Mowgli's



3. La noche ha caído, todos han llegado y sentados a la mesa esperan a que Jamie inaugure la gran cena. Este último tiene un momento de reflexión viendo a los que más quiere reunidos en esa noche tan especial. A su mente viene la letra de la conocida canción de año nuevo, Auld Lang Syne, derivada del poema de escocés escrito por Robert Burns y popularizada por cientos de intérpretes a través de los años. Aquí la versión de la película New Year's Eve cantada por Lea Michele



Por los viejos tiempos

A pesar de ser noviembre, el clima le daba la impresión a Rosie de estar en un caluroso día de verano. Los niños estaban fuera en el patio trasero jugando con su cuñado Eliot. Habían improvisado un campo de béisbol (el juego favorito de su esposo, de su cuñado y ahora de sus hijos) y los niños le enseñaban a su joven tío sus mejores lanzamientos.

Mirándolos desde la ventana de la cocina se encontraba la mujer de cabello cobrizo a la cual los años parecían no haberle pasado encima del todo. Se veía como cualquier mujer que ha parido y críado a dos hijos claro, pero aun así su belleza era admirable. Al menos eso pensó la chica que tenía detrás suyo, sentada a la barra del desayunador.

-Es muy bueno que vengan a visitarnos, los niños extrañan mucho a su tío –dijo Rosie, a la vez que dirigió su mirada a la ventana de nuevo. –En verdad se lleva muy bien con ellos, tienes suerte querida, te encontraste a uno de los buenos.

La chica se sintió incómoda con el comentario, pues lo último que tenía planeado al momento era casarse o tener hijos. Rosie notó el efecto de sus palabras, a lo que prosiguió:

-Oh dios, no me malentiendas. Sé que tu y Eliot se conocieron en la universidad el semestre pasado y…

Afortunadamente para ambas, Jamie el esposo de Rosie llegó a casa. Portaba aún el uniforme clínico color verde esmeralda a juego con unos tenis manchados con gotas de sangre seca. El hombre le dio un fuerte y rápido beso en los labios a su esposa y después se dirigió hacia la chica sentada en la cocina.

-Jamie Harper, mucho gusto. –le extendió la mano a la joven, con una sonrisa en el rostro.

-Heidi Alpert, el gusto es mío señor. –la chica notó los amables ojos del doctor, en verdad irradiaba bondad como le había descrito Eliot. Cayó en cuenta que se había quedado mirándole a los ojos, y rápido desvió la mirada, apenada.

-Siéntete como en casa, ¿ya conociste a los chicos? ¡Que ni siquiera han venido a saludarme! –gritó ésta última frase en un tono burlón.

Acto seguido, dos individuos pequeños franquearon la puerta trasera de la cocina y corrieron a abrazar a su padre. Reed, con el cabello cobrizo como el de su madre y con 8 años de edad le llegaba ya a la cintura a su alto padre, y Carson, de 5 años era la viva imagen del doctor Harper, incluso había heredado los mismos ojos color miel de él y el cabello castaño.

Detrás de los chicos venía un joven de cabello grueso y arremolinado, moreno y delgado. Se había quedado parado observando la adorable escena de sus sobrinos y su hermano, deseando poder algún día tener la hermosa familia que Jamie tenía. Se daba cuenta que a pesar de su agobiante trabajo como Jefe del Servicio de Urgencias en el Hospital General, su hermano tenía todo el cariño y la paciencia disponibles para tratar con esos pequeños diablillos y ser el padre y esposo amoroso que tanto admiraba.

No se veían muy seguido, pues sus estudios en Stanford mantenían alejado a Eliot de su familia durante todo el semestre. Sólo en vacaciones y en fechas importantes como ésta, el día de acción de gracias llegaba a ver a su hermano mayor y a sus padres.

Se percató que a diferencia de su cuñada Rosie, a sus 36 años Jamie Harper se veía incluso mayor. Con arrugas cada vez más notables cerca de sus ojos y en la frente, ojeras producto de las noches de vigilia en el hospital, los lentes que había tenido que usar de tiempo completo desde los 30 años y esa barba de tres días que solía caracterizarle desde hace mucho. El urgenciólogo cayó en cuenta de que su hermano le observaba y avanzó hacía él, soltando una enorme carcajada de felicidad y dándole un fuerte y cálido abrazo a su hermano menor.

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Mientras tanto, en la carretera rumbo al pueblo Dan y su novia escuchaban felices la radio y cantaban juntos a grito abierto esa canción de rock que tanto les gustaba. Daniel iba al volante, y además de ver el camino con árboles alzándose al costado, disfrutaba de ver a la bella chica que venía en el asiento del copiloto. La había conocido cuando más necesitaba de alguien, pues pasaba por un momento difícil en su vida y se encontraba viviendo solo en la gran ciudad de San Francisco, después de haber dejado todo atrás en Nueva York. Su nombre, Olive. O como a Dan le gusta decirle, el amor de su vida.

Quitó una mano del volante en busca de la mano su novia. Entrelazaron sus dedos con delicadeza. Dan volvió a contarle con entusiasmo cómo era toda la familia que en unos momentos más conocería Olive, le  contó su anterior vida en el pueblo, le contó de sus padres, de sus hermanos mayores, sus amigos de sus lindos sobrinos y anécdotas que tenía de las aventuras que tuvo cuando joven en dicho pueblo.

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La tarde caía, y los que habían llegado ya se habían trasladado al patio trasero donde habían acomodado varias mesas juntas a lo largo para formar una sola donde en unas horas se reunirían todos para disfrutar de la cena de acción de gracias.

Los niños y algunos de los adultos jugaban una reñida partida de futbol en el verde césped. De un lado del campo de juego estaban Jamie y Gabriel guiando a Reed y a Alby (hijo de Gabriel y Parker) en una emocionante táctica contra el equipo de Charlie y Eliot quienes guiaban a Carson y Andrew, éste último hijo de Charlie y Carter. Padres e hijos se divertían en el juego, se podría decir que más los padres que los niños, pues era la primera vez en mucho tiempo que se reunían todos.

Dentro de la casa Parker conversaba con la ahora abuela Harper, la madre de Jamie y Eliot, sobre recetas de pavos ahumados y ganso al horno. Fuera, preparando la ensalada y demás entradas se encontraban Heidi, Rosie junto a sus amigas de siempre: Carter y Hailey. Las chicas se ponían al tanto de sus vidas,  intercambiando historias de trabajo, de sus hijos y demás.

Los chicos acababan de anotar el último touchdown del partido. El equipo ganador celebraba entre vítores mientras que el perdedor abucheaba graciosamente. Al instante vieron que más invitados llegaban al patio trasero y todos los niños corrieron a saludar. Se trataban de Dan y su novia quienes se habían encontrado en la puerta a Jessica con su esposo y pequeña hija.

Había sido un poco incómodo para Daniel y Jessica el encontrase ahí con sus respectivas parejas, pues en el pasado ellos habían sido novios, pero las cosas no terminaron nada bien cuando ella decidió dejarlo e irse a vivir con sus padres al otro lado del mundo. En fin, los años habían transcurrido y a pesar de jamás haber vuelto a hablar desde ese entonces, ambos entendían que ya eran adultos y que cada quien había hecho su vida en un camino diferente.

Jamie avanzó con todo su júbilo al ver a su hermana Jessica, levantándola del suelo al darle un apretado abrazo y un cariñoso beso en la mejilla. Cuando se dio cuenta, trató de volver en cordura y saludó a su elegante cuñado, un rubio con demasiada gomina en el cabello y que era aún más alto que él, casi del tamaño de Charlie. En seguida se puso en cuclillas para decirle hola a su pequeña sobrina, una linda niña de 3 años, rubia como su padre y con unas coletas y un overol que la hacían ver aún más tierna de lo que ya era.

-¿A quién tenemos aquí? –Jamie hizo ese tono de voz que hacía cuando hablaba con los bebés.

La pequeña niña se escondió tras su padre, asomando sólo la cabeza tratando de identificar al hombre que le había hablado.

-Vamos mi vida, dile cómo te llamas a tu tío. –le dijo su madre.

-Sammy. –dijo la niña con voz temerosa. Aún seguía tras su padre.

-Hola Sammy, yo me llamo Jamie. Soy tu tío –Jamie le regaló la sonrisa más fiel que pudo. –¿me quieres dar un abrazo?

La niña titubeó, pero empezó a avanzar poco a poco hasta donde estaba su tío aún en cuclillas. Extendió sus rechonchos brazos y le regaló un abrazo.

-¡Eso! Ven linda, ¿quieres conocer a tu tía y a tus primos?

Del otro lado del patio, otro reencuentro tomaba lugar.

-¡Vaya! ¡Te llegaron los años enano! –el enorme Charlie chocó con fuerza la palma de su hermano Dan y en seguida lo abrazó, dándole unas fuertes palmadas en la espalda.

Desde hacía años que su relación había aflorado, desde aquella vez en el aeropuerto en navidad. Charlie era el único de la familia con quien Daniel se comunicaba seguido desde San Francisco. Tenían muchas cosas en común, y en cierto modo, Charlie era el único que lo entendía. Daniel le presentó a su novia Olive y Charlie no perdió la oportunidad para dejar en vergüenza a su hermano menor con un recuerdo tonto de cuando eran niños. En instantes, llegó Rosie a saludarlos, sintiéndose realizada de por fin tener en sus brazos a sus dos hermanos.

-Mamá y papá llegarán pronto chicos. Estoy segura que van a amar verlos a ambos. Vamos, pónganse cómodos.

En eso, otro hombre llegaba a la reunión, un tanto despistado pues no creyó que habría tanta gente allí. Se detuvo en seco para ubicar a su colega del hospital quien amistosamente lo había invitado a la cena. Vio al doctor Harper, su Jefe de Urgencias o Jamie, como le había pedido éste que le llamase, saludando a una pequeña niña. De pronto sintió la mirada de todos -más bien, de todas- sobre sí.
Alto, con un cuerpo trabajado resultado de horas en el gimnasio, una estructura craneal perfecta y de un cabello rubio muy corto, Quentin Lane estaba acostumbrado a recibir la atención de las mujeres, solo que en ese momento deseaba no ser el centro de atención. No conocía a nadie más que a los anfitriones.

El doctor Harper se percató de la llegada de su colega, y caminó justo hacia él dándole la bienvenida.

-¡Hey, Quentin! Pasa, te estábamos esperando -le dio la mano y caminó con el rodeándole la espalda con su brazo.

Se le acercó al oído y en voz baja, exclamó:

-Ya llegó la amiga de la que te hablé, ven te la presentaré.
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El reloj daba casi daba las 7:00 pm y la señora Harper se había detenido en la sala de la casa en su camino en busca de la cámara fotográfica. Admiraba una fotografía enmarcada donde salían ella y su esposo junto a su hijo Jamie en su cumpleaños número nueve.

Rememoró perfectamente ese día, era el primero que pasaba el chico con sus padres adoptivos. Ella quería que fuera algo memorable por lo que invitó a toda la clase de Jamie a la fiesta y le hizo ese enorme pastel de relleno de fresa y granada cubierto con crema de mantequilla con queso. Se había sentido orgullosa de su trabajo hasta que accidentalmente el pastel cayó de la tabla de la cocina. Recordó ver los ojos llenarse de lágrimas de su pequeño, pero ella lo tranquilizó diciéndole que lo arreglaría, y así fue.

Tras ella escuchó los pasos de alguien. Volteó y vio a Eliot. Ya no era el chico inseguro que llegó a casa a los 16 años. Ahora era un hombre, a punto de graduarse en Stanford y con el mejor de los caminos por delante.

-No lo entiendo mamá… ¿esa mujer, Jessica es hermana de Jamie?

-Así es hijo, ambos tenían los mismos padres, solo que cuando los dieron en adopción fueron separados. Un destino muy común en hermanos huérfanos. Se separaron y no supieron uno del otro hasta que cuando Jamie estaba en preparatoria Rosie le ayudó a encontrarla. Jessica volvió a su vida durante unos años, pero después se mudó con su familia al otro lado del mundo -suspiró, y siguió mirando la fotografía-. No se ven muy seguido, y sólo en raras ocasiones se hacen llamadas telefónicas. Aun así, Jamie le tiene un gran afecto.

-Desearía que Jamie me lo hubiése dicho. Siento que aún no lo conozco del todo. –contempló a su mamá con una mirada confundida.

-¡Oh hijo! sabes que él te quiere, es sólo que…

-¿Solo que qué? –Jamie acababa de llegar a la habitación.

-Nada. –respondió Eliot. –Vine a llevar a mamá para que se una con nosotros. El señor McCall está contando otra de sus aventuras en la milicia.

-Sí hijo, es sólo que me detuve a ver esta foto.

Ambos hijos comprendieron que mamá se había puesto a recordar a papá con aquella fotografía. Pensaba en él muy seguido.

-Mamá... –dijo Jamie en un tono más que un susurro. Se acercó y rodeo con sus brazos a la mujer, frotándolos en su cuerpo en simbolismo de calidez. –Ya pasó un año y medio desde que papá falleció. Sabes, tu cuarto sigue aquí, ¡ven con nosotros! no me gusta que estés sola. Eliot solo puede estar contigo en las vacaciones por la universidad y aunque nosotros tratamos de visitarte lo más que podemos, no es lo mismo.

-Hijo, no me puedo ir de casa. Es nuestra casa, ¿no entiendes? He echado raíces ahí. No me da miedo quedarme sola. Es parte del ciclo. Te casas, compras una casa, tienes niños, envejeces y ves lo suficiente como para darte cuenta que esos niños ya son unos adultos y que tienen que ir fuera a enfrentar el mundo y a echar sus propias raíces con su propia familiar. Es lo que hice, es lo que estás haciendo y es lo que hará Eliot. Además aún tengo a Delta conmigo –la señora Harper sonrió al imaginar qué estaría haciendo esa labrador sola en casa. –Ahora ven Eliot y únete al abrazo.

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La noche cayó, se sentía una brisa agradablemente fresca. Las estrellas iluminaban el manto oscuro del cielo bajo el cual se encontraban todos. La luna había dejado su escondite detrás de las nubes para adornar la celebración. Jamie Harper tenía los ojos clavados en el firmamento. Acababa de colgar al teléfono con su amigo de la universidad, Clayton, quien no había podido asistir al festejo pero aún así no podía dejar pasar la fecha para saludar a su viejo amigo Jamie.

Todos  lo llamaron a la mesa, pues querían que inaugurara la gran cena con algunas palabras.

Dio vuelta a su mirada y sus ojos color miel vieron la imagen más preciada que pudo capturar. La gran mesa, cubierta de manteles blancos se encontraba rebosante de comida. Dos grandes pavos bañados en la salsa secreta de Parker ornamentados con frutos y hierbas. Complementándolos, diversos tazones y platos de puré, pastas, ensaladas, pan recién horneado y demás recetas de Parker que Jamie era incapaz de pronunciar. Con las copas llenas de vino tinto y los platos vacíos esperando llenarse, los efusivos rostros de los asistentes se iluminaban con las velas dispuestas en la mesa. Jamie deseó tomar una fotografía de ese encuadre pero decidió atesorarla de una manera más sencilla, en su memoria.

De pronto, en su cabeza rememoró la letra de aquella entrañable canción que el mundo entero escuchaba al mismo tiempo en un día del año en particular. Del poema escrito por Robert Burns, la canción patrimonio cultural era tocada en momentos solemnes, como aquellos en los que se inicia o acaba un viaje. Justamente, este momento le pareció a Jamie digno de relacionar con la letra de la canción.

<< ¿Deberían olvidarse las viejas amistades y nunca recordarse?>>

Todos sus seres queridos se encontraban allí. Le habían guardado el asiento de la cabecera. A su lado se encontraban dos de las mujeres que amaba más en el mundo. A su derecha, su bella esposa Rosie enviando miradas de advertencia al pequeño Carson que jugaba con los cubiertos, mientras que a su izquierda estaba su madre, la señora Harper, observando al hombre de familia en que se había convertido su hijo. En seguida Gabriel y Parker tomados de la mano le recordaban al urgenciólogo lo indistinto que era el amor y que dos hombres pueden ser tan buenos padres como un hombre y una mujer.

<< ¿Deberían olvidarse las viejas amistades y los viejos tiempos?>>

Ver a Charlie rodeándole con el brazo a su esposa Carter era una prueba de que incluso aquel tan perdido en su vida puede encontrar a la persona que le recuerde lo valioso de ésta. Carter había sido todos estos años desde la universidad, el equivalente de amiga leal y fiel para Rosie que Gabriel había sido para Jamie desde siempre.

<<Por los viejos tiempos, amigo mío, por los viejos tiempos. Tomaremos una copa por los viejos tiempos >>

Se sentía feliz de que Dan haya vuelto a casa para ver a su familia. Había estado en un camino oscuro todos estos años, pero al parecer Olive lo había sacado de esa oscuridad. Así mismo Hailey, una vieja amiga, había vuelto a sus vidas desde que regresaron al pueblo demostrando que si una amistad en verdad es valorada harás lo que sea por enmendar un error y recuperarla. `
La chica parecía estarse entendiendo muy bien con el apuesto Quentin.

<<…pero hemos errado mucho con los pies adoloridos desde viejos tiempos>>

Incluso Vanessa Phyffer de quien nadie se esperaba el gran cambio de perspectiva de vida que tuvo después de conocer al que ahora es su esposo, le había enseñado a sus amigos que incluso aquel que ha vivido rodeado de muros toda su vida, es capaz de derrumbarlos por la persona adecuada. Ella y Cole se encontraban en espera de su primer hijo.

<<Los dos hemos correteado por las laderas y recogido las hermosas margaritas>>

El señor y la señora McCall, los padres de Rosie, Charlie y Daniel eran tan tiernos. Su amor por su familia era tan grande. Llenos de dicha estaban al ver después de años a sus tres hijos reunidos con ellos, incluso ahora eran abuelos de tres niños maravillosos.

<<Los dos hemos vadeado la corriente desde el mediodía hasta la cena…>>

Y entonces vio a sus dos hermanos menores. Eliot quien había llegado a la familia hace diez años, de alguna manera convirtió a Jamie en el hombre de familia que ahora es. Y Jessica, su hermana biológica a quien había tenido la fortuna de reencontrar. Habían hecho sus vidas separados uno del otro en diferentes familias y ahora en diferentes países pero aun así, ambos sabían que donde sea que estuviesen, tenían el amor de hermanos que los unía.

<<…pero anchos mares han rugido entre nosotros, desde los viejos tiempos>>

Veía lo mejor de todos, pero sabía que eran los defectos, las tormentas y las batallas perdidas lo que había hecho tan fuerte a las personas que tenía frente suyo, eso es lo que le enseñó su padre en vida y lo que admiraba de todos ellos. Sabía que si los problemas se presentaban, tenía a toda esta gente para apoyarse en sí, como siempre lo han hecho. Porque a lo largo de su vida, se había dado cuenta que no sólo es familia aquél con quien se comparte material genético, es aquél con quien se decide pasar los días de su vida.

<<Y he aquí una mano, mi fiel amigo, dános una de tus manos, y ¡echemos un trago de cerveza por los viejos tiempos! >>